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Paradise

Amanece. Los tonos rosados cubren el cielo y el agua. Hace horas que observo el horizonte. Surinám, país salvaje, me guiña desde la orilla contraria. Estamos en Paradise, paraíso terrenal que encontró su lugar en este perdido rincón del mundo, aldea indígena de la selva.

Amanece. El cielo clarea, el sol se despereza y comienza su ascenso. Y hay unos segundos de silencio entre el callar de la fauna nocturna y el despertar de la diurna.

Amanece. Las copas de los árboles se agitan con la primera brisa de la mañana y el zumbar de moscas y abejorros comienza al tiempo que el sol se eleva, que el cielo, la superficie del agua y, en realidad, todo lo demás, pasa a ostentar una tonalidad amarillo pálido.

Amanece y la mística bruma, que surgía del agua brindándole  una irreal impresión de calma, deja paso a la percepción real de la corriente que fluye junto con todos los peces que acaban de despertar y salen a la caza del desayuno.

Amanece un nuevo día tras una noche sin dormir, escuchando las historias de los viejos indios, alrededor de un fuego, al principio, tendidos en la hamaca, más tarde, donde nos observamos. Mis manos acarician tu nuca. Tus rastas, largas, me hacen cosquillas en el ombligo, situado en mis entrañas, origen de mi vida. Nuestros pies se enredan, haciendo y deshaciendo nudos a su antojo.

Amanece y me tomas la mano, los tonos rosados cubren el cielo y el agua donde tú y yo nos sumergimos. Los pajarillos cantan al unísono, en mi alma y sobre aquella ceiba.

 

Y es que ya amaneció.

                                                                                                      Sinnamary, 05/03/2017

Por Carmen Arjona. 

Sí, todo con exceso

Que quería brisa helada bajo la piel desnuda, inundando el agua no solo transparente sino casi intangible, nada prácticamente, solo viento mojado y nosotros dentro haciendo salpicar el mundo frío, colgante en nuestras bocas. Que las quería húmedas la piel y el alma, pero húmedas de rocío cristalino, gélido, entumecidas hasta tocarse y apenas sentirse, atravesarse ateridas de luna y agua, de noche y viento. Y que brazos largos como alas de Ícaro rodearan cuellos imposibles, tiritantes, hacia arriba siempre sin prudencia, olvidando el fuego de la Historia, congelada ahora tras pupilas infinitas. Que quería el cielo en tu sonrisa, las estrellas brillar en tu saliva, caer de tus ojos como lágrimas y cubrirte la cara de astros, así salpica el mundo, se engancha a jirones de pelo empapado, oscuro y brillante. Y las palabras las quería atropelladas, azuladas de frío, las quería escapando de ti y de mí corriendo de tus entrañas a las mías y de las mías a las tuyas, veloces, buscando calor en la garganta de uno y recogiéndolo para llevarlo a la del otro. O más al fondo, las quería, más dentro.

Y, todo, solo lo supe cuando lo tuve.

Por Clara Jiménez. 

Salmo primordial

No necesitamos representar a Europa cual hostil toro que clava sus astas hiriendo un mar que cree únicamente para sí, ni como un leviatán hambriento que se consumirá devorándose a sí mismo.

Sólo es blanco el frío lacerando las pieles curtidas en un lugar extranjero, no el lomo del astado, no es mansedumbre lo que adornan las flores, sino un deceso más, un pulso perdido en la longitud hostil del camino a la tierra santa, un paraíso infecto, una Arcadia que cierra sus fauces atrapando la inocencia en una explosión eterna.

El secuestro es un borde afilado que impide dar el paso en falso,
la sinceridad de un futuro en llamas.
No se trata de buscar un profeta o de interpretar constelaciones
sino de tornar el agua: que no sea tumba sino continuación.
Y un muerto entre las manos cargas -dices- arqueando las cejas, añorando en tus labios
un paquete entero de tabaco, el soborno de otra nueva vida eterna o que al menos no destroce las rodillas por los largos pasos de lamentos

 Una infancia entre tus ovarios cargas -dices- un pañuelo que cubre tu boca para evitar el esputo, la enfermedad contagiosa, el frío en cada noche ajena. ¿Quién sabrá si de tus ojos -observadores inquietos- habría brotado la explicación de tantas cosas? Los plumajes de los pájaros, la suavidad del nacido, el horror de la ignorancia… pero no, tus ojos sirven sólo para no perder el paso en falso, así como tus pies para afilar las piedras del camino por si fuese necesario cortar la garganta que impida proseguir la peregrinación descreída, así como para portar en tus lumbares la rabia y la vergüenza del calor del hogar allá a lo lejos, la reunión familiar de los desconocidos, la mesa puesta; tu espalda dejó de ser hermosa para ser funcional.

Un futuro embargado acarreas -dices- así como piedras sin zapatos tus plantas abrasan y no es Pompeya lo que surge bajo tu ser, ni son ruinas, ni pretéritos, pues, como pregonas, en tu garganta viaja la vida por desarrollarse, el grito que hará temblar el tronco de los árboles, el lamento que osará apagar la descuidada lumbre del hogar sereno.  

Utilizas con mesura el astrolabio -dices- pues los mapas antiguos hablan de distintas naciones y aunque jamás vuestra estirpe temió al paso en falso, sí es cierto que no quiere dividir tu cuerpo entre dos colores separados por un nervio tenso y azaroso, o encontrar tus huesos en algún lugar que ahora no exista.

Ofrecéis -tú y los tuyos- en vuestros labios los sauces que han vivido en las orillas, en ambas: la conocida y la que jamás se osó conocer, las cañas que viven de la sal que condenó a la tierra y las mujeres, ese extraño fantasma que recorre los huesos de los nómadas que debe tener algo de marítimo cuando en dos divide a las ciudades, cuando en dos divide las vidas, los continentes, los espacios y los lugares, las conciencias. Y los aparta a un lado como si no importase lo vivido tangencialmente. Sin importar que la marea ocasione un epicentro injusto.

Manso toro que te rapta y te obliga a volver al frío barro, eso -dices- es el comienzo de la pesadilla, del lastre y la vergüenza temerosa de tantas manos que son capaces de ahogar a Neptuno irredento pero tanta callosidad hace olvidar la fuerza que la ocasionó. No olvides las matas que se enredan en lo más cercano al suelo de tu huida. No olvides el polvo y el escombro. No olvides la melodía que creó tu sangre: la derramada, la que circula, la que vaga por la incierta tierra como tú y los tuyos lo hacéis.

No olvidéis.

No olvidemos.

Por José Nieto Jiménez. 

El hombre de la mano seca

Hombres absurdos siempre hubo. El primero fue un rey; ladrón y tramposo. El gesto inútil de su empeño forzoso no empaña la fuerza de su arresto útil. Y esta es la única inmortalidad a la que pudo aspirar. Este rey se conformó, o le obligaron; no sabemos, ni ahora ni en el futuro.

Hombres indiferentes siempre hay. El primero es el hombre de la mano seca; arquetipo y prototipo. Permite en silencio el acto bondadoso que trae pareja la condena del inocente. Es el paciente malintencionado, agente del malentendido. El hombre de la mano seca devora a sus hijos, pero come sin ganas.

Poetas siempre habrá. El penúltimo será también el hombre de la mano seca. Entonces cumplirá el rito y repetirá los gestos; imitará al dictado, remedará al diablo.

El hombre de la mano seca no es dichoso. Cómo podría serlo. Tan solo esboza una media sonrisa de navaja en la soledad de su caverna.

Por Fernando García Maroto.

(Sin título)

Bajo mis párpados caben tus manos. Tu media sonrisa de muchacho guapo. Caben tus labios rizados, poderosos, sirenianos cuando sólo me hablan a mí. Cuando sólo los escucho yo.

Cierro los ojos y serpentea tu nombre en mi mente, vibra tu s, como si consiguiera llamarte. Tu nombre de mi voz. Tu nombre como un conjuro, como una invocación. Tu nombre innombrable.

Todo es posible dentro de mí. Al resguardo de mis pestañas, puedes ser mío. A la sombra de mi imaginación, de mis fantasías con tu cuerpo, no hay improbables. Todo tiene día y hora. Y anotación en la agenda. Todo se concreta tras una puerta cerrada a la terrible e hiperrealista despedida que te saca de mí, del abrigo de mis párpados y pestañas. Del cobijo de mi imaginación, del amor, al fin conjugado.

Por Patricia Nogales Barrera.