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Guitarra y tú

Es en las cuerdas
de tu guitarra
en donde resuena el mundo.
Notas dulces
y suaves son como la miel
y me lamen.
El sueño, el placer,
noches de verano
entre risas con amigos
cerca de Corinto
o yendo a Albania,
tan lejana
y tan soñada,
a donde me llevan mis pasos
mientras duermo
y te escucho
en busca de tu bálsamo
y tu furia
que necesito para conquistar los prados,
los bosques de tu sonrisa,
el altar de tu iglesia,
los ídolos de tu corona
y las calles
con mi voz
y mi grito atronador resonando
sobre tu música,
yo cantante tenor o bajo
acompañando
o mudo.
No hay dolor que no sucumba
a tus acordes,
ni herida abierta que no sane.
Llégate a mí siempre, vida mía,
cuando esté como ahora
dolido, a punto de no poder
sobrevivir al nuevo envite
del tiempo y la pérdida.
¿Qué  temor no huye
ante tus canciones,
qué esquina no se dobla,
qué cuesta no se allana,
qué muro no cae?
Visítame, ven ya,
hoy, ahora,
desde el no-espacio,
la no-distancia, el no-ser
a mi alma.
Ayúdame música
y tú.

Por Ricardo Muñoz Carrión.

Mirar una fotografía

Lejos, en el lugar que dejaron atrás el pasado y la memoria, en un espacio pequeño, estrecho, poco poblado y frío, habitan aún los recuerdos de la infancia.

Viajo hoy hasta ese lugar para verme a mí mismo, al que fui, al que me cuesta reconocer y junto a mí, en la fotografía que sostengo, que ahora miro y que me mira a su vez y teje un lazo de miradas que viajan a través del tiempo, lo veo también a él, a Domingo, mi brazo sobre su hombro, nuestra extrema delgadez, nuestra ropa de pobres, nuestro pelo demasiado largo a los once años, justo el año en el que nos tuvimos que despedir para siempre.

Domingo y yo, yo y Domingo, de niños siempre juntos, matando bichos, entortando gatos con varillas de paraguas, robando en casas deshabitadas por gente emigrada, escondidos en cámaras, subiendo a pajares, entrando en cuevas.

Nos juntó el pueblo, la escuela unitaria y nos separaron la vida, el inmenso mundo, las mujeres, los hijos, el paso incesante de los días.

Señorita. ¿Qué?. Domingo me ha quitado la goma. Domingo, devuélvele la goma a Ricardito, ¡ahora mismo!

La goma, el lápiz, la libreta, la cartera… Domingo tenía la costumbre de dejarme sin nada. Y sí, así me llamaban, Ricardito. Es lo que pasa por tener cara de no haber roto nunca un plato y ser huérfano.

¿Vosotros sois los que habéis entrado en la Casa del Pesebrero? Ya estáis copiando para el lunes quinientas veces «Nunca más entraré en casa de nadie».

Leve castigo, insignificante, de risa.

Lo voy a hacer con dos bolígrafos. ¿Como? Así, ¿ves? ¿Y se puede con tres? No sé, prueba tú.

Yo lo hice con dos, la letra ni se entendía. Vergüenza el lunes delante de todos, cuando la maestra mostró mi libreta a toda la clase, los garabatos. No me importó, allí estaban las quinientas frases escritas, puede que incluso más. Domingo, en cambio, ni siquiera lo había intentado. No llevó copiada ni una. Le dio igual. Me dijo que había probado a hacerlo con tres, pero que no le salía y que se cansó cuando llevaba unas pocas y lo dejó. Y se olvidó el castigo y su padre ni le pegó. Tampoco habíamos hecho tanto. El Pesebrero y su familia se habían ido con la ovejas a los pastos de invierno. Bebimos un poco de licor de una botella olvidada que encontramos en un mueble de la cocina, anduvimos por la casa, por las habitaciones, rompimos una figura hecha con palillos que imitaba a la Torre Eiffel, pero no nos llevamos nada esta vez. De otras, de las que no nos pillaron, sí nos habíamos llevado navajas, cerillas, cuerdas y cosas así. Lo que nos interesaba. Tampoco era tanto y había tantas casas vacías. La gente se había ido y a las casas abandonadas entraban las palomas, las arañas, los gatos… ¿Por qué no nosotros? A las paredes el tiempo, el viento, la nieve, el hielo, poco a poco, habían despojado de su revoco. ¡Las casas vacías, eran tan mudas! Era su silencio, su quietud lo que nos empujaba a entrar y era tan fácil. Solo había que saltar un muro, empujar una ventana, subir a un tejado. Y dentro, en todas las casas a las que entrábamos, aun en verano, hacía frío.

El verano, la época del tiempo detenido, de los días interminables que daban para todo, para beber a escondidas, fumar y para soñar un futuro que en nada se parece a este presente.

En verano, Domingo y yo nos bañábamos en el río, desnudos. De camino, por las huertas, robábamos garbanzos. ¡Qué viejo vicio en el campo! Lo hacíamos al ir, o al volver, hasta dejar el sembrado sin una mata. ¿Era robar? Estaban ahí plantadas, al lado del camino, bastaba con agacharse a cogerlas. Un pequeño tirón y la raíz poco profunda del arbusto aún verde, cedía. Un repizco al cascabito y directo a la boca la pequeña y tierna semilla, su dulce sabor. Robar, probar el dulce bocado, lamernos los dedos, impregnados de la amarga cera de la cápsula. Robar. Todos los niños del mundo deberían poder robar garbanzos. ¿Había placer semejante en aquellos veranos eternos? Para él y para mí, no.

Verano, los meses con la escuela cerrada, con el pueblo sin maestros.

Ningún maestro vivía en el pueblo. Todos venían de fuera cuando empezaba el curso en septiembre. Aunque sí había un maestro en el pueblo: José, al que todos llamaban «el maestro» pero que era carpintero.

El verano sin maestros y nosotros con nuestras plomeras del cinco y medio y de aire comprimido. Los verderones anidaban en la cruz de las ramas de los manzanos, por encima de nuestras cabezas. Poníamos el cañón debajo del nido cuando la hembra estaba incubando y apretábamos el gatillo: un revuelo de plumas, un reguerillo de sangre, el silencio. Una vez, ahorcamos un perro. Recuerdo que tenía garrapatas en las orejas.

Pero como todo, sin darnos cuenta, el verano también terminaba. Llegaban los días ventosos de finales de agosto, las tormentas, el granizo y ya estábamos otra vez sentados los dos juntos en el pupitre de madera, ante don Fernando, ante don Enrique, doña Ursula…, ante tantos maestros que pasaron distintos cada año. Ninguno repetía. ¿Quién iba a querer repetir allí? Decían que los mandaban al pueblo como castigo, en represalia por sus faltas cometidas en otros lugares, por su forma de pensar. Recuerdo a don Miguel. Ojos saltones, inyectados en sangre, casi calvo, sus manos nervudas, rojas, de piel transparente con manchas de nicotina. Todas las semanas se compraba un cepillo de dientes nuevo. Lo sé porque lo hacía en la única tienda que había en el pueblo, la de mis tíos, con los que yo vivía. Nunca entendí aquella manía. Después los tiraba por detrás de la escuela. Poco a poco fueron apareciendo cepillos de dientes usados. Al final del curso había tantos que casi cubrían el suelo.

De ser los mas pequeños cuando empezamos la escuela en primero, llegamos a ser los más grandes al terminar la primera etapa de la EGB. Tal y como un día se habían ido nuestros hermanos mayores, también nos tocó a nosotros partir. Habíamos acabado quinto, nos tocaba empezar sexto. Había que seguir estudiando fuera del pueblo.

¿Sabes qué se han dejado en el almacén de mis tíos? ¿Qué? Cinco cohetes de las fiestas, que no han tirado. ¿Y qué van a hacer con ellos? No lo sé. Yo por si acaso les he puestos unos sacos encima para que no se vean. Los podemos tirar nosotros, antes de irnos, si quieres. Vale, por mí…

A Domingo su padre lo llevaría a Valencia al día siguiente, a una universidad laboral. A mí me internarían en una escuela hogar.

Hicimos hora mirando estrellas fugaces, fumando, apurando los restos de una botella de 503 que Domingo había cogido de su casa, hasta que no quedó nadie despierto en el pueblo más que nosotros. Los cohetes seguían detrás de los sacos. Nos fuimos a una era que utilizaban para trillar, situada en un alto desde la que se divisaba todo el pueblo. Tres cohetes salieron disparados hacia el cielo y estallaron como estaba previsto. El cuarto y el quinto, por alguna extraña razón, no se comportaron igual. A Domingo, el cuarto le salió raso, en horizontal, y fue a empotrarse y explotar en una parva de cebada que tenían amontonada en un lado de la era preparada para trillar al día siguiente y que se incendió al instante. El mío, el quinto, describió una parábola y fue a colarse por una ventana abierta de la cámara de la casa de mis tíos en donde se guardaba un pequeño barril con pólvora para rellenar cartuchos de escopeta. Parte del tejado de la casa saltó por los aires. Por suerte, no murió nadie.

¿Qué, Ricar, —él siempre me llamaba así— cuánto crees que nos mandarán a copiar esta vez…?

Por Ricardo Muñoz Carrión. 

General Riego, in memoriam

Siete de noviembre. La noche da paso al día aunque hoy la luz del este que trae la mañana no acaba de llegar.

Al centro del reino, a su capital, la claridad se presenta sin fuerza, como sin querer, filtrada por nubes altas y densas que dan al amanecer un color de leche sucia.

Llovió durante la madrugada y por las fachadas de las casas antiguas y los palacios de la villa, la humedad chorrea hecha jirones y en su caída arrastra trozos de revoco y hollín que, cuando llegan al suelo, se mezclan con las inmundicias y los orines. La mezcla, fangosa, es esparcida por los que pasan y deja poco a poco a las calles revestidas de una pátina grasienta y resbaladiza que, en las más estrechas y umbrosas, jamás se seca.

—¿Dónde estoy? ¿Qué calles son estas? ¿Dónde están mis capitanes? ¡Velarde, Alfonsín, Idáñez, acudid! ¡A mí¡ ¡Asistidme! ¿No veis cómo me llevan estos mal nacidos? No os quedéis ahí, pasmados, mirando. ¡Socorredme! ¿No sabéis quién soy? Ah, gente canalla, que bien me queríais y ahora me abandonáis. Sí, tú, tú, ¿qué miras, eh? ¡Viles y canallas todos, hijos de satanás, basura inmunda! ¿No veis que me van a colgar? ¿No hacéis nada? Yo, que os traje la libertad, sí, el bien más preciado y ahora ¿vais a dejar que me ahorquen? Falsos, rastreros, mezquinos, necios… Cuando me maten a mí, irán por vosotros. No vais a quedar ni uno. Ni uno vais a quedar…

La gloria vana que llegó un día, la que dio letra y música a un himno, se fue. Ahora toca purgar los pecados. Los más fuertes han ganado y el perdedor se apresta a pagar las deudas. El pago será con la vida.

—¡Bájalo de ahí! ¿Pero qué haces? A caballo, no. Este va a rastras, como que me llamo… Venga, tú, abajo. Ahí, en el serón. ¡Que te acuestes en el serón, desgraciado! ¡Mira que te ensarto aquí mismo y nos ahorramos la briega…! Así está mejor, ahí, quietecito y callado, eh, que así estás más guapo. Venga, poned la mula por delante. Los demás detrás ¡A formar! ¡A mi orden! ¡En marcha!

De la Cárcel de la Corte, salió el cortejo. Delante, una mula aparejada arrastrando un serón y sobre el serón, dando cabezadas, el condenado, herido en una pierna, con fiebre, después de días sin probar bocado, medio muerto. Lo iban a ahorcar.

En la plaza todo estaba dispuesto. Avisada, la gente en la calle para ver. Un viento del norte traía el frío de las primeras nieves de la sierra. Hubo quien madrugó ese día, hubo quien no durmió en toda la noche para verlo y hubo quien, en el Palacio, a esa hora, aún roncaba guarecido por el calor de buenas mantas de lana.

¿Cuántas mañanas caben en treinta y nueve años? ¿Cuántos pasos se andan en ese tiempo? Tiempo para todo y para nada. Giros en una rueda, ahora arriba, ahora abajo. ¿Qué fuerza imaginó que tenía cuando dio el primer paso, casi cuatro años antes? ¿Qué ideas en realidad lo guiaron? ¿Fue su causa solo la aventura? El valor, ¡qué palabra para un soldado! El valor, la patria, el momento. Es ahora, uno de enero. La patria ha de ser liberada.

—Yo estoy aquí para hacerlo. Un país de envidiosos es un país de aduladores.

Morir, ese, ese es el más viejo oficio de la humanidad. Es ese y no otro. Morir para no perder la costumbre, él que tanto ha matado.

¿Tanto, seguro? ¿Cuántos muertos desde que salí de Tuña llevo? Los he contado, van cuarenta. No, cincuenta. Ochocientos puede que sean, o quizás ninguno.

No hay muertos para el héroe. Son sacrificios por la causa. Justas pérdidas. El héroe mató porque tenía que matar. Y ahora el héroe muere. Muere subido a hombros de su verdugo que salta y lo deja colgando, con los pies al aire. El patíbulo es bien sencillo, una viga de madera suspendida de un travesaño y en el extremo de la viga una soga. No está el país para grandes ingenios. Si de morir se trata, con eso basta. Si de matar al caudillo, eso es suficiente.

¿Quiénes son los que lo miran? Todos. Nadie se lo pierde pese a que tarda en morir y se hace desagradable. Lo miran, ojos inyectados en odio. Ojos de frailes, ojos de próceres, de obedientes soldados que miran como un general, el primer general, el que un día mandó sobre todos, hoy muere colgado. Morir para entrar en la oscuridad.

Antes, fue la luz y vivir para ver. Ver las imponentes montañas, todas distintas. Tan distintas las del norte a las del sur que parece mentira que sean todas de aquí. Cruzar los valles, vadear los ríos. Mirar a los hombres que lo siguen a uno, confiados en la palabra del que los anima.

—¡Por aquí! ¡Seguidme! No tengáis miedo. ¡La libertad nos guía!

Otros hombres se han quedado por el camino, se han dado la vuelta, han desertado en una patria que de repente se hace enorme, demasiado grande. Recorrerla toda, rincón a rincón, sierra a sierra, llano a llano se hace cansado. Y llegar hasta este lugar de ningún sitio, este lugar insignificante, al norte del sur, cerca del paso conocido, la angosta puerta que da entrada a la meseta, con el nombre tan bien elegido. No podía haber nombre más ibérico: despeñadero de perros. Estar casi a punto de llegar hasta este lugar, pero no llegar.

Saber que lo vas a perder todo. Saberlo de antemano, porque el destino, como una sombra, ya persigue al héroe. Él lo sabe, lo sabía. El tiempo se acababa. Estaba muy al sur. El centro quedaba lejos. Los tambores tocaron arrebato.

—Aquí, hoy, lo daremos todo. Es la última batalla. Quedamos cuatro.

¡No! –le dijeron– .Mi general, hay que huir. Salir con vida de aquí.

Y la rueda gira de nuevo y escapa, escapan hacia el norte.

Demos un rodeo.

Seguir confiando, otra vez, una vez más, tantas veces ya. ¿Será esta la última? No, al hombre sin gloria aún le queda algo. Puede que todavía, piensa. Y llama a la puerta de una casa entre olivos y a los que abren les dice:

—Mirad cómo vengo. Vienen a por mí los franceses. Protegedme. Soy yo.

Pero quienes le acogen tienen otras prioridades. Un buen caballo que se pueden quedar y que hará historia, de la «Casta de los Riegos». Dinero que les prometen. Quedar bien con los nuevos amos. Trata de engañar.

—No soy yo. Os equivocáis.

Pero ya no hay fuerzas ni para mentir. Se lo llevan. Sea.

Es un buen botín, el más grande y pesa. Por donde pasan, dejan rastro. Aunque tardan en llegar, llegan a la gran villa y corte. Ya está el gato en la talega, en la cárcel. Visitas y juicio.

—Mi general, pida perdón. Salve la vida.

¿La salvará? Es lo único que le queda. Pedir perdón no cuesta nada. Le hacen firmar y firma, pero el Gran Felón, que está cazando ciervos y de fiesta por la Casa de Campo, no quiere dejar cabos sueltos.

Esto ha de quedar limpio. Él pagará por todos los que se me escapen– jura.

Última orden de arriba: la cabeza, que se la corten. Y la cabeza, separada del cuerpo, para abajo, que la mandan de viaje. Un viaje hacia atrás en el tiempo, hasta donde empezó todo. Pero el país es grande. Los caminos están muy mal. La gente es torpe, negligente y vaga. Los que la llevan no tienen honor ni lo han conocido. Parten y ya andan con remilgos, con excusas: que para qué hacemos esto; que si qué mal huele; que deberíamos dar la vuelta; que yo conocía a una en Talavera; que a mí me esperan en La Seo. Y la cabeza que se pierde y nadie sabe.

Hasta que me lo cuentan a mí, en donde antes había lobos, mientras arden las brasas, ciento ochenta años después. Que había una mujer que vivía por aquí. Que se encontró con el último que quedaba de los cinco que salieron, el que era extranjero, que era rubio, del norte, norte, y tenía los ojos claros. Por eso dicen que todavía sale algún rubio por aquí de tanto en tanto. Y ella también estaba perdida, sola y recién parida, sin enterrar al padre muerto que seguía sobre un camastro después de tres días porque ella no podía con él, ni cavar el agujero. Ella, que además tenía un niño, que era también su hermano, porque se lo había hecho su padre. En estas tierras no hay mujeres y que no paraba de decirle: ¡Ele, ele…, duerme, duerme, mi niño! Y el niño a punto también de morir cuando llegó él, perdido, sin saber ni dónde estaba, ni a dónde iba y con aquello todavía metido en la canasta, que la llevaba sin saber qué hacer y que se la estaban comiendo los gusanos por haberle cagado la moscarda, la moscarda de noviembre, la más tragona.

Por Ricardo Muñoz Carrión.

Una familia, un instante

No existe más tiempo que el presente y cada instante tiene la duración exacta de lo que tarda en acontecer.

Un domingo cualquiera, en una casa como tantas, de un barrio residencial indeterminado, a las afueras de una ciudad innominada, una familia despierta y los largos días de calor y cielos azules, cuando la primavera termina, se adentran camino del verano a velocidad variable, se suceden más aprisa o más despacio dependiendo de los sueños, las esperanzas o los temores particulares de cada uno de sus miembros.

Se ha hecho de día y en el momento en que el perro, después de una noche de soledad, ruidos y picores, gime en el jardín ansioso de comida, juegos y caricias, el aroma a café caliente y tostadas recién hechas flota en el ambiente y desde la cocina asciende por las escaleras hacia los dormitorios en los que cada uno de los que están dentro de la casa anda a lo suyo.

Puede que, a esa hora, el más feliz de todos sea el último que ha venido al mundo cuando ya nadie imaginaba que pudiera venir y que no tardará en cumplir los once meses. Ocupa su espacio en una cama pequeña colocada en lo que pudo haber sido el vestidor del dormitorio principal, pero que se habilitó como cuarto-cuna cuando empezaron a llegar los hijos. Amanecía cuando se volvió a dormir después de tomar su primer biberón y lleva un buen rato envuelto en un apacible sueño con imágenes de mujeres sonrientes que lo miran de cerca y que guardan un ligero parecido con su madre.

Esta, que también se ha vuelto a dormir, tiene la cabeza trastornada por verse de pronto, sin saber cómo, caminando completamente desnuda por la calle, siguiendo cogida de la mano a un hombre que, a diferencia de ella, va vestido con un traje azul claro. Por mucho que lo llama, el hombre no gira la cabeza. Sabe que lo conoce, pero no es capaz de recordar su nombre. Ella avanza sonriente, alegre, confiada por la calle tras de él. No le importa ir así.Incluso puede decir que le provoca cierto placer que la gente la mire y se fije en su cuerpo desnudo. A la misma vez, en un rincón de su cerebro, no deja de preguntarse cómo es posible que algo así no la avergüence lo más mínimo si ella, que recuerde, nunca se ha desnudado delante de alguien que no sea su marido. Al cabo de un rato, el hombre que la lleva de la mano se da la vuelta y la mira. Ella lo reconoce al instante. Aunque ha envejecido y aparenta tener más de cuarenta años, sabe que es su hijo mayor y que se ha dejado bigote. «¿Bigote? ¡Qué cosas son los sueños!», se dice para sí misma mientras abre los ojos. Despierta ya, revive la pesadilla que acaba de tener y sacude la cabeza con el firme propósito de borrar de la mente cuanto antes su recuerdo. Percibe en el aire un leve olor café, lo que le rebela que la abuela, su propia madre, ha madrugado más que ella y se le ha adelantado. Es algo que le fastidia. Sabe que en algún momento del día su madre encontrará la forma de reprochárselo. A su lado su marido, el hombre con el que se casó hace veintiún años y que conoce desde hace casi treinta, tumbado, con la boca abierta, medio tapado por la colcha, aún duerme.

Para él, que ha pasado una noche de perros, entre llantos de niño, ardor de estómago, ganas de orinar y desvelos, el amanecer no ha llegado aún. Se encuentra conduciendo su todoterreno en medio de la noche por una carretera que no conoce, estrecha y llena de curvas. Por algún motivo que no acierta a comprender, la luz de los faros no hace más que apagarse dejándolo completamente a oscuras. Se arrepiente de la hora en la que se empeñó en comprarse aquel coche que le salió por un ojo de la cara. Aunque va a ciegas la mayoría del tiempo, no se sale de la carretera e incluso tiene tiempo de apartar la mirada del parabrisas, soltar el volante e ir pulsando todos los botones del salpicadero para probar si alguno de ellos es el que se encarga de mantener encendidas las luces. En un momento dado se da cuenta, con cierto alivio, de que está sentado en el asiento del pasajero y no conduce él sino su hija, a la que ve con la cara que tenía cuando era niña y que emocionada no deja de repetirle: «¡Mira papá, mira, conduzco sin mirar…!» «¡Lo haces muy bien cariño, pero ve despacio, ve despacio! ¡Tú siempre despacio y por la derecha!», le dice en sueños. Ha apartado de nuevo la vista y cuando la vuelve a mirar ya no es su hija la que va al volante sino una mujer a la que conoció hace años en la capital, en un congreso al que él asistió y a la que no termina de olvidar del todo. Es ella la que ahora le grita a él: «¡La curva, la curva..!» y justo en el momento en el que se desvían de la carretera y comienzan a caer por un precipicio, tras un espasmo, se despierta. «¡Vaya sueño…! ¿He roncado?» pregunta a su mujer que está ya de pie junto a la cama y que no le contesta. Mira la hora en el reloj digital de la mesita, recuerda que es domingo, que no tiene que trabajar y que le había prometido a su hija que la llevaría a conducir por primera vez el coche antes de que empezara a dar las clases en la autoescuela.

La hija, recién cumplidos los diecinueve, a la hora en que su padre sale del sueño y mira el reloj, ya está despierta. Tumbada boca arriba en la cama, lee. Lleva así casi una hora. Un libro abierto le cubre la cara. Su nariz toca el centro interior del lomo. Aspira el olor de la cola, del papel impreso, de la tinta, por eso no huele ni el café ni las tostadas que ha preparado la abuela pese a que su habitación es la más cercana a la cocina. Si la pudiéramos ver, veríamos que está llorando. En el relato una heroína acaba de morir de forma trágica, su héroe está destrozado por la pérdida. Ella siente que es a la vez la heroína y el héroe, vive en su propia carne la pasión de ambos, comprende su dolor, sufre como ellos. «¿Cómo puede ser la vida tan injusta?», se pregunta. Quiere seguir leyendo, pero no puede. Aparta el libro, pero aún no se puede ver su rostro. En un instante se ha dado la vuelta y lo ha hundido en la almohada. Sigue llorando, todo su cuerpo se estremece boca abajo con cada suspiro y sus pies suben y bajan golpeando con rabia el colchón hasta que, en un momento dado, se detienen. Ya no llora, se ha desahogado. De repente levanta la cabeza, coge un pañuelo de papel, se sacude la nariz y, de un salto, se pone de pie frente a la ventana. Sube del todo la persiana, abre la ventana, deja que entre el aire y llama al perro que desde abajo, en el jardín, alzando la vista para mirarla, mueve el rabo y ladra. Lo llama, dice su nombre. Fue ella quien le puso el que tiene. Ella la que eligió llamar Aníbal al perro que le regaló su hermano el mayor.

El mayor, el que ya no está, el que decidió irse, quizá para siempre, a vivir a una ciudad del norte a más de tres mil kilómetros y que dejó en casa al otro, al de en medio, al consentido de su padre según ella, al que odia, al que no puede ni ver y que sigue durmiendo y que no saldrá de su cuarto hasta que todos hayan perdido la paciencia, hasta que todos hayan desfilado por la puerta para rogarle que salga y haga algo de una vez y deje de pasarse el día tirado en la cama leyendo cómics y masturbándose, hasta que todos hayan maldecido una y mil veces la hora en la que se juntó con aquella pandilla de punkis de la que no se separa desde que le dio por el rock duro, la estética heavy y el anarquismo ácrata.

La abuela, en cambio, se levantó temprano, cuando no había amanecido aún. Escuchó ruido en el dormitorio de su hija, el pequeño lloraba, pero no entró ni preguntó si la necesitaban. Cansada de esperar a que se levantaran después de algunos cigarrillos y algunos tragos a escondidas, se puso a preparar por su cuenta el desayuno. No hizo zumo, no había naranjas. Desde un tiempo a esta parte siente que estorba. Su hija no le pasa ni una. Antes, durante el embarazo, con su hija todo el día acostada por el riesgo de aborto, bien que la dejaba ir a su aire, hacer lo que quisiera en la casa. Era ella la que organizaba, la que hacía la compra, la comida, lavaba la ropa, los platos, pero ahora su hija anda todo el día detrás de ella atosigando, que si esto no se hace así, que si esto no se pone aquí, que si ahora toca esto, ahora lo otro… Ya ni siquiera la deja fumar en la casa, ni beber el güisqui que le gusta. Menos mal que hay huecos para esconder botellas y noche para beber sin que nadie te observe. Si no fuera por el pequeño, ya habría vuelto al pueblo. Esa pequeña bola de carne que gatea y que pronto andará, la tiene loca. Ahora que lo piensa le viene el recuerdo de haber soñado algo antes de levantarse. Sí, lo tiene claro, que cogía al niño, el dinero del banco, un autobús…

Por Ricardo Muñoz Carrión. 

La fiesta de la tortuga ninja

Si fue sin querer, si ni me di cuenta siquiera, si estaba allí y no supe cómo había llegado.

Si el tiempo es relativo y un instante puede abarcar un año o un siglo o una eternidad y el espacio se curva y también es relativo, y en una calle puede haber una plaza, un puente, un volcán, un glaciar o un hemisferio.

Si fue una conducta impropia o acaso un acto de cobardía vil, mezquino y ruin que en una familia bien considerada, de la alta sociedad, alguien como yo fuera arrojado de su seno, separado, repudiado, ocultado al poco de nacer por deforme y grotesco sin que por ello, contrariamente a lo esperado, creciera en mí deseo alguno de venganza, sino que más bien acepté mi destino en la esperanza de hacerme más fuerte, y resignado me entregué a él y fui alimentado por una hembra de la especie más cercana a mi aspecto, una cucaracha-tortuga que vivía a sueldo, mísero, en nuestra propia casa, oculta en una buhardilla de arriba, a la que quitaron el hijo para colocarme a mí en su lugar y así conseguí salir vivo y llegar hasta los ciento diecinueve años y parecer, como para todos aparento, que solo tengo veintiuno.

Si me pediste que lo dejara, que fuera a otro lugar más conveniente en el que pudiera pasar desapercibido, no molestar ni ser estorbo para nadie y pese a todo, y sin saberlo, yo llegué hasta allí y pedí que me abrieran y lo hicieron y me invitaron a que bebiera aquello que servían y que tomé sin rechistar siquiera y pedí más, y más me dieron.

Si había luna llena, en plenas fiestas por la muerte y resurrección, y me acogieron gustosos los que no me conocían, y me alzaron en su nombre y me subieron a lo alto y ante todos estuve bien, y bien visible todo el tiempo, con unos y con otros alternando, aunque allí yo no pude ver, ni oír, ni oler y aun así fui atado, clavado, elevado hasta que ya de día el disco masivo del sol nos quemó las pestañas, las yemas de los dedos, nos dejó ciegos y nos empujó a amarnos así como lo hacemos, a puro fuego, a arder en definitiva, a consumirnos y a ser ceniza cuanto antes.

Si no lo hice yo solo, si otros lo hicieron conmigo, ahora que ya Mesopotamia es Iraq y no queda más remedio que seguir en este planeta porque no podemos ir a ningún otro y si me arrojan de nuevo porque de nuevo sobro, tal y como hicieron en su día, te suplico que, tras esta nueva fiesta de la que participo y a la que sin saberlo me has convocado, me dejes que me pierda por la calle, que me pierda entre el infinito número de los demás seres que existen, entre los coches y el tráfico, las aceras, las casas, los edificios, las alcantarillas y que después de las sirenas de la policía, de las ambulancias y los chirridos metálicos de los frenos y de los neumáticos, tras la gran explosión, dejes que llegue al fin mi cuerpo al polvo y que sean las palabras que me han traído hasta aquí, a estar junto a ti, a esta hora terminal, las que finalmente, esculpido y frío, en la piedra viva, dejen mi nombre recordado para siempre. Vale.

(Fin)

Por Ricardo Muñoz Carrión.