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Visitas

Cuando los cronopios visitan a Cortázar, les gusta colarse por todas las rendijas que consideran posibles. Nunca llaman a la puerta. Una mañana se despiertan, acicalan sus cuerpos húmedos y verdes frente a un trozo de espejo que uno de ellos recuperó con cariño de la calle y van saltando, uno sobre otro, hasta llegar a la casa del visitado. Entran por la cerradura de la puerta, por el breve espacio entre la ventana y su marco, con dificultad, también entran por la tubería y deben hacer mucho esfuerzo para pasar sus gomosos cuerpos por las canaletas del lavabo. Les gusta aparecerse sin avisar porque creen que siempre los esperan y, cuando llegan, llenan de bailes y música de espera el salón y rodean la cabeza de Cortázar como si fueran una corona de laureles. Alguno, a veces, se cae y llora, pero luego la música lo reconforta, porque cree que le cantan a sus lágrimas y vuelve a la ronda.

–Buenas salenas, cronopios cronopios.

–Buenas salenas, Cortázar Cortázar.

Se sonríen durante unos minutos mientras él toma café y acaricia a su gato. Algunos cronopios, entonces, abandonan el baile y, sigilosos, se abrazan al lomo del felino para recibir ellos también una caricia en su cabeza que, aunque no fuese dirigida a ellos, siempre la sienten como propia, porque se la han robado.

Cuando los famas piensan en visitar a Cortázar actúan de la siguiente manera: uno revisa la agenda durante un mes exacto y va acomodando los días, no según orden cronológico, sino según el orden de prioridades de las actividades que deben realizar cada día. Entre ellas se destacan: blanquearse los dientes, bailar tregua y catala frente a un grupo de esperanzas tristes, hacerse un control médico mensual para descartar patologías severas y de las otras, quitarle brillo a una trompeta y luego volvérselo a poner. Por lo general, la idea de visitar a Cortázar queda en el final de la lista, aunque lo hayan pensado para el primer día del mes. Entonces, uno de ellos llama y averigua con el futuro visitado: disponibilidad de atención, emergencias médicas próximas, estado de las instalaciones sanitarias y eléctricas de la casa, comportamiento de los vecinos y cantidad de pelos que el gato suelta cada vez que se rasca. Esperan, cada vez, que les pongan alguna excusa de por qué hoy no es un buen día, pero nunca lo consiguen, y deben abandonar la idea del plan B, que era hacerse una permanente y moverla mientras bailan catala. Al llegar a su puerta, la golpean tres veces, sin impaciencia, pero con cierto hastío y Cortázar los recibe sonriendo, porque ese mismo día lo visitaron unos cronopios y uno todavía se esconde en algún rincón de la casa y puede escuchárselo reír a carcajadas mientras se esconde de los famas.

Por Javier Montiel. 

Humareda

Cuando aparece
por mi espalda y de frente
se me niega como el sol
estira desde su orilla un dedo
prolongación de cuerdas mayores
encerando mi frente
y calculando con sus labios mi
racimo de dudas.

No ha venido para quedarse
y ya no piensa en irse
multiplicando mis ojos como peces
se perturba sola entre las sombras
y se ovilla como burbujas de cieno
para satisfacer de brillos a quien sabe
que será sobrevivido por ella.

Por Javier Montiel. 

Vacilaciones

Día largo, cansador. Estuve acarreando libros pesados de un lado a otro de la ciudad en mi mochila negra, deseando que llegase pronto la tardecita, la puesta de sol y pudiera entrar al seminario de los martes. Montevideo respiraba su cansancio sobre mi espalda, sus sábanas pesadas de humo, la mirada estática de mil gusanos. Sabía que, una vez en el salón, descansaría de ambas cargas y podría entretener mi atención en digresiones teóricas. No me agotaba pensar, nunca lo ha hecho. Encuentro en esas discusiones una estética, un goce ameno, el hipnotismo abrazador de las palabras.

Llegué, como siempre, sobre la hora; pero no me negué el cigarro en la puerta. Veía por los resquicios de las aberturas, la que daba a la calle y la del salón, que el profesor aún no se había sentado y ordenaba algunos libros sobre el escritorio y una serie de relojes de arena vacíos; tenía tiempo. Mis piernas dibujaban un vaivén en el suelo y, bajo los pies, escuchaba el sonido a huesos triturados de las hojas secas de los plátanos. El aire era el colchón donde se mezclaban el olor a humo del tabaco, la humedad que llenaba de vida las juntas de las baldosas de la vereda y el olor a pan viejo y mohoso del almacén muerto de la esquina.

Arrojé lejos el cigarro, vigilando que no aterrizara sobre ninguna hoja, entré y me senté. Aún sentía el olor del humo que había impregnado mi ropa; no quiero incomodar a nadie –pensé–. Luego noté, o al menos así lo creí yo, que a la chica sentada a mi derecha le había gustado el olor. Me miraba de reojo y acercaba su cabeza, y con ella, claro, su nariz. Uno nunca sabe cuáles son los perfumes que pueden seducir. No quería mirarla directamente, temía que se avergonzara o simplemente se diluyera su imagen como un fundido a negro o una estatua de cera al sol, que eso redundara en una tristeza infinita y en un congelamiento de mi mirada.

El profesor comenzó a discutir sobre la obra de Felisberto Hernández y ciertas atopías de su literatura. De estos temas, alimentaba mis pocas fuerzas para mantenerme despierto, de ahí, y de la incomodidad de los asientos, que tienen esa tablilla para apoyar los cuadernos y se me enterraban siempre entre las costillas flotantes y las fijas, no dejándome siquiera respirar en paz. No deseaba fruncir el ceño demasiado, transformar un gesto de interés, que pudiera continuar capturando a mi compañera, en uno de dolor y desagrado.

Yo me encontraba sentado contra la pared, a la izquierda del seminarista, alejado de él por lo menos dos metros. Lo escuchaba hablar con calma, modulando la voz, generando un efecto de simulacro, una pantomima finamente articulada. Se paseaba, no sin estilo, de un lado a otro del escritorio, de Todorov a Barrenechea, de un libro al que estaba debajo, de Barrenechea a Campra, de un reloj de arena vacío a otro manchado de grasa, de Campra nuevamente a Todorov. Me encontraba atento a lo que decía y, a la vez, atento a la joven que estaba a mi lado, en particular a las ondas de sus cabellos amelazados y a las voluptuosidades de sus apuntes. Veía, apenas, como la punta de su nariz se movía nerviosa hacia mí, como tanteando el aire, como hacen las ratas al encontrarse con un nuevo trozo de cartón, pero sin tanta belleza. Yo buscaba extraer el aire que podía haber quedado en el fondo de mis pulmones, con la esperanza de que algo del olor del humo siguiera agazapado ahí, pero el peso del aire superficial no me permitía alimentar ese hambre y temía que aquellas fosas buscaran nuevos olores en otro lado.

La voz del profesor abordaba el asunto del problema, de la vacilación en la literatura fantástica. Su voz se detenía en el aire como sosteniendo allí el eco del significado bajo la sonoridad de lo que decía.

Noté, de súbito, bajo el escritorio del seminarista y, al principio, solo con la periferia de mi mirada, una gota de sangre espesa y fresca. Capturó mis pupilas de inmediato, y pese a desfilar cien hipótesis veloces entre mi mirada y la gota, supuse que no podía tratarse de otra sustancia. Sus bordes eran irregulares y dibujaba a su alrededor la frontera de contacto con el suelo.

Le presté mis ojos por un tiempo y los dejé bañarse a su voluntad en la espesura roja de la imagen. Era claro su reciente abandono de algún organismo; mantenía aún intacto su carmín oscuro, por lo que pensé que se trataría de sangre venosa. Su brillo solo perdía fuerza hacia los bordes y en las salpicaduras más pequeñas que la orbitaban detenidas. Se estaban secando.

Miré, luego, a las demás personas, y quizás no habían pasado ni dos segundos de todo esto. Necesitaba comprobar que ellos también la hubiesen visto. Intercambiar gestos de duda y complicidad, en fin, calmar la angustia o destapar el caos. Pero todos seguían, hipnotizados, los labios del profesor que presentaba un rosado pálido y viscoso, produciendo que las palabras que salieran de ahí se adhirieran torpes a las paredes y resbalaran mucosas hacia el suelo. Volví a la gota. Estaba seguro de que en cualquier momento caería una segunda (o quién sabe cuántas hubiesen caído ya y qué número en el orden le correspondería a la siguiente), directamente arriba de la anterior y, ahí sí, alguien más tendría que notarlo.

La charla continuaba con fragmentos de El acomodador; los lugares, el espacio, la experiencia y la metáfora que no pasa del gesto de abrir sus alas para luego afirmar sus pies en el concreto. Mis ojos se enrojecían por otra sangre, bostezaba y, de vez en cuando, volvía a la mancha bajo el escritorio que aún mantenía su frescura en el centro y, ahora, parecía haber ensanchado su perímetro. No saber de dónde provenía me alteraba y producía una electricidad en mi nuca. Los ojos se me encendían de curiosidad, los ojos, que eran enteramente de aquella mancha que podía ver muy nítida, de pronto, enorme.

Me di vuelta y pude ver que la muchacha de al lado jugaba con los vellos de mi brazo y los olía profundamente, haciendo que los mismos se estiraran largos. Vi mi rostro, que parecía estúpido, afirmando continuamente, como un autómata barato, mientras los ojos descansaban en los labios lentos del profesor. Me preocupé de que alguien me viera allí, arrodillado junto a la sangre, pero cuando noté mi falta de sombra mi cuerpo respiró profundo la calma que yo sentía en otro sitio.

Escudriñaba la parte de abajo del escritorio, buscaba encontrar la herida que supuse grieta en la madera, la veta sangrante. Los vistazos debían ser rápidos y de continua ida y retirada. Mi yo atento no podía permanecer mucho tiempo con el mismo gesto y sin pestañear, pues corría riesgos de levantar sospechas, o peor, detenerme tanto bajo el escritorio que finalmente podría materializar mi sombra en el piso, junto a la sangre. Creerían que fui yo quien intentaba asesinar el escritorio.

La joven era hermosa. Su lengua se movía por mi oreja con movimientos similares a las lombrices vivas en los anzuelos. No quería volver, la indiferencia supuesta de mi cuerpo la llevaba a esmerarse más, a buscar zonas bajo la ropa, bajo la piel, o quizás simplemente buscaba mi caja de cigarrillos.

Fui y vine dos veces hacia la mancha. La luz no alcanzaba a alumbrar lo suficiente y el profesor cada tanto me miraba con ojos extrañados, como sosteniendo una pregunta pesada entre sus párpados, pero no estaba seguro de si me miraba a mí o a través de mí. Yo debía incorporarme, por las dudas, para asentir con la cabeza pero en su mirada no estaba mi reflejo. Quizás apenas un vacío cercano al de sus relojes. De cualquier modo, él hablaba cada vez más despacio y, en las pausas, ahora largas, se fatigaba y robaba con trabajo las partículas de oxígeno. El escritorio, por el contrario, se mantenía erguido. Se me antojaba como un herido de guerra, con el orgullo terrible de pretender morir de pie, como si eso evitara la subsiguiente caída. Volví a intercambiar miradas cuestionadoras con el profesor, mientras, en otro sitio, pasaba la mano por la madera, justo encima de la sangre, buscando el lugar exacto que manchara mis dedos, pero no conseguía más que alguna astilla etérea, que desaparecía al volver a mi asiento y encontrarme conmigo. La joven, sentada en mi falda, de espaldas, llevaba mis manos tontas a su vientre y las apretaba con una fuerza que parecía de dos.

En el piso, la gota continuaba ensanchándose y llegué a suponer, torpe, que la sangre manaba del suelo, pues siempre me perdía los momentos de la caída y el impacto, el encuentro de la sangre con la sangre.

Los demás fruncían el ceño y se miraban entre ellos con curiosidad, pero no miraban al suelo. Volví a meterme, ahora de lleno bajo el escritorio, decidido a encontrar aquella veta malherida, el nudo desprendido, la colonia de termitas vampiresas. Creí sentir, en la distancia, que la joven se desmayaba, pero comenzó a gemir al instante. Yo perdía las esperanzas. Estaba por rendirme cuando me distrajo un crujido de madera y un ruido de cráneo contra el suelo. El escritorio se desplomaba junto al profesor, y regaba por el suelo todos los libros y los cristales rotos que aquellos relojes dispersaron como arena por el suelo.

Por Javier Montiel. 

Génesis

Érase una vez, aquello que, aún, nunca fue. Érase una vez y varias veces, lo que sin ser, insistía. Un hombre, como la muerte que no se lleva a nadie, o se hace la dormida, disfrazando de sábanas sus mortajas. Un hombre –decía– parado en el centro de la nada. Y como nada era, todo aquello que rodeaba a ese hombre, lo oscuro de un cielo nocturno podía deslizarse suavemente, primero, naciendo de su propia sombra –entonces, descubrimos que había luz, al menos, o era la nada brillando de ausencia–, luego, como si fuese agua que manaba de un hueco en la tierra, se extendía hasta donde la vista alcanzaba, y algo más vimos. Pero un gran trozo de nada aún permanecía impávido a los pies del hombre, dejando sus piernas suspendidas, su cuerpo sostenido entre la ausencia de tensiones, girando muy suavemente sobre su eje, recorriendo con sus ojos que no tienen en qué fijarse, arriba, la oscuridad de la noche, abajo, el agua que se nos empieza a colar nuevamente entre las palabras, colgando de los dedos que escriben la historia que se era, cuando no se era nada. Y esa agua era agua, pero, por la mansedumbre de su avanzar leve, era espejo y reflejaba, y aunque podíamos imaginarnos un horizonte algo más claro, no era más que imaginación, pues la nada no era clara ni oscura… ni nada. Entonces, era el agua, y el espejo, y los pies que parecían cuatro, las piernas que parecían cuatro, los brazos, la cabeza no, eran dos, y se observaban, uno arriba, el otro abajo, –si es que coordenadas como estas nos es lícito colocar–, uno apoyado en las plantas de los pies del otro, con la mirada como segundo eje, girando, en medio de una noche que eran dos, que era una y dos. Cayó la primera lágrima, allá, al encuentro de otra que subía y colmaron, ambas, aquel mar que duplicaba todo. Entonces, hubo la distancia y la tristeza. Y en las ondas crecientes que de aquel punto de encuentro se formaron, la imagen de su rostro se deformaba, lo licuaba y producía un vaivén en el brillo de su mirada y en las cejas que parecían cambiar continuamente el gesto de la cara del doble. Entonces, la sonrisa que bailaba, sobrevino, la alegría fue después. Érase la nada y un hombre, su sombra, la noche, érase la nada y el agua, y el otro, érase la nada, la distancia, la lágrima, la sonrisa, érase la tristeza, la alegría, después. Érase la nada, la nada. Y aquel hombre, dotado como estaba de articulaciones, en medio de aquel giro que se perpetuaba, quebró sus piernas y arrimó su rostro al rostro, sus ojos a los ojos, hasta que la nariz fue un reloj de arena junto con la otra, y asustado por la sensación del agua que siendo la primera vez que lo tocaba, era comprensible que así se sintiera, construyó el miedo y con el miedo, vino el tiempo. Volvió a sumergir la punta de la nariz en el agua, hasta que su boca se apoyó en la superficie húmeda, que temblaba bajo su respiración como la fiebre misma, pero no hubo donde apoyarla, no vinieron otros labios a dejarse tomar como lecho por estos. Entonces, esa nada era el amor, aunque él nunca lo supo. Y del amor, de su desconocimiento, vino el saber. Y era la nada, el saber y la nada. Volvió a erguir su cuerpo, aquel cuerpo formal, desnudo o vestido, con sombrero negro, que apenas se veía entre aquellas dos noches, y suspiró. Fue un suspiro largo, un suspiro que dejaba dentro de sí aquella nada, que lo vaciaba y, al vaciarlo, silbaba al pasar por su nariz y el sonido lo conmovió, sorprendido por aquello que era nuevo, como todo hasta ahora. La sorpresa se escapó de su garganta y estiró sus labios, y entonces fue la música, la música y la palabra cabalgando en ella, subiéndose con el aire en marcha, entonces fue después la palabra. En su giro, el hombre notó que aquello que abandonara su lengua y lo que a esta rodeaba volvía o se perpetuaba un instante en el aire para ser capturado luego por su oído y supo que podía repetir eso, cuantas veces quisiera, entonces ya no miraba al otro ahí debajo, –ocupado, también él, con sus propios suspiros–, miraba la nada, que estaba aún ahí, detrás de aquella noche y aquel mar, detrás de su propio sombrero, miraba a la nada y hablaba solo para escucharse, entonces fue la compañía. Érase la nada, un hombre, érase su sombra y la noche, érase antes la luz y luego el agua, érase el espejo y la distancia, érase la lágrima y la sonrisa, érase el tiempo y el temor, érase el suspiro y la música, érase la compañía y la nada. Érase la nada… La nada.

Por Javier Montiel. 

Una breve intermitencia

El 18 de junio de 2010, murieron todos los otros, aquellos que se suponía que murieran porque, a pesar de que hicimos todo lo posible, señor, o fue todo muy rápido y ni siquiera vio venir el vehículo, o ya estaba muy viejita y ahora está descansando, así, sin los dolores del reúma que era lo que ella quería y deberíamos estar contentos, por ella, porque pasó a mejor vida, murieron, como decía, todos esos, menos quien se suponía que debía morir. Pero qué deuda o deber es este que marca por acumulación de azares o en el caso de algunos, los que pueden estar ahora a lo largo del mundo, ya sea de un árbol o del techo, pendulando de una cuerda, por decisión propia, aunque en ellos también algunos azares han arrastrado como las aguas de un río, muchas rocas y ramas a su paso, dificultando el discurrir natural de la corriente. Y debemos contentarnos con eso, acaso. No, señor. Porque se dice que las deudas se pagan aquí, lo decimos aquellos que no creemos en un allá y el aquí pierde por tanto un poco de fuerza. Pero entonces, cómo puede ser que las deudas generadas por esos azares se paguen con la acción de ausentarse definitivamente, sustraerse del mundo y de uno mismo, dejando apenas unos colores pálidos y los últimos sonidos estomacales, porque eso sí, el ácido no entiende de muerte, ni siquiera cuando la habita.

El 18 de junio, en domicilio que era suyo, pero fíjese usted, en un país que no le pertenecía pero que lo había adoptado por amor, como un novio por fin simpático que se consiguiera la niña, con 87 años y medio, que es importante decirlo, porque en definitiva, preguntémosle a los muertos si seis o siete meses en su vida no fueron importantes, y nos dirá que si se sabe, cada minuto haría la diferencia al hacernos temblar. Ahí en la cama estaba José. Había escrito dos páginas ese día que ya eran la 29 y la 30, y masticaba despacio ideas para su continuación. Pero allá, en Azinhaga, ombligo de Portugal, un viento fino y apretado se coló por una rendija y apagó la llama de una vela que brillara desde un tiempo que ninguno ya recuerda, porque casi nadie guarda espacios de memoria para objetos que solo tienen valor de uso, quizás por eso uno se cree que pueden estar encendidas toda una vida y que aquella llama, por cada instante de existencia es eterna. El viento giró luego en semicírcula curva y por la misma rendija que no impidiera su entrada, como pidiéndole perdón a un portero y haciendo mea culpa, escapó, y dirigió su marcha hacia Lanzarote, buscando complicidad a su paso, pues sabía que necesitaría ayuda para tan ambicioso fin. Ajeno a todo esto estaba José, que hacía entrar y salir de sí otros vientos, que luchaba con sus propias piedras y ramas para que ese viento fuera vaivén y río y, ya cansado, decidía poner fin a la corriente. Uno, así al pasar, dice Decidía, como si fuese un acto volitivo, pero es que expresiones como esas nos place a aquellos que queremos cargar con dignidad el momento de la muerte de alguien querido, y el respeto a veces nos hace mentir y adjudicar deseos de partida a aquellos que, como José, se acuesta pensando en las páginas 31 y 32 que escribiría al día siguiente y nos dice con toda su voluntad, Me quedo cuanto pueda, joder. Entonces, por respeto a la verdad y abandonando pretensiones que calmen nuestra angustia de sabernos no poseedores de nada, nos vemos obligados a decir simplemente que ahí estaba, pensando en aquellas dos páginas y quizá en los cientos que había escrito antes, sin saber que 31 ó 32, podían ser los minutos que le quedaban para continuar pensando.

La puerta se abrió, leve para no molestar un posible sueño, para no hacer sonar las campanitas sobre la puerta, un respeto por el silencio que es casa tanto del pensamiento como de su ausencia. É você, preguntó con voz difícil y tenue, esperando la dulzura de un acento español que lo ha acompañado por muchos años. Sus ojos no se abrieron al preguntar, preferían recibir la respuesta antes que ir con la mirada a su paso. Del otro lado hubo silencio. Y ese silencio se desplazó despacio por la habitación, rodeando la cama de José, acercándose a su cabecera, con la mirada fija sobre su frente arrugada y hermosa. Debajo de las telas anchas que cubrieran su brazo, unos dedos blancos, finos, óseos, abrieron con cuidado el cajón de la mesa de luz y contemplaron el sobre violeta que permanecía cerrado sobre algunos estuches de lentes, llaves que ya no abren ninguna cerradura y lapiceros que el tiempo fuera recolectando y que, más que tinta, cargarían la suposición de permanencia de algún recuerdo que ya se había esfumado. Se sonrió al reencontrarse con aquel sobre cerrado, sobre que ella misma cerrara dos semanas atrás, cuando se lo envió, conteniendo la carta que más dificultad le dio escribir, aquella que le hiciera temblar el pulso a la que pulso jamás ha tenido, si lo que dicen todos los discursos metafísicos es cierto, y la muerte goza de su misma condición. Sonrió, decía, porque supo de la complicidad. Era necesario para él, como mensaje, tan solo el color del sobre, para saber de lo que se trataba. Y ahí ella comprendió que no hubiese sido necesario escribir aquella carta, que hay cosas que se transmiten por otros medios y que también son mensaje, quizás hasta más puros, sin ese ruido que cargan las palabras, aun cuando son escritas. Pero entonces todo cambia. Y aquello que adjudicamos como reclamo o espera de un acento particular, porque al ponernos en su lugar cometimos el gravísimo error de pretender colonizar sus sentimientos, aquella pregunta que en este caso no respondía a ninguna ontología, É você, podía entonces estar dirigida, no a aquella, sino a esta otra, que se sonríe con pena al lado de su lecho y que cierra nuevamente el cajón porque la visión de aquel sobre y la suposición o certeza de su contenido, se le hacen difíciles de tolerar. Parece incluso cómico, una muerte que se acongoja por su propio accionar. Parece cómico, pero por alguna razón no lo es tanto, porque algo de ternura y pena nos transmite a nosotros, que necesitamos de la frialdad, del cálculo despiadado, de la mano firme y terrible de aquella que nos arrebata a tantos y que se presta así como blanco de nuestro odio, para hacer la cosa, creemos, más tolerable, para introducir a la justicia o la injusticia como causas de algo que no es ni lo uno ni lo otro. Y entonces vemos a esta, muerte que reivindica la minúscula en su nombre, que se presenta con respeto y guardando las formas, que se nos cuela casi humana por el rabillo del ojo, y lo cómico o irónico deja de serlo casi de sopetón.

É você verdade, repitió él agregando una certeza en la pregunta, cosa rara de los permitires de la gramática, Soy yo, respondió ella, adecuando su lengua no al interlocutor, sino a la región en la que se encuentran ambos, aún. Él dudó frente al acento español, y necesitó abrir los ojos para comprobar que estaba frente a quien creía estar, Por quê demorou mais um dia, te esperava ontem, Ayer no pude venir, dijo ella desviando la mirada hacia los pies de la cama y luego más allá al rincón, Tenía otros asuntos que atender y se me atrasó todo, Isso é merda, le respondió José entre la tos y las arrugas. Al taparse la boca con la mano, como suele hacer la gente respetuosa ya no sabemos si por eso o por costumbre y automatismo, se podía notar el parecido entre ambas manos, la de él y la de ella, que ahora apoyaba sobre la rodilla de este para que no se levantara demasiado entre los estertores de la tos. Podía decirse incluso que lo que en ella era tela, en él era piel, y hasta ahí llegaban las diferencias de lo que cualquier observador podría apreciar. Leve-me agora, então, No es tan sencillo, Llévame ahora, insistió él en español, que claro que lo dominaba y desde hacía tiempo, pretendiendo resolver con coincidencia de lenguas algo que era disidencia de opiniones, o mejor y más exactamente, de deseos y posibilidades. Te estás devolviendo a la tortura, preguntó la guadaña que aún no había sido introducida en este relato pero sí lo había sido, de modo mucho más prudente, en la habitación. La muerte miró a aquella luna naciente de refulgente metal y no fue necesario decirle nada para que guardara silencio y acusara su equivocación.

Lo que no dice esta muerte, y que nos explicaría un poco más su titubeo, su reticencia a otorgar explicaciones a aquel que no las pide pero demanda su acción, es que hace dos semanas y un día, algo diferente, en su rutina laboral, se instaló. No podemos decir que no existieran antecedentes de lo ocurrido, ya tiempo atrás un comportamiento similar y anómalo aconteció en la tarea rutinaria del modo escogido por ella misma y nadie más de anunciar su próxima arribada a aquellos que, como decíamos allí arriba, el azar les ha acumulado alguna rama y se la ha venido a colocar en la rueda para hacerlo caer más allá del piso y de modo definitivo. Por tanto, se encontraba ella sentada frente al escritorio de su pequeña oficina. La guadaña afilaba su hoja con cuidado como quien se afeita el rostro luego de varios días de licencia, y la muerte firmaba cientos de cartas que dispensaba con su gesto particularísimo de agitar el sobre en la mano, hasta que desaparecía y era entregado del modo más eficaz e irrevocable a su destinatario, anunciándole que a las dos semanas abandonaría el mundo de los vivos. En su lista de destinatarios, un nombre nuevo apareció al pie de su lista, casi pidiendo permiso, casi como el sol que renace en la mañana con sigilo y ganando poco a poco la fuerza de sus colores y luz, así la tinta se iba oscureciendo y permitiendo leer claramente el nombre se José Saramago, entre dos líneas de renglón que parecían flaquear en el sostén de aquella caligrafía. Decir que la muerte palideció sería irónico, al menos digamos que su sorpresa es comparable a ello. Aquel nombre no era cualquier nombre, no para ella, nuevamente se despertó, en apariencia aplacada, la ira que le producía la obligatoriedad de su oficio. Resignada, firmó finalmente aquella carta, levantó en el aire el sobre, que en su caso y por cortesía iba lacrado, hay formas que no deberían haberse perdido, e hizo desaparecer el sobre en el aire. Miró hacia un costado, apoyó ambas manos en la mesa para ganar impulso al levantarse y cuando volvió la vista al escritorio con las rodillas un poco menos flexionadas pero a medio camino de no estarlo en lo absoluto, notó que un sobre violeta, idéntico a los que ella cerraba todos los días, yacía como si fuese solo presencia ahí. Levantó la vista al cielo, nadie entendería exactamente por qué, quizás ni siquiera ella, tomó el sobre entre sus manos y con aquel gesto que parece de desdén lo hizo desaparecer. Se dirigió a su cama para descansar los pensamientos, puesto que como muerte que era, no dormía jamás y al destapar las sábanas volvió a encontrar el sobre. Lo primero que se presentó en ella fue una sonrisa terriblemente blanca, donde se sintetizaba su recuerdo de la última vez que eso ocurrió y de cómo consiguió así incluirse en la carne de otro hombre y besar con su carne aquella otra, de un músico que nada tenía al parecer de especial, pero que su existencia, en el mundo de la lógica oscura que es el que habita la muerte, parecía tener mucho más de extraordinario que cualquier otra. Sin embargo, sabía de José, y entonces supuso que las razones eran otras y que debía apurarse a comprenderlas. Levantó nuevamente el sobre y en el momento de insistir con su gesto notó que este, a diferencia de aquel, no estaba lacrado. Se sentó en la cama, y sin dejar tiempo siquiera a la duda, abrió el sobre para comprobar quién podría ser quien rechazara su mandato. La carta, sin embargo, no tenía su caligrafía, el estilo muerto de su escritura, y aunque era otro, no por eso era menos muerto que el de ella. La carta le estaba destinada a quien ahora la leía, y quien firmara, aunque mantuviera una correspondencia letra a letra con la suya, el trazo era otro y de otra muerte por tanto se trataba, una que le decía que el cese de su labor llegaría exactamente en dos semanas, con la última acción laboral que su contrato le exigía, es decir, llevarse al último destinatario de sus avisos. Entonces comprendió, o creyó comprender que a lo sumo es lo mismo hasta que nos topamos con argumentos válidos en contra, que de la muerte de aquel que hiciera esa aparición tan sigilosa en su lista, se desprendía por necesidad lógica su propia muerte. Y aquí sus pensamientos se detienen de golpe, y se reanudan en la interrogación, Cómo es posible que yo muera, siendo que ni pulso ni latidos tuve nunca, menos entonces hálito o cualquier cosa parecida. La carta, qué dice exactamente la carta, dónde está ese pasaje, Se deja por la presente, constancia del cese de su ejercicio y por tanto su funcionalidad quedará nula irrevocablemente, de aquí a dos semanas y con el último acto de su ejercicio que tendrá, por primera vez en su historia, lo sabemos y lamentamos mucho, a dos destinatarios. La carta continúa, pero el resto no son más que palabras que ella sabe de memoria y que pretenden simular un respeto por aquel acreedor de tan terrible misiva. Le sorprende sin embargo que se usen términos que imitan empatía siendo que la muerte que ha escrito aquella carta sabe que esta comparte su misma condición y por tanto no serían necesarios esos modos. Pero pasemos por alto estos cotilleos mentales y continuemos con lo importante, es decir, el trabajo o la acción, lo funcional de su existencia, el sostén de sus pelados huesos.

Ahora entendemos, o creemos entender, por qué esta muerte titubea, por qué ha dado un día extra y cómo ese porqué puede, si hacemos esfuerzo de malicia, responder a algo más profundo y egoísta que al simple hecho misericordioso de darle al otro, al novelista, unas horas más de respiración y producción. Me leva por favor, dice ahogado en su propia respiración José, Ya no tiene sentido quedarme a decir nada, ni en la eternidad podría decirlo todo y además tampoco esa ha sido mi pretensión. La muerte lo observa y observa sus propias manos, Con una condición, miente ella y nosotros lo sabemos, Cuál, Que nos vayamos juntos. La guadaña abrió grandes los ojos, puesto que párpados no tenía, y quiso interrumpir, pero se detuvo antes de que una mano huesuda detuviera sus palabras en el aire. Então, dijo él, Então, respondió ella y colocó dos dedos sobre los párpados de aquel y los cerró al mismo tiempo que a su alrededor todo se ponía oscuro. En la última exhalación que escapara de su nariz, aquel viento fue a encontrarse con ese otro que viniera atravesando las fronteras de una balsa de piedra, desde Azinhaga hasta Lanzarote y con redoblada y última fuerza, juntos, doblaron las campanas pequeñas que colgaban del marco superior de la puerta del cuarto y que ahora anunciaban algo distinto u opuesto a una llegada.

A la memoria de José Saramago. Si me apuran, diría con egoísmo que preferiría que no estuviera descansando.

Por Javier Montiel.