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Los ciegos

Abrió los ojos otra tarde cualquiera de cualquier mes de cualquier año. Todo sombras, una vez más. En la espesura de la noche, de su noche, volvió a pasar los dedos por la página rugosa que, algún tiempo atrás, en la memoria visual, contaba la historia de aquel mito que lo obsesionaba.

Alzó la vista al cielo con la mirada unánime de todos los ciegos del mundo, pupilas como plegarias inútiles, repetidas infinitamente, siglo tras siglo. En ese acto reflejo que de rabia y desolación había pasado a costumbre, pensó en el Minotauro como habría pensado en un hijo. O en sí mismo.

Quizás por compasión, quizás por empatía, se vio reflejado en la soledad de aquella criatura encerrada en el laberinto de sus propias sombras, espejo del número imposible de galerías que conforman el eclipse de la ceguera.

Se sintió aedo, como si el peso de los tiempos hubiera terminado de caer sobre el bastón en que se apoyaba, y quiso cantar la vida sin luz del hijo de Pasífae, su lento vagar a tientas, su patético destino en un palacio sin ventanas. Deseó con fervor componer el más hermoso de los poemas a aquel colosal error de la naturaleza, para que los milenios venideros recordaran espantados los gritos del monstruo sin soles.

Entonces se levantó. Se sostuvo sobre lo que se había transformado en cayado. Golpeándolo rítmicamente contra el suelo, volvió a alzar la vista a su noche eterna. En su laberinto de sombras, cantó como ya había cantado antes otro ciego, otro hombre.

En sus versos, el Minotauro comprendió al fin, que, tras los ojos de Borges, miraba al cielo el Otro. Y que Homero los estaba pensando a ambos.

Por Irene Reyes Noguerol.

Desde mi ventana

Flota en el aire un leve perfume a azahar, un poco a naranja exprimida, un poco a primavera.
A lo lejos, los trenes se deslizan rumbo a ninguna parte con su runrún monótono, con sus ventanas como enormes pupilas, con su lento resbalarse sobre el acero.
Las hojas de los árboles se balancean de un lado a otro, izquierda, derecha, izquierda, derecha…, un vals en los brazos del viento.
Los pájaros chillan, desgañitándose en el inmenso cielo de la tarde, cantando sus versos dulces a la nostalgia.
Los coches atraviesan perezosos la carretera, inmersos en sus burbujas de chapas de pintura. ¿Adónde irán?
Una pareja camina de la mano en silencio, en el silencio amante o cómodo, de quien no tiene más que contar a unos ojos ya no tan de cierva asustada, a un corazón ya no tan vivo.
Los niños pelean, ríen, lloran, se caen jugando a la pelota o al transmutarse en infinitas pieles no infantiles. Se caen los niños con sus juego inocentes. Algunos se levantan. Otros necesitan el conjuro (sin verrugas, por favor) de su sanita, sana, culito de rana… Dejan de llorar.
Las señoras que vuelven de su paseo vespertino son expertas en narrativa de ficción. Tomadas del brazo, hacen pausas dramáticas en sus andares de tortuga desnutrida. Sus maridos prefieren comentar el partido de ayer, las manos cruzadas a la espalda. Son de los de no creer si no ven. Y no quieren nietos poetas.
Desde mi ventana, los aviones son moscas mareadas; los perros, cuatro patitas que ladran por ladrar.
Al naranja ardiente de las nubes lo sustituye un azul piadoso que tiñe de reflejos los cristales de mi barrio. Malva, morado y rosa se suceden, colores mágicos que duran un instante y pintan un cielo irreal, un cielo de cuadro. Tan hermoso que duele.
Las toallas hacen funambulismo en las azoteas, pares (e impares) de calcetines observan desde los balcones, suena al unísono un frotarse de tela contra tela, un rumor que no es de seda ni terciopelo, un susurro casi inaudible, secretos en voz baja que se confían medias y camisas. Se columpia la ropa interior.
A las nueve se encienden las farolas. Al duro palpitar ocre de unas cuantas bombillas rotas le suceden los focos dorados de la noche.
Los carteles parpadean, iluminados, sobre las vías. Del otro lado de los trenes, recortadas por el vagar de las hojas, crepitan las lámparas de un mundo inaccesible; las luces de otras colmenas, las vidas de otro barrio.
Arriba, ya tiemblan, ingrávidas, algunas estrellas, huérfanas de amor.
Se saborea en los labios un regusto a viernes.
El cielo se viste de lentejuelas. Añil y plata.
Flota en el aire un leve perfume a azahar, un poco a naranja exprimida, un poco a primavera.

Por Irene Reyes Noguerol. 

Navidades blancas

La soledad era esto, Fernando, y quien diga lo contrario, que venga aquí a discutírmelo. Porque que estamos solos lo ve todo el mundo, todos se hacen partícipes de este no-estar-acompañados tan evidente, tan fácil de pronunciar, s-o-l-o-s, cinco letras, hasta la cría del piso de abajo sabe lo que significa y todavía no ha entrado en preescolar. Todavía no lee y ya le explicaron lo que quiere decir esta cosa tan bárbara que es la soledad; no hace falta buscar el término en el diccionario, porque todo niño dice alguna vez «estoy solito», aunque su soledad sea una pequeñita y en minúsculas comparada con la nuestra, Fernando, con la nuestra que es una Soledad en mayúsculas y con las esquinas puntiagudas de ese magnífico afilador que es el tiempo.

Y estamos Solitos y nos da casi vergüenza admitirlo, como si fuera un secreto o el silencio no hubiera ido chismorreando sobre nosotros con todos los vecinos del barrio, qué tontería, como si el salir de vez en cuando a comprar el pan maquillara este pellizco en el pecho con colorete rosa, este pellizco que nunca se va y que poco a poco se agarra a los recuerdos y los devora, triturándolos con las muelas de las Horas, reduciéndolos a pura melancolía, haciendo pedazos los años, dejándolos-dejándonos tirados por el suelo como muñecos rotos; tantos días tiernos reducidos a polvo acumulado, porque en eso nos hemos convertido, mi amor, en coleccionistas de humo, reyes de las cenizas, grandísimos soberanos de la nada.

Pero qué alivio que tú ya no te acuerdes de nada, Fernando, también yo deseo ahora –fíjate, con lo que te lloré durante años- ese olvido tuyo que no quieres compartir conmigo. Sin embargo, me dejas Sola en esta incertidumbre infinita de no tener a nadie, en este callarse del Todo, en este silencio absoluto del Universo que da ganas de gritar. Me dejas Sola con este vacío y una inmensa maleta de recuerdos que son todos tuyos y también todos tú, que ya no estás tan aquí como en la memoria de esta vieja nostálgica, que respiras y de vez en cuando incluso abres los ojos, pero ya no me miras como antes, ya no me ves como antes, porque esa mirada terrible traspasa el cuerpo y el espíritu para fijarse en algo que hay más allá y que no puedo tocar ni ver ni sentir, y esta angustia es peor que todas las otras juntas; y es que es la angustia del saber que estás y no estás, del parpadeo del alma –que a veces estira el cuello entre tus sombras y sale a saludar tras un esbozo de sonrisa-, del verte yéndote muy lentito, a paso de tortuga, como si quisieras que te acompañara a tus tierras de vaho, pero nunca me dejaras darte la mano, tú también tan Solo. Hay cosas que no se pueden perdonar, Fernando, y el marcharse sin decir adiós está entre ellas.

Porque qué queda de mí ahora sino estas arrugas que esconden tantas historias entre sus pliegues, sino esta cabeza cana y casi calva, blanca como la nieve que está cayendo -¿la ves por la ventana?-, albina y sin teñir, porque estos brazos ya no valen para nada, cariño, ya no sirven para nada.

Y pasará otra Nochebuena más sin que pongamos el árbol ni las luces, sin que juntos coloquemos cada figurita del belén en su lugar, sin que discutamos sobre qué turrón les pondremos a los niños que ya crecieron y volaron lejos, tan lejos; y ahora recuerdo lo poco que me gustaba discutir contigo, Fernando, tú, que siempre querías darles turrón del blando y yo que lo quería reservar para las visitas de rigor («ese les encanta», decías, «dáselo a los niños, el turrón del duro es para los viejos», y entonces te reías con tu risa de hombre grande, como si hubieras hecho una increíble broma privada que hasta ahora no he comprendido).

Pero qué no daría yo por empezar de nuevo, como dice la canción, por volver a pelearnos, no a gritos, como las otras parejas, sino a mutismo resentido, eso que se nos daba tan bien, ¿recuerdas?: cada uno aislado en una esquina del piso hasta que por cualquier motivo absurdo el silencio acababa con un «¿a qué hora entras al trabajo mañana?» o «¿quieres que compre filetes de merluza para cenar?», excusas apenas forzadas, pretextos flojos y tímidos para romper el hielo. Y qué no daría yo ahora por una sonrisa de aquellas de fin de asalto y de darnos la paz sin decir nada, una tregua acordada con la complicidad de quienes no necesitan palabras para hablarse.

Ya ves que no pretendo imaginarme cenas de aniversario, ni salidas al cine, ni sentarnos a leer juntos o darnos la mano (rituales de tantas parejas que, como todas, creímos hacer únicos, insertándolos en esa infinita repetición de instantes compartidos en la memoria colectiva). Ni siquiera que me llames. No, no busco que me llames. Pido menos, me conformo con menos, con solo una sonrisa, Fernando; no soy ambiciosa, pero creo que sesenta años de matrimonio bien merecen al menos un gesto. Si no quieres, si te molesta, no abras los ojos ni te incorpores en la camilla, no hace falta; solo una sonrisa entre ese olvido tuyo que se te está llevando ante mis ojos (y creo que ya es un poco tarde para hacer de amante celosa del tiempo, pero no puedo evitarlo), que te va engullendo de la cabeza a los pies día a día, poco a poco, tierno como un amante adolescente o duro como el abrazo de una boa, todo depende de cómo se mire –pero yo me decantaría por lo segundo-. Solo una sonrisa que se asome entre tus brumas y tus nieblas, allá por las cumbres altas de tu memoria solitaria y romántica, perezosa caminante sobre tu mar de nubes. Solo una sonrisa de «estoy aquí», que me diga que aún no me has abandonado ante esta Soledad cada vez más mía y menos nuestra, Fernando, porque te siento lejos, muy lejos, te me resbalas como si estuvieras hecho de agua y jamás pudiera cubrir tus brazos de espuma en la orilla; mírate, te hiciste océano sin moverte del sitio, y yo ya no puedo alcanzar cada ola tuya como antes, ya no nado entre tus corrientes, ya te volviste infinito e inhumano, y para esta triste vieja se ha hecho complicado perseguir ese azul tan sin término que ostentas por patria y bandera.

Así que cada vez iré sintiendo menos y recordando más, como dijo alguno; cada vez me haré más un fantasma digno de anuncio de lotería de Navidad o de aquella ancianita de las palomas, esa de Mary Poppins que pedía fría y sola, tan sola a las puertas de una Catedral, compreustedmigasdepan, probablemente deshecha en recuerdos, ella también encerrada en su bola de nieve. Cada vez me iré yendo un poco más hacia ese otro mundo tan contrario a tu inmensa laguna vacía, Fernando, cada vez seré menos yo y más un reflejo de mí misma. Y sé que no tendremos valor para llamar a la policía, como hizo aquella pareja de ochenta que no pudo soportar las ausencias, ¿los recuerdas pidiendo socorro en su soledad?, las peores víctimas son las del tiempo, y qué pena nos dio, qué lástima de vejez, pensamos. Y sé que no nos atreveremos a decir «estamos Solitos», como lo dicen sin miedo los niños, como lo grita este silencio sin nombre. Y sé que esta será otra Nochebuena a tu lado, que ya no eres más que un recuerdo melancólico, un fantasma, una sombra, aquella que se reía a carcajadas de una broma privada que ahora sí comprendo. Porque ahora sí, Fernando, ahora nos toca a nosotros. Y ya solo nos queda turrón del duro.

Por Irene Reyes Noguerol. 

La aguja

Son las cuatro de la tarde de un martes lento y en este noviembre de un lugar cualquiera (pero siempre tan lejos de casa; siempre demasiado al norte) la lluvia golpetea en la contraventana con una llamada tímida, cloc, cloc, dedos invisibles contra el cristal empañado de conversaciones femeninas, cloc, cloc, hermosos pupitres de madera barnizada, que las alumnas de doce años van ocupando perezosamente.

Junto al tuyo, nadie. No te quieren aquí y tú lo sabes.

No deberías compartir su espacio. ¿Qué haces aquí si no te quieren?

Desterrada, como alguna de tus heroínas; has aprendido a valorar esta soledad tan de protagonista de novela –te gustan las novelas-, tan certera y limpia como un corte en la mano, tu soledad quirúrgica, con un porqué transparente que no espera respuestas. Aquí nadie te habla. Estás sola. Aquí nadie te quiere. Eres sola. Tú y ese asiento vacío junto al tuyo.

Y ese deseo de que nadie lo ocupe más, de que por-favor-por-favor hoy no venga a la hora de costura tu compañera de pupitre, no, por favor, otra vez, no.

Pero sí que llega. Virginia siempre llega; a ella no le importa colocarse a tu lado y jamás se pone enferma; alta, robusta y fuerte, como sus apellidos, largos, sonoros y antiguos, tan distintos de los tuyos. Te estremeces al verla de nuevo; un escalofrío recorre tu espalda mientras va sacando el material, lentamente, sin mirarte todavía a los ojos, pero con esa expresión en el rostro que hace que la sangre se acelere por tus venas; esa especie de mueca camino de la sonrisa que aún no te explicas, pero que te paraliza, como una serpiente a su presa. Mientras, ella irá colocando la tela y las agujas sobre la mesa, así, bien cerquita de ti, y tú percibirás cómo va ladeando su cabeza poco a poco, poco a poco, ojalá hoy no te mire de frente; por el rabillo del ojo verás su sonrisa inexplicable, sus dedos sujetando al fin la aguja, dedos impecables con las cutículas de las uñas hacia atrás, dedos que son como los otros, y su pelo negro y largo, con la raya en medio como un hachazo o dos medias lunitas, pelo lacio que también es como los otros, pero que luego dejará caer con todo su peso en un silencio que no es como los otros, que no esconde ni muestra odio, rencor o indiferencia. Y sus ojos tan negros, tan negros, tan abiertos. Y luego…

Antes entra doña Adelaida, sus zapatones de monja laica resonando sobre las losas de mármol que dibujan hermosos arabescos en el suelo del aula. El olor de su perfume de lavanda se mezcla con el de las gomas, las ceras y los lápices que hasta hace unos minutos se extendían sobre las tarimas y ahora se esconden en las pequeñas latas con dibujos de hadas y de gnomos.

Clase de costura, cómo la odias; te sientes torpe y tonta frente a los dedos habilidosos y rápidos de tus compañeras, que se mueven deprisa, gusanitos veloces; las pequeñas tejedoras avanzan sus labores de punto de cruz guiadas por la maestra, una adusta Aracne, alta y delgada; pálida como la cera de las velas que enciende en el convento; seca y seria con todas; contigo, no; siempre hubo una sonrisa para ti; una sonrisa que les negaba a las otras; quizás por eso no te quieren. O también por eso.

Doña Adelaida enciende ahora el magnetófono y, cumpliendo con el ritual, TOC TOC, que su mente creó, comienza a poner cintas. Solo dos y siempre las mismas. Las notas romanticonas y dulces de una tuna y las de Jeannette inundan sistemáticamente las horas de clase, puntada arriba, puntada abajo y de fondo, como enlatado o quizás del otro lado de la ventana, donde la lluvia, clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón.

No te gusta coser, prefieres los cuentos o aprenderte poemas de memoria o inventar historias mirando al techo. No se las vas a contar a nadie, son para ti misma. Te basta y te sobra con eso. Lo que te molesta es ese dolor en los dedos con las puntadas difíciles, esa tensión en las manos retorcidas, estas horas que no te llenan y que se llevan tus tardes, tus siestas lejanas del Sur, allá, en tu casa, cuando el tiempo se hace lento y dulce y el aire pesa, tan lejos de este frío gris; de esta humedad en los huesos; de esta canción que vuelve a repetirse una y otra vez y se clava en tu cerebro como una tortura. Si algún día, clavelitos, no lograra poderte traer… Como una aguja.

Virginia cose a tu lado, pero a ella no parece disgustarle la melodía. Quizás hasta tararee un poco. Sus movimientos son rápidos, precisos. Como si llevara toda la vida haciéndolos. Como si los disfrutara. Y eso te asusta.

Ahora doña Adelaida cambia de cinta y la voz melosa y lánguida de Jeannette acompaña el repiqueteo de la lluvia menuda y constante, del sirimiri. Las notas de Por qué te vas se deslizan casi en susurros, arrastradas levemente por ese acento extranjero e infantil, y es entonces cuando la maestra mira a través de los cristales hacia el jardín de la escuela, sombrío ya a estas horas, -junto a las manillas de un reloj esperarán; todas las horas que quedaron por vivir esperarán-, suspirando quizás por algún amante inexistente o imaginario. Es también entonces cuando Virginia se gira completamente hacia ti. ¡Por fin!; es casi un alivio: «Lo que has de hacer, hazlo pronto», dice tu madre. Sigues erguida, a pesar del temblor de tus manos frías que ya no pueden sostener la labor; continúas mirando adelante, hacia el magnetófono –y el corazón se pone triste contemplando la ciudad -. Por el rabillo del ojo sabes que vas a encontrar su sonrisa. Junto a la estación lloraré igual que un niño. La expresión demente en su rostro de niña fea; los ojos pequeños y juntos; tan oscuros, tan negros, tan negros…, tan abiertos ahora, antes de empuñar la aguja y clavártela un día más en el brazo, clin, todo se vuelve punzante e intenso, la maestra nunca sabrá, clin, y la aguja vuelve a hundirse, solo un poquito, que duela pero que no sangre, clin, aunque sabe perfectamente que tú nunca dirás nada, nada, clin, que lo que te aterra y paraliza es esa falta de motivo, ese odio profundo e inamovible que provocas en ella, en ellas, clin, tal vez solo por ser como eres, tal vez solo por ser de donde eres¿por qué te fuiste; por qué te fueron… por qué te vas…? ¿Por qué te vas?

Por Irene Reyes Noguerol. 

Sombras

Tumbada en la cama, los brazos hacia arriba, las manos flojas en ese punto medio inevitable entre el abrirse o cerrarse, los dedos que no agarran sino puñados de aire, respira la brisa cálida del verano.

Fuera, los niños corriendo, saltando, persiguiéndose, resbalando, cayendo al suelo, peleándose a pellizcos de bruja, a insultos fantásticos, al modo limpio e inocente que irremediablemente ha perdido quien no sabría qué responder si sus compañeros de trabajo lo llamaran «rata de cloaca» u «ornitorrinco de las tinieblas».

Al calor de los cuarenta grados de un principio de julio más, los transeúntes Esperan (bajo la disputada sombra del único árbol del cruce) a que el semáforo se ponga en verde. Esperan los vendedores de sandías, las dependientas del supermercado, el peluquero de la esquina, los hombres del traje gris, el amigo al que todos critican, las abuelas con su risa explosiva –finas y risueñas, pajaritos-aguja que se limpian el sudor con el pañuelo del bolsillo-, los nietos montados en bicicleta, aguardando el sonido del arrastrarse continuo del aceite de las cadenas. Todos Esperan. Con las manos en los costados y los ojos guiñados como pistoleros del Oeste. Con las bocas entreabiertas y resoplantes. Con la mirada fija en el hombrecito rojo que no quiere cambiar de color –«abuela, ¿cuándo cruzamos?»-, ese hombrecito que se divierte viendo sudar a los enchaquetados; que se carcajea, inmóvil, de las sandías que se escurren y escapan del minúsculo Reino en Sombra, emigrantes de un país superpoblado.

A través del deslizarse de los visillos, recostada sobre el colchón, la Niña observa y sonríe, cómplice del señor colorado. Ella también Espera. Con el ventilador en la cara, brmmmm, el aire en su boca suena como un robot, y Espera. Mirando ahora las nubes cambiantes, esa nada blanda que lentamente transforma perros en dragones, y despedazándolas con los ojos como algodón de azúcar, delicioso dulce que la va llenando de volutas de aire blanco –y ya la Niña no es niña, sino niña-paloma-, Espera. En el no-tener-nada-que-hacer-excepto-esperar del largo cálido verano, Espera. A que la llamen para bajar, que ya es hora. A que le digan si tiene que llevarse o no los patines. A… (A veces, los niños son casi tan impacientes como los adultos).

Desde aquí puede ver a la señora del bloque de enfrente leyendo –siempre sola- en el balcón; a la familia del tercero inmersa en su pelea diaria, al perro del sexto que desde este febrero experimenta intensas tendencias suicidas. Oye (o escucha, o ambas cosas) al del violín nostálgico que los domingos por la tarde los hace sentirse a todos ridículos o culpables o inundados por una Tristeza Azul –quizás alguien recuerda la tarde en que fue infiel, por primera vez; tal vez otra piensa qué lejos quedaron ya sus veinte años y qué habrá sido de aquel pretendiente al que dijo «no»; o incluso puede que alguno sienta el agrio dolor de los borrachos al saber que solo papeles lo unen ya a la tímida jovencita que amó. Pero la Niña no sabe de esto. No comprende cómo unas manos finas, unas pocas cuerdas frotadas y una caverna de madera pueden conducir a ese Azul que en el crepúsculo invade los hogares y se instala en las cabeceras de las camas, a esa unidad compartida de la Pena primera. Ni cómo un domingo a las nueve de la noche se puede dedicar la gente a pensar en otra cosa que no sea el colegio. «Y ya verás, ahora que estamos de vacaciones…»

Tras la ventana, las bicicletas siguen pasando. A su lado, las abuelas –la curva de la columna, el peso de algo llamado «gravedad» que la Niña desconoce, el pliegue del cuerpo sobre sí mismo buscando abrazar los talones, los andares lentos, cortos, cuidadosos, tan de caracol sin concha, las manos húmedas, arrugadas como las de los recién nacidos, venosas y tensas ante una amenaza antigua que aún no se cumple, los miles de surcos que rodean, coronan, camuflan, esconden la juventud de unos ojos niños, la sonrisa vieja tantas veces reutilizada en labios que siempre dicen: «¿Tú me quieres?», que siempre dicen: «Eres mi lucerito», que siempre dicen: «Dame un beso», que siempre callan: «¿Me vas a echar de menos?»

La Niña se ha dado cuenta (la tarde es muy larga) de que tanto los hombros huesudos de aquella abuela como la panza rellenita de su nieto (que está en esa curiosa edad entre la infancia y el afinamiento de la adolescencia masculina, tránsito que normalmente pasará a ser más tarde recordado con vergüenza o ternura, cuando el niño en cuestión se haya estirado como un lápiz y entonces le toque ruborizarse por los cambios en su voz o porque aquella muchacha tiene unas pecas tan lindas), de que absolutamente todo tiene Sombra propia. Como el nombre, inseparable de uno mismo hasta el final –aunque ese unomismo ya no recuerde cómo se llama, como le pasa a su abuelo, qué cosas tiene la vida o la enfermedad o la vejez, dejar de ser, pero seguir siendo tan unomismo-.

Todo, ya sea hombre, mujer, perro, lagartija tendida al sol, abeja floja y zumbona, hormiga que a lo mejor esta tarde quedará achicharrada por el poder de una lupa en las manos inclementes de algún amigo, o incluso piedra o farola o el dedo gordo del pie de su primo pequeño (que de vez en cuando hasta se mueve, tic-tic, arriba y abajo, sonrosado y ya sin las arrugas de los recién nacidos-ancianos); todo tiene Sombra. Y la Niña las estudia. Normalmente dichas Sombras aparecen bastante más oscuras de lo que uno es. Se diferencian del gris común, de lo sombrío a secas, por su empeño en pegarse a los pies de la gente, y por ese no saberse dueño o mascota que provocan en todo el mundo, que pone nerviosos a los adultos y los hace tratar de concentrarse en el partido de fútbol o en la factura de la luz para olvidar la inevitable duda. La Niña también sabe que hay muchos tipos de Sombra. Están las inocentes, las fieles, las que imitan sincrónicas cada gesto del amo, devotas y dedicadas a una vida de conforme obediencia. Pero en la calle también se ven las otras Sombras, las Sombras sospechosas, aquellas translúcidas que se apropian de los colores de su dueño hasta casi hacerse visibles, reales, humanas, que aprovechan el instante en que ambos pies no tocan el suelo para separarse a tirones y tenderles la zancadilla traidora, la que los hará caer de nuevo pegados a ese oscuro infiel sin nombre. De estas Sombras hay muchas en todas partes: en las tiendas, en los hospitales, en los aeropuertos; estas son las peores, Sombras viajeras y escapistas, desertoras que en el suelo pulido se retuercen sobre sí mismas, se doblan hasta las rodillas como plumas o juncos o flanes. Uno puede oírlas gritar con el equipaje en la mano si presta la suficiente atención. Sin embargo, y a pesar de sus continuas frustraciones, nunca lloran (o la Niña aún no las ha visto).

Al otro lado de la ventana, desde lejos, imagina que el amigo al que todos los trajes grises critican debe de tener una Sombra igualita a la del violinista melancólico; una cariñosa y callada, que le sonría a la muchacha de la panadería, que ayude a los pobres que ampara la Iglesia y a la Iglesia que critican los no tan pobres, y que a lo mejor hasta alguna vez mire hacia arriba y salude a la Niña moviendo –solo un poquito, para que su dueño no se dé cuenta- la mano derecha y le diga: «Hola, ¿qué tal? »

Pero ya empieza el violín a tocar, ya oscurece y hoy no la llamaron, «bueno-qué-más-da, no pasa nada, bajaré mañana», y sin embargo por un momento terrible la Niña comparte la Tristeza Azul, antes absurda para ella, de la que –siempre sola- suelta el libro suspirando en el bloque de enfrente, o del matrimonio del tercero que vuelve a gritarse palabras terribles, insultos de los que –y esto es lo que los hará luego encerrarse en el baño y enjuagarse una lágrima que, para su disgusto, nunca será de ira ni furia ni rabia sino de hastío y pena- no se arrepentirá. Solo por un instante comprende al perro del sexto que no ve la hora de tirarse de una vez del balcón, a la dependienta del supermercado a quien seguro no le dijeron hoy más de tres veces «buenos días» o «gracias», al peluquero de la esquina que ya no debería estar trabajando, que ve el sol ponerse siempre tras el cristal que refleja al cliente en toda su fealdad (increíbles los espejos de las peluquerías, de dónde los sacarán, maldad pura), que toca, corta, peina, seca pelo, pelo, pelo un día y otro y otro, y las manos siempre le huelen a tabaco, y se le murió ayer su perrita -llevaba un año arrastrando un cáncer-, qué lástima de hombre. Para colmo de males, terminemos de hundir el Titanic, la Niña piensa en el día en que por fin cierre el negocio, ese negocio de tijeras y fotos de mujeres bonitas que siempre ha estado ahí, que será alguna vez su Cinema Paradiso -con olor a champú de coco- derrumbado, el adiós a las viejas charlonas y al recuerdo mentiroso de un cigarro en el pelo, y cómo quema cuando a una le secan la cabeza, de verdad parece que le apagaran en el cráneo el extremo de la colilla, qué dolor; a propósito, quién peinará a los peluqueros…; el mío tiene una verruga, por cierto, se dice la Niña, sabiendo que lo peor de todo es que ni siquiera aprecia mucho la verruga ni los espejos ni al peluquero mismo -no hay mayúsculas-, y que cuando llegue la hora no tendrá problema en encontrar otros espejos y otros peluqueros también en minúscula que a lo mejor no tendrán verrugas, qué más da, no es un requisito indispensable, pero qué lástima de hombre, no le cogió demasiado cariño y era buena persona. Simplemente, a una le gusta que sus lugares y sus raíces y sus manías y su peluquero –terrible fumador- sigan ahí, a qué negarlo, aunque cuando todo se haya ido y ya no haya más abuelas-pajarito ni abuelos sin nombre, pero tan unomismo -Sombra amable y querida que se levanta la mascota al saludar-, ni niños en bicicleta ni tardes inmensas de verano en que la Libertad, que es una mujer muy gorda a la que le encanta abrazar a sus hijos, se confunda solo a veces con el aburrimiento, y cuando la Niña ya no sea niña ni se dedique a mirar por la ventana y pensar en las Sombras malas o en el cierre de la peluquería del barrio o en cómo le gustaría que su abuelo le hablara o en por qué no la han llamado (todo muy propio de música de violín, ahora lo entiende), entonces ya no quedará este Azul tan tremendo de domingo por la tarde, sino una cosita linda que llamará tímida a su puerta tartamudeando que es Melancolía, la vecina que no sale mucho de casa, y que viene a traerle el zumo de limón que, sabe, de vez en cuando se necesita.

Por Irene Reyes Noguerol.