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Una madeja enmarañada

«¿Cómo está usted?», dijo estrechando mi mano con una fuerza que yo estaba lejos de suponerle. «Ha estado en la India y Afganistán, por lo que veo. Y es usted un tirador de primera». Eso fue lo primero que me dijo, y me quedé con la boca y los ojos muy abiertos frente a mi interlocutor: un hombre muy alto y seco, cargado de hombros, de frente ancha y cuyos ojos parecían hundidos en el cráneo. Iba completamente afeitado, su piel era pálida y su cabeza se mantenía adelantada en una perpetua y lenta oscilación.

Esto tenía que ver con mis últimos meses de mi vida. Agregado al 1º de Pioneros de Bangalore, las campañas de Jowaki, Sherpur y Kabul, que proporcionaron ascensos y honores a muchos, a mí sólo me acarrearon infortunios. Regresé a Inglaterra licenciado de mi grado de coronel y con mi viejo fusil, con el que me había labrado reputación de buen tirador, como único bien. Sin parientes ni allegados estaba tan libre como podía serlo con mis magros ahorros, y mis dos pequeñas monografías –El gran juego del Oeste del Himalaya y Tres meses en la jungla– no me habían reportado beneficios. Necesitaba alojamiento. Quería encontrar a alguien con quien compartir alquiler. Nos presentó un conocido común, John Clay.  «Asombroso», dije. «En realidad no lo es», replicó. «Su pose es indudablemente militar y denota mando; hay muy pocos lugares dentro del Imperio en los que un militar se broncee y su mirada, su pulso y los músculos de su mano derecha muestran a gritos su pericia como cazador». Dicho así resultaba absurdamente sencillo. Pero en realidad siempre lo fue. «No tengo buena fama, me gusta el juego y soy mal perdedor», le confesé. «De mí dicen algo similar», me contestó sonriendo. «Además, mantengo un horario irregular y necesitaré el salón para recibir a mis visitantes. Soy egoísta, introvertido y necesito silencio cuando trabajo. Fumo tabaco fuerte y, a veces, me entra la morriña y me paso días sin despegar los labios. ¿Será eso un problema?». Sonreí, negué con la cabeza y alargué la mano. Nos las estrechamos.

Nuestras habitaciones eran más que adecuadas para dos solteros. Tenía presente lo que había dicho mi amigo acerca de su intimidad y no le pregunté cómo se ganaba la vida, aunque había demasiadas cosas que picaban mi curiosidad. Solía pasarse horas leyendo complejos tratados matemáticos y astronómicos. Otras veces se limitaba a quedarse hecho un ovillo en su sillón, entregado a algún tipo de pensamientos y sin pronunciar una sola palabra, garrapateando alguna nota en un trozo de papel que tuviera a mano. Los visitantes llegaban a cualquier hora; yo abandonaba el salón y me preguntaba qué tendrían en común con mi amigo, pues parecían pertenecer a distintas clases de la sociedad: nuestro conocido Clay, un pilluelo callejero vivaracho, un minero norteamericano rudo y de aspecto peligroso y, sobretodo, un caballero nervioso llamado Fred Porlock. Algunos eran habituales; otros acudían sólo una vez. En cada ocasión él se disculpaba: «Me es indispensable servirme de esta habitación como oficina, y estas personas son clientes míos».

Otra sorpresa fue descubrir que mi amigo era un maestro del disfraz. Un estrafalario grupo de personajes entraba en nuestras habitaciones: un anciano librero con una ajada levita, un joven obrero, una mujer exuberante cuya antigua profesión no dejaba lugar a dudas y un distinguido dandy, entre otros personajes de variopinto pelaje; todos y cada uno de ellos entraban en la habitación de mi amigo y, a una velocidad que habría hecho justicia a un artista del cambio de un espectáculo de variedades, salía mi amigo. Él era todo un misterio para mí.

Una mañana  compartíamos el desayuno cuando mi amigo tocó la campanilla para llamar a nuestra casera. «En unos cuatro minutos se unirá a nosotros un caballero, que entrará por la puerta trasera. Vamos a necesitar otro servicio en la mesa». Reanudó la lectura del periódico y esperé, cada vez con más impaciencia, a que me diera una explicación. Finalmente, no pude soportarlo más. «No lo entiendo. ¿Cómo puede saber que dentro de cuatro minutos vamos a recibir una visita? No ha llegado ningún telegrama, ningún tipo de mensaje». Sonrió y empleó un tono de voz algo irritante, como el de un adulto hablando a un niño: «¿No ha oído el traqueteo de una calesa hace unos minutos? Redujo la velocidad cuando pasó ante nosotros, obviamente mientras el viajero identificaba nuestra puerta, y luego aceleró y se alejó, rumbo a Marylebone Road. Allí hay una parada de carruajes que dejan a sus pasajeros en la estación, y es a esa parada a donde iría cualquiera que desease venir aquí sin que lo observasen. El paseo de allí hasta aquí lleva unos cuatro minutos…». Le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y, justo cuando lo hacía, oí unos pasos en las escaleras.

«Pase, Clay. La puerta está abierta, y sus salchichas a punto de llegar». Mi amigo esperó a que nuestra casera abandonase la habitación antes de decir: «Asumo que se trata del asunto de La liga de los pelirrojos». «Cielo santo», exclamó Clay, y palideció. «Seguro que aún no ha podido correrse la voz. Dígame que no es así». Empezó a llenar su plato con salchichas y tostadas, y noté que las manos le temblaban un poco. «Por supuesto que no», lo tranquilizó mi amigo. «Pero, si el señor John Clay no puede ser visto yendo al despacho del único consultor criminal de Londres, y aun así va allí, y además sin haber desayunado, entonces sé que no se trata de una bagatela. Si, además, entra en mi casa con barro fresco  en sus botas y en las rodilleras de sus pantalones y, más aún, cuando en sus dedos hay aún restos de tinte rojo para el pelo, supongo que no se me culpará por entender que ha surgido algún inconveniente en su caso».

Clay se limpió los labios con la servilleta. Lo miré. No encajaba con la idea que yo tenía de lo que podía ser un policía, pero mi amigo tampoco encajaba con mi idea de un consultor criminal…, fuera lo que fuera eso. «Puede que debiéramos discutir el asunto en privado», sugirió Clay, echándome un vistazo. «Ustedes sabrán, sin duda, disculparme…» dije levantándome, pero mi compañero me indicó con un gesto que guardara silencio. «Tonterías», afirmó. Entrecerró los ojos y me sostuvo la mirada: «Dos cabezas son mejor que una. Y la suya es una mente de primera; junto a sus demás habilidades le hacen a usted merecedor de entrar a formar parte de mi… pequeña sociedad». Sonrió maliciosamente. Entonces, y por vez primera, sentí miedo ante mi amigo.

Me dije que hubo un tiempo en el que fui militar y el miedo me resultaba ajeno, y recordé una época en la que había sido un excelente y temido cazador, pero ahora mi mano derecha temblaba y sentía el sudor frío en mi nuca. Ante mi reacción, mi amigo estalló en uno de sus raros ataques de risa: «No hay nada de lo que preocuparse, mi querido coronel. Desde el instante en que nuestro amigo Clay me habló de usted y de su pequeño entuerto, supe que nos entenderíamos».

Permanecimos en silencio unos minutos. Me estaba moviendo en aguas muy profundas y oscuras junto a mis amigos y una inusitada sensación de bienestar, que no conocía desde el tiempo previo a mi licenciatura forzosa del ejército, me reconfortaba. Mi padre, diplomático en Persia, me abrió las puertas de una buena educación en Eton y Oxford, ocasiones que no aproveché como mi padre había esperado: «Hay árboles que crecen rectos hasta cierta altura y muestran de pronto una disforme excentricidad, tal vez por una mala sangre que corre por sus venas»; éstas fueron las últimas palabras que me dirigió, antes de expulsarme de la que había sido mi casa y familia. Pasé así a formar parte de la oficialidad de mi regimiento, hasta que nuevos y negros rumores acerca de mi presunta vida criminal, jamás demostrada, me obligaron a apartarme del servicio. De vuelta en Londres mis ingresos provenían únicamente del juego, lo que me obligó a jugar sucio para poder tener un sustento; todo parecía ir bien hasta que un joven baronet, Ronald Adair, me descubrió y amenazó con hacer públicos mis métodos si no abandonaba el club y juraba no volver a tocar las cartas. Creía haber borrado el rastro de mi pasado y no ser notado en mi nueva vida, pero no era así. Y, al contrario de lo que podría pensar, ni Clay ni mi compañero parecían molestos o escandalizados.

«¿Así que es usted un… consultor criminal?», le pregunté. «El único de Londres, o puede que del mundo», contestó mi amigo. «No tramo ningún crimen por cuenta propia. Me limito a proyectar: se me plantea un problema, organizo el hecho y se lleva a cabo según mi plan. Todo el asunto se rodea de salvaguardias tan astutas que hacen imposible demostrar la culpabilidad de nadie. No es una novedad: ya en el siglo XVIII Jonathan Wild creó una extensa red criminal por todo Londres; permanecía inmóvil en su sitio, igual que una araña tiende mil hilos radiales y conocía perfectamente todos los estremecimientos de cada uno de ellos». «¿Está seguro de que quiere que yo haga negocios con usted?». Como respuesta, mi amigo me miró sin parpadear. «Tengo una corazonada», confesó. «Debemos estar juntos. Soy un hombre de razón, y he aprendido la importancia que tiene un buen compañero, y desde el momento en que le puse la vista encima supe que confiaba en usted tanto como en mí mismo. Sí. Quiero que venga conmigo». Yo me ruboricé. Por primera vez desde mis tiempos como oficial, me sentí importante.

Moriarty se volvió hacia Clay, que nos había estado observando con una media sonrisa en sus labios. «Bien Clay, ¿cuál es su problema con el asunto de su Liga de los pelirrojos?». «Un metomentodo, profesor. Un sabueso de Scotland Yard. Un detective aficionado llamado Sherlock…»; las palabras de Clay quedaron cortadas por la voz de Moriarty al decir «Holmes».

Se arrellanó en su sillón y dijo: «Al poco de iniciar mi carrera tuve la certeza de que una fuerza invisible se alzaba contra mí. Alguno de mis planes, tan cuidadosamente tramados, se venían abajo de manera incomprensible. Poco a poco fui perfilando a mi antagonista, y así encontré a Sherlock Holmes. Un caballero de aguda mente, tan perspicaz como la mía. Es un Napoleón de la justicia: es el desbaratador de la mayor parte de los delitos de Londres. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto y que actúa con mano firme». La incomodidad se leía en mi rostro y en el de Clay. Pregunté: «Entonces, ¿estamos en apuros?». Por toda respuesta el profesor se levantó y de una cómoda sacó un sobre azul que llevaba la palabra Moriarty escrita en él con una firme y elegante letra. Me lo alcanzó y leí:

«Moriarty, James; Profesor. Hombre de buena cuna y educación. Autor de La dinámica de los asteroides, libro que ha alcanzado tal fama en los círculos científicos que nadie ha sido aún capaz de contrariar. Su tesis sobre el teorema de los binomios le otorgó la cátedra de matemáticas en una pequeña universidad. Rumores sobre una oscura vida paralela le hacen renunciar a ella. Desde entonces llena por completo el Londres criminal, se ha encumbrado hasta lo más alto en la historia del crimen y nadie en Scotland Yard ha oído hablar de él. Durante tiempo me he topado con la sensación de que detrás de cada crimen, sea cual sea su índole, existía un poder de gran capacidad organizadora que borraba cualquier rastro. Después de mil astutos rodeos seguí un hilo y desenredé la maraña, que me condujo hasta el profesor Moriarty. Si yo consiguiera vencer a ese hombre, si me fuera posible libertar de él a la sociedad, tendría la sensación de que mi carrera había alcanzado su cúspide.
El profesor suele visitarse con John Clay, alias Vincent Spaulding, hombre extraordinario a la cabeza de su profesión: asesino, ladrón y falsificador. Su cerebro funciona con tanta destreza como sus manos. A día de hoy comparte habitaciones en Conduit Street con el coronel Sebastian Moran; el mejor tirador de la India y que nadie en Londres puede aventajar. El segundo de los hombres más inteligentes y peligrosos de Londres».

«¿De dónde demonios ha obtenido este sobre, profesor? Y ¿cómo?», preguntó sorprendido Clay. «Del mismísimo Holmes, por supuesto. Me he servido de uno de mis agentes, Porlock, quien en su  conciencia cree actuar rectamente al espiarme e informar al detective». Me levanté airado y exclamé: «¡Porlock!. Este traidor merece la muerte, profesor». Sonriendo respondió: «No se deje llevar por la cólera, mi buen coronel. Del mismo modo en que Porlock le es útil a Holmes informándole sobre mis actividades, me es útil a mí sabiendo acerca de qué temas le informa. Así estoy enterado de lo que sabe, lo que no sabe y puedo calcular lo que puede hacer para contrarrestar mis golpes. Además tantea la solidez de las cadenas de mi organización y cree, equivocadamente, que Porlock es un eslabón débil».

Tras un largo silencio dije: «Estamos ante un florete tan hábil como el nuestro, profesor». Clay, presa de rabia impotente, se golpeó la frente con la palma de la mano: «¿Me quiere usted decir con eso, profesor, que tenemos que tolerar semejante cosa? ¿Me quiere usted decir que nadie conseguirá devolverle el golpe a ese demonio de Holmes?». «No, yo no digo eso», contestó Moriarty, y pareció que sus ojos escrutaban en las lejanías del futuro. «Yo no digo que no pueda ser vencido. Pero deben ustedes darme tiempo».

Cuando traté de hablar, se puso un dedo sobre los labios. Luego cerró los ojos y pareció hundirse en sus pensamientos. Todos permanecimos en silencio.

No dudé ni un instante de que a mi amigo le faltara determinación: no acabará su lucha hasta que Holmes encuentre su muerte.

Sebastian Moran, coronel, Conduit Street, Londres, 1881

Por Roger Mesegué. 

85

Esto pasó hace tiempo. Era un sábado por la tarde. Septiembre u octubre. Puede que noviembre. Te esperaba tomando un café, rodeado de gente anónima a la que no conocía.

Te vi caminar. Sonreíste y te acercaste a besarme. No puedo recordar cómo ibas vestida, pero puedo recordar tu pelo y tus ojos. Si fuera poeta, diría que tu cabello revuelto, desordenado, era tormentoso, indómito. Que en tus ojos asomaba una luz, como un faro que me salvaba de un rumbo peligroso hacia una costa abrupta. Recuerdo también el color: marrones. Aunque no soy capaz de dar con el tomo. No eran color miel; tampoco chocolate. Eran más bien como el color marrón de la salsa de mole con veinticuatro especias de un mejicano.

Pero no soy poeta.

Lo siguiente que recuerdo es como nos arrancábamos la ropa, dejándola caer en el suelo de la habitación de una pensión de mala muerte. Si tuviera una alma poética, diría que tus curvas eran como las dunas de un desierto; que el sabor de tu cuerpo era salado como el mar; que tus uñas rojas sobre mi cuerpo parecían manchas de sangre fresca en la escena de un crimen. Que tu piel tenía el color de la leche de almendras.

Pero no tengo una alma poética.

Era temprano por la noche; justo terminaba de anochecer. Desde la habitación no se veían estrellas, pero en las luces de la ciudad, en las de los coches y las farolas, había constelaciones y estrellas fugaces. Bajo estas luces conté las pecas de tu cuerpo. 85. Quizá las pistas de un secreto, como en esos libros de dibujos para niños en los que se unen los puntos. O puede que los trazos del mapa de John Long Silver que lleva al tesoro. Quizá podría haber escrito palabras sobre tu piel resiguiendo las pecas, pero se me escurrían por entre los dedos mientras intentaba mantener el equilibrio sobre la cabeza de una aguja.

Y es que no tengo las palabras de un poeta.

No recuerdo mucho más; nuestra historia no duró mucho. Pero a veces, si pienso en un número, en dos cifras, 85 es el que sigue acudiendo a mi cabeza.

Desde esa tarde vivo los días pasados, uno tras otro, sin preocuparme por el futuro. Así que mañana, pase lo que pase, no habrá pasado nada. Así puedo recordarte como se mira a la lluvia o a un cuchillo afilado. Como se miran ese tipo de cosas que pueden o no ponerte triste o simplemente herirte y matarte.

Por Roger Mesegué. 

Amigo invisible

Elige la Navidad.
Elige dónde y cuándo vas a pasar estas Navidades. Elige unos buenos lugares para la cena de Nochebuena, la comida de Navidad, la cena de Nochevieja, la comida del día de Año Nuevo y la cena y la comida de Reyes. Elige las fechas para quedar con tu familia, tu familia política, tus amigos, los amigos comunes con tu pareja, sus amigos y la gente del gimnasio y del curso de inglés.
Elige los menús. Elige los pica-pica, los entremeses, los primeros platos y los segundos. No te olvides de los postres. Elige entre la variedad de cervezas, vinos blancos y tintos y los licores. Champán y cava. Acuérdate de los mil complementos para los putos gin tonics. Elige un buen protector estomacal.
Elige los regalos: perfumes, cinturones, carteras y bolsos de piel, los cedés de grandes éxitos, el best seller de moda, los juguetes del año y una caja con un pack de experiencias de fin de semana.
Elige todo esto y mantente alejado de los conflictos con la pareja. Elige tu sonrisa más radiante y tu mejor estado de ánimo. Piensa que solo es una vez al año y durante dos semanas. Elige todo esto y no te vayas a volver loco. Y, para cuando te hayas sobrepuesto a esta avalancha, ten presente el gran momento del amigo invisible con tus compañeros de trabajo. Qué emocionante, ¿verdad?

Cuenta uno, cuenta dos, cuenta tres… Inspira. Espira.

Esto viene por la idea de aprovechar la época de Navidad y hacer una pequeña celebración en el trabajo, de cara a distender un ambiente laboral que está un poco tenso últimamente; la teoría es hacer un pica-pica y relajarse, echar unas risas, limar asperezas. Las típicas chorradas con las que el departamento de Recursos Humanos justifica su existencia. Y sus sueldos.
Así que asistimos en cordial manada a tal evento en donde no falta nada típico navideño: desde comida como para reventar hasta el árbol y la música de ambiente. Y los regalos del amigo invisible, que no pueden ser otra cosa que pongos, ya sabes, la cosa más inútil que puedas encontrar, de dudoso gusto, generalmente reciclada de un regalo por compromiso, casi indestructible y con una facilidad tremenda para acumular polvo a manta. Tiene pinta de ser tremendamente divertido.
Nada más asomar la cabeza, sin tener misericordia y sin dejarme coger un vaso de algo bien alcohólico, uno ya me agarra del brazo y me acerca a su grupo de admiradores; cuenta a todos lo gran menda que soy, solo para esperar que más tarde yo haga lo propio, que cuente a todos lo gran tipo que es.
Y es que todas estas farsas resultan más auténticas cuando son otros los que las cuentan.

Ah, la Navidad. La época del año en que mejor brillan la alegría y la felicidad; la época en que más proclives debemos ser a perdonar. Y en la que puedes ganar un Oscar a la mejor interpretación.

Aquí la gente no hace más que sonreírse encantada enseñando sus dientes de tiburón; no hace más que desearse lo mejor y darse abrazos y toques cariñosos en la espalda. Y la verdad es que todo es tan auténtico como un libro escrito por Ana Rosa Quintana. Todo tan estupendo como ganar un premio, aunque veo claramente como en realidad se desean mutuamente, por lo bajini, enfermedades terminales, ser víctimas de accidentes fatales y convertirse en escombros humanos.
Lo que realmente piensan es en arrancarse la piel a tiras, en escupir veneno y esparcir mierdas varias sobre todos y cada uno.
Tal vez no es el mejor momento ni lugar para cantar lo de «Noche de paz, noche de amor».

Y cuento uno, cuento dos, cuento tres… Inspiro. Espiro.

Desde hace unos años cualquier tipo de evento o celebración que se precie, además de ganchitos, triángulos de paté y Nocilla, ha de contar con los míticos Ferrero Rocher. Isabel Preysler popularizó junto a su mayordomo Ambrosio estos bombones de gama baja, los más glamurosos del supermercado. Desde entonces no pueden faltar en todo evento que requiera de un cierto toque de brillo. Ya sabes, la elegancia, el charme y demás. Esta de hoy es una ocasión perfecta para llevar tantos Ferrero como para empachar a los presentes durante tres días. Ferrero para todos gracias a mí, la Navidad y al espíritu del amigo invisible.

Viendo el ambiente no encuentro para nada extraño que, estadísticamente hablando, uno tenga más números de morir a manos de un familiar o amigo cercano, que de cualquier otra persona. ¿Un ejemplo? Ahora mismo una chica es el centro de atención; pues bien: no hay nadie que no la esté contemplando fijamente a la vez que cruza los dedos a escondidas o reza en silencio una oración, para que se trague algo sin masticar, se atragante y acabe retorciéndose y asfixiándose en el suelo del comedor.
Si me detengo un instante a cerrar los ojos y a prestar atención a lo que llega a mis oídos, escucho un insidioso comentario que dice: «Va más pintada que una puerta vieja…». Otro que dice: «Tiene enchufe por ser algo de algún partido». Y otro más: «Con esa postura Escuela de sirenas -barriga dentro, pecho fuera, cabeza alta-, parece una muñeca hinchable».
«Los cumplidos más astutos» -escribió una vez el dramaturgo William Inge- «parecen halagar más a la persona que los otorga que a la persona que los recibe». ¿Funcionará igual con los insultos, los comentarios despectivos y los cotilleos críticos?

Ese cotorreo compulsivo es una verdadera patología. Todos esos gruñidos, ladridos y graznidos.

Puede que nadie quiera sostener en alto la ramita de marras y sonreír mientras grita: «Muérdago, beeesooo…».
Una chica, borracha a más no poder, me pregunta: «¿La diferencia entre un condón y la oficina de nuestro jefe?» Le digo que me rindo y dice: «Pues que en el condón solo cabe un capullo». A mi lado derecho alguien susurra: «Esa tía, cada vez que no entiende nada de lo que hablas, cada vez que no tiene ni idea de qué decir, se ríe como para dentro, te toca el hombro y dice: Ay, corazón. Se pasa el día entero diciendo a todos Ay, corazón».

Todos esos rezongos, balidos y chillidos…

Y cuento cuatro, cuento cinco, cuento seis… Inspiro. Espiro.

En la década de 1980, el gobierno de los EE.UU. estaba decidido a desestabilizar y derrocar a todo gobierno de izquierdas en Sudamérica. Como parte de esta campaña, la CIA elaboró un pequeño libro ilustrado en español y en inglés, el Manual de campo de sabotaje básico, pensado para instruir a los individuos en este tipo de actos. De entre sus muchos trucos y consejos uno dice: «Mojar una esponja; envolverla con un cordel de manera bien fuerte y dejarla secar; quitar la cuerda; introducir la esponja en el desagüe del inodoro para así atascarlo al hincharse la esponja».

Veo a esta gente haciéndose los grandes colegas, aunque el único vínculo que los une es el poner a parir a cualquier otro. Esta gente es capaz de ir al baño a masturbarse y, en lugar de porno, llevarse la lista de la gente a la que se despide o se le niega un ascenso.
Me cuesta reprimir las lágrimas: las personas desconocidas, esas que no me importan nada y a las que no importo en absoluto, y que muestran tal honradez, hacen que me eche a temblar como un flan, de pura empatía y emoción.
Nadie comete el error de mirarme a los ojos.
Por mi lado izquierdo alguien dice sobre alguien que no está presente: «Ahora de qué está enferma esta tía, ¿lepra?». Otro añade «De cualquier cosa que le garantice otro par de meses de baja, supongo». Y otro: «Aunque, bueno, para cuando viene no hace más que esconderse en el patio para fumar y charlar».
Luego alguien cuenta sobre otro: «A este tío lo contrataron y lo tratan de manera especial porque su padre es un diputado o algo así». Alguien pregunta: «¿Ese al que llaman Houdini, el gordo con tetas de perra que solo come palomitas?» Y una chica me dice: «Lo llaman así ya que siempre esta escapándose, siempre escaqueándose para no dar golpe».
Y alguien aprovecha para susurrarme al oído: «Esta tía es una mentirosa», dice. «Una farsante», añade. «Esta tía es una falsa». Y yo pienso: «Tú también lo eres. Y yo. En realidad, todos. Cada vez que alguien dice que está encantado o que se alegra por algo, todo es un farsa».

Rebuzno, aullido, relincho…

Y cuento siete, cuento ocho, cuento nueve…

Tal y como señala el prospecto: «El Evacuol pertenece al grupo de medicamentos llamados laxantes. Su acción laxante se produce por estímulo directo del intestino grueso, que produce el vaciamiento de la masa fecal». Palabrería bonita y redacción refinada para decir que te vas a ir patas abajo a velocidad de vértigo, ya que alguien -yo mismo- ha pasado varias noches con una jeringuilla hipodérmica rellenando bombones con este medicamento.

Manual de campo de sabotaje básico + Ferrero Rocher + Evacuol = La nouvelle cuisine de la anarquía. Y ya tengo mi carta de dimisión para todos ellos: una bomba de relojería en el estómago de cada queridísimo compañero. Y los lavabos inservibles.

Mi amigo invisible.

Bon appétit.

Podría justificarme de muchas formas. «No es una gran cosa»; «Solo una pequeña traición»; «Solo hago lo mismo que hacen los demás, aunque más evidente». ¿Porqué hago esto? Puedo ofrecer un millón de respuestas, todas ellas falsas. La verdad es que soy una mala persona. O no soy hipócrita.
Como acto final no creo que contribuya a inspirar los corazones de mis compañeros. Tampoco es un mensaje ni espiritual, ni gratificante. Animoso tampoco. Pero es que lo único que les provoca alegría son todos estos chismorreos; ya lo dije antes: les pone esparcir mierdas varias sobre todos y cada uno.. Así que… Mierda a carretadas.
Pero eso va a cambiar. Yo voy a cambiar. Esta es la última vez que hago algo así. Voy recto y eligiendo la vida. Lo estoy haciendo ya.

Y es que es Navidad, oh, Navidad. La época del año en que mejor brillan la alegría y la felicidad.

Por Roger Mesegué. 

Seducir y destruir

Con casi cuarenta años tengo la triste sensación de haber vuelto al cole, aquí sentado en mi pupitre. En unos pocos minutos estoy haciendo una regresión acelerada a una época en la que todos los tíos éramos unos gilipollas alterados por las hormonas.

Encontrarme este ambiente no forma parte del plan. Las fotografías en la web muestran a adultos sonrientes y educados, todos concentrados en escuchar y aprender; a la hora de la verdad me veo rodeado por una horda de garrulos con carencias afectivas, diversas disfunciones sociales y amagos de crisis existencial. La idea al inscribirme en este curso es dar con maneras de romper ese punto muerto con el que me topo al salir con alguna mujer. En mi plan hay un tipo que me enseña estas cosas; puede que alguien que se ha encontrado con mi mismo problema, alguien que ahora me echa un cable. La idea es tener más opciones, algunas pistas y trucos.

Y sexo, claro.

La diferencia entre lo que uno imagina y lo que termina por encontrarse suele ser bastante abismal y totalmente deprimente. Lo que ocurre aquí y ahora es que desde mi pupitre veo a un tipo con pinta de vendedor pretendiendo ser una especie de guía espiritual. Un tipo que, en cualquier caso, no tiene pinta de enseñarnos nada; más bien cree estar aquí para iluminarnos. Para salvarnos.

Afortunados nosotros. Y amén.

Este tipo alza los brazos hacia el cielo y grita: «Respetar la polla… y … domar al coño».

Y estallan los aplausos, los vivas y los hurra. Y veo las caras de emoción y no puedo evitar pensar en la multitud de tullidos y enfermos terminales que van a Lourdes en manada, en busca de un milagro.

Produce escalofríos ver esto, aunque no tantos como me produce mi compañero de pupitre. «Hola, soy Toreador», dice la pegatina en su camisa. Y pienso que sí, que tiene un aire a hidalgo de rancio abolengo venido a menos, un aire a torero de tercera fila retirado. Tras cruzar con él un saludo y cuatro palabras, tras observarle unos cuantos minutos, «Eslabón perdido» me parece un nombre más indicado para escribir en su pegatina. Más descriptivo.

Tiene cuatro o cinco años menos que yo pero parece que hable con mi tío abuelo carca de pueblo.

A su favor, todo hay que decirlo, pone esfuerzo en parecer sofisticado, con ese aspecto de hombre de laboratorio que cada mes dictan las revistas para los machos de hoy. Mordiéndose los carrillos, apretando la mandíbula y tensando y estirando la musculatura, su lenguaje corporal es un compendio de ritos de apareamiento en donde cada gesto busca un algo. Además cuelga los pulgares del cinturón, lo que le da un factor extra de pseudo-hombría, muy al estilo de un John Wayne caducado. Aunque sin revólver. Y sin placa. Todo el conjunto es tan natural y espontáneo como el típico robado a un personaje de prensa rosa.

Y, a todo esto, el gurú grita: «Decidle al coño: ¡No, no me controlarás! ¡No, no me robarás el alma! ¡No, no ganarás este juego!».

Y todos gritan: «¡No!». Y aplauden con furor.

Cuando iba al cole tenía un compañero de pupitre que no hacía más que dibujar pollas en cualquier parte; para seguir la tradición el
«Eslabón perdido» parece solo tener una frase supuestamente ingeniosa: «Menuda polla tienes, tío. Qué pollón gastas…». Y se ríe. Mucho. ¿No hay manera de escapar del pasado? ¿Vivo atrapado en los años de EGB? Aquí estoy, al lado de un energúmeno que hace chistes tipo pedo-caca-culo-pis. Y que se cree sofisticado por el solo hecho de jugar al pádel.

A todo esto el símil de coach dice algo sobre «descongestionar la mente» y el torero retirado dice que a él le funciona hacer flexiones, «ya sea para mantener el tono o impresionar a una pava». No me lleva ni un segundo imaginarlo como uno de esos lagartos del desierto que como cortejo se ponen a hacer flexiones, y que a veces se nublan y no paran de hacerlas hasta que revientan por el esfuerzo.

Y grita un fiero «¡Aú, aú!» como respuesta a alguna chorrada que haya podido decir el charlatán. Parte el corazón presenciar este cuadro general y ser consciente de que a esto nos han llevado millones de años de evolución humana. Toda esta gente, todos estos tíos esforzándose en parecerse a un depredador, cuando recuerdan más que nada al Correcaminos. No sé si se han convertido en esto con los años o fue un problema de ir justos de oxígeno al nacer.

Cuando el sacerdote de la domesticación del coño habla sobre maneras de llamar la atención de las mujeres, mi compañero de pupitre me cuenta su secreto: golpear cosas. Paredes de cristal con las manos, bancos de madera con su porra… Cualquier cosa que implique hacer mucho ruido y que signifique «Eh, estoy aquí». No lo digo, pero hay gorilas en los zoos que actúan del mismo modo: golpear cosas para llamar la atención. Y me pregunto cuánto tardará en lanzar su propia mierda a los cristales. O si recita como un mantra «No debo arrastrar los nudillos al andar».

Es complicado aguantar la risa y no descojonarse teniendo en una oreja a alguien gritando sobre el poder del macho, y en la otra al «Eslabón perdido» hablando de cualquiera de sus chorradas. Y, en el medio, mi cabeza que quiere suicidarse.

El chamán del poder fálico grita ahora: «Esto es un juego, tíos, no creáis que no. Grabaros esta idea: yo soy el que manda. Yo soy el que dice sí; no; ahora; aquí».

Mi compañero de pupitre asiente con la cabeza hasta que la barbilla toca su pecho. Y dice un «Sí» que se une al resto de las decenas de síes que llenan el aula.

Nuestro salvador sigue: «Es evolutivo, antropológico, biológico, animal… Nosotros somos hombres».

Y de nuevo despierta aplausos y pasiones.

Siendo niño aprendí a andar cogido a un papel enrollado mientras mi madre decía: «Agárrate bien fuerte a esta columna y no te caerás». Por supuesto era una patraña, un truco mental que me daba confianza a la par que jugaba de la manera más tonta con mi credulidad. Un tipo de pensamiento muleta.

A esta gente, a mi compañero Toreador, le ocurre algo parecido con toda esa basura que lanza el instructor por la boca, solo que todos ellos hace ya años que no son unos bebés. Hace ya años que se afeitan. Y que tienen pelos en los huevos.

Lo que pasa es que aquí no los alientan para dar sus primeros pasos; aquí les afianzan sus convicciones y les amueblan la cabeza con mierda variada al por mayor.

Y ya ves.

En algunas culturas se marcan la cara con cuchillos. En otras, se aplanan la cabeza de los bebés con unas tablas especiales en las cunas. En otras, se alargan el cuello con aros de metal. Todas esas imágenes del National Geographic acerca de ritos de paso y aceptación del grupo me pasan por la cabeza mientras permanezco sentado en mi pupitre, mientras uno vocifera: «Tengo mis láseres, tengo mis rayos, tengo mis misiles, mis bazokas y mis cohetes apuntando a ti, justo… a… ti… bruja… mujer». Y, mientras, el resto… bueno, en fin… Mientras, el resto aplaude y hasta se emociona.

Entre tal y como esta gente viene ya de casa y lo que pueden sacar de este curso, da bastante miedo pensar en lo que pueden luego ofrecer al mundo. Toda esta palabrería hueca… Todo este fundamento según el cual tienes poder por tener un cacho de carne colgando de la entrepierna… Aquí esto es lo que venden como educación y éxito garantizado.

Para este tipo de gente, uno no es más que lo que tiene entre las piernas, y de ahí extrapolan toda una suerte de habilidades, atributos y comportamientos. Y tiene su miga pensar en el valor que le dan a su polla, lo que creen que les otorga, cuando realmente no es que tenga muchos usos.

Están el follar y el mear. Y ya. Y ni se les ocurre pensar que no pueden clavar un clavo con los huevos.

El problema puede ser ese: que ninguno de ellos es capaz de pensar.

Por Roger Mesegué. 

No te fíes de los rusos

«No te fíes de los rusos»: la frase de cabecera de mi abuelo, un anciano apolillado, medio amargado y medio melancólico, veterano de la División Azul. «No te fíes de los rusos»; era decir esto y los que estábamos alrededor resoplábamos y mirábamos al techo. O sonreíamos por lo bajo. Con todo, nunca me lo he tomando como una advertencia o un consejo, solo como una trillada frase de un viejo reeducado en un gulag.

«No te fíes de los rusos» vuelve a mi cabeza por culpa de una chica que lleva días sentándose a mi lado en algunas clases. También se sienta en una mesa cercana en el bar. Y, por supuesto, la chica es rusa.

Podría decir aquí y ahora que todo esto es culpa de mis amigos. Claro, yo casi no tengo nada que ver. «Joder, si parece de porcelana», dice David. «Y tan rubia toda ella… ¿será auténtica?», dice Marc. Y Jordi añade: «Te la tienes que ligar». Entonces Marc matiza: «Mejor intenta tirártela». David dice: «Y nos lo cuentas». «Por favor», pide Jordi. Ni les respondo. Y es que no me dejan, en serio. Para cuando quiero replicarles uno de ellos dice: «Tengo novia»; otro dice: «Yo es que intento ligarme a Sandra». Y el otro: «Tengo una tesis que terminar».

Mi abuelo hubiera dicho que la rusa es una chica preciosa, y que de rusas preciosas estaba lleno el Ejército Rojo. Y que le jodieron a base de bien. «No te fíes de los rusos». Pero no: Lina, la preciosa chica rusa de la facultad, no tiene pinta de ser el Ejército Rojo. Hasta puede que mis amigos sean sinceros en sus palabras; que quieran alentarme, empujarme a la épica sexual. Todo tiene pinta de ser perfecto y genial.

Cierto que corro un riesgo, que la cosa puede torcerse, salir mal y terminar con un fracaso tremendo. Todas esas historias locas, todos esos relatos sobre catástrofes sexuales… Lo que piensas en un momento así es que eso a ti no puede ocurrirte, claro que no. Hasta que te ocurre. Y conoces bastantes relatos escalofriantes de colegas, sobre lo que prometían ser polvos de leyenda y terminan siendo pesadillas espeluznantes. Sabes todo esto.

No es culpa de nadie que no prestes la debida atención. Solo tuya.

Las clases de educación sexual del instituto no preparan para todo, pero ni de coña caes en esto cuando una chica rusa preciosa está desnuda encima de ti y lo estás pasando en grande. Cuando esta chica te hace una caidita de ojos y pregunta en un tono medio inocente, medio fiera sexual, si quieres probar el sexo anal… Bueno, los tíos solemos pensar solo en un sentido. Y en un momento así, cuando la chica está sentada en pelotas encima y tu polla está dentro de ella… «No te fíes de los rusos» no es en lo que piensas.

En este preciso momento, no.

Mientras sonríes idiotizado y lujurioso ella alarga el brazo y busca algo por debajo de la almohada; alza la mano y ante tus ojos ves un pañuelo de seda. Rojo. Y con nudos en un extremo. No entiendes nada, pero haces ver que controlas. Que no decaiga la fiesta. Y puede que la fiesta no decaiga, pero sí tu ánimo cuando notas sus dedos y el tacto de la seda rondando por el agujero de tu culo. Entonces también decae tu polla. Y ella dice: «Relájate; déjate hacer que te gustará». A esto se le llama robar la frase, cuando alguien va y dice lo que tú tenías planeado decir.

Ahora sí; ahora recuerdas lo de «No te fíes de los rusos».

Según ciertas páginas web un tío puede «tener un orgasmo explosivo» si se le estimula la próstata. Que será «el orgasmo de tu vida». En la práctica, y por más que solo sea un pañuelo, es una cosa distinta. No es este el punto álgido del polvo que esperabas, pero metido en faena no quedan más opciones que tener la mente abierta. Bueno, y el ojo del culo también.

Inspira, espira. «Relájate y disfruta». Así que piensas en amaneceres en la playa, en puestas de sol en la montaña, en el trino de los pájaros y el agitarse de las flores al son del viento. Todo para no sentir el pañuelo entrando en el culo, mientras la rusa preciosa sostiene tu polla desinchada y cierra los labios en el capullo. «No te fíes de los rusos»; sí, abuelo, sí.

La cosa es que lo del pañuelo marcha, y tan bien marcha que no tardas en sentir como tus abdominales se tensan, a punto para alcanzar el orgasmo y correrte. Empiezas a notar el lefazo subir por el tronco de tu polla; y la rusa también debe notarlo, ya que justo cuando tus soldaditos blancos están a punto de salir disparados y aterrizar sobre su pelo, cara y pechos y por todas partes, es en ese momento cúspide cuando la preciosa rusa desnuda saca el pañuelo de un tirón.

Tan fuerte es el tirón que no puedes no sentir todos y cada uno de los nudos. Lo que entonces te preocupa es saber si te sangra el culo o te han salido los intestinos.

Pero esta preocupación dura un solo instante.

Algo que los cientos de webs sobre estimulación prostática no se molestan en decir es lo relativo a los efectos secundarios. Uno de ellos es que te cagues encima. Literalmente. En este caso concreto que te cagues también encima de la rusa preciosa. Te hablan de «el orgasmo de tu vida», pero se callan que tras la explosión de semen puede venir la explosión de mierda.

«No te fíes de los rusos». Ahora lo veo. Ahora lo entiendo. También comprendo lo de «actividad de riesgo». Todo esto pasa por mi cabeza, mientras en la ducha me froto como puedo y retengo el vómito a pesar de las continuas arcadas.

No, no es este el final de la velada que esperaba; no es algo de lo que luego vaya a presumir delante de los colegas.

«No te fíes de los rusos»: la sabiduría de mi abuelo; mi puta ignorancia.

Por Roger Mesegué.