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Humareda

Cuando aparece
por mi espalda y de frente
se me niega como el sol
estira desde su orilla un dedo
prolongación de cuerdas mayores
encerando mi frente
y calculando con sus labios mi
racimo de dudas.

No ha venido para quedarse
y ya no piensa en irse
multiplicando mis ojos como peces
se perturba sola entre las sombras
y se ovilla como burbujas de cieno
para satisfacer de brillos a quien sabe
que será sobrevivido por ella.

Por Javier Montiel. 

Vacilaciones

Día largo, cansador. Estuve acarreando libros pesados de un lado a otro de la ciudad en mi mochila negra, deseando que llegase pronto la tardecita, la puesta de sol y pudiera entrar al seminario de los martes. Montevideo respiraba su cansancio sobre mi espalda, sus sábanas pesadas de humo, la mirada estática de mil gusanos. Sabía que, una vez en el salón, descansaría de ambas cargas y podría entretener mi atención en digresiones teóricas. No me agotaba pensar, nunca lo ha hecho. Encuentro en esas discusiones una estética, un goce ameno, el hipnotismo abrazador de las palabras.

Llegué, como siempre, sobre la hora; pero no me negué el cigarro en la puerta. Veía por los resquicios de las aberturas, la que daba a la calle y la del salón, que el profesor aún no se había sentado y ordenaba algunos libros sobre el escritorio y una serie de relojes de arena vacíos; tenía tiempo. Mis piernas dibujaban un vaivén en el suelo y, bajo los pies, escuchaba el sonido a huesos triturados de las hojas secas de los plátanos. El aire era el colchón donde se mezclaban el olor a humo del tabaco, la humedad que llenaba de vida las juntas de las baldosas de la vereda y el olor a pan viejo y mohoso del almacén muerto de la esquina.

Arrojé lejos el cigarro, vigilando que no aterrizara sobre ninguna hoja, entré y me senté. Aún sentía el olor del humo que había impregnado mi ropa; no quiero incomodar a nadie –pensé–. Luego noté, o al menos así lo creí yo, que a la chica sentada a mi derecha le había gustado el olor. Me miraba de reojo y acercaba su cabeza, y con ella, claro, su nariz. Uno nunca sabe cuáles son los perfumes que pueden seducir. No quería mirarla directamente, temía que se avergonzara o simplemente se diluyera su imagen como un fundido a negro o una estatua de cera al sol, que eso redundara en una tristeza infinita y en un congelamiento de mi mirada.

El profesor comenzó a discutir sobre la obra de Felisberto Hernández y ciertas atopías de su literatura. De estos temas, alimentaba mis pocas fuerzas para mantenerme despierto, de ahí, y de la incomodidad de los asientos, que tienen esa tablilla para apoyar los cuadernos y se me enterraban siempre entre las costillas flotantes y las fijas, no dejándome siquiera respirar en paz. No deseaba fruncir el ceño demasiado, transformar un gesto de interés, que pudiera continuar capturando a mi compañera, en uno de dolor y desagrado.

Yo me encontraba sentado contra la pared, a la izquierda del seminarista, alejado de él por lo menos dos metros. Lo escuchaba hablar con calma, modulando la voz, generando un efecto de simulacro, una pantomima finamente articulada. Se paseaba, no sin estilo, de un lado a otro del escritorio, de Todorov a Barrenechea, de un libro al que estaba debajo, de Barrenechea a Campra, de un reloj de arena vacío a otro manchado de grasa, de Campra nuevamente a Todorov. Me encontraba atento a lo que decía y, a la vez, atento a la joven que estaba a mi lado, en particular a las ondas de sus cabellos amelazados y a las voluptuosidades de sus apuntes. Veía, apenas, como la punta de su nariz se movía nerviosa hacia mí, como tanteando el aire, como hacen las ratas al encontrarse con un nuevo trozo de cartón, pero sin tanta belleza. Yo buscaba extraer el aire que podía haber quedado en el fondo de mis pulmones, con la esperanza de que algo del olor del humo siguiera agazapado ahí, pero el peso del aire superficial no me permitía alimentar ese hambre y temía que aquellas fosas buscaran nuevos olores en otro lado.

La voz del profesor abordaba el asunto del problema, de la vacilación en la literatura fantástica. Su voz se detenía en el aire como sosteniendo allí el eco del significado bajo la sonoridad de lo que decía.

Noté, de súbito, bajo el escritorio del seminarista y, al principio, solo con la periferia de mi mirada, una gota de sangre espesa y fresca. Capturó mis pupilas de inmediato, y pese a desfilar cien hipótesis veloces entre mi mirada y la gota, supuse que no podía tratarse de otra sustancia. Sus bordes eran irregulares y dibujaba a su alrededor la frontera de contacto con el suelo.

Le presté mis ojos por un tiempo y los dejé bañarse a su voluntad en la espesura roja de la imagen. Era claro su reciente abandono de algún organismo; mantenía aún intacto su carmín oscuro, por lo que pensé que se trataría de sangre venosa. Su brillo solo perdía fuerza hacia los bordes y en las salpicaduras más pequeñas que la orbitaban detenidas. Se estaban secando.

Miré, luego, a las demás personas, y quizás no habían pasado ni dos segundos de todo esto. Necesitaba comprobar que ellos también la hubiesen visto. Intercambiar gestos de duda y complicidad, en fin, calmar la angustia o destapar el caos. Pero todos seguían, hipnotizados, los labios del profesor que presentaba un rosado pálido y viscoso, produciendo que las palabras que salieran de ahí se adhirieran torpes a las paredes y resbalaran mucosas hacia el suelo. Volví a la gota. Estaba seguro de que en cualquier momento caería una segunda (o quién sabe cuántas hubiesen caído ya y qué número en el orden le correspondería a la siguiente), directamente arriba de la anterior y, ahí sí, alguien más tendría que notarlo.

La charla continuaba con fragmentos de El acomodador; los lugares, el espacio, la experiencia y la metáfora que no pasa del gesto de abrir sus alas para luego afirmar sus pies en el concreto. Mis ojos se enrojecían por otra sangre, bostezaba y, de vez en cuando, volvía a la mancha bajo el escritorio que aún mantenía su frescura en el centro y, ahora, parecía haber ensanchado su perímetro. No saber de dónde provenía me alteraba y producía una electricidad en mi nuca. Los ojos se me encendían de curiosidad, los ojos, que eran enteramente de aquella mancha que podía ver muy nítida, de pronto, enorme.

Me di vuelta y pude ver que la muchacha de al lado jugaba con los vellos de mi brazo y los olía profundamente, haciendo que los mismos se estiraran largos. Vi mi rostro, que parecía estúpido, afirmando continuamente, como un autómata barato, mientras los ojos descansaban en los labios lentos del profesor. Me preocupé de que alguien me viera allí, arrodillado junto a la sangre, pero cuando noté mi falta de sombra mi cuerpo respiró profundo la calma que yo sentía en otro sitio.

Escudriñaba la parte de abajo del escritorio, buscaba encontrar la herida que supuse grieta en la madera, la veta sangrante. Los vistazos debían ser rápidos y de continua ida y retirada. Mi yo atento no podía permanecer mucho tiempo con el mismo gesto y sin pestañear, pues corría riesgos de levantar sospechas, o peor, detenerme tanto bajo el escritorio que finalmente podría materializar mi sombra en el piso, junto a la sangre. Creerían que fui yo quien intentaba asesinar el escritorio.

La joven era hermosa. Su lengua se movía por mi oreja con movimientos similares a las lombrices vivas en los anzuelos. No quería volver, la indiferencia supuesta de mi cuerpo la llevaba a esmerarse más, a buscar zonas bajo la ropa, bajo la piel, o quizás simplemente buscaba mi caja de cigarrillos.

Fui y vine dos veces hacia la mancha. La luz no alcanzaba a alumbrar lo suficiente y el profesor cada tanto me miraba con ojos extrañados, como sosteniendo una pregunta pesada entre sus párpados, pero no estaba seguro de si me miraba a mí o a través de mí. Yo debía incorporarme, por las dudas, para asentir con la cabeza pero en su mirada no estaba mi reflejo. Quizás apenas un vacío cercano al de sus relojes. De cualquier modo, él hablaba cada vez más despacio y, en las pausas, ahora largas, se fatigaba y robaba con trabajo las partículas de oxígeno. El escritorio, por el contrario, se mantenía erguido. Se me antojaba como un herido de guerra, con el orgullo terrible de pretender morir de pie, como si eso evitara la subsiguiente caída. Volví a intercambiar miradas cuestionadoras con el profesor, mientras, en otro sitio, pasaba la mano por la madera, justo encima de la sangre, buscando el lugar exacto que manchara mis dedos, pero no conseguía más que alguna astilla etérea, que desaparecía al volver a mi asiento y encontrarme conmigo. La joven, sentada en mi falda, de espaldas, llevaba mis manos tontas a su vientre y las apretaba con una fuerza que parecía de dos.

En el piso, la gota continuaba ensanchándose y llegué a suponer, torpe, que la sangre manaba del suelo, pues siempre me perdía los momentos de la caída y el impacto, el encuentro de la sangre con la sangre.

Los demás fruncían el ceño y se miraban entre ellos con curiosidad, pero no miraban al suelo. Volví a meterme, ahora de lleno bajo el escritorio, decidido a encontrar aquella veta malherida, el nudo desprendido, la colonia de termitas vampiresas. Creí sentir, en la distancia, que la joven se desmayaba, pero comenzó a gemir al instante. Yo perdía las esperanzas. Estaba por rendirme cuando me distrajo un crujido de madera y un ruido de cráneo contra el suelo. El escritorio se desplomaba junto al profesor, y regaba por el suelo todos los libros y los cristales rotos que aquellos relojes dispersaron como arena por el suelo.

Por Javier Montiel. 

Génesis

Érase una vez, aquello que, aún, nunca fue. Érase una vez y varias veces, lo que sin ser, insistía. Un hombre, como la muerte que no se lleva a nadie, o se hace la dormida, disfrazando de sábanas sus mortajas. Un hombre –decía– parado en el centro de la nada. Y como nada era, todo aquello que rodeaba a ese hombre, lo oscuro de un cielo nocturno podía deslizarse suavemente, primero, naciendo de su propia sombra –entonces, descubrimos que había luz, al menos, o era la nada brillando de ausencia–, luego, como si fuese agua que manaba de un hueco en la tierra, se extendía hasta donde la vista alcanzaba, y algo más vimos. Pero un gran trozo de nada aún permanecía impávido a los pies del hombre, dejando sus piernas suspendidas, su cuerpo sostenido entre la ausencia de tensiones, girando muy suavemente sobre su eje, recorriendo con sus ojos que no tienen en qué fijarse, arriba, la oscuridad de la noche, abajo, el agua que se nos empieza a colar nuevamente entre las palabras, colgando de los dedos que escriben la historia que se era, cuando no se era nada. Y esa agua era agua, pero, por la mansedumbre de su avanzar leve, era espejo y reflejaba, y aunque podíamos imaginarnos un horizonte algo más claro, no era más que imaginación, pues la nada no era clara ni oscura… ni nada. Entonces, era el agua, y el espejo, y los pies que parecían cuatro, las piernas que parecían cuatro, los brazos, la cabeza no, eran dos, y se observaban, uno arriba, el otro abajo, –si es que coordenadas como estas nos es lícito colocar–, uno apoyado en las plantas de los pies del otro, con la mirada como segundo eje, girando, en medio de una noche que eran dos, que era una y dos. Cayó la primera lágrima, allá, al encuentro de otra que subía y colmaron, ambas, aquel mar que duplicaba todo. Entonces, hubo la distancia y la tristeza. Y en las ondas crecientes que de aquel punto de encuentro se formaron, la imagen de su rostro se deformaba, lo licuaba y producía un vaivén en el brillo de su mirada y en las cejas que parecían cambiar continuamente el gesto de la cara del doble. Entonces, la sonrisa que bailaba, sobrevino, la alegría fue después. Érase la nada y un hombre, su sombra, la noche, érase la nada y el agua, y el otro, érase la nada, la distancia, la lágrima, la sonrisa, érase la tristeza, la alegría, después. Érase la nada, la nada. Y aquel hombre, dotado como estaba de articulaciones, en medio de aquel giro que se perpetuaba, quebró sus piernas y arrimó su rostro al rostro, sus ojos a los ojos, hasta que la nariz fue un reloj de arena junto con la otra, y asustado por la sensación del agua que siendo la primera vez que lo tocaba, era comprensible que así se sintiera, construyó el miedo y con el miedo, vino el tiempo. Volvió a sumergir la punta de la nariz en el agua, hasta que su boca se apoyó en la superficie húmeda, que temblaba bajo su respiración como la fiebre misma, pero no hubo donde apoyarla, no vinieron otros labios a dejarse tomar como lecho por estos. Entonces, esa nada era el amor, aunque él nunca lo supo. Y del amor, de su desconocimiento, vino el saber. Y era la nada, el saber y la nada. Volvió a erguir su cuerpo, aquel cuerpo formal, desnudo o vestido, con sombrero negro, que apenas se veía entre aquellas dos noches, y suspiró. Fue un suspiro largo, un suspiro que dejaba dentro de sí aquella nada, que lo vaciaba y, al vaciarlo, silbaba al pasar por su nariz y el sonido lo conmovió, sorprendido por aquello que era nuevo, como todo hasta ahora. La sorpresa se escapó de su garganta y estiró sus labios, y entonces fue la música, la música y la palabra cabalgando en ella, subiéndose con el aire en marcha, entonces fue después la palabra. En su giro, el hombre notó que aquello que abandonara su lengua y lo que a esta rodeaba volvía o se perpetuaba un instante en el aire para ser capturado luego por su oído y supo que podía repetir eso, cuantas veces quisiera, entonces ya no miraba al otro ahí debajo, –ocupado, también él, con sus propios suspiros–, miraba la nada, que estaba aún ahí, detrás de aquella noche y aquel mar, detrás de su propio sombrero, miraba a la nada y hablaba solo para escucharse, entonces fue la compañía. Érase la nada, un hombre, érase su sombra y la noche, érase antes la luz y luego el agua, érase el espejo y la distancia, érase la lágrima y la sonrisa, érase el tiempo y el temor, érase el suspiro y la música, érase la compañía y la nada. Érase la nada… La nada.

Por Javier Montiel. 

Una breve intermitencia

El 18 de junio de 2010, murieron todos los otros, aquellos que se suponía que murieran porque, a pesar de que hicimos todo lo posible, señor, o fue todo muy rápido y ni siquiera vio venir el vehículo, o ya estaba muy viejita y ahora está descansando, así, sin los dolores del reúma que era lo que ella quería y deberíamos estar contentos, por ella, porque pasó a mejor vida, murieron, como decía, todos esos, menos quien se suponía que debía morir. Pero qué deuda o deber es este que marca por acumulación de azares o en el caso de algunos, los que pueden estar ahora a lo largo del mundo, ya sea de un árbol o del techo, pendulando de una cuerda, por decisión propia, aunque en ellos también algunos azares han arrastrado como las aguas de un río, muchas rocas y ramas a su paso, dificultando el discurrir natural de la corriente. Y debemos contentarnos con eso, acaso. No, señor. Porque se dice que las deudas se pagan aquí, lo decimos aquellos que no creemos en un allá y el aquí pierde por tanto un poco de fuerza. Pero entonces, cómo puede ser que las deudas generadas por esos azares se paguen con la acción de ausentarse definitivamente, sustraerse del mundo y de uno mismo, dejando apenas unos colores pálidos y los últimos sonidos estomacales, porque eso sí, el ácido no entiende de muerte, ni siquiera cuando la habita.

El 18 de junio, en domicilio que era suyo, pero fíjese usted, en un país que no le pertenecía pero que lo había adoptado por amor, como un novio por fin simpático que se consiguiera la niña, con 87 años y medio, que es importante decirlo, porque en definitiva, preguntémosle a los muertos si seis o siete meses en su vida no fueron importantes, y nos dirá que si se sabe, cada minuto haría la diferencia al hacernos temblar. Ahí en la cama estaba José. Había escrito dos páginas ese día que ya eran la 29 y la 30, y masticaba despacio ideas para su continuación. Pero allá, en Azinhaga, ombligo de Portugal, un viento fino y apretado se coló por una rendija y apagó la llama de una vela que brillara desde un tiempo que ninguno ya recuerda, porque casi nadie guarda espacios de memoria para objetos que solo tienen valor de uso, quizás por eso uno se cree que pueden estar encendidas toda una vida y que aquella llama, por cada instante de existencia es eterna. El viento giró luego en semicírcula curva y por la misma rendija que no impidiera su entrada, como pidiéndole perdón a un portero y haciendo mea culpa, escapó, y dirigió su marcha hacia Lanzarote, buscando complicidad a su paso, pues sabía que necesitaría ayuda para tan ambicioso fin. Ajeno a todo esto estaba José, que hacía entrar y salir de sí otros vientos, que luchaba con sus propias piedras y ramas para que ese viento fuera vaivén y río y, ya cansado, decidía poner fin a la corriente. Uno, así al pasar, dice Decidía, como si fuese un acto volitivo, pero es que expresiones como esas nos place a aquellos que queremos cargar con dignidad el momento de la muerte de alguien querido, y el respeto a veces nos hace mentir y adjudicar deseos de partida a aquellos que, como José, se acuesta pensando en las páginas 31 y 32 que escribiría al día siguiente y nos dice con toda su voluntad, Me quedo cuanto pueda, joder. Entonces, por respeto a la verdad y abandonando pretensiones que calmen nuestra angustia de sabernos no poseedores de nada, nos vemos obligados a decir simplemente que ahí estaba, pensando en aquellas dos páginas y quizá en los cientos que había escrito antes, sin saber que 31 ó 32, podían ser los minutos que le quedaban para continuar pensando.

La puerta se abrió, leve para no molestar un posible sueño, para no hacer sonar las campanitas sobre la puerta, un respeto por el silencio que es casa tanto del pensamiento como de su ausencia. É você, preguntó con voz difícil y tenue, esperando la dulzura de un acento español que lo ha acompañado por muchos años. Sus ojos no se abrieron al preguntar, preferían recibir la respuesta antes que ir con la mirada a su paso. Del otro lado hubo silencio. Y ese silencio se desplazó despacio por la habitación, rodeando la cama de José, acercándose a su cabecera, con la mirada fija sobre su frente arrugada y hermosa. Debajo de las telas anchas que cubrieran su brazo, unos dedos blancos, finos, óseos, abrieron con cuidado el cajón de la mesa de luz y contemplaron el sobre violeta que permanecía cerrado sobre algunos estuches de lentes, llaves que ya no abren ninguna cerradura y lapiceros que el tiempo fuera recolectando y que, más que tinta, cargarían la suposición de permanencia de algún recuerdo que ya se había esfumado. Se sonrió al reencontrarse con aquel sobre cerrado, sobre que ella misma cerrara dos semanas atrás, cuando se lo envió, conteniendo la carta que más dificultad le dio escribir, aquella que le hiciera temblar el pulso a la que pulso jamás ha tenido, si lo que dicen todos los discursos metafísicos es cierto, y la muerte goza de su misma condición. Sonrió, decía, porque supo de la complicidad. Era necesario para él, como mensaje, tan solo el color del sobre, para saber de lo que se trataba. Y ahí ella comprendió que no hubiese sido necesario escribir aquella carta, que hay cosas que se transmiten por otros medios y que también son mensaje, quizás hasta más puros, sin ese ruido que cargan las palabras, aun cuando son escritas. Pero entonces todo cambia. Y aquello que adjudicamos como reclamo o espera de un acento particular, porque al ponernos en su lugar cometimos el gravísimo error de pretender colonizar sus sentimientos, aquella pregunta que en este caso no respondía a ninguna ontología, É você, podía entonces estar dirigida, no a aquella, sino a esta otra, que se sonríe con pena al lado de su lecho y que cierra nuevamente el cajón porque la visión de aquel sobre y la suposición o certeza de su contenido, se le hacen difíciles de tolerar. Parece incluso cómico, una muerte que se acongoja por su propio accionar. Parece cómico, pero por alguna razón no lo es tanto, porque algo de ternura y pena nos transmite a nosotros, que necesitamos de la frialdad, del cálculo despiadado, de la mano firme y terrible de aquella que nos arrebata a tantos y que se presta así como blanco de nuestro odio, para hacer la cosa, creemos, más tolerable, para introducir a la justicia o la injusticia como causas de algo que no es ni lo uno ni lo otro. Y entonces vemos a esta, muerte que reivindica la minúscula en su nombre, que se presenta con respeto y guardando las formas, que se nos cuela casi humana por el rabillo del ojo, y lo cómico o irónico deja de serlo casi de sopetón.

É você verdade, repitió él agregando una certeza en la pregunta, cosa rara de los permitires de la gramática, Soy yo, respondió ella, adecuando su lengua no al interlocutor, sino a la región en la que se encuentran ambos, aún. Él dudó frente al acento español, y necesitó abrir los ojos para comprobar que estaba frente a quien creía estar, Por quê demorou mais um dia, te esperava ontem, Ayer no pude venir, dijo ella desviando la mirada hacia los pies de la cama y luego más allá al rincón, Tenía otros asuntos que atender y se me atrasó todo, Isso é merda, le respondió José entre la tos y las arrugas. Al taparse la boca con la mano, como suele hacer la gente respetuosa ya no sabemos si por eso o por costumbre y automatismo, se podía notar el parecido entre ambas manos, la de él y la de ella, que ahora apoyaba sobre la rodilla de este para que no se levantara demasiado entre los estertores de la tos. Podía decirse incluso que lo que en ella era tela, en él era piel, y hasta ahí llegaban las diferencias de lo que cualquier observador podría apreciar. Leve-me agora, então, No es tan sencillo, Llévame ahora, insistió él en español, que claro que lo dominaba y desde hacía tiempo, pretendiendo resolver con coincidencia de lenguas algo que era disidencia de opiniones, o mejor y más exactamente, de deseos y posibilidades. Te estás devolviendo a la tortura, preguntó la guadaña que aún no había sido introducida en este relato pero sí lo había sido, de modo mucho más prudente, en la habitación. La muerte miró a aquella luna naciente de refulgente metal y no fue necesario decirle nada para que guardara silencio y acusara su equivocación.

Lo que no dice esta muerte, y que nos explicaría un poco más su titubeo, su reticencia a otorgar explicaciones a aquel que no las pide pero demanda su acción, es que hace dos semanas y un día, algo diferente, en su rutina laboral, se instaló. No podemos decir que no existieran antecedentes de lo ocurrido, ya tiempo atrás un comportamiento similar y anómalo aconteció en la tarea rutinaria del modo escogido por ella misma y nadie más de anunciar su próxima arribada a aquellos que, como decíamos allí arriba, el azar les ha acumulado alguna rama y se la ha venido a colocar en la rueda para hacerlo caer más allá del piso y de modo definitivo. Por tanto, se encontraba ella sentada frente al escritorio de su pequeña oficina. La guadaña afilaba su hoja con cuidado como quien se afeita el rostro luego de varios días de licencia, y la muerte firmaba cientos de cartas que dispensaba con su gesto particularísimo de agitar el sobre en la mano, hasta que desaparecía y era entregado del modo más eficaz e irrevocable a su destinatario, anunciándole que a las dos semanas abandonaría el mundo de los vivos. En su lista de destinatarios, un nombre nuevo apareció al pie de su lista, casi pidiendo permiso, casi como el sol que renace en la mañana con sigilo y ganando poco a poco la fuerza de sus colores y luz, así la tinta se iba oscureciendo y permitiendo leer claramente el nombre se José Saramago, entre dos líneas de renglón que parecían flaquear en el sostén de aquella caligrafía. Decir que la muerte palideció sería irónico, al menos digamos que su sorpresa es comparable a ello. Aquel nombre no era cualquier nombre, no para ella, nuevamente se despertó, en apariencia aplacada, la ira que le producía la obligatoriedad de su oficio. Resignada, firmó finalmente aquella carta, levantó en el aire el sobre, que en su caso y por cortesía iba lacrado, hay formas que no deberían haberse perdido, e hizo desaparecer el sobre en el aire. Miró hacia un costado, apoyó ambas manos en la mesa para ganar impulso al levantarse y cuando volvió la vista al escritorio con las rodillas un poco menos flexionadas pero a medio camino de no estarlo en lo absoluto, notó que un sobre violeta, idéntico a los que ella cerraba todos los días, yacía como si fuese solo presencia ahí. Levantó la vista al cielo, nadie entendería exactamente por qué, quizás ni siquiera ella, tomó el sobre entre sus manos y con aquel gesto que parece de desdén lo hizo desaparecer. Se dirigió a su cama para descansar los pensamientos, puesto que como muerte que era, no dormía jamás y al destapar las sábanas volvió a encontrar el sobre. Lo primero que se presentó en ella fue una sonrisa terriblemente blanca, donde se sintetizaba su recuerdo de la última vez que eso ocurrió y de cómo consiguió así incluirse en la carne de otro hombre y besar con su carne aquella otra, de un músico que nada tenía al parecer de especial, pero que su existencia, en el mundo de la lógica oscura que es el que habita la muerte, parecía tener mucho más de extraordinario que cualquier otra. Sin embargo, sabía de José, y entonces supuso que las razones eran otras y que debía apurarse a comprenderlas. Levantó nuevamente el sobre y en el momento de insistir con su gesto notó que este, a diferencia de aquel, no estaba lacrado. Se sentó en la cama, y sin dejar tiempo siquiera a la duda, abrió el sobre para comprobar quién podría ser quien rechazara su mandato. La carta, sin embargo, no tenía su caligrafía, el estilo muerto de su escritura, y aunque era otro, no por eso era menos muerto que el de ella. La carta le estaba destinada a quien ahora la leía, y quien firmara, aunque mantuviera una correspondencia letra a letra con la suya, el trazo era otro y de otra muerte por tanto se trataba, una que le decía que el cese de su labor llegaría exactamente en dos semanas, con la última acción laboral que su contrato le exigía, es decir, llevarse al último destinatario de sus avisos. Entonces comprendió, o creyó comprender que a lo sumo es lo mismo hasta que nos topamos con argumentos válidos en contra, que de la muerte de aquel que hiciera esa aparición tan sigilosa en su lista, se desprendía por necesidad lógica su propia muerte. Y aquí sus pensamientos se detienen de golpe, y se reanudan en la interrogación, Cómo es posible que yo muera, siendo que ni pulso ni latidos tuve nunca, menos entonces hálito o cualquier cosa parecida. La carta, qué dice exactamente la carta, dónde está ese pasaje, Se deja por la presente, constancia del cese de su ejercicio y por tanto su funcionalidad quedará nula irrevocablemente, de aquí a dos semanas y con el último acto de su ejercicio que tendrá, por primera vez en su historia, lo sabemos y lamentamos mucho, a dos destinatarios. La carta continúa, pero el resto no son más que palabras que ella sabe de memoria y que pretenden simular un respeto por aquel acreedor de tan terrible misiva. Le sorprende sin embargo que se usen términos que imitan empatía siendo que la muerte que ha escrito aquella carta sabe que esta comparte su misma condición y por tanto no serían necesarios esos modos. Pero pasemos por alto estos cotilleos mentales y continuemos con lo importante, es decir, el trabajo o la acción, lo funcional de su existencia, el sostén de sus pelados huesos.

Ahora entendemos, o creemos entender, por qué esta muerte titubea, por qué ha dado un día extra y cómo ese porqué puede, si hacemos esfuerzo de malicia, responder a algo más profundo y egoísta que al simple hecho misericordioso de darle al otro, al novelista, unas horas más de respiración y producción. Me leva por favor, dice ahogado en su propia respiración José, Ya no tiene sentido quedarme a decir nada, ni en la eternidad podría decirlo todo y además tampoco esa ha sido mi pretensión. La muerte lo observa y observa sus propias manos, Con una condición, miente ella y nosotros lo sabemos, Cuál, Que nos vayamos juntos. La guadaña abrió grandes los ojos, puesto que párpados no tenía, y quiso interrumpir, pero se detuvo antes de que una mano huesuda detuviera sus palabras en el aire. Então, dijo él, Então, respondió ella y colocó dos dedos sobre los párpados de aquel y los cerró al mismo tiempo que a su alrededor todo se ponía oscuro. En la última exhalación que escapara de su nariz, aquel viento fue a encontrarse con ese otro que viniera atravesando las fronteras de una balsa de piedra, desde Azinhaga hasta Lanzarote y con redoblada y última fuerza, juntos, doblaron las campanas pequeñas que colgaban del marco superior de la puerta del cuarto y que ahora anunciaban algo distinto u opuesto a una llegada.

A la memoria de José Saramago. Si me apuran, diría con egoísmo que preferiría que no estuviera descansando.

Por Javier Montiel. 

Limones en la tierra

Comenzaba la mañana. Los reflejos que zanjaban los cristales y recortaban su sombra eran amables con una noche demasiado larga, y permitían que la oscuridad se fugase poco a poco. Se había pasado varias horas metido frente a un montón de facturas que parecían acumularse en su espalda. La calculadora iba y venía en su mano y en ella hacía las mismas cuentas, cambiando el orden de lo que sumaba, esperando con poca esperanza, números posibles. En la recta final, como en la multiplicación, donde uno intuye que lo único que va quedando propio son los huesos, el orden de los factores no altera el producto, lo remarca en rojo. Los ojos cansados, brillantes de ardor, la cabeza aturdida y, de tanto en tanto, el sueño, lapicero en mano y rayón descuidado en el papel, que lo obligaba a amanecer como una imposición de quien es víctima de saber que jamás sucumbiría al suicidio.

Cuando notaba lo patético de su presente, como si se mirara de afuera y fuera otro, fuera el mismo, pero otro, sumergido en un presente impersonal más afortunado y provisto de mirada panorámica en el espejo retrovisor, cuando notaba los colores que seguramente adoptaba su cara y que el sol, cada vez más allanador, vestía en su piel, cuando una factura oculta y nueva se despegaba como naciendo de la anterior, se reía a carcajadas, volvía a hacer las sumas en la calculadora y, cuando estaba cerca del total, apretaba todos los botones como un niño que juega por primera vez. Reía y el eco de la casa le devolvía aquella risa, pero con ironía. Reía, hasta que las lágrimas le corrían por la cara, lo que le parecía más digno que simplemente llorar.

Decidió ir a la cocina y prepararse un té. Cuando encendió la luz para ver mejor dentro del mueble, la lamparita se convirtió en un fuego artificial, disparando tres, cuatro flashes a un mismo tiempo. Luego el humo, el olor y el humo. Vidrio negro, como imitando la vida y la muerte de las estrellas, el olor a quemado que seguramente los agujeros negros no tienen y nuevamente las risas, sumar al total el costo de la lamparita.

Puso a hervir el agua y debió recordar y buscar a tientas la bolsa de té y el pequeño colador que calza bien en el borde de la taza. Se golpeó, por descuido, con algún mueble, hasta que recordó la luz del pasillo que, aunque no directamente, podría reflejar un poco de claridad en su quehacer. No sabía que vivía aquella mañana, aferrado a la noche anterior.

Las gotas de limón caían en el té, que giraba en remolino acotado dentro de la taza, simulaban una nube o una galaxia muy pequeña y por pequeña, parecía compartir con los niños el sentido de la acción sobre la tela del tiempo. Pensó en los años que le tomaría a la vía láctea, por ejemplo, realizar un solo giro completo. Ahí, el limón acababa de fundirse en el agua, no había girado menos de una veintena de veces, y, sin embargo, la historia de la miseria que es la historia de la humanidad se había desarrollado completa hasta hoy, ácida, como esas gotas que un dios en algún momento pudo haber nombrado y regado en la tierra.

Probó un sorbo y sintió sobre los costados de la lengua el sabor cortante del limón. Como sucederá algún día con nuestra galaxia, también la del té había desaparecido, pero era suplantada por una serie de ondas concéntricas que iban del punto medio de los infinitos diámetros, hacia el borde de la taza y de vuelta al centro haciendo saltar las olas que coincidían. La sonrisa infantil en su cara, esa que jugara a ser dios y soltara las gotas de la miseria en la tierra, se apagó. No sintió nada, trató de escuchar con atención, pero no había nada. Los mares volvieron a su tranquilidad de pozo.

Levantó de nuevo la taza para dar un segundo sorbo y le pareció escuchar un sonido agudo muy bajo, casi imperceptible. Pensó nuevamente en el cansancio, en los números que giraban como los rodillos de una tragamonedas en el estómago cuarteado de Cronos. Cuando apoyó la taza en la mesa, esta comenzó a saltar una vez más, y ahora sí sintió la vibración de la tabla bajo sus codos, llegando a sus hombros y un ruido seco detrás de él lo levantó de golpe de su asiento, derramando el líquido que se expandía como si fuera el mismo universo en expansión. Los libros de la biblioteca se lanzaban al piso entregados a un suicidio colectivo. Miró sin comprender, atónito, ajeno a la sonrisa coagulada en sus labios. A los libros les siguió la biblioteca que se estrelló contra el suelo como queriendo ser sarcófago de tantas obras muertas y, en su apuro, levantó una densidad de polvo que llegó hasta su rostro. Las aguas temblorosas del té, que caían por el borde de la mesa, formaban en el piso un universo paralelo, fuga del primero.

Al silencio inmediato que dejó detrás de sí la biblioteca, silencio de pelusas, papeles perdidos y tierra santa, lo quebró nuevamente el sonido agudo, desgarrado, que parecía provenir de algún lugar de la casa, o de todos los lugares, o de la piel de las paredes.

El recibidor se había convertido en una masa amorfa de escombros y madera, como esqueleto que se repliega sobre sí mismo. Lo seguía el salón, que se desplomaba en ondas que iban desde el recibidor hasta el pasillo. Él aguardaba en la cocina, agazapado como un gato veleidoso, bajo la mesa, sin saber por dónde escapar. Aquel sonido afilado se convirtió en un llanto claro, punzante, pero aún no sabía de dónde provenía. El clamoreo de las paredes colisionando contra los muebles, el piso quebrado, el piano dejando notas eternas vibrando entre el caos de la casa, no lo dejaban concentrarse, ni tan siquiera improvisar una huida.

Permaneció en cauteloso silencio unos momentos, hipnotizado por la vibración de la última cuerda del piano y se sintió entrar en otro tiempo, uno espeso, rastrero. Podía ver abrirse las paredes a su alrededor con perfecto detenimiento y en absoluto silencio. Era como si sus oídos hubiesen quedado colmados de un aire crudo y pastoso. Veía desprenderse un trozo de techo y caer con la misma suavidad que una hoja que se escapa del pico de una paloma, una tarde sin viento.

Cuando la hoja de cemento impactó contra el suelo, se desintegró como una granada en mil partes diminutas, todas distintas entre sí, cada una única y movida por una trayectoria propia, apuradas al encuentro de un espacio que las albergara.

El llanto se reanudó y penetró en aquella nube de tiempo condensado en el que se hallaba, atravesándolo como un aullido. Se levantó brusco, rasgando el aire a su alrededor, arrojando la mesa con su espalda y comenzó a correr entre los escombros, decidido a encontrar a aquella alma que clamaba desde algún sitio. El pasillo parecía un campo de centenares de minas accionadas. Debía moverse presto para evitar las explosiones que perseguían su trayecto con solo instantes mínimos de demora. No podía detenerse. El llanto se escuchaba con más fuerza e impedía a cualquier duda instalarse entre sus sienes. Se paró en la puerta del baño, pero no era de ahí que provenía y aunque las tuberías se anudaban a sí mismas entre tanta destrucción, el llanto era lo suficientemente llanto como para ya no confundirlo con nada más. Miró en el cuarto de lavado, las paredes comenzaban a ser cruzadas por una única grieta que avanzara como una serpiente o un río ganando terreno en el diluvio.

Llegó hasta su cuarto. La cama llena de polvo y escombros, el placar caído en el suelo con la espalda cubierta de ladrillos y cemento. Se aproximó hacia él. El llanto era más poderoso, como si vaticinara la locura o la muerte. Empezó a luchar con los trozos de lo que otrora fuera su vivienda, descubriendo, poco a poco, el fondo del placar que miraba al techo como en gesto de misericordia o esperando los latigazos del castigo. Con uno de los ladrillos golpeó la madera, tratando de abrir un hueco que le permitiera hacer palanca y descubrir finalmente al dueño del llanto. La hendidura se cobró varios minutos y heridas en sus manos. Finalmente logró abrir el espacio suficiente para meter ambas manos y buscar. La ropa estaba amontonada dentro y la movía y apretujaba buscando músculos, un brazo de aquel niño que clamaba con filo, una mano que fuera al encuentro de otra. Pero nada de esto sucedía, y el llanto, lejos de ceder, se esparcía como haciendo eco en cada instante anterior y volviendo redoblado, triplicado, infinito.

Tomó nuevamente el ladrillo y abrió otra grieta a un lado de la anterior. Repitió la acción batiendo sus manos dentro del mueble hasta que dio con algo duro dentro de una camiseta muy pequeña que salió sin problemas por el hueco. Tenía un diseño de autitos de colores y manchas de humedad. La desenredó con cuidado y de dentro extrajo una minucia de espejo con borde ancho de plástico rojo, que colgara de su cuna milenios atrás. Buscó su reflejo, pero la figura que devolvía el cristal no coincidía con la suya. Aquel otro lo miraba, desde su mano, confundido, intranquilo, cargado de una angustia ancestral. Las miradas se sostuvieron un tiempo que parecía nuevamente espesarse. Paulatinamente, los gestos, los rasgos, el brillo dorado de algunas cicatrices, fueron coincidiendo de un lado y otro del plano. El rostro del espejo cerró despacio sus ojos, su boca se distendió definitivamente y el llanto finalmente cesó. 

Por Javier Montiel.