Como no sé escribir poesía, hice este dibujo

Alfonsina

Alfonsina Storni

Alfonsina Storni saltó

Alfonsina Storni saltó al mar

Alfonsina Storni saltó al mar pensando

Alfonsina Storni saltó al mar pensando en desaparecer

Alfonsina Storni saltó al mar pensando en desaparecer pero regresó

Alfonsina Storni saltó al mar pensando en desaparecer pero regresó ahogada

Alfonsina Storni saltó al mar pensando en desaparecer pero regresó ahogada y eterna

En cambio

Delmira Agustini sólo quería hacer el amor pero fue asesinada por su ex marido, su amante

Delmira Agustini sólo quería hacer el amor pero fue asesinada por su ex marido

Delmira Agustini sólo quería hacer el amor pero fue asesinada

Delmira Agustini sólo quería hacer el amor

Delmira Agustini sólo quería

Delmira Agustini

Delmira

Por Joaquín Dholdan.

Salmo primordial

No necesitamos representar a Europa cual hostil toro que clava sus astas hiriendo un mar que cree únicamente para sí, ni como un leviatán hambriento que se consumirá devorándose a sí mismo.

Sólo es blanco el frío lacerando las pieles curtidas en un lugar extranjero, no el lomo del astado, no es mansedumbre lo que adornan las flores, sino un deceso más, un pulso perdido en la longitud hostil del camino a la tierra santa, un paraíso infecto, una Arcadia que cierra sus fauces atrapando la inocencia en una explosión eterna.

El secuestro es un borde afilado que impide dar el paso en falso,
la sinceridad de un futuro en llamas.
No se trata de buscar un profeta o de interpretar constelaciones
sino de tornar el agua: que no sea tumba sino continuación.
Y un muerto entre las manos cargas -dices- arqueando las cejas, añorando en tus labios
un paquete entero de tabaco, el soborno de otra nueva vida eterna o que al menos no destroce las rodillas por los largos pasos de lamentos

 Una infancia entre tus ovarios cargas -dices- un pañuelo que cubre tu boca para evitar el esputo, la enfermedad contagiosa, el frío en cada noche ajena. ¿Quién sabrá si de tus ojos -observadores inquietos- habría brotado la explicación de tantas cosas? Los plumajes de los pájaros, la suavidad del nacido, el horror de la ignorancia… pero no, tus ojos sirven sólo para no perder el paso en falso, así como tus pies para afilar las piedras del camino por si fuese necesario cortar la garganta que impida proseguir la peregrinación descreída, así como para portar en tus lumbares la rabia y la vergüenza del calor del hogar allá a lo lejos, la reunión familiar de los desconocidos, la mesa puesta; tu espalda dejó de ser hermosa para ser funcional.

Un futuro embargado acarreas -dices- así como piedras sin zapatos tus plantas abrasan y no es Pompeya lo que surge bajo tu ser, ni son ruinas, ni pretéritos, pues, como pregonas, en tu garganta viaja la vida por desarrollarse, el grito que hará temblar el tronco de los árboles, el lamento que osará apagar la descuidada lumbre del hogar sereno.  

Utilizas con mesura el astrolabio -dices- pues los mapas antiguos hablan de distintas naciones y aunque jamás vuestra estirpe temió al paso en falso, sí es cierto que no quiere dividir tu cuerpo entre dos colores separados por un nervio tenso y azaroso, o encontrar tus huesos en algún lugar que ahora no exista.

Ofrecéis -tú y los tuyos- en vuestros labios los sauces que han vivido en las orillas, en ambas: la conocida y la que jamás se osó conocer, las cañas que viven de la sal que condenó a la tierra y las mujeres, ese extraño fantasma que recorre los huesos de los nómadas que debe tener algo de marítimo cuando en dos divide a las ciudades, cuando en dos divide las vidas, los continentes, los espacios y los lugares, las conciencias. Y los aparta a un lado como si no importase lo vivido tangencialmente. Sin importar que la marea ocasione un epicentro injusto.

Manso toro que te rapta y te obliga a volver al frío barro, eso -dices- es el comienzo de la pesadilla, del lastre y la vergüenza temerosa de tantas manos que son capaces de ahogar a Neptuno irredento pero tanta callosidad hace olvidar la fuerza que la ocasionó. No olvides las matas que se enredan en lo más cercano al suelo de tu huida. No olvides el polvo y el escombro. No olvides la melodía que creó tu sangre: la derramada, la que circula, la que vaga por la incierta tierra como tú y los tuyos lo hacéis.

No olvidéis.

No olvidemos.

Por José Nieto Jiménez. 

Refugiados

Sobre una tela de esparto,
mi niño duerme.
Un tintineo de plata
lo mece alegre.
Lo mece lento.
Un tintineo de alambres
gime en el viento.

Los alambres del cielo,
entrelazados,
dan nombre a sus prisioneros;
los refugiados.
¡Qué hambre acecha
en los campos de la tierra
que los desecha!

Mi niño duerme,
mi niño sueña.

Ya no despierta la guerra
a mi pequeño;
a la razón de mis días
y de mis sueños.
¡No llores nunca!
¡Que las flores de mis manos
son solo tuyas!

En el país del horror,
hundida en tierra,
muerta al emprender el vuelo,
mamá despierta.
¡Duerme mi alma!
Al oído le susurra:
hasta mañana…

Mi niño en llanto.
Mi niño en calma.

Sobre una tela de esparto,
se desquebraja.
Su cuerpecito sin fuerzas
sube y baja.
Baja y sube.
Bajo una estela de plata.
Su pecho sufre.

Sin escarcha de cebolla,
mi niño muere.
¡Angelito de mis ojos,
cuídame siempre!
¡Cuídame ahora!
Que lo que estás viendo es cómo
tu padre llora.

Mi niño enfermo.
Mi niño hambriento.

No muy lejos de mi tienda,
un hombre grita.
Con las manos desgarradas
se desgañita.
¡Vuela su sangre!
Pero su carne persiste
en los alambres.

La vieja y enferma Europa,
desconsolada,
no sabe si terminar
con su alambrada.
¡No pienses más!
¡Que la vida de mi hijo
en ello está!

Libren mis manos.
Libren mis lágrimas.

Un frío helado irrumpe
en mi tendeta,
y el niño sobre mi pecho
se me desvela.
¡Qué honda tristeza
siento cuando el frío tan
quieto lo deja!

Sobre una tela de esparto,
mi niño vuela.
Y en la cuna del cielo
se balancea.
¡Ríete alegre!
Un tintineo de alambres
gime en tu muerte.

Por María Fernández de la Cruz. 

Humareda

Cuando aparece
por mi espalda y de frente
se me niega como el sol
estira desde su orilla un dedo
prolongación de cuerdas mayores
encerando mi frente
y calculando con sus labios mi
racimo de dudas.

No ha venido para quedarse
y ya no piensa en irse
multiplicando mis ojos como peces
se perturba sola entre las sombras
y se ovilla como burbujas de cieno
para satisfacer de brillos a quien sabe
que será sobrevivido por ella.

Por Javier Montiel.