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El elegido

A cada paso que daba me costaba más seguir la marcha. Los pies se me hundían en el lodazal; me pesaban las botas, los pantalones y la enorme carga que acarreaba a la espalda. Llevaba semanas caminando en aquella ciénaga de aguas estancadas, arenas movedizas y fango. A lo lejos, suntuosos edificios en ruinas parecían resistirse al paso del tiempo, recuerdos de un pasado glorioso del que los habitantes del presente no guardan memoria. Mis únicos compañeros de viaje eran las misteriosas aves que gruñían a lo lejos y que se alimentaban de peces, lagartijas e insectos y de cadáveres de los que se aventuraban a pasear por aquellos lares y no concluían felizmente su viaje. Reconozco que yo mismo pude ser uno de ellos. Sin embargo, hacía tres jornadas que, por fin, había encontrado indicios de que me hallaba en el camino correcto.

Distinguí luces a lo lejos. Aminoré la marcha, cuidándome de no hacer ruido. Por suerte, el sendero, si podía llamar así a ese suelo que se derretía varios centímetros cuando daba un paso, discurría en una vieja arboleda que, aún muerta y ennegrecida por los efluvios de la ciénaga, conseguía proporcionar cobijo y discreción a mi llegada. Las luces se iban definiendo mientras me aproximaba. Cuando lo tuve a la vista pude comprobar lo que decían las leyendas. Aquel sitio parecía ser lo que había sido durante siglos: un templo de piedra oscura, techos abombados, contrafuertes en forma de arcos puntiagudos y vidrieras finamente decoradas. Gran parte de la estructura estaba derruida, aunque la pared que miraba a mi sendero se encontraba en mejores condiciones.

Oí un ruido. Algo se acercaba. Me escondí detrás de una roca. Por una rendija vi un gigante de más de tres metros caminando encorvado y apoyándose en sus enormes brazos. Sus músculos eran tan grandes que parecían montañas. Llevaba un mazo de cristal de piedra, un instrumento robusto y contundente que suelen usar los habitantes de las cuevas de las Colinas Heladas. Pasó por delante sin reparar en mi presencia. Dobló en una esquina y penetró en la iglesia. Desde mi posición no pude ver qué ocurría, pero del interior escuché lo que sin duda eran gritos de júbilo que acogían al recién llegado. Los asistentes a la ceremonia estaban extasiados. En un determinado momento, el templo entero se calló al unísono. Por un instante pensé que había sido presa de un encantamiento. Sin embargo, un susurro gutural cobró vida, como si cientos de gargantas contuvieran a duras penas la expectación. El murmullo fue en aumento. De repente se escuchó un grito que ascendió sobre las demás voces, un aullido áspero y agudo que me heló la sangre. En seguida, «¡POOM!», un impacto retumbó en la ciénaga e hizo que se callaran los grillos y que algunos peces mutantes emprendieran el vuelo. Las voces en el interior sonaron, primero a decepción, y después a burla. El gigante había había fracasado en su intento.

Era mi momento. Debía levantarme y enfrentarme a la prueba. Llevaba meses listo y decidido a probar suerte, pero, aun así, no pude moverme. Tenía miedo, y el espectral poder de aquel sitio no ayudaba; los efluvios nauseabundos que subían de la ciénaga parecían fantasmas; si los mirabas con detenimiento, llegabas a pensar que tenían rostros, ojos, bocas, narices y dientes y las muecas propias de los moribundos. Tuve que hacer un esfuerzo titánico por levantarme y encaminarme a la entrada. Mientras lo hacía, pensé en las leyendas que circulaban de aquel sitio. Si era cierto lo que decían, hubo un día en el que estas tierras fueron testigo de una legendaria batalla repleta de magias arcanas y explosiones brillantes en la noche. De hecho, en mi camino hacia aquel templo tuve que cruzarme con huesos y despojos repugnantes de soldados muertos que aparecían de vez en cuando junto a sus espadas, lanzas, yelmos y armaduras, cuyas inscripciones y emblemas dejaron de tener significado hace siglos. Quienes libraron aquella carnicería lo hicieron para ser olvidados.

Llegué a la puerta. Mi corazón iba a estallar de pánico. Recordé las palabras de mi maestro, pronunciadas años atrás, durante mi entrenamiento: «Solo uno será el elegido y, pequeño, puede que seas tú. No eres fuerte, eso lo sabes. Tampoco eres muy inteligente. Tus músculos y tu cerebro no dan para mucho. Lo único que tienes es esto. Las inscripciones que revelan las excavaciones indican que su nombre fue Coca-Cola. Es una poción que realizaban los hombres en los tiempos en los que dominaban la Tierra. No sabemos para qué la usaban, pero nuestros estudios indican que disuelve el óxido más incrustado en una barra de acero. Te la entrego. Úsala con inteligencia. Bueno, no, de eso no tienes. En fin, que tengas suerte».

Respiré hondo. Abrí la puerta. El hedor de allí dentro era pestilente, peor si cabe que el de la ciénaga. Aquellos seres eran inmundos, y probablemente hacía días que no se movían de sus sitios ni siquiera para ir al retrete. Cientos de ojos se volvieron a donde me encontraba. Me armé de valor. Caminé de frente. Sentía las miradas de aquellas criaturas clavadas en mi rostro. Mutantes de todos los tipos que pueda imaginarse; seres de dos brazos, de cuatro, de seis, de ocho; entes de dos y tres cabezas; gigantes altos como edificios y enanos que a duras penas llegaban a mis rodillas; ojos compuestos, manos de decenas de dedos, pies palmípedos, garras afiladas, penes titánicos y un sinfín de atributos monstruosos productos de la radiación de las guerras de antaño. Llegué al altar. Subí los escalones de espaldas al público. Temblé de pánico mientras me giraba. Aquel auditorio me escrutaba en silencio. Ante mí, en el altar de piedra marmórea, se encontraba el Objeto; el mismo que tantos habían intentado destruir durante siglos sin lograrlo. Durante cuatrocientos años había estado colocado exactamente en ese mismo lugar. El envoltorio que lo rodeaba había sido tema de especulación y debates desde su descubrimiento. Lo único que se tenía a ciencia cierta era que hablaba de una fecha, un 1880 de una cierta era arcaica, de una cualidad, «duro», y una extraña inscripción, «tur – rón».

Recitando las palabras mágicas, descargué los diez recipientes de esa extraña pócima sobre el Objeto. Un líquido burbujeante y obscuro resbaló por los laterales del atril y se esparció por el suelo. Algunos de aquellos mutantes recularon para no pisarlo. Pude ver en sus caras una mueca de terror ante el olor dulzón que acompañaba al borboteo. Esperé. No sé cuánto fue, pero, al menos para mí, fue una eternidad. Poco a poco, y ante mi asombro, fui percibiendo que aquel líquido estaba carcomiendo esa tableta blanca con pedrería marrón en su interior. Excitado, saqué el mazo que adquirí a unos mercaderes. No era especialmente poderoso, pero mi maestro me aseguró que, si seguía las indicaciones, debía bastarme. Lo elevé en el aire, respiré profundo, conté hasta tres y lo descargué sobre aquella cosa con toda la fuerza de que fui capaz. Increíblemente, saltó en mil pedazos, y sus piezas se diseminaron por la estancia.

Durante un instante, pareció que el tiempo se detuvo allí dentro. Los presentes no podían creer lo que veían. Habían pasado cuatro siglos desde que el Oráculo lo había profetizado: «Alguien más pequeño que nosotros, venido de tierras lejanas, será capaz de romper el hechizo y hacer que probemos el Sagrado Manjar que nos legaron los Ancestros».

Me agaché. Cogí un trozo. Me lo metí en la boca y lo saboreé. Sabía a almendras. Nada de particular. «Qué decepción», fue lo que pensé.

Por Ignacio Moreno Flores. 

Custodia compartida

«Yo haría cualquier cosa por saber en qué momento me jodí»
Conversación en la Catedral (Mario Vargas Llosa).

«Qué hay», dices al otro lado del auricular, y yo tardo un segundo en contestar. En ese tiempo te veo, no estás aquí pero te veo, y eso es más real que si estuviera cerca. Veo tu pelo rizado, tus mofletes tiernos, tus ojos oscuros y tus labios. Sobre todo tus labios. Los abres y dejas ver un diente, tu lengua intenta decir algo que rompa ese segundo gélido. Pero yo no te dejo. «¿Cómo estás?». Lo sé, es una pregunta estúpida, sobre todo porque no vas a contestarla, podría haber dicho otra cosa, «qué hora es allí», «qué tiempo hace, ¿llueve?», «¿te volvió a tocar algún premio pequeño a ese número al que siempre juegas?», pero lo que digo es eso, «cómo estás», como si nos viéramos cada tres días y te fuese a invitar a tomar algo.

«He visto lo que me has mandado», me dices, fría como un témpano helado; los dos sabemos que lo has visto, es tu forma de decir «vamos al grano».

«El avión sale a las seis y treinta, llega aquí a las dos y catorce, son trece horas de vuelo», te digo.

«Ya lo sé, ya te digo que lo he recibido», respondes.

De nuevo el silencio. Un padre responsable preguntaría por visados, pasaportes, equipajes, cosas prácticas, pero no soy de esos; tampoco es que me tenga por un insensato, lo que ocurre es que cuando llega este día, este, claro, y sobre todo mañana, siento un pellizco en el estómago y se me queda seca la garganta, así que me la juego, me armo de valor, mi corazón se acelera y te digo:

«¿Có…», me quiebro, dolor en el pecho, tartamudeo, «…có…mo está?».

«Mañana la verás», respondes. Pareces un glaciar, pones esa voz con que podrías helar el universo entero, pero te conozco, sé que no es así, tú no eres así, por dentro estás tan nerviosa como lo estoy yo porque sabes cómo son las cosas. Mañana habrá gritos, puños cerrados, lágrimas, llantos, mañana será duro, cruel, horrible, tan horrible como las demás veces; la meterás a presión en la aeronave y ella llorará y pataleará y todo eso, y después, trece horas después, llegará el avión y yo la recogeré en Valparaíso, ella no querrá que la abrace y será como si la llevara a rastras, «este es tu cuarto, esta es tu casa, nuestro nuevo hogar, tu calle, tu barrio, tu vida para todo un año», ella volverá a llorar, no, no volverá, en verdad no habrá dejado de llorar todo el tiempo. Al día siguiente será aún peor, no querrá comer, no querrá salir, me tirará el plato a la cara y el vaso y la comida y preguntará «dónde está mamá, quiero irme con ella» sin parar un segundo, se dormirá extenuada de la pena y del cansancio y seguirá uno, dos, tres días, al cuarto estará mejor, al quinto me dirigirá la palabra, al sexto quizá vayamos a dar un paseo y a las dos semanas y pico me cogerá de la mano y me dirá «te quiero». La historia se repite, siempre igual.

«¿Cómo fue el año?». De nuevo una pregunta estúpida que sé que no responderás. No hay nada que decir. Soy tan ridículo. Tú no dices nada, claro, tienes todo el derecho, las leyes son así y están para acatarlas. A fin de cuentas, sus llantos son el reflejo de los nuestros, de nuestros llantos, de nuestras lágrimas, solo que las nuestras se agotaron antes de que lo jodiéramos todo y por eso ahora es ella a la que le toca llorar, puesto que llora por los dos. Por ti y por mí.

¿En qué momento se jodió lo nuestro? Piensa: ¿en cuál? No fue nada más empezar, cuando aquella profesora progre quiso que nos sentáramos niño-y-niña. Yo era tan tímido que no sabía por quién decidirme, por eso me quedé el último en elegir y el azar quiso que me tocaras tú. Tú y yo sentados, mesa con mesa, silla con silla, todo un semestre. De allí a empezar a charlar, a conocernos, a intercambiarnos lápices y rotuladores, compás y sacapuntas, deberes cuando uno de los dos no los había hecho, miradas, dedos que se rozan furtivos, caricias debajo de la mesa, corazones que van a mil por hora, besos en la oscuridad de una esquina, cariños, mimitos, dulzuras, sexo de críos que se hacen grandes. Éramos la típica pareja de pueblo juntos-desde-que-se-conocen pero fuimos mucho más que eso, nada de aburrirnos. Tú a Granada y yo a Bilbao, tú ingeniería y yo periodismo, tú de Erasmus y yo de Séneca, viajes, borracheras, cuartos húmedos en pisos compartidos, quejas, lamentos, quién-es-ese, por-qué-te-mira-aquella, peleas, rupturas, bofetones, losientos, más besos, más caricias, más alcohol, más sexo. ¿Y después? Milano, Edimburgo, Copenhague, Ámsterdam, no éramos la típica pareja de pueblo, la vida era una aventura llena de cumbres y hazañas. ¿Cuándo fue entonces? ¿En qué momento se nos fue de las manos? Tú jodida, yo jodido, todos jodidos. La casa, el coche, la vida estable; el hastío, la monotonía, las responsabilidades. ¿Por qué tuvimos a Christine? ¿Fue para arreglar lo nuestro? Recuerda: teníamos un plan. Yo me iba a México unos meses; tú seguías en tu trabajo esos meses; yo hacía un reportaje a la guerrilla; tú mientras buscabas un curro; yo perseguía mi fama y mi gloria; tú hacías las maletas, vendías la casa, gestabas a la niña, «verás, amor mío, cómo lo solucionamos, volvemos a salir del pueblo, aire libre, aventura, otro país, nueva vida, verás cómo volvemos a ser los mismos». Solo que no viniste. Nunca. No volvimos. Ni siquiera a vernos. Tú en Madrid y yo en Ciudad Juárez; tú en Madrid y yo en Barcelona; tú en Madrid y yo en Caracas, tú en Madrid y yo en Filipinas, tú en Madrid y yo… Y ella allí, justo en el centro, jodida como tú y como yo, jodidos todos, Christine. Nuestra hija.

«Oye, yo…», me gustaría decirte. «¿Y si…?», querría preguntarte. «Esto no está bien», te diría, «no se lo merece, esto es horrible, un infierno, es espantoso». Para ella, para ti, y para todos. «¿Por qué no…?», te propondría. «¿Qué te parece si…?».

No digo nada. La vida es así. Las parejas rompen. La gente se separa, se divorcia, deja de quererse. «Custodia compartida», sentenció aquella juez. «Un año con la madre y otro con el padre. Sin contacto. Ninguno. Es lo mejor». Eso dijo. Así será más fácil su vida. Entre medios, el envío de billetes, el historial médico del año entero, los resultados escolares, el visado, el papeleo. El único contacto que nos resta. Todo lo demás es pasado, polvo sobre el que sustentar sus lamentos, sus lágrimas, sus pataletas. Después se acostumbra, «te quiero, papi», caricias, abrazos, chuches, helados, sonrisas en el parque, juegos en la playa, dormir bajo las estrellas en la tienda de campaña. Un año para papi y después lo mismo, «no quiero irme, quiero estar contigo, quiero quedarme en tu casa, en ese cole, con esas amigas».

«¿Tienes algo más que decir?», suena al otro lado.

«Creo que no…», te respondo, cobarde.

Un clic por adiós. Ni una palabra.

«Te quiero», te digo, aunque no me escuchas. Ya no estás.

Por Ignacio Moreno Flores. 

Danse Noir

Desde que entré olía a rancio. A listones viejos, humedad y sudor, pero también a sangre. A carnicería que lleva cerrada varios siglos.

—Ustedes, europeos, tienen un problema. Lo llaman muerte.

La oscuridad era espesa. Por las persianas echadas apenas si entraban unos endebles rayos de luz, que hacían brillar levemente el polvo suspendido en el aire. Me recordó a las luciérnagas de mis veranos en los Alpes, pero los Alpes quedaban a siete mil kilómetros.

—Ustedes tienen miedo a morir, y que les muera alguien. Vuestra esposa, votre padres et hijos. Aquí no le tenemos ese problema.

Detrás del mostrador había carne, colgada de garfios que a su vez pendían del techo. Carne roja y hedionda de algún ser que no era capaz de reconocer. En verdad, prefería no pensarlo.

—Cuando muere alguien en África, la gente no llora. Llora la esposa, porque tiene que hacerlo, lloran las tías. Alguien más, puede ser. El resto familia no llora. Bailan.

¡Zas! Un machete cortó el aire y se clavó en la madera, seccionando entre medios algo que parecía un trozo de pierna. De cordero, o de cabra, tal vez de cerdo. No, eso no es posible, en este país no se come cerdo. Quién sabe, a lo mejor era humana.

—Ustedes, europeos, no entienden nuestra danza. Tampoco entienden de música. No encuentran sentido a los tambores, tocopom, tocopom, tocotocopopopom -hizo un gesto con las manos, como percutiendo-. Lo que ustedes no entienden, ambos son artes refinados que hunden sus raíces en la tierra ancestral. Más que nuestra cultura, nuestra tradición somos nosotros mismos. Nuestra piel. Nuestro corazón.

Un lacayo cogió los trozos de carne y los envolvió en sendos trapos, igual de sucios y hediondos que la mesa en la que se habían cortado. El tipo se secó las manos con un paño y lo dejó allí mismo, manchado de sangre. Me hizo un gesto con dos dedos. Tenía las uñas ennegrecidas y rotas.

—Por aquí.

Comenzó a caminar hacia una puerta cubierta por un toldo, viejo y andrajoso. Otro de los lacayos, un jovenzuelo fornido, lo levantó, dándonos paso. Detrás se descubrió un pasillo largo y estrecho que parecía estar excavado en la montaña. Húmedo, duro y rocoso. El tipo no dejaba de hablar, aunque yo había dejado de escucharlo hacía un rato. Alzó la voz y volví a prestarle atención.

—Nuestra poesía, nuestra historia, nuestros cuentos, nuestra cultura está en los mitos. Aquí no había lengua escrita. No hacía falta. Las cosas pasan de boca en boca, de hombre a hombre, de mujer a mujer. Ustedes no entienden, pero son nuestros antepasados que aún nos hablan. Los… ¿cómo se decía? Les explorateurs.

—Exploradores -dije.

—Eso. Los explorateurs nos veían como seres inmundos y désagréables. Sucios, atrasados e ignorantes. Seguro que usted piensa lo mismo.

Se giró hacia mí. Por primera vez lo vi con claridad. Era más bajo que yo, pero más atlético. Su musculatura debió haber sido prodigiosa en otro tiempo. Tenía unos brazos y unos hombros corpulentos a pesar de la edad. Las arrugas en la cara lo delataban. No así los ojos, pequeños, brillantes y llenos de vida. Y negros. Como su piel.

—Lo piensa, ¿verdad? Africanos sucios e impuros. Con sus rituales mágicos de… ¿cómo lo llaman?

—Vudú -respondí.

—Vudú -repitió-. No nos gusta. Aquí llamamos de otra forma. Aunque, ¿qué importa? La magia es la ciencia. Qu’est-ce qu’un nom?

Mi miró fijamente, abrió la boca y me sonrió. Le faltaba la mitad de los dientes y, de esos, una buena parte eran de un metal grisáceo. Aun así, daba la impresión de que, si quisiera, me podría arrancar el cuello de un mordisco.

—Por aquí -dijo, mientras se daba la vuelta-. Ya hemos llegado.

Giramos una esquina. Otro lacayo abrió otra cortina que nos dio paso a una habitación cuadrangular y cerrada. Sin ventanas. Una lámpara enorme ardía suspendida en el centro iluminando la estancia. A su alrededor, estanterías hasta el techo llenas de figuras de barro. Me quedé boquiabierto. Habría cientos, quizá miles. Pequeñas estatuillas que refulgían de forma intermitente a la luz de las llamas. Bocas enormes, dientes afilados, ojos fuera de sus órbitas, genitales desproporcionados. Seres humanos y animales. De todos los tipos. Algunos los reconocí enseguida, leones, hienas, pájaros, elefantes. Otros parecían invenciones, bestias inmundas de colmillos y garras exagerados, bichos extraídos de las leyendas que se cuentan por las noches. Quién sabe, a lo mejor los sacaban de sus ritos repletos de drogas. O de otros mundos. Debían ser esculturas realmente valiosas. Pensé en cuánto llegaría a conseguirse en una buena subasta en Christie’s.

—Le gustan, ¿verdad? -abrió un brazo, como mostrándomelas-. Son mis dioses. Ellos me dan la fuerza. Ustedes, occidentales, no entienden. Nosotros no hacemos. Hacen ellos. Los hombres somos actores, muñecos de trapo que danzan según música que apetece a los dioses. ¿Le parece extraño?

Aquel sitio me inquietaba. El calor, el ambiente, la falta de luz y esas pieles tan, tan negras. Llámenme racista. Tenía ganas de volverme a Zürich y sentarme en un lugar ordenado y limpio y tomarme un refresco. Es lo único que deseaba en ese instante.

—¿No le parece ironique? -preguntó, mostrándome otra vez sus dientes en una mueca sonriente-. Nos llaman brujos por hacer magia, y después, como ustedes ya no creen en milagros, vienen aquí para que los hagamos nosotros. ¿Pues no fueron sus antepasados quienes dijeron que nuestra magia es falsa? ¡Un fraude, nos decían! ¿No fue ese dios crucifié suyo el que se llevó treinta años haciendo milagros? Sus missionnaires nos traen a su dios para que lo veneremos. Luego pierden la fe, y piden a nosotros, negros ignorantes, que seamos quienes recemos por ustedes.

Se sentó en una silla. Yo hice lo propio en la que tenía enfrente suya. No me tuvo que hacer ningún gesto, ni invitarme a sentarme. Si algo había aprendido es que en ese país la educación no era parte de su, digamos, cultura, como la llamaba ese tipejo.

—Pero nos dejamos de charla. ¿Cuál es el problema? -preguntó.

—Verá… -comencé a decirle. Se lo expliqué. Estuve casi media hora explicándoselo. En tipo me miró todo ese tiempo a los ojos, sin quitarme la vista. Casi sin pestañear. Hacía un gesto de vez en cuando, agachaba la cabeza, abría las manos, las cerraba, asentía. Sin embargo, tuve la impresión de que no me escuchó una sola palabra. Como si no le importara. Cuando acabé mi explicación, se quedó en silencio. Dijo algo a su lacayo en un idioma que no comprendí y este nos sirvió dos vasos de un líquido amarillento y con grumos.

—Usted necesita otra guerre. ¿Es eso? Que nos matemos los unos a los otros. Imagino que en esa valija traerá dinero. Cash. Efectivo.

Cogí el maletín, lo subí a la mesa y lo abrí. Sonó un «clack». Se lo giré para que lo viera. Su rostro arrugado permaneció impasible, aunque noté que los labios se le abrieron, ligeramente.

—Imagino que esto es el… ¿cómo dicen en su lengua? Avancer?

—Anticipo.

—Eso mismo. Bueno. Puede valer, para empezar -dijo, mientras recogía el maletín y lo cerraba. En ningún momento le ofrecí que lo hiciera-. Veremos qué pueden hacer estos -prosiguió, abriendo las manos, como si señalara, de nuevo, la colección que llenaba las estanterías hasta arriba.

—¿Cuándo…? -intenté preguntar. Me interrumpió con un dedo.

—¡Ah! Eso se verá -.Agarró el vaso que tenía delante y señaló al mío, para que lo cogiera-. Ese es otro de sus problemas. Las prisas.

Brindamos. Bebimos. El licor era fortísimo y sabía a perros. Por algún motivo, al segundo buche me gustó más, y al tercero lo terminé de un golpe. Me quemó la garganta y el estómago, y me dejó un sabor agrio en la boca que, sin embargo, resultaba agradable. Por un momento me sentí africano. Se me cruzó por la mente que podría quedarme en ese país. Incluso a vivir. Fueron dos segundos. Al siguiente solo pensé en la vuelta, el avión, la comida suiza y un aseo limpio en el que afeitarme y lavarme. Y en mi casita en los Alpes donde esquiar en invierno y pasear en verano entre hierba verde y perfume de flores.

—Por cierto, ¿cuál es su empresa? La que quiere esa guerre.

Se la nombré. No la conocía. Tampoco le dio importancia.

Por Ignacio Moreno Flores.

Despedidas

– ¿Desayunamos?

Lo miro. Saca de la maleta una funda de plástico con percha y la cuelga.

– ¿Es una broma? -respondo.

– Vamos, ¿qué hora es?

– No lo sé.

Saca de la maleta una camisa doblada. La extiende con cuidado en el aire y empieza a ponérsela.

– ¿No tienes reloj? -pregunta.

– No. Pero por ahí está el móvil. En la mesita.

Busca el aparato mientras se abotona las mangas. Gemelos dorados. Parecen de verdad de oro. Puede que lo sean. Siendo él, todo esto es posible. Incluso lo que pasó anoche.

– No son ni las nueve. Vamos, mujer, anímate.

Sigo desnuda en la cama. Sentada, me abrazo las rodillas. Aspiro el olor de la habitación. Siempre me gustó el aroma que desprenden nuestros dos cuerpos cuando están juntos.

– ¿Siguen poniendo ahí abajo esas tortitas que nos gustan? ¿Con sirope de fresa?

– Eso era cuando vivía en la Plaça. Hace dos años que me mudé.

– ¿De veras? -me dice, con aire risueño. Saca de la maleta un pantalón blanco. No, es color crema, pero se ve más pálido a la luz de las persianas echadas.

– La última vez fue aquí, en esta casa -le digo.

– ¿Ah, sí?

Se pone el pantalón y se lo ata con un cinturón azul marino, tan oscuro que parece negro.

– ¿Llevas pajarita?

– Corbata. Negra.

– ¿A juego con el cinturón?

– Y con los zapatos.

Saca la chaqueta de la funda. Es del mismo color que la camisa y que los pantalones.

– ¿Quién eligió el traje, tú o ella?

Me mira con desdén, aunque en realidad no lo es tal. Le gusta poner esa mirada irónica. A mí también me gusta, lo reconozco.

– ¿Acaso no me conoces? -me dice.

– ¿A qué hora es el evento? -le digo, como respuesta.

– A las doce y media. Tenemos tiempo. Venga, mujer, anímate.

– ¿Para celebrarlo?

Me vuelve a mirar. Esta vez es perplejidad. Lo conozco, no está fingiendo.

– ¿Celebrar qué?

– Nuestra última vez. La última noche que pasamos juntos.

– ¿Quién te ha dicho que esta es la última?

Ahora soy yo quien se siente perpleja.

– Por Dios, que te casas en tres horas -le digo.

Se queda parado. Me mira fijamente. No acierto a desvelar el significado. No sé si se lo está pensando, o si le gustaría decir algo, o si me toma por loca.

– ¿Desde cuándo eso ha sido un problema?

– ¿Que en tres horas tengas mujer?

– Que nos despidamos. A ti y a mí siempre nos han gustado estos momentos.

– ¿Las despedidas?

Asiente sin mover un músculo. Su forma de decir que sí es no moverse y mirarme, fíjamente. Está guapísimo, lo reconozco. Siempre me gustó de blanco. Cuando por fin se mueve es para buscar los zapatos. Los saca de la maleta, la misma de donde sacó todo lo que lleva puesto. La misma que se trajo anoche.

– ¿Hacemos un repaso? -me pregunta.

– ¿Lo crees necesario? -le respondo.

– No. Tómatelo como un juego. A lo mejor aprendemos algo nuevo.

– A lo mejor. La razón por la cual solo nos acostamos cuando te vas lejos.

– Empiezo yo. La primera fue cuando me marché de Erasmus.

– La segunda cuando te fuiste de Séneca -digo, sin mucho interés. Alargo el brazo para coger un cigarro.

– La tercera cuando me dieron esa beca para trabajar de prácticas en una empresa belga.

– La cuarta cuando te fuiste a Noruega.

– La quinta… ¿cuándo fue la quinta?

– Fue cuando te hicieron director de algo y te tuviste que ir seis meses a Marruecos.

– Es verdad. Qué pocas ganas tenía. La sexta cuando volví a irme a Noruega -prosigue. Coge la corbata. Se vuelve al espejo para hacerse el nudo.

– La séptima fue hace año y medio. Te hicieron director en España y viniste para irte a Madrid.

Enciendo el cigarrillo. El humo se expande por la habitación. Yo nunca fumo. Solo cuando estoy con él.

– Entonces ya estabas con tu futura esposa -le digo.

– ¿Ves? No fue un problema.

– Creo que te odio -.Eso me ha dolido. Escondo la cabeza entre las piernas. Me aguanto las ganas de llorar. Él se gira. Se gira y me mira.

– Creo de veras que no tienes ningún derecho a que me des lecciones. Tú no eres mejor que yo.

– No… creo que no es eso…

– ¿Entonces? Por lo que yo sé, no lo dudaste mucho cuando estabas con Luis. Ni con Manuel. Ni con ese chaval tan rubio, ¿cómo era? Hans, o Hons…

– Harn.

– Como sea. Siempre tuviste un noviete. Te encargabas de recordármelo cada santa vez. Y, sin embargo, no dudabas en llamarme cuando sabías que me iba, y en invitarme a salir, y en emborracharnos, y en besarme, y en….

– Y en abrir las piernas. ¿Es eso lo que ibas a decir? -grito. No, no tengo ningún derecho, pero le grito.

– Igual es que no te acuerdas, ¿no? Cuando me ofrecieron el puesto. El de Noruega. No quería irme. Y no era porque no fuera una oportunidad, bien lo sabes: una multinacional, un pedazo de sueldo. Y Noruega, que tanto me gustaba.

– Siempre fue tu sueño, ¿verdad? Los países nórdicos.

– ¿Qué fue lo que te dije? ¿Eh, bonita? ¿Qué te dije?

– Que si yo quería no te ibas. Que te quedabas conmigo.

– ¿Y cuál fue tu respuesta? «Ni lo sueñes, guapo, no te quiero. No soy de las que se enamoran. Eso es para las débiles. Prefiero ser libre de acostarme con quien yo quisiera, sin impedimentos.» Todo eso. Me quedé hecho polvo.

– Tú no me querías.

– No tienes ni idea. Ni idea de lo que tenía en la cabeza.

– Te fuiste sin dudarlo ni un momento.

– Me dijiste que no me querías y que era mucho mejor que me fuera.

– Mentí.

– Pues ahora es tarde. Esa pobre chica me espera.

Termina de vestirse. Está ridículo. Seguro que eligió ella el traje, el cinturón, los zapatos, todo. Blanco impoluto con corbata negra. Me encanta. Me lanzaría sobre él y le quitaría la ropa y volvería a metérmelo en la cama. No soy capaz. En vez de eso pregunto:

– ¿Viviréis en Madrid? ¿O en Noruega?

– Madrid. Sigo siendo director de la sucursal en España.

– Ya. ¿Y cuando te hagan director de Noruega? ¿Nos volveremos a acostar otra vez?

– Cualquiera sabe. ¿Te vistes?

Me levanto despacio. Nos miro al espejo. Su figura, vestida, y yo desnuda. Me acerco a él y lo abrazo. Le doy un beso en la mejilla.

– Bueno, qué -me dice-. ¿Desayunamos?

Por Ignacio Moreno Flores. 

Tres días de fiesta

Todas las historias son en realidad la misma, porque todas empiezan de la misma forma. En un bar, hola esta es Marta, él es Luis, dos besos; en la fiesta del piso de Carlos, ella es Sofía, yo soy Quique, dos besos; la quedada en el cumpleaños de Laura, María, ¿verdad?, yo soy Julio y ese de allí es Andrés; en aquel carnaval, yo soy Nacho, encantado, Curro, Diego, Elena, Yves; la barrilada de primavera de la facultad de Verónica, Carlos, ¿no te acuerdas?, tú eras Raquel, ¿a que sí?, creo que fue aquel día, en la cola antes del concierto, después de un examen, cuándo, no sé, y entonces me miras, y yo te miro, y tú me miras y yo aparto la mirada y por el rabillo del ojo veo que me miras, tus ojos, fijos en mí, me siguen mirando como si se fuera a terminar el mundo y no quisieras ver nada más en tu vida, y el corazón que llevas estampado en tu vestido se me clava en el alma y sé que es un puñal que no va a dejar de sangrar nunca.

Entonces llega la primera cerveza, ¿quieres un cigarro? Bueno, no fumo, pero vale, luego otra más, ¿y tú qué estudias? Yo matemáticas, pues yo ingeniería, bueno, se parecen en algo, otra más ,¿qué llevas en el bolso? Es Demian, un libro, anda el de Hesse, ¿lo conoces? Claro que sí, lo he leído, ay, qué guay, a mí me está encantando, antes de este me leí Siddhartha, sí, ya sé que es típico, ¿y El obo estepario? No lo terminé, ¿otra cerveza? Me encanta Underground, es un peliculón, pues tienes que ver esa otra, ¿cómo era? Gato no sé qué y no sé cuántos, del mismo director, igual pero muy distinta, quinta cerveza, ¿salimos de aquí, al Galilei? Venga, vale y de camino te cuento, es como Massive Attack pero tiene más ritmo, a mí es que me van las guitarras, bueno, pero esto es otro rollo, más tranquilo, tú sabes y de allí a Plutón, sexta cerveza, canciones y risas, y después al Halley, el otro día estuve en el concierto, yo también, ¿sí? Pues no te vi, o igual sí, pero no nos conocíamos, ¿y te gustó? A mí me pareció una pasada, ¿te traigo otra más? Y de allí al Sputnik, ese bar tan inquietante y tan lleno de gente, séptima cerveza, ¿has estado en Berlín? Qué va, pero iré, que el año que viene me voy a Stuttgart, ya sabes, Erasmus, otra cerveza, ¿quieres un chupito? O dos, o tres, o cien mil millones, que empiece la música, y las luces, y los flashes, y la descarga de adrenalina, melenas al aire que se vuelven azules, verdes, moradas, multicolores, trapecistas, enanos, cabezudos, gigantes, marcianos, alienígenas con gafas de pasta, barbas, faldas cortas, collares de lana, pulseras, trenzas danzando al ritmo de lo nuevo y más indie, y yo me acerco y no dejas de mirarme y mariposas en el estómago y escalofríos en la espalda y cuando nos damos cuenta nos estamos besando en medio de la pista solos tú y yo en medio de la marabunta.

¿Y después qué? Una despedida. Tan cobarde. Ni nos dijimos adiós ni nos pedimos el número. Miedo a «ya te llamo yo si eso».

Pero un día nos volvemos a ver, un día en el cine, o en el bar de tapas, o en la pizzería de Javi, o en la galería de arte, o en aquel concierto en el que estábamos a doce mil kilómetros y de repente a un centímetro, casi rozándome la mano, yo alargando el meñique, tú suspirando entre aplausos, yo intentando parecer despistado, tú que de repente oye cómo estás, ¿te acuerdas? Sí, claro, fue en Plutón, o en la Galilei, o viajando en el cometa Halley, ¿y tú qué tal? Bien, aquí en el concierto, ¿te gusta? Sí, claro que me encanta, nos encanta a los dos, por eso no dejamos de hablarnos, de decirnos cosas, de llenar los vacíos de una música insulsa con nuestras palabras, miradas y gestos que parece que te vas a tirar encima de mí, hacerme el amor allí mismo cuando de repente vienen, te cogen del hombro y estás otra vez a doce mil kilómetros agarrada de la cintura de alguien que te da besos y te suspira al oído. Es su novio, alguien me dice, pues nada yo que me olvido, me voy todavía más lejos, más allá de la Via Láctea, a ese lugar tan recóndito donde lo único que suena son los pensamientos, y cuando acaba el concierto ni nos despedimos, pero mientras te tiran del brazo tus ojos se cruzan con los míos y eso es lo mismo que decírnoslo todo.

Entonces pasan no sé cuántos meses y un buen día te encuentro en Facebook y desde entonces no dejamos de hablarnos, solo que yo estoy tan lejos estudiando fuera que no nos vemos hasta que pasan seis meses y quedamos en un bar antes de ir a ver danza y luego la vemos y luego nos besamos y después en el coche hacemos el amor y nos decimos te quiero en los silencios entre el cigarro de después y lo de dejarte en casa. Y ya no volvemos a vernos porque aún me quedan otros seis meses de Erasmus.

Y entonces nos ocurre una fiesta. Y luego otra. Y después otra, y otra más, y más, y otra, y otra. Y entre fiesta y fiesta y concierto y concierto, entre ir al cine o quedar en un parque, en el microteatro y en un bar y una tetería y en la biblioteca a estudiar, que llegan los exámenes, es como se conoce la gente y se va uno, poco a poco, enamorando. Y tú y yo nos enamoramos, pero no nos lo dijimos porque somos así, creyentes de esa religión tan tonta de que a nosotros no nos va ese rollo de decirse te quieros al oído y prometernos estar juntos para siempre.

Pero ese día que te vi con otro fue el día en el que se me estrujó el pecho y luego voy yo y por venganza te obligo a que me veas con otra. ¿Quién era esa?, me preguntas. Una amiga, te respondo. ¿Solo una amiga? ¿Y a ti qué te importa? A mí nada, oye no te enfades, no pongas esa cara de desprecio, pues la misma que tú estás poniendo, a mí no me vengas con esas que te veo venir, que me las sé todas, y tú quién te crees que eres, ¿yo? ¿Y tú? ¿Y tú y yo? ¿Y nosotros? Igual tenemos que hablar, ¿no? Ah, pero ¿esto iba en serio? No sé, ¿tú qué opinas? ¿Y tú? ¿Yo? Sí, tú, ¿tú qué es lo que quieres? Pues yo nada, ya sabes, ya, claro, que sabemos cómo somos los dos, no buscamos lo de enamorarnos, anda ya, qué tontería, eso no existe, convenciones de una sociedad marchita, mira mejor si dejamos de vernos. Como amigos, eso sí, educación ante todo que somos dos personas maduras.

Un día. Dos días. Tres días. No me llamas. Una semana, no hay nada. Un mes, mirando el móvil, esa pantalla vacía que está solo llena de las cosas de siempre, amigos, barriladas, cenas, fiestas en pisos de extranjeros, risas, emociones, juergas, es decir, vacías. Nada.

Y un día te veo por la calle y estás de la mano con alguien. Y otro día tú me ves con aquella y te entra un ataque de celos. Y aquella madrugada de jueves que entré en el Halley y creí verte y luego el Sputnik lleno de recuerdos y Plutón y Júpiter y Marte y en todos ellos te vi aunque no estabas. Y a la semana siguiente nos vemos y lo hacemos en mi coche, por los viejos tiempos. Y a la otra ni nos conocemos. Y un mes más tarde volvemos a lo mismo y después otra vez a ignorarnos. Y seguimos así, de fiesta en fiesta, sin enamorarnos puesto que ya lo estamos, sin decirnos cosas al oído, pero deseando poder decírnoslas, romper las barreras, quitar corazas, suspirando te quieros a la ventana, a las nubes, al aire que los dos respiramos, ese que sale de tu boca y la mía y se funden en un corazón que se dibuja en el espacio entre ambos.

Y estamos así hasta ese día en el que el tiempo hace una raya en la arena y dice los valientes que den un paso al frente.

Así que ayer no conseguí dormir nada. Y antes de ayer fuiste tú quien no pegó ojo. Y esta noche esa peli nos durmió abrazados, en ese sofá que te gustó de Ikea y cuyo montaje nos costó dos peleas. Y una voz puntiaguda y chillona nos obliga a despertarnos, a que nos levantemos a rastras, a que reptemos hasta esa habitación tan nueva que tanto trabajo nos costó dejar lista, que obliguemos a nuestros párpados a abrirse y a contemplar esa cosita chiquitita, bonita, preciosa, esos pies que se mueven solos, esas manos que se agitan al aire, esa boquita que se abre pequeña y que suelta unos graznidos como los pajaritos. Y cuando la coges en tus brazos y yo te abrazo y esos dos bracitos se revuelven con rabia diciendo mamá dónde estabas es cuando se nos derrite el alma. Porque por fin comprendemos que lo de antes era un cuento y que la fiesta de verdad empieza ahora.

Por Ignacio Moreno Flores.