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En ausencia de dientes

Cuando los restos de almendra se refugian
en los espacios interdentales de la boca, no
hay retorno posible.

Sobreviene una lucha encarnizada con la lengua
como protagonista.

Pasan las horas y no existe hilo de pescar
ni árbol hecho palillo que pueda liberarte de
esa agonía vital.

Las encías se convierten en hogar de partículas
nacaradas que en los días más fríos son como islas
abandonadas.

Mis padres murieron con la boca casi vacía de molares,
quizá por eso despreciaban el turrón duro que venía
de regalo en el lote de empresa.

Hubo una navidad en la que fui niña y  los reyes magos
me trajeron  instrumentos musicales. Un año de solfeo
y poca cosa más. Turrón variado y cagatió, caga turró*.

Círculo vital: nacer y morir de la misma
manera que llegamos. Desnudos, sin dientes
y pequeños.

Mis padres eran amantes del turrón blando.
Sí, de ese de yema quemada que al entrar en
contacto con la saliva los ojos se convierten en
lunas llenas.

Hubo una navidad en la que fui niña y mi madre
me cortaba trozos de turrón, del blandito. Del que
ella mejor podía masticar.

Hubo una navidad.

*https://es.wikipedia.org/wiki/Ti%C3%B3_de_Nadal

Por Raquel Egea.

Con hache intercalada

Juan solía escribir cohete
sin hache intercalada.
Él, púber Mcgiver de mente distraída,
destrozaba infinidad de palabras
escribiéndolas con uve.
Asesino de letras, agitador de
maestras y efímero gigoló.

Era como una sombra.
Una alta y pura a la que
solía conceder la libertad
condicional cuando llegaba
la hora del patio.

Cuadernos de escritura incompletos.
Ortografía imperfecta de un
macarra fingido con corazón
de melón.

A Juan le costaba escribir
correctamente cohete con
hache intercalada.

Yo, empollona resignada, me
debatía entre un sobrepeso no
elegido y una timidez pétrea
que aún permanece en el tiempo.

Juan era feliz, yo sueño con serlo.

Por Raquel Egea.

Madre eterna

A Luisa, mi madre.

mama

 

 

 

 

 

Siete de junio.
El tiempo se para.
La niña de ojos buenos ya no
regará sus plantas.

Son estas manos ciegas sin ti
las que te idolatran cada día,
cada minuto y cada vez que corro
al teléfono para volver a escucharte.

Silencio.
Vacío de jazmines y escarcha en la sangre.

Mi ídolo.
Mi humilde heroína a pesar de las
espinas que siempre te hicieron
el camino demasiado largo.

Mujer inmortal.
Madre eterna.
No es tu muerte la que te hace grande
sino tu vida, esa puta que un día olvidó
quererte más.

Te venero.
Desde el dolor de tu ausencia.
Con mi carne sedienta de tus flores.
Como la luz de los relámpagos que te
daban miedo cuando la noche
se hacía cuervo.

Ya no hay truenos.
Ya no hay viento.
Respira, mamá, respira.

Por Raquel Egea. 

Desayuno en Qart Hadash*

IMG_20160510_122304Descafeinado de máquina con
leche fría de soja y sacarina.
Un par de tostadas poco hechas
con nada de tomate y un efímero
chorrito de aceite de oliva virgen.

Sin sal,
con niebla.
Con aire y sin
cielo.
Sin apenas tierra
por delante.

Sentada en la piedra
y a pocos metros del
mar, las serpientes
espigadas se marchan
entonando cantos de sirenas
para vencer sus propios
miedos.

Respiro hondo.
¿Cuánto le debo?
1,80€.
¿Cuándo acabará todo?
Tú rema, sigue remando.

*Qart Hadasht (nombre de una antigua ciudad cartaginesa ubicada donde se erige hoy día la ciudad de Cartagena). 

Por Raquel Egea. 

Fiesta

Anda jaleo, jaleo:
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo.
Federico García Lorca

Fiesta.
Caballo blanco de tu cara serena.
Fuente de luces encerrada entre
tus puños.

Callada y fría,
como la luna plateada encima
de tu pubis.

Fiesta.
Gacela libre de sangre encerrada.
Brizna de lana que viste tu alma.
Estela de fuego sobre tu espalda.
Frágil y libre, como una nube alta.

Fiesta.
Los potros afuera gritan su nombre
mientras la hierba te come las venas.

Fiesta, fiesta.
Vienen los novios por la alameda,
van las heridas por la cancela.

Acaba la fiesta y empieza la selva.
Tus ojos son ya dos naranjas sobre
la mesa.

Por Raquel Egea.