El (otro) vals

Cielo Santo. Oh, my God. Por todos los Santos. Por todos los Santos que estáis en los Cielos. Dios mío que estás en las Alturas, no sé cómo agradecerte este momento. Estoy bailando. ¡Estoy bailando! ¡Y no precisamente con cualquiera! No es mi tía Betty, ni la pequeña Emily, ni la señorita Deborah, la solterona de setenta y tantos que vive encima de la tienda de cebos y que me enseñó los primeros pasos! ¡Todo ha ocurrido tan rápido! Hace unos minutos estaba sentado, silencioso con mi tembleque en las rodillas, observando por el rabillo del ojo cómo se acariciaba las medias al otro lado de la mesa a escasas tres sillas de distancia, meditando si era tolerable acercarme con eso de «me-co-concede-este-b-baile», y ahora estamos aquí, enfrascados en el vals, ¿se dice así? ¿O es con doble uve? Sí, creo que es eso lo que dijo usted hace un momento, «podríamos escuchar un segundo la música, oh, sí, es un wals, me encantaría que bailásemos un wals». Espero no decepcionarla, señorita Parker, es que yo no soy como usted, que tiene la suerte de asistir a colleges, leer revistas, ir a conciertos, seguro que usted está más que acostumbrada a este tipo de eventos. ¡Ay, lo siento, creo que la he pisado! ¿O ha sido una patada? Mejor le sonrío, verá usted, la anciana que me enseñó no estaba en su mejor momento, ya se lo he dicho, ¿se lo dije? Setenta y tantos, la pobre, tiene cataratas, tiene las rodillas deshechas, una pierna de palo, de hecho no se mueve de su silla de ruedas, a veces mi mamá me ordena que le lleve la cena, unos huevos revueltos, un pastel de carne, mazorcas a la parrilla con su mantequilla y pimienta, las cosas que nos gustan por aquí, usted seguro que está acostumbrada a ensaladas de patata y manzana y roast beef con especies francesas, nosotros por aquí es que somos rústicos.

Pero dígame, ¿le gusta este sitio? ¿Esta fiesta? A fin de cuentas viene usted todos los años. ¿Es de sus abuelos, la casa aquella en la que se hospedan? ¿Qué tal la velada, los músicos, el aire del pueblo? «¿No c-cree q-q-que es f-f-fantástico?». «Si, es fantástico, ¿eh? Es simplemente fantástico. Es el vals más fantástico, ¿no? Oh, yo también creo que es fantástico». ¡No me diga usted, me hace tan feliz! Verá, me encantaría decirle, yo es que llevo tanto tiempo, años, le diría a usted, años que la conozco. ¿No se lo cree? Quizá ahora mismo no me recuerde, usted era solo una cría, yo ya era mayor, bien, tampoco tanto, en cualquier caso algo más que usted, estaba usted jugando en aquel árbol, ese que luego le cayó un rayo y los vecinos lo arrancaron y clavaron una vara de plata y echaron sal para que nada creciera otra vez, supercherías de gente de campo, ¿qué le decía? Ah, eso era, usted jugaba con unas amigas, unas primas suyas creo que eran, jugaban a subirse a ese árbol y entonces yo llegué con mis tres hermanos, yo soy el de en medio, y les ayudamos a escalarlo, usted se quedó atrapada sin poder bajar y le tendimos la mano, pues en ese momento, llevaba un vestido precioso, era verde, no me olvido, puso un pie, después el otro, luego otro más y en ese momento, en fin, ¡me ruborizo cuando lo recuerdo! Usted, Dios me perdone, se resbaló un poquito y deslizó las piernas y entonces yo, que lo que quería era ayudarla, pues mientras le cogí la mano miré para arriba y, ¡Dios Santo, le vi, ya sabe, la ropita que tenía debajo del vestido! «Uy, ¿l-le he he-hecho da-daño? «No, claro que no me has hecho daño. Nada de nada. De verdad. Y ha sido culpa mía. Este pasito que haces… bien, es fantástico, pero al principio es un poco complicado de seguir. Oh, ¿lo has inventado tú?», me tiene que disculpar usted que me ruborizo y me pongo nervioso, ¿ya le dije que me entran tembleques cada vez que me excito? Pues aquella imagen me persigue, sus calcetincitos, sus zapatos morados, ya sabe, su ropita de debajo, desde entonces no dejo de pensarla, la veo en los sueños, ¡sueño con que vuelva usted cada verano! ¿No me recuerda? Seguro que no, apostaría a que se le ha olvidado mi nombre. Verá, se lo dije aquel día, creo que fue un cuatro de julio, íbamos a gastarles unas bromas y usted me echó la limonada encima, en verdad fui yo quien la empujé y usted se asustó y dio un respingo pero usted se ruborizó tanto que acabó pidiéndome disculpas y yo aproveché para decirle mi nombre, no se preocupe, son cosas que pasan, no es que yo sea un mal muchacho, ¿lo sabía, que tengo un empleo? Trabajo en la tienda de ultramarinos de Jack el del ojo difícil, le llaman así porque no se sabe nunca a quién mira y la pobre gente se confunde al averiguar a quién le toca el turno, o a quién le habla, la cuestión es que dicen que no hay muchos como yo trinchando el estofado y sirviendo filetes.

Oh, pero ¿se acaba la música? ¿Tanto tiempo estuvimos bailando? ¡Qué rápido pasan los walses! Mire, se levanta ese músico, el de la derecha, ¿es eso un violín, o se llama violonchelo? Yo es que no distingo los nombres. Ah, ¡anuncian unos biceps! ¿Se dice así? ¿Qué le parece? «¡Que bien! Es fantástico». ¿Le apetecería seguir? ¿O está usted cansada? «¿Cansada? Creo que no. Me gustaría seguir así por siempre». ¡Por siempre! ¡Le gustaría seguir así por siempre! Oh, señorita Parker, yo siempre la he admirado, la he admirado, me parece una señorita admirable, ¡más que eso! Tan luchadora que es usted, tan, ¿cómo se dice? ¿Sufraguista? ¿O es surfista? ¿O quizá diría de usted que es feminista? Nosotros aquí es que no distinguimos los términos, apenas si pude acabar sexto grado, ¡pero ahora usted me ha dicho que le encantaría seguir así por siempre! ¡Por siempre! Oh, señorita, yo la amo, la amo desde que la vi en aquel árbol, desde que contemplé sus calcetincitos y sus zapatitos morados y su, ya sabe, su ropita de abajo. ¿Y usted? ¿Usted me ama? ¿Aunque haya olvidado mi nombre? Santo Cielo, ¡la amo, señorita Parker, la amo, le pediría matrimonio aquí, ahora mismo! Ya casi puedo imaginar nuestra casa, no sería tan grande como la que ustedes arriendan, a fin de cuentas soy un humilde empleado, algo pequeñito en el que cabieran nuestros cuatro hijos, cierto que tendría usted que mudarse aquí al campo… aun así ¡seremos tan felices! La dejaré escribir en sus ratos libres, cuando los críos estén crecidos me los llevaré a tirar piedras a los peces y usted podrá escribir y publicar en esas revistas en las que usted escribe y luego tendría tiempo para que le traigamos los siluros y que usted los despelleje y los eche a la olla y prepare la mesa y la cena mientras yo veo el football con nuestros cuatro mozuelos, sí, eso es, ¡seremos tan felices!

Oh, vaya, ¿ya han acabado? ¡Qué pena, señorita Parker! ¡Ha sido un placer bailar con usted! ¿Cojea usted? Vaya, lo siento de veras, siento lo de su tobillo, fueron los nervios, los nervios y la falta de práctica, le aseguro que durante el invierno no voy a dejar de visitar a la señorita Deborah, la solterona que vive encima de la tienda de cebos, la de la pata de palo y la silla de ruedas, le llevaré cada sábado un pastel de carne y verá usted que habré mejorado. Ella es que fue secretaria en un colegio y sabe de mundo. Bueno, veo que es hora de marcharse. No hace falta que me dé usted las gracias. Ya veo que tiene prisa, vaya, vaya, no se apure. Ah, y le prometo que practicaré mi cháchara. La próxima vez le hablaré. Mi madre me lo dice siempre, «hijo mío, deja de pensar lo que no dices y empieza a pensar en decir algo». Es un buen consejo. En fin, no se moleste en darse la vuelta para echarme una mirada y saludarme, vaya usted, vaya, ¡la amo! ¡La espero, señorita, hasta el verano que viene!

Por Ignacio Moreno Flores. 

Los ciegos

Abrió los ojos otra tarde cualquiera de cualquier mes de cualquier año. Todo sombras, una vez más. En la espesura de la noche, de su noche, volvió a pasar los dedos por la página rugosa que, algún tiempo atrás, en la memoria visual, contaba la historia de aquel mito que lo obsesionaba.

Alzó la vista al cielo con la mirada unánime de todos los ciegos del mundo, pupilas como plegarias inútiles, repetidas infinitamente, siglo tras siglo. En ese acto reflejo que de rabia y desolación había pasado a costumbre, pensó en el Minotauro como habría pensado en un hijo. O en sí mismo.

Quizás por compasión, quizás por empatía, se vio reflejado en la soledad de aquella criatura encerrada en el laberinto de sus propias sombras, espejo del número imposible de galerías que conforman el eclipse de la ceguera.

Se sintió aedo, como si el peso de los tiempos hubiera terminado de caer sobre el bastón en que se apoyaba, y quiso cantar la vida sin luz del hijo de Pasífae, su lento vagar a tientas, su patético destino en un palacio sin ventanas. Deseó con fervor componer el más hermoso de los poemas a aquel colosal error de la naturaleza, para que los milenios venideros recordaran espantados los gritos del monstruo sin soles.

Entonces se levantó. Se sostuvo sobre lo que se había transformado en cayado. Golpeándolo rítmicamente contra el suelo, volvió a alzar la vista a su noche eterna. En su laberinto de sombras, cantó como ya había cantado antes otro ciego, otro hombre.

En sus versos, el Minotauro comprendió al fin, que, tras los ojos de Borges, miraba al cielo el Otro. Y que Homero los estaba pensando a ambos.

Por Irene Reyes Noguerol.

El camino a casa

Sopla una ligera brisa. A lo lejos, hacia el poniente, aún se divisan las lumbreras del puerto de Esqueria, titilando esparcidas a lo largo de la masa oscura de la costa. Además de mí, en cubierta sólo queda el joven timonel feacio. No me mira como si viera a un hombre, ni siquiera como miraría a un rey. Ya nunca más seré sólo un hombre. Soy Odiseo, el astuto, el de las mil tretas, el último de los héroes. El joven timonel me mira como si ya no fuera de carne y hueso, sino un mito escapado de un puñado de hexámetros. Una figura dibujada en un ánfora.

Apenas reconozco el mar bajo esta engañosa apariencia de mansedumbre. En todo este tiempo – media vida en realidad – lo que diez años de guerra no consiguieron lo intentó luego el viejo y rencoroso Poseidón, a lo largo de casi otro decenio, arrojándome de una costa extraña a otra, de los brazos de una hechicera a las fauces de la Escila, de la mismísima morada de los muertos al lecho de una diosa que me ofreció su cuerpo de niña, y con él la juventud eterna. Ésa ha sido mi otra guerra. Y aún no sé si diez años de naufragios son saldo suficiente para darla por zanjada, para aplacar la ira del océano. Al fin y al cabo, engañé, emborraché y dejé ciego a su hijo, y he combatido y burlado a cuanta criatura de pesadilla ha querido poner en mi camino. Por eso, incluso en las noches cálidas y tranquilas como ésta, cuando descuento por fin las últimas jornadas de mi largo y accidentado regreso a casa, miro con recelo el hermoso tapiz del mar y entre la sedante canción de las olas creo oír siempre el aliento bronco de un dios ofendido.

Regreso veinte años después, cuando apenas queda nada en mí de aquel joven Odiseo, gobernante de un peñasco reseco, esposo de una mujer que tuvo que criar y educar a un príncipe en la más absoluta soledad, una larga ausencia que nunca supo a ciencia cierta si era desamparo o viudez… Penélope. Aún recuerdo la primera vez que la vi. Yo era entonces un joven príncipe, cuyo brazo era el único lo suficientemente fuerte como para tensar el arco de Eurito, capaz de correr más rápido que nadie, nadar más lejos, afrontar las mil hazañas que aún no sabía que me esperaban, con el arrojo que sólo dan la inconsciencia y la juventud, sin pestañear, sin dudar un instante. Y sin embargo, aquella tarde, en el palacio de Tindáreo, al que había acudido, como tantos, al reclamo de la belleza de Helena, me recuerdo temblando hasta el tuétano sólo porque ella, Penélope, me miró. Para que el tiempo no me borrara su rostro he imaginado sus rasgos en los de todas las mujeres, evitando así que se hundiera en las brumas del olvido, y a mi vez me pregunto cómo es el Odiseo que ella evoca en la soledad de la alcoba, si sabrá o querrá reconocerlo en este otro que regresa, este héroe viejo y cansado, henchido de una gloria que no pidió y que soporta como una pesada carga. Yo sí recuerdo su tacto, sus brazos níveos abarcándome por la espalda, en las noches insomnes en que yo abandonaba el lecho y pasaba horas de pie, en el balcón, mirando la noche y el mar, como si oyera un premonitorio canto de sirenas, como si ya entonces intuyera que mi historia se escribiría lejos de Ítaca, lejos de Penélope, lejos de todo. Quién sabe qué sinsabores, qué amarguras habrá trazado para matar el tiempo, quizá volcada sobre aquel telar que tanto le gustaba, mientras los años pasaban, baldíos. Esperando a cada momento ver recortarse en el horizonte un barco, alguna de las cientos de negras naves que partieron a la guerra. Deseando y temiendo a un tiempo que ese barco trajera por fin noticias mías. De mi regreso o mi muerte.

La guerra. Cuántas vidas, cuánta belleza destruida. Cuánta ambición. Tan sólo el cornudo de Menelao, con el entendimiento cegado por su propia ira de macho ultrajado, quiso creer aquella estupidez de que su hermano, el gran Agamenón, reuniría en Áulide la mayor flota que ha conocido el hombre, sólo para traer de vuelta a Esparta a la hermosa y voluble Helena, aquella niña loca y estúpida, que aprovechó que su marido abriera las puertas de su ciudad a los príncipes de Troya, para abrir también sus piernas, y honrar al imberbe de Paris a su manera.

Cuántos reinos descabezados, cuántas viudas, cuánta sangre derramada, sólo para reducir a cenizas una ciudad, la hermosa Ilión, la perla del Egeo, arrasada sólo para que el gran Agamenón, hijo de Atreo, controlara el paso por Los Dardanelos. Oro. Poder. Nunca hubo otra cosa.

¿La gloria? ¿La posteridad? Sí… Muchos otros caudillos, grandes guerreros, fueron a buscar la gloria, sabedores de que los ojos de los bardos estaban vueltos hacia la madre de todas las guerras. Todos querían que cuando sus cuerpos moraran ya en la oscuridad del Hades, sus nombres y el eco de sus hazañas les sobrevivieran por los siglos de los siglos, escritos y cantados en aquellas rapsodias de sangre. Ajax Oileo, Diomedes, Filoctetes, Ajax Telamón, Idomeneo, el sabio Palamedes… hasta el mismísimo Aquiles, esa bestia sedienta de sangre, que habría tomado Troya él solo si lo hubieran dejado, arropado por sus mirmidones, aquel puñado de locos que habrían seguido a su rey hasta las mismas puertas del Tártaro. Y del otro lado de la muralla, Sarpedón, Eneas, el noble Príamo, el príncipe Héctor, a cuyo hijo ordené despeñar por las murallas la noche que entramos en la ciudad… Su lucha era más noble que la nuestra. Ellos defendían su patria, sus mujeres, sus hijos… todo aquello que amaban… Pero también creyeron que conquistarían al hacerlo el honor y la gloria. Ahora unos y otros ya abandonaron sus respectivos lados en la muralla y no son sino sombras que vagan en la oscuridad eterna, con una moneda bajo la lengua.

A veces los veo en sueños. Caminan en círculo, entre escombros, bajo un cielo sin estrellas ni luna. Todos tienen las cuencas vacías. Patroclo aún sangra por el tajo del cuello, Héctor está casi irreconocible, cruzado de laceraciones y mordiscos de alimañas. Aquiles camina renqueante, dejando un rastro de sangre oscura que mana de su pierna. Aún lleva clavada la flecha envenenada de Paris. Alrededor de la herida la carne se ha vuelto negra y supurante por la gangrena. Todos me llaman, me reclaman para que ocupe mi lugar entre ellos, entre los muertos… Otras veces me despierto acosado por las imágenes del fuego, las ruinas ardientes del palacio, los templos y los jardines, un festín de sangre y humo, entre el que veo aparecer la oscura silueta de un caballo gigantesco, con el vientre preñado de muerte, cabalgando enloquecido por la calles, entre gritos de mujeres y llantos de niños. Luego llega hasta donde estoy y se detiene frente a mí, y humilla su enorme cabeza. Yo me acerco, no siento miedo. Alargo la mano y acaricio la descomunal testa, pasando despacio los dedos por los nudos de la madera. No, no siento miedo. Sólo siento culpa.

De una guerra no se vuelve jamás. Algo mío quedó allí, en aquella playa, en la llanura rojiza, en las llameantes calles… algo mío murió con cada vida segada, para siempre. Del mismo modo que cada monstruo, cada criatura con la que me he cruzado desde el final de la guerra, desde la más horrenda a la más hermosa – Escila, Caribdis, Circe, Polifemo, Calipso… – posee ahora una parte de mí que nunca recuperaré. Eso sí me da miedo. Regresar y ocupar mi sitio al frente de un pueblo que lleva veinte años sin rey, junto a una mujer que no me reconoce cuando me mira y un joven de veinte años que era sólo un recién nacido cuando marché. Y descubrir al cabo de los años que no he vuelto en realidad. Que Poseidón, después de todo, vio cumplida su venganza. Que ya no puedo ser Odiseo, hijo de Laertes, esposo, padre y rey: Un hombre. Comprender que ya sólo puedo ser ese dibujo en un ánfora, encendidos versos en boca de los contadores de historias, una figura en el corazón mismo de la epopeya. Que mi nombre, ahora sí, es Nadie, y que aunque agote mis días recorriendo cada estancia del palacio, fingiendo estar de vuelta entre los míos, sigo lejos en realidad, atado al hipnótico vaivén de las mareas, siempre entre dos naufragios, el último de los héroes, enzarzado para siempre en la infinita trampa del mar.

Por José Antonio Millán Márquez.

Una madeja enmarañada

«¿Cómo está usted?», dijo estrechando mi mano con una fuerza que yo estaba lejos de suponerle. «Ha estado en la India y Afganistán, por lo que veo. Y es usted un tirador de primera». Eso fue lo primero que me dijo, y me quedé con la boca y los ojos muy abiertos frente a mi interlocutor: un hombre muy alto y seco, cargado de hombros, de frente ancha y cuyos ojos parecían hundidos en el cráneo. Iba completamente afeitado, su piel era pálida y su cabeza se mantenía adelantada en una perpetua y lenta oscilación.

Esto tenía que ver con mis últimos meses de mi vida. Agregado al 1º de Pioneros de Bangalore, las campañas de Jowaki, Sherpur y Kabul, que proporcionaron ascensos y honores a muchos, a mí sólo me acarrearon infortunios. Regresé a Inglaterra licenciado de mi grado de coronel y con mi viejo fusil, con el que me había labrado reputación de buen tirador, como único bien. Sin parientes ni allegados estaba tan libre como podía serlo con mis magros ahorros, y mis dos pequeñas monografías –El gran juego del Oeste del Himalaya y Tres meses en la jungla– no me habían reportado beneficios. Necesitaba alojamiento. Quería encontrar a alguien con quien compartir alquiler. Nos presentó un conocido común, John Clay.  «Asombroso», dije. «En realidad no lo es», replicó. «Su pose es indudablemente militar y denota mando; hay muy pocos lugares dentro del Imperio en los que un militar se broncee y su mirada, su pulso y los músculos de su mano derecha muestran a gritos su pericia como cazador». Dicho así resultaba absurdamente sencillo. Pero en realidad siempre lo fue. «No tengo buena fama, me gusta el juego y soy mal perdedor», le confesé. «De mí dicen algo similar», me contestó sonriendo. «Además, mantengo un horario irregular y necesitaré el salón para recibir a mis visitantes. Soy egoísta, introvertido y necesito silencio cuando trabajo. Fumo tabaco fuerte y, a veces, me entra la morriña y me paso días sin despegar los labios. ¿Será eso un problema?». Sonreí, negué con la cabeza y alargué la mano. Nos las estrechamos.

Nuestras habitaciones eran más que adecuadas para dos solteros. Tenía presente lo que había dicho mi amigo acerca de su intimidad y no le pregunté cómo se ganaba la vida, aunque había demasiadas cosas que picaban mi curiosidad. Solía pasarse horas leyendo complejos tratados matemáticos y astronómicos. Otras veces se limitaba a quedarse hecho un ovillo en su sillón, entregado a algún tipo de pensamientos y sin pronunciar una sola palabra, garrapateando alguna nota en un trozo de papel que tuviera a mano. Los visitantes llegaban a cualquier hora; yo abandonaba el salón y me preguntaba qué tendrían en común con mi amigo, pues parecían pertenecer a distintas clases de la sociedad: nuestro conocido Clay, un pilluelo callejero vivaracho, un minero norteamericano rudo y de aspecto peligroso y, sobretodo, un caballero nervioso llamado Fred Porlock. Algunos eran habituales; otros acudían sólo una vez. En cada ocasión él se disculpaba: «Me es indispensable servirme de esta habitación como oficina, y estas personas son clientes míos».

Otra sorpresa fue descubrir que mi amigo era un maestro del disfraz. Un estrafalario grupo de personajes entraba en nuestras habitaciones: un anciano librero con una ajada levita, un joven obrero, una mujer exuberante cuya antigua profesión no dejaba lugar a dudas y un distinguido dandy, entre otros personajes de variopinto pelaje; todos y cada uno de ellos entraban en la habitación de mi amigo y, a una velocidad que habría hecho justicia a un artista del cambio de un espectáculo de variedades, salía mi amigo. Él era todo un misterio para mí.

Una mañana  compartíamos el desayuno cuando mi amigo tocó la campanilla para llamar a nuestra casera. «En unos cuatro minutos se unirá a nosotros un caballero, que entrará por la puerta trasera. Vamos a necesitar otro servicio en la mesa». Reanudó la lectura del periódico y esperé, cada vez con más impaciencia, a que me diera una explicación. Finalmente, no pude soportarlo más. «No lo entiendo. ¿Cómo puede saber que dentro de cuatro minutos vamos a recibir una visita? No ha llegado ningún telegrama, ningún tipo de mensaje». Sonrió y empleó un tono de voz algo irritante, como el de un adulto hablando a un niño: «¿No ha oído el traqueteo de una calesa hace unos minutos? Redujo la velocidad cuando pasó ante nosotros, obviamente mientras el viajero identificaba nuestra puerta, y luego aceleró y se alejó, rumbo a Marylebone Road. Allí hay una parada de carruajes que dejan a sus pasajeros en la estación, y es a esa parada a donde iría cualquiera que desease venir aquí sin que lo observasen. El paseo de allí hasta aquí lleva unos cuatro minutos…». Le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y, justo cuando lo hacía, oí unos pasos en las escaleras.

«Pase, Clay. La puerta está abierta, y sus salchichas a punto de llegar». Mi amigo esperó a que nuestra casera abandonase la habitación antes de decir: «Asumo que se trata del asunto de La liga de los pelirrojos». «Cielo santo», exclamó Clay, y palideció. «Seguro que aún no ha podido correrse la voz. Dígame que no es así». Empezó a llenar su plato con salchichas y tostadas, y noté que las manos le temblaban un poco. «Por supuesto que no», lo tranquilizó mi amigo. «Pero, si el señor John Clay no puede ser visto yendo al despacho del único consultor criminal de Londres, y aun así va allí, y además sin haber desayunado, entonces sé que no se trata de una bagatela. Si, además, entra en mi casa con barro fresco  en sus botas y en las rodilleras de sus pantalones y, más aún, cuando en sus dedos hay aún restos de tinte rojo para el pelo, supongo que no se me culpará por entender que ha surgido algún inconveniente en su caso».

Clay se limpió los labios con la servilleta. Lo miré. No encajaba con la idea que yo tenía de lo que podía ser un policía, pero mi amigo tampoco encajaba con mi idea de un consultor criminal…, fuera lo que fuera eso. «Puede que debiéramos discutir el asunto en privado», sugirió Clay, echándome un vistazo. «Ustedes sabrán, sin duda, disculparme…» dije levantándome, pero mi compañero me indicó con un gesto que guardara silencio. «Tonterías», afirmó. Entrecerró los ojos y me sostuvo la mirada: «Dos cabezas son mejor que una. Y la suya es una mente de primera; junto a sus demás habilidades le hacen a usted merecedor de entrar a formar parte de mi… pequeña sociedad». Sonrió maliciosamente. Entonces, y por vez primera, sentí miedo ante mi amigo.

Me dije que hubo un tiempo en el que fui militar y el miedo me resultaba ajeno, y recordé una época en la que había sido un excelente y temido cazador, pero ahora mi mano derecha temblaba y sentía el sudor frío en mi nuca. Ante mi reacción, mi amigo estalló en uno de sus raros ataques de risa: «No hay nada de lo que preocuparse, mi querido coronel. Desde el instante en que nuestro amigo Clay me habló de usted y de su pequeño entuerto, supe que nos entenderíamos».

Permanecimos en silencio unos minutos. Me estaba moviendo en aguas muy profundas y oscuras junto a mis amigos y una inusitada sensación de bienestar, que no conocía desde el tiempo previo a mi licenciatura forzosa del ejército, me reconfortaba. Mi padre, diplomático en Persia, me abrió las puertas de una buena educación en Eton y Oxford, ocasiones que no aproveché como mi padre había esperado: «Hay árboles que crecen rectos hasta cierta altura y muestran de pronto una disforme excentricidad, tal vez por una mala sangre que corre por sus venas»; éstas fueron las últimas palabras que me dirigió, antes de expulsarme de la que había sido mi casa y familia. Pasé así a formar parte de la oficialidad de mi regimiento, hasta que nuevos y negros rumores acerca de mi presunta vida criminal, jamás demostrada, me obligaron a apartarme del servicio. De vuelta en Londres mis ingresos provenían únicamente del juego, lo que me obligó a jugar sucio para poder tener un sustento; todo parecía ir bien hasta que un joven baronet, Ronald Adair, me descubrió y amenazó con hacer públicos mis métodos si no abandonaba el club y juraba no volver a tocar las cartas. Creía haber borrado el rastro de mi pasado y no ser notado en mi nueva vida, pero no era así. Y, al contrario de lo que podría pensar, ni Clay ni mi compañero parecían molestos o escandalizados.

«¿Así que es usted un… consultor criminal?», le pregunté. «El único de Londres, o puede que del mundo», contestó mi amigo. «No tramo ningún crimen por cuenta propia. Me limito a proyectar: se me plantea un problema, organizo el hecho y se lleva a cabo según mi plan. Todo el asunto se rodea de salvaguardias tan astutas que hacen imposible demostrar la culpabilidad de nadie. No es una novedad: ya en el siglo XVIII Jonathan Wild creó una extensa red criminal por todo Londres; permanecía inmóvil en su sitio, igual que una araña tiende mil hilos radiales y conocía perfectamente todos los estremecimientos de cada uno de ellos». «¿Está seguro de que quiere que yo haga negocios con usted?». Como respuesta, mi amigo me miró sin parpadear. «Tengo una corazonada», confesó. «Debemos estar juntos. Soy un hombre de razón, y he aprendido la importancia que tiene un buen compañero, y desde el momento en que le puse la vista encima supe que confiaba en usted tanto como en mí mismo. Sí. Quiero que venga conmigo». Yo me ruboricé. Por primera vez desde mis tiempos como oficial, me sentí importante.

Moriarty se volvió hacia Clay, que nos había estado observando con una media sonrisa en sus labios. «Bien Clay, ¿cuál es su problema con el asunto de su Liga de los pelirrojos?». «Un metomentodo, profesor. Un sabueso de Scotland Yard. Un detective aficionado llamado Sherlock…»; las palabras de Clay quedaron cortadas por la voz de Moriarty al decir «Holmes».

Se arrellanó en su sillón y dijo: «Al poco de iniciar mi carrera tuve la certeza de que una fuerza invisible se alzaba contra mí. Alguno de mis planes, tan cuidadosamente tramados, se venían abajo de manera incomprensible. Poco a poco fui perfilando a mi antagonista, y así encontré a Sherlock Holmes. Un caballero de aguda mente, tan perspicaz como la mía. Es un Napoleón de la justicia: es el desbaratador de la mayor parte de los delitos de Londres. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto y que actúa con mano firme». La incomodidad se leía en mi rostro y en el de Clay. Pregunté: «Entonces, ¿estamos en apuros?». Por toda respuesta el profesor se levantó y de una cómoda sacó un sobre azul que llevaba la palabra Moriarty escrita en él con una firme y elegante letra. Me lo alcanzó y leí:

«Moriarty, James; Profesor. Hombre de buena cuna y educación. Autor de La dinámica de los asteroides, libro que ha alcanzado tal fama en los círculos científicos que nadie ha sido aún capaz de contrariar. Su tesis sobre el teorema de los binomios le otorgó la cátedra de matemáticas en una pequeña universidad. Rumores sobre una oscura vida paralela le hacen renunciar a ella. Desde entonces llena por completo el Londres criminal, se ha encumbrado hasta lo más alto en la historia del crimen y nadie en Scotland Yard ha oído hablar de él. Durante tiempo me he topado con la sensación de que detrás de cada crimen, sea cual sea su índole, existía un poder de gran capacidad organizadora que borraba cualquier rastro. Después de mil astutos rodeos seguí un hilo y desenredé la maraña, que me condujo hasta el profesor Moriarty. Si yo consiguiera vencer a ese hombre, si me fuera posible libertar de él a la sociedad, tendría la sensación de que mi carrera había alcanzado su cúspide.
El profesor suele visitarse con John Clay, alias Vincent Spaulding, hombre extraordinario a la cabeza de su profesión: asesino, ladrón y falsificador. Su cerebro funciona con tanta destreza como sus manos. A día de hoy comparte habitaciones en Conduit Street con el coronel Sebastian Moran; el mejor tirador de la India y que nadie en Londres puede aventajar. El segundo de los hombres más inteligentes y peligrosos de Londres».

«¿De dónde demonios ha obtenido este sobre, profesor? Y ¿cómo?», preguntó sorprendido Clay. «Del mismísimo Holmes, por supuesto. Me he servido de uno de mis agentes, Porlock, quien en su  conciencia cree actuar rectamente al espiarme e informar al detective». Me levanté airado y exclamé: «¡Porlock!. Este traidor merece la muerte, profesor». Sonriendo respondió: «No se deje llevar por la cólera, mi buen coronel. Del mismo modo en que Porlock le es útil a Holmes informándole sobre mis actividades, me es útil a mí sabiendo acerca de qué temas le informa. Así estoy enterado de lo que sabe, lo que no sabe y puedo calcular lo que puede hacer para contrarrestar mis golpes. Además tantea la solidez de las cadenas de mi organización y cree, equivocadamente, que Porlock es un eslabón débil».

Tras un largo silencio dije: «Estamos ante un florete tan hábil como el nuestro, profesor». Clay, presa de rabia impotente, se golpeó la frente con la palma de la mano: «¿Me quiere usted decir con eso, profesor, que tenemos que tolerar semejante cosa? ¿Me quiere usted decir que nadie conseguirá devolverle el golpe a ese demonio de Holmes?». «No, yo no digo eso», contestó Moriarty, y pareció que sus ojos escrutaban en las lejanías del futuro. «Yo no digo que no pueda ser vencido. Pero deben ustedes darme tiempo».

Cuando traté de hablar, se puso un dedo sobre los labios. Luego cerró los ojos y pareció hundirse en sus pensamientos. Todos permanecimos en silencio.

No dudé ni un instante de que a mi amigo le faltara determinación: no acabará su lucha hasta que Holmes encuentre su muerte.

Sebastian Moran, coronel, Conduit Street, Londres, 1881

Por Roger Mesegué. 

Besos de tinta

ROMA, SIGLO I A.C.

El poeta se recreaba en sus escritos. Sus dedos llenos de tinta negra guiaban la pluma por el pergamino. La letra irregular se asemejaba a sus sentimientos. En las descripciones se deleitaba, acariciando su cuerpo y redondeando sus curvas. Se la imaginaba y rememoraba sus besos. Sus caricias en el lecho prohibido.
Escribía de sus besos, y las sensaciones de la velada pasada volvían a invadirle. El vello se le erizaba y el aliento se perdía en sus propios escritos. Estaba tan enamorado.
Un punto y final terminó con el poema, y sin perder un solo instante Catulo tomó su capa y salió al frío de un mediodía de un invierno especialmente crudo.
Mirara a donde mirase, había criados que iban a hacer la compra al mercado y pobres diablos que mendigaban por las esquinas. Pero Catulo miraba sin ver pues en su mente tan sólo tenía ya a su amada Clodia.
Elevó su mirada al cielo. Ya casi era la hora acordada. Correteando entre callejones Catulo se alejaba del centro de la ciudad y con ello, de las miradas que, cotillas, lo perseguían incansables.
Giró una última esquina y se apostó en la callejuela que se abría. Aquel lugar donde nunca a nadie se le hubiese ocurrido mirar por lo insólito. Su escondrijo.
Se bajó la capucha y esperó releyendo el pergamino, que llevaba guardado entre los pliegues de la toga.

Unos pasos ligeros lo alertaron de la llegada de alguien, una chica probablemente, por la ligereza de sus movimientos. Tenía que ser ella. Apostado y pegado a la pared esperó su llegada, y ésta no tardó en llegar.
Allí estaba, encapuchada, y sin embargo ella. Sus formas no se le resistían y nunca la hubiera confundido con otra.
Ella se arrojó a sus brazos y él la tomó con toda naturalidad. Ella, Clodia, Lesbia, siempre la misma. Siempre ella. Sus brazos la acunaban, adaptándose a su cuerpo, como si estuvieran destinados a portarla a ella y a ninguna otra. Le parecía todo tan sencillo.

Un beso anhelante. Y otro. Y otro más. Cientos de besos dulces por lo prohibido de su deseo.

—Te he escrito algo—, le susurró él al oído, separándola a medias con suavidad. Tomó nuevamente el poema, manoseado ya.

—Cántamelo—, pidió ella.

Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
y las murmuraciones de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
El sol puede salir, y renacer,
nosotros, nada más muera esta breve luz,
dormiremos una noche perpetua.
Dame mil besos, luego cien,
luego otros mil, después cien más,
todavía otros mil, y luego cien.
Y, al fin, cuando contemos muchos miles,
confundamos la cuenta para no saber el total,
y para que ningún malvado pueda desearnos mal
al saber que los besos han sido tantos.

—Dame mil besos. Y cien más. Ven esta noche a casa. Estaré sola esperando. Quiero que yazcamos juntos.

—Hoy y otros mil días. Pienso publicarlo. No, no te asustes. No sabrán quién eres pues no te llamo Clodia. Ya sabes que para mí siempre serás Lesbia. Mi Lesbia.

Y se besaron. Una vez. Y otra. Y otras cien más. Y otras mil. Y luego tres.

Por Carmen Arjona.