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Besos de tinta

ROMA, SIGLO I A.C.

El poeta se recreaba en sus escritos. Sus dedos llenos de tinta negra guiaban la pluma por el pergamino. La letra irregular se asemejaba a sus sentimientos. En las descripciones se deleitaba, acariciando su cuerpo y redondeando sus curvas. Se la imaginaba y rememoraba sus besos. Sus caricias en el lecho prohibido.
Escribía de sus besos, y las sensaciones de la velada pasada volvían a invadirle. El vello se le erizaba y el aliento se perdía en sus propios escritos. Estaba tan enamorado.
Un punto y final terminó con el poema, y sin perder un solo instante Catulo tomó su capa y salió al frío de un mediodía de un invierno especialmente crudo.
Mirara a donde mirase, había criados que iban a hacer la compra al mercado y pobres diablos que mendigaban por las esquinas. Pero Catulo miraba sin ver pues en su mente tan sólo tenía ya a su amada Clodia.
Elevó su mirada al cielo. Ya casi era la hora acordada. Correteando entre callejones Catulo se alejaba del centro de la ciudad y con ello, de las miradas que, cotillas, lo perseguían incansables.
Giró una última esquina y se apostó en la callejuela que se abría. Aquel lugar donde nunca a nadie se le hubiese ocurrido mirar por lo insólito. Su escondrijo.
Se bajó la capucha y esperó releyendo el pergamino, que llevaba guardado entre los pliegues de la toga.

Unos pasos ligeros lo alertaron de la llegada de alguien, una chica probablemente, por la ligereza de sus movimientos. Tenía que ser ella. Apostado y pegado a la pared esperó su llegada, y ésta no tardó en llegar.
Allí estaba, encapuchada, y sin embargo ella. Sus formas no se le resistían y nunca la hubiera confundido con otra.
Ella se arrojó a sus brazos y él la tomó con toda naturalidad. Ella, Clodia, Lesbia, siempre la misma. Siempre ella. Sus brazos la acunaban, adaptándose a su cuerpo, como si estuvieran destinados a portarla a ella y a ninguna otra. Le parecía todo tan sencillo.

Un beso anhelante. Y otro. Y otro más. Cientos de besos dulces por lo prohibido de su deseo.

—Te he escrito algo—, le susurró él al oído, separándola a medias con suavidad. Tomó nuevamente el poema, manoseado ya.

—Cántamelo—, pidió ella.

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
y las murmuraciones de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
El sol puede salir, y renacer,
nosotros, nada más muera esta breve luz,
dormiremos una noche perpetua.
Dame mil besos, luego cien,
luego otros mil, después cien más,
todavía otros mil, y luego cien.
Y, al fin, cuando contemos muchos miles,
confundamos la cuenta para no saber el total,
y para que ningún malvado pueda desearnos mal
al saber que los besos han sido tantos.

—Dame mil besos. Y cien más. Ven esta noche a casa. Estaré sola esperando. Quiero que yazcamos juntos.

—Hoy y otros mil días. Pienso publicarlo. No, no te asustes. No sabrán quién eres pues no te llamo Clodia. Ya sabes que para mí siempre serás Lesbia. Mi Lesbia.

Y se besaron. Una vez. Y otra. Y otras cien más. Y otras mil. Y luego tres.

Por Carmen Arjona.

Paradise

Amanece. Los tonos rosados cubren el cielo y el agua. Hace horas que observo el horizonte. Surinám, país salvaje, me guiña desde la orilla contraria. Estamos en Paradise, paraíso terrenal que encontró su lugar en este perdido rincón del mundo, aldea indígena de la selva.

Amanece. El cielo clarea, el sol se despereza y comienza su ascenso. Y hay unos segundos de silencio entre el callar de la fauna nocturna y el despertar de la diurna.

Amanece. Las copas de los árboles se agitan con la primera brisa de la mañana y el zumbar de moscas y abejorros comienza al tiempo que el sol se eleva, que el cielo, la superficie del agua y, en realidad, todo lo demás, pasa a ostentar una tonalidad amarillo pálido.

Amanece y la mística bruma, que surgía del agua brindándole  una irreal impresión de calma, deja paso a la percepción real de la corriente que fluye junto con todos los peces que acaban de despertar y salen a la caza del desayuno.

Amanece un nuevo día tras una noche sin dormir, escuchando las historias de los viejos indios, alrededor de un fuego, al principio, tendidos en la hamaca, más tarde, donde nos observamos. Mis manos acarician tu nuca. Tus rastas, largas, me hacen cosquillas en el ombligo, situado en mis entrañas, origen de mi vida. Nuestros pies se enredan, haciendo y deshaciendo nudos a su antojo.

Amanece y me tomas la mano, los tonos rosados cubren el cielo y el agua donde tú y yo nos sumergimos. Los pajarillos cantan al unísono, en mi alma y sobre aquella ceiba.

 

Y es que ya amaneció.

                                                                                                      Sinnamary, 05/03/2017

Por Carmen Arjona. 

La lluvia que salpica

Despertó con el inicio de un grito en la garganta, la cara desfigurada de terror, el pecho empapado en sudor. Notaba las pulsaciones en el cerebro, un ruido sordo que le taponaba los oídos; un gran contraste con el silencio y la oscuridad de la noche. Poco a poco, se fue tranquilizando y su respiración volvió a la normalidad. «Te has salvado, has escapado, estás a salvo», se repetía calladamente una y otra vez.

Era la época del turrón. Del turrón del rico. Pero en aquella tierra salvaje, en la otra parte del mundo, el frío no llegaba, como tampoco el turrón. Y él, a diferencia del dulce, no volvería a casa por Navidad. Y aunque estas palabras puedan sonar como un reclamo, nada tienen de lamento, aquella tierra selvática hacía ya tiempo que se había convertido en su hogar, y nada podría cambiarlo.

Saint Laurent du Maroni. Tan solo su nombre y el peso de la maldición que esta ciudad había supuesto para tantos en el pasado, daba escalofríos. Aunque no había sido así para él al principio. La vida lo había enviado allí para demostrarle los mejores amaneceres, para enseñarle que la lluvia verdadera cae con fuerza, salpicando el barro sobre las plantas, para hacerle ver que los pueblos no tienen fronteras sino que son los gobiernos, así como para permitirle probar frutos desconocidos, y sus jugos, y las texturas de sus árboles.

Émilien había aterrizado en la Guayana hacía siete largos años, siete años que para él se hacían más bien cortos. Recordaba el día en que llegó, a las 15:51 de la tarde, en un avión directo desde París. ¿Cómo olvidarlo, en realidad? ¿Cómo olvidar su primera imagen de la selva virgen, vista desde el cielo, desde la ventanilla de aquel Airbus 161? La pura imagen del infinito: madera y verdor en forma de árboles hasta donde alcanza la vista; el límite: el horizonte. La vista de una serpiente de agua color amazonas le da un vuelco al corazón, pues la energía de la naturaleza llega directa hasta su asiento de avión. Aquellos siete años le habían brindado la tranquilidad de una incipiente vejez, aunque la vida en la naturaleza también le había permitido reencontrarse con su lado más joven y fuerte.

Claro que la vida allí tampoco había resultado fácil. Ahora entendía que cuando llegó a Saint Laurent, su mente había filtrado la realidad mostrando una imagen de colores fuertes, en la cual los problemas quedaban a contraluz, tan potente era el sol de aquel punto del globo. La realidad es que había llegado a la Amazonía para escapar de una vida donde el dinero era el bien más preciado. Nada más llegar buscó un terreno donde poder construir su casa, en plena natura, una casa que no era en realidad sino una estructura de madera completamente abierta a la selva, integrada en ella. Cerca, el río, frontera natural entre aquella alejada parte de Francia y Surinam, un país pobre y caótico pero igualmente bello. Claro que al llegar a la Guayana no se dio cuenta de que su huida no había hecho más que comenzar. Se trataba, a decir verdad, de una primera etapa de escape, la de abandonar su trabajo, a su familia y amigos para vivir en plena conexión con la tierra, en un poblado indígena donde le mostraron el arte del saber hacer, de la artesanía, donde le contaron la historia de sus ancestros y lo acogieron como a uno más. La segunda etapa de su huida, aquella de la renuncia absoluta, comenzó con un desagradable incidente.

Estaba en el puesto de la señora Renate, comprando maracuyá, como cada sábado de mercado. Recogía su bolsa de fruta cuando un chico se paró a su lado. Era negro color África y sus ojos tenían la forma de dos almendras inmensas, rodeadas por pestañas infinitas. Hacía ya tiempo que se había acostumbrado a la belleza de las personas de allí, descendientes de antiguos esclavos de todas las partes y tribus africanas. Sin embargo, la mirada de aquel chico le atravesó el pecho y le cortó el aliento.

«Fai go? ¿Todo bien?», le preguntó en la lengua de allí. «Safi Safi», Respondió el chico de ojos avellanas. «Me llamo Émilien. ¿Te importa si camino a tu lado durante el resto de tus compras?»

Así de sencillo fue el encuentro. El beso que selló definitivamente su amistad no tuvo lugar hasta dos años más tarde. Dos años es mucho, pero el tiempo tiene la cualidad de ser flexible y de alargarse y acortarse por capricho. Dos años es mucho tiempo, pero a Émilien se le hicieron cortos tan inmerso estaba en aquella mirada almendrada, en aquellas manos que tocaban el djembe con una fuerza terrenal y controlada, en aquella voz que entonaba los cantos de sus ancestros junto al fuego del pueblo en los días festivos. Pero si dos años se le hicieron cortos, los dos meses que pasó junto a Ñeme le parecían ahora un instante.

La segunda etapa de su huida, aquella de la renuncia absoluta, comenzó con un desagradable incidente.

Émilien había salido a pescar temprano en la mañana. Estaba contento pues sabía que Ñeme iría a comer y que podrían pasar la tarde en la hamaca, leyendo, reposando, acariciándose. Fue una buena pesca, pues en tan solo dos horas consiguió hacerse con dos buenas piezas de acupa. Era una mañana hermosa del mes de septiembre y a pesar de ser la estación seca, aquel día no se presentaba especialmente caluroso. Tal y como se hizo con el segundo ejemplar, recogió el material y tomó la piragua para volver a casa, aunque antes de ello se regaló algunos minutos para nadar en el río. Siempre se arrepentiría de aquella decisión.

Las imágenes de lo que se encontró al llegar a casa lo perseguirían durante el resto de su vida. Las moscas llenaban la hamaca, cuyo color anaranjado quedaría perdido para siempre. El olor. Nunca olvidaría aquel olor. Férreo. Ácido. Intenso. Y se habían encargado de dejarle claro el porqué. Cinco fotografías que mostraban la belleza intacta de los recuerdos de lo que construyeron en aquellos dos meses. De sus cuerpos, desnudos, entrelazados, fundidos sus dos colores. Pero ni siquiera las fotografías podrían quedarse como prueba de una utopía hecha realidad: una enorme cruz roja las tachaba de extremo a extremo. Las lágrimas y la rabia, ciega, habían deteriorado el papel.

La segunda etapa de su huida, aquella de la renuncia absoluta, dio comienzo aquel mismo día. Un escape absoluto del mundo que le rodeaba, una búsqueda por replegarse en su dolor, en la belleza, en el pasado. Toda una vida que giraría en torno a dos meses de felicidad real. Nunca entendió por qué fue a él al que le perdonaron la vida. Nunca lo entendería. Pero fue al salvarlo a él que lo condenaron a vivir, y quién sabe si quizás aquella no había sido su mayor maldición.

St. Laurent, 19 de noviembre.

Por Carmen Arjona. 

En el museo

Etna se encontraba ante cinco hilanderas que preparaban lanas. Una de ellas era Aracne, famosa en toda la polis por sus telares, de los que se decía que eran mejores que los de la propia diosa Atenea, inventora de la rueca. De hecho, la diosa Atenea también estaba allí, disfrazada como una anciana hilandera más, comprobando la veracidad de tales rumores. Etna podía identificar la pincelada de Velázquez sin dificultad alguna, sus capas de pintura sobre el lienzo: finas y diluidas; el empleo de los colores, prácticamente monocromo. Aquella era, sin lugar a dudas, una de sus obras preferidas de la pinacoteca y siempre que tenía un día complicado se desplazaba hasta allí para observarla. Aquel día en especial, Etna estaba tan concentrada observando la pintura, que apenas notó cómo alguien le daba un suave toque en el codo. Tardó unos segundos en darse cuenta de que en realidad alguien estaba intentando llamar su atención. Saliendo de su ensoñación, se volvió hacia aquella mano, hacia aquel ligero tacto, para quedar frente a Chico.

Chico y Etna se conocían de toda la vida. Habían sido compañeros de clase desde preescolar e incluso recordaba cómo en primero de Primaria la maestra, la buena de Hermiña, los mandó sentarse juntos en clase, cuando aún existían los incómodos pupitres de madera que no hacían sino acrecentar el malestar de los alumnos en el aula así como las ansias de la hora del timbre. No le costó reconocerlo, sin embargo, más tarde tuvo que admitirse a sí misma que Chico había cambiado bastante. La edad lo había sorprendido a él también, tiñendo mechones de su pelo lacio del color de la nieve y formando grietas junto a su sonrisa de dientes blancos y perfectos, junto a su mirada. Etna no recordaba si de niño había llevado gafas –a pesar de que siempre le pareció un chico simpático, hay ciertos detalles de él que sería incapaz de recordar ahora–, en todo caso, aquel día portaba lentes pequeños y completamente circulares que le otorgaban un atractivo aspecto de intelectual.

«¿Me reconoces?», le preguntó él, curioso. «¡Chico! ¡Qué sorpresa!» «Lo mismo digo. Aunque tú no has cambiado nada.» Le sonrió. «¿Qué haces en el museo? ¿Vienes a menudo por aquí?» «Pues la verdad es que sí», contestó ella. «Me gusta mucho sentarme en esta sala y observar Las Hilanderas de Velázquez para despejarme, especialmente en los días difíciles. Bueno, ¡no me creerás si te digo que mañana me caso!» «¿Lo dices en serio? Vaya, enhorabuena. Desde luego el cuadro debe tener propiedades milagrosas porque no se te nota nada nerviosa.» «A decir verdad ya está todo organizado, y lo que no lo está, ya es tarde. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí?» «También yo vengo a menudo. Me licencié en Historia del arte y ahora doy clases en un instituto. A veces me gusta venir por aquí para refrescar un poco de conocimientos y, además, tengo la enorme suerte de vivir cerca. Pero bueno, ya que mañana te casas, ¿me permites que te invite a una copa de champán para celebrarlo? No todos los días se entera uno de estas cosas.» Etna asintió, sonriente. «De acuerdo, pero antes me gustaría pedirte un favor.» «Claro, si está en mi mano…» «Me encantaría que me llevaras ante tu cuadro preferido de Velázquez.» Chico sonrió, pensativo. «Mi cuadro preferido…»

Su cuadro preferido traía a Chico recuerdos de otros tiempos. Recuerdos de un verano en Italia, de tardes en la villa de su amigo Raffaelo, de baños en la piscina al atardecer, del buen vino, del buen embutido, del buen sexo. Allí conocería Chico a su primer amor, un amor que vendría entrelazado con tantas otras pasiones: la de la ópera, la del maravilloso sonar de tan bella lengua, la de la literatura, la del arte que todo lo envolvía en aquellos tórridos días de agosto. Raffaelo y Chico se conocieron casualmente una mañana en que ambos fueron a nadar a la piscina de la calle Corleone. Se gustaron al instante y comenzaron a quedar regularmente para jugar partidos de tenis juntos y con otros amigos de Raffaelo. Cuando llegó el momento de que Chico regresara a España, Raffaelo decidió invitarlo a la villa de sus padres, en la campaña, para disfrutar de las últimas dos semanas que le restaban en compañía de buenos amigos. Allí fue que Chico conoció a Calipso y cayó perdidamente enamorado de ella. Del mismo modo que siglos atrás otra Calipso enamoró a Ulises durante siete años, la hermana menor de su amigo Raffaelo se introdujo en su vida durante siete largos veranos.

No tuvieron que caminar mucho para encontrarse con el lienzo de frente. «Hemos llegado.» Indicó Chico. «La fragua de Vulcano», leyó ella, despacio. «¿Puedes contarme su historia?»

Recuerdos de una noche juntos, de cándidos besos, de caricias ardientes y puños apretados, de gotas de sudor que se evaporaban en su espalda, de respiraciones agitadas, entrecortadas, de abrazos apretados, de mordiscos, de pellizcos, de gritos ahogados, de explosión. De ser uno.

«¿Conoces ese cuadro?», le preguntó ella, señalando una tela que colgaba cubriendo toda la pared frente a la cama. «No», reconoció él. «La Fragua de Vulcano», lo instruyó ella. «Es una de las obras más famosas de Velázquez. Retrata a Vulcano en su fragua, tras recibir del mismísimo Apolo la nueva de que su mujer, la diosa de la belleza Venus, lo engañaba con el apuesto dios de la guerra: Marte. Vulcano, tan pronto como se recuperó de tales noticias, ideó una forma para poner un drástico fin a la situación: trabajó duramente en la fragua durante muchas horas para crear una red de metal tan fino que resultaba completamente imperceptible a primera vista, aún más a los ojos de dos enamorados. De esta forma, cuando a la noche, Marte y Venus se desnudaron para placer juntos, la red cayó sobre ellos dejándolos completamente en evidencia ante todos los otros dioses del Olimpo. Velázquez retrata aquí la cara de sorpresa de Vulcano ante la desastrosa nueva de Apolo. A la derecha del cuadro hay cuatro ayudantes del dios, originalmente cíclopes, pero a los que Velázquez se toma la licencia de conceder un segundo ojo.»

Chico relató la historia a Etna, que lo escuchó atentamente hasta el final.

«¿Por qué lo tienes colgado en tu dormitorio?», preguntó Chico a Calipso. «¿Qué lo convierte en tu favorito?», se interesó Etna. «Me parece que tiene un no sé qué que lo hace especial: la luz quizás, o la precisión en las expresiones de sus caras», mintió Chico. «Fue un regalo de mi madre para recordarme que nunca debía ser infiel a nadie. Supongo que quería que al ver el cuadro recordara las consecuencias que dichos actos tuvieron para los dioses Marte y Venus», le contó Calipso. Ahora, al ver el cuadro, Chico la recordaba a ella. Ahora al ver el cuadro, Etna siempre pensaría en Chico.

Etna volvería innumerables veces al museo y, a partir de aquel día, siempre recordaría la historia de Vulcano y Venus. La historia de Chico. ¡Quién le hubiese dicho que Chico tan solo le había contado la mitad de la historia: la historia concreta y bien delineada, y que se había ahorrado la parte desfigurada, emborronada, enredada en recuerdos encadenados e imposibles de transmitir con la exactitud de la palabra! Cómo transmitir aquel amor por los días pasados, por los viejos amores, por los tan necesitados aprendizajes.

Por Carmen Arjona. 

La coleccionadora de lugares

En su familia todos eran coleccionadores y por eso, al nacer ella, la última de tres hermanos, apenas pudo caber en la casa. Su padre, el mayor coleccionador de todos, se dedicaba a llenar la casa de esculturas de todo tipo: desde bustos griegos del siglo V, hasta móviles más contemporáneos de artistas como Alexander Calder. Por supuesto, no se trataba de versiones originales, sino de meras copias, pues entre tanta colección y su simple trabajo de cartero, era imposible que el dinero alcanzase para todo. Hacía poco había llegado a casa con una hermosa fuente de piedra maciza que había encontrado en el jardín de una casa abandonada de las afueras de la ciudad. A ninguno le cabía duda de que le había costado más dinero y trabajo conseguir a alguien que le llevase la fuente a casa sin delatar el robo, que lo que la pieza hubiese costado en sí. Pero al menos debían reconocer que se trataba de una estatua bonita. No siempre era así. Anna nunca olvidaría el día en que, con tan solo cinco años, vio aparecer a su padre en la casa con un enorme tótem de madera pintado en horribles tonos verdosos. La pintura hacía ya años que se había descascarillado, dejando entrever la madera que, a causa de la lluvia, estaba llena de musgo, completamente astillada. Pero lo peor no era el estado del tótem, en realidad, lo peor era el hedor que la madera desprendía. Anna no podría olvidar nunca aquel día en el que en su joven mente se imaginó que quizás la estatua había llegado para reemplazarla, pues, ¿dónde podría su padre poner la escultura sino era en su propia cama? Mirara por donde mirase, en la pequeña casa donde vivían no había espacio para nada más. Pero, por supuesto, aquel no era el plan de su padre, que, como si de un Tetris se tratara, consiguió reordenar toda la casa para dar espacio a su última adquisición. Con el paso del tiempo, la fetidez de la madera podrida tendría también su propio espacio, sumado al del polvo de la casa, un olor tan naturalizado que cualquiera diría que también alguien lo había ordenado junto con los objetos del hogar.

Su madre, que siempre fue más recatada, se contentaba con llenar álbumes de postales y de viejas fotografías que encontraba en los más recónditos lugares, desde tiendas de antigüedades hasta subastas del género. Como no era fácil encontrar ejemplares, su colección tampoco ocupaba un gran espacio en la casa. Aunque, por supuesto, a su madre también le correspondía la gran colección de utensilios de cocina que inundaban las estanterías de la habitación. Poco importaba que, al final, a la hora de la verdad nunca pudiese encontrar la herramienta más adecuada y tuviese que contentarse con otra menos específica. Esto solo contribuiría a que al día siguiente llegase a casa con un nuevo ejemplar del útil perdido.

Su hermana Silvia era siete años mayor y se dedicaba a coleccionar un poco de todo: desde muñecas mutiladas hasta piezas de puzles desparejadas. A Silvia le gustaban particularmente las hamacas, de las que tenía el jardín invadido. Afortunadamente, la familia contaba con un gran jardín (mucho más grande que la casa en sí), lleno de árboles frutales. Esteban, cinco años mayor que Anna, coleccionaba libros, películas y cedés, lo que, para ser sinceros, ocupaba la mayor parte de la casa. Además, desde muy pequeño le gustaron los instrumentos exóticos, así que también contaba con una extensa colección: dos guitarras eléctricas, un bajo acústico y otro eléctrico, un ukelele, una flauta travesera, un arpa…

El día en que la madre de Anna se dio cuenta de que estaba embarazada de nuevo, decidió convocar a la familia al completo para tomar una decisión al respecto. El aborto no era una opción, pero aparentemente el deshacerse de una sola de las colecciones –o el simple hecho de «frenar» algunatampoco estaba considerado como una opción viable. La familia decidió, por ello, prohibir a Anna la entrada de nuevos objetos a la casa. Le darían la posibilidad de existir, pero no le permitirían coleccionar nada.

A lo largo de los años, Anna pasó una infancia excepcionalmente feliz. Era una niña curiosa y la casa parecía un lugar perfecto para aprender y explorar sin necesidad de salir del calor de la lumbre en los fríos días del invierno canadiense. Como nunca se le permitió tener nada, Anna nunca pudo añorar el sentimiento de posesión y durante sus años de juventud comprendió las enormes ventajas que aquel forzado desapego le traían. Sin embargo, Anna nunca pudo evitar el contagiarse del espíritu coleccionador de su familia y, sin darse cuenta, ella también se dedicó a coleccionar, solo que ella coleccionaba en su mente. Anna coleccionaba lugares y, por ello, al cumplir la veintena, se dio cuenta de que su ciudad no podía seguir satisfaciéndola, debía partir, viajar de norte a sur, de este a oeste, sin parar en ningún momento hasta haber conocido todos aquellos lugares de los que los libros y las películas de su hermano hablaban. Por supuesto, nunca se le pasó por la mente que lo que estaba haciendo no era sino coleccionar lugares a través de sus ojos y de su excepcional memoria. A la hora de partir, el haber sido educada en el más absoluto desapego de la no posesión también fue de gran ayuda. Tan solo su madre fue consciente de lo que estaba ocurriendo, y sin ánimo de inmiscuirse en lo que no le correspondía, decidió no intervenir. En el fondo, un gran orgullo la recorría, el de saber que contra todo pronóstico su hija había conseguido encontrar su propia colección.

Los años fueron pasando y Anna se dedicó a engrandecer su colección con cientos de lugares. La colección de Anna –o lo que ella consideraba como curiosidad infinita– no tenía límites. No solo le bastaba con visitar diferentes países: para sentirse satisfecha, Anna debía explorar las ciudades y los parques nacionales principales, pasando por los pequeños pueblitos cuyos nombres llamaran su atención en los mapas. Dentro de las ciudades, debía recorrerse todos los barrios –incluso aquellos menos recomendados– para hacerse su propia idea de lo que representaban. En los parques nacionales, Anna visitaba todos los lugares de interés señalados en los mapas, grababa en su memoria todos los paisajes vistos desde todos los miradores encontrados. En un pequeño cuaderno iba escribiendo los nombres de todos los lugares que conocía. Pero solo los nombres, por aquello de no acumular posesiones.

Aunque, a decir verdad, Anna no se consideraba una mujer extremista y es por ello que un día llegaría a convertirse en la fundadora de una de las mayores casas editoriales de guías turísticas del globo. Todo comenzó el día en el que en un pueblito perdido de la selva amazónica, Anna conoció a un hombre que, como ella, también se dedicaba a viajar por el mundo, pero este en compañía de una cámara de fotos de última generación y de un pequeño ordenador donde relatar sus historias. Aquel hombre sería el primer amor de su vida y, aunque ambos eran demasiado independientes como para que la historia durase mucho tiempo, el hombre enseñaría a Anna las ventajas de las nuevas tecnologías. El idilio terminó, pero Anna no hizo más que crecer y, dejando a un lado las creencias aprendidas y arraigadas en sí de su familia -¿acaso no forma eso parte de lo que siempre hacemos al enamorarnos por primera vez?-, se compró una cámara fotográfica y su primer ordenador, dos herramientas claves para convertirse en la gran escritora de renombre mundial que un día llegaría a ser.

A veces, cuando echaba la vista atrás y observaba a sus padres y hermanos, tan obsesionados con la realidad material, recordaba el día en que su padre llegó con la estatua del tótem a casa y ella se sintió asustada de perder su lugar en la familia. Anna se sentía libre como un pájaro. Quién le hubiese podido decir que lo suyo no era sino una libertad inventada, la de sentirse feliz tan solo coleccionando nuevas experiencias, nuevos lugares e imágenes. Y lo cierto es que, aunque se lo hubiesen dicho, nada habría cambiado pues Anna había encontrado su propia manera de ser feliz.

Por Carmen Arjona.