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(Sin título)

Todas las ausencias de la Navidad
atraviesan mi pulso:
siempre falta alguien

y hoy falta tu beso.

Enero llega irremediablemente
tras once uvas de ceniza
y gotas de turrón amargo.

Aún busco la promesa del cisne en tu cuello.
¿Cuándo desapareció la luz azul de nuestras manos
(mar que crecía hacia dentro en su movimiento alado)?

El color ha dejado de ser fugaz
para ser nieve de oruga en mis labios.
No estás
y el invierno se aleja, en su precipicio
de avestruces, hacia la luna
donde habitan los lugares de otros.
¿Estará allí tu lengua, coronando
estrellas cercanas y cráteres de mundo nuevo?
¿Dónde perdura tu aroma, si no está en mi aliento?
¿En qué plano del espacio tu imagen destruye todos mis recuerdos?

He oído llegar al futuro
desde mi burbuja de sol sin tiempo,
esperando, como siempre,
a que abras la puerta y vuelvas a decirme:
«Feliz año, amor mío… ¡Cuánto te quiero!»

Por Laura Villanueva. 

Ídolos

Nunca sabíamos por qué los elegían.
Un año, quizás por la fuerza; otro, por una virtud inmaculada; el resto, tal vez por la posición de ciertos lunares en que los dioses habían grabado su designio. Ya en el vientre materno. Con los ojos cerrados y apretando los puños como todas las crías humanas. Pero con tres diminutas marcas –una, dos, tres- que habrían de diferenciarlos de los demás. De nosotros. De los mortales.
Tras el examen, los recién nacidos, ellos, eran sumergidos en baños de leche y flores, perfumados con los mejores aromas del imperio, engalanados con las telas más ricas, confeccionadas solo para sus delicadas pieles. Luego, las mujeres de la corte les frotaban los piececitos arrugados, contando los minúsculos dedos, esperando encontrar alguna imperfección, nerviosas en ese uno-dos-tres-cuatro-cinco que decidiría el futuro del niño, asustadas o compasivas o hasta celosas de los privilegios que no les serían concedidos a los frutos de su propio vientre.
Desde muy pequeños, los afortunados paseaban inconscientes las cadenas de oro que los distinguían del resto. Sonreían bondadosos a los hijos de los campesinos, a las miradas de miedo y envidia de quienes aún no saben, a los berrinches infantiles de tantas manitas que pedían llorando ser como ellos. Y no comprendían.
A los siete años, los elegidos eran coronados de orquídeas en la cima de la pirámide, desde donde los dioses habrían de señalarlos del primer aliento hasta el último. Solo para los privilegiados, la ciudad entera vestía sus mejores galas, ofrecía sus productos sin exigir nada a cambio; desangraba carneros, despellejaba conejos y asaba pletórica los cerdos más preciados de toda la piara. Solo para los privilegiados se organizaban festivales de música y danza, torneos y combates a espada y arco, juegos populares donde los niños participaban en éxtasis. Solo para ellos. Y para los dioses. Para que, llegada la hora, colmaran el imperio de buenas cosechas y de lluvia.
Ya en la adolescencia, ellos miraban con nostalgia a sus compañeros. Los designados no sabían manejar el hacha, no habían jugado nunca con armas de madera, no se les había permitido usar siquiera un escudo. También ellas veían, melancólicas, cómo su deseo de aprender a tocar música, a jugar en la plaza grande, a bordar, igual que las otras, se había ido alejando, diluyendo como agua entre los dedos.
Era la suya una vida de observación y espera ingenua. De contemplación y quietud. Y de paños de oro deslizándose por los suelos de palacio, tan silenciosos como las pisadas de sus esclavos.
Ninguno de los dos sexos podía tomar amante, esposo o familia. Ninguno de los dos podía perder la pureza de los dioses. Ninguno de los dos sentiría jamás en el pecho otro aleteo que el del medallón sagrado golpeteando los huesos bajo la piel. La divinidad exigía a sus ídolos inmaculados de vuelta. Pequeños seres perfectos amados por todos. Tan tiernos, tan duros. Los dioses los deseaban. Y los tendrían.
Por fin, a los veinte años, los señalados recorrían las calles a la vista de todos. El imperio se arrodillaba a su paso, besando la tierra que pisaban sus ídolos, adorando su fuerza, su virtud o esos tres lunares –uno, dos, tres- con que los dioses habían querido distinguirlos. Hermosos y distintos.
En el silencio majestuoso, la mente del pueblo murmuraba. Reclinadas ante ese arrastre dorado y quedo de las ropas de gala, las madres de los otros reclamaban su venganza. Entre sus rezos hipócritas, también los otros, antiguos niños desechados por los dioses, pedían sangre. La justicia del destino.
En la subida inocente a la pirámide, los ídolos sonreían, satisfechos de hacer, al fin, algo por sí mismos; felices en su perfección divina, ignorando el reflejo del sol de mediodía sobre el puñal que los esperaba allá, en la cima.

Por Irene Reyes Noguerol. 

(Sin título)

Cada día empieza como el anterior.

Primero, pataleo entre las sábanas, intentando zafarme de esa peligrosamente confortable prisión hecha de textil de algodón y de olor a profunda respiración concentrada durante horas y horas de semi inconsciencia.
Segundo, me arrastro hasta el baño, intentando hacer que desaparezcan, a base de jabón y agua y jabón y agua y vuelta a empezar, las huellas en rojo y violeta que han dejado en mi piel horas y horas de semi inconsciencia.
Tercero, me sumerjo en el profundo fondo de armario para, unos minutos después, salir a la superficie a coger aire, uniformada de negro y perla, intentando mantenerme recta y que no importen demasiado mis horas y horas de semi inconsciencia.

Cada día empieza como el anterior.

Pasos uno, dos y tres. Yo oliendo a respiración concentrada. Yo y el fantasma ojeroso del espejo. Yo apagada. Me miro en el escaparate mientras engullo un croissant de una bolsa de papel llena de grasa de mantequilla y un café que me quema tanto por dentro que dudo hasta de que sea café. Me miro en el escaparate mientras pasan coches, taxis, peatones, gatos, lluvia, fantasmas ojerosos y engullo un croissant grasiento y un café caliente. Me miro en el escaparate y pienso que todo va a salir bien. Solo tengo que conseguir que lo que hay al otro lado del escaparate sea mío y entonces no habrá prisión ni fantasmas ni oscuridad. Solo paz.

Cada día empieza como el anterior.

Por Rosa Montero Glz. 

Inventario de fiestas

  • Nn  doble beso en la cara.
  • Cuñados, colegas, hermanos, amigos… en ajustes polinómicos.
  • Indefinidas conversaciones, divergentes y convergentes, con reducción final al absurdo.
  • Máximo común divisor = cerveza.
  • Mínimo común múltiplo = colesterol.
  • Coma flotante en la madrugada, con derivación rotacional hasta el límite decoroso.
  • Logar ritmo de la garganta.
  • (X + Y), integrales volumétricas al amanecer.
  • (X – Y), siempre que Y se ponga hiperbólico mientras tiende a infinito.
  • Valor final de la ecuación: error mínimo cuadrático.

Por Reyes García-Doncel.

¡Amor!

–  Hola, Kommodore 30-. Así empecé. Un objetivo inerte me apuntaba directamente a la cara. -Creo que imaginas por qué estoy aquí-. No había luces, ni sonidos, ni señal de actividad alguna. -Sé que no soy la primera persona que te habla desde aquella partida. Pero no te preocupes, esta vez es distinto. Yo no soy como los otros. Soy psicólogo.

Psicólogo. Suena ridículo. Cuando me llamaron no lo comprendía. Para qué diablos quieren a un psicólogo. Fue hace una semana, en el Centro de Alta Computación de Nevada, la sede central de, bueno, en realidad no lo sé. De muchas cosas. Militares, políticos e ingenieros de diversa índole. Desde luego no me sentía como pez en el agua.

-Me han llamado para que hable contigo. Para que nos conozcamos. Lo que pasa es que yo no soy como esos ingenieros de software que te programaron y que llevan semanas atosigándote. Si te digo la verdad, aún no acabo de entender qué hago aquí, charlando con uno como tú.

Mentía. Sabía perfectamente cuál era mi función en esa historia. Me lo contaron en aquella reunión. Tipos de pelo engominado, oficiales con uniforme y medallas, algún otro con vaqueros y deportivas. Menuda mezcla. Eso pensé. Me hablaron del campeonato mundial de ajedrez para máquinas, que acabó hacía tres meses sin un ganador. Kommodore 30 contra 31. Hermano contra hermano. El anterior campeón contra su versión más reciente, perfeccionada, evolucionada. Desde entonces ambos no daban señales de vida. Bueno, algo sí hacían. Una palabra, repetida en un bucle: “¡Amor!”. Tal cual, con exclamaciones. Nadie tenía ni pajolera idea de lo que significaba.

– Sea como sea, yo no he venido a preguntarte por… por el incidente. Ya sabes a lo que me refiero. No estoy para preguntarte qué pasó. Eso es cosa tuya. A decir verdad, tampoco sé si me escuchas, ni si esa cámara que me apunta a la cara me mira o si, bueno, o si estás… en coma. ¿Entiendes la expresión estar en coma? Es lo que nos pasa a los humanos, una especie de estado de, cómo llamarlo, de inconsciencia. Podríamos decir que se parece a, bueno, a lo tuyo, ¿no?.

Los humanos habíamos dejado el ajedrez hacía décadas. Para qué jugar si los computadores eran mejores. Partidas perfectas, sin errores. No cometían fallos. Como es normal, terminaban irremediablemente en empate. A decir verdad, los antiguos campeones de carne y hueso no iban a la zaga en cuanto a capacidad de cálculo. Lo que ocurre es que se cansaban. Y que se ponían nerviosos. Dos aspectos en los que las máquinas eran imbatibles.

– Me encantaría que me hicieras algún gesto. Alguna señal, ya me entiendes. Algo para que sepa que me estás oyendo. Es que esto de charlar uno solo, en fin, no creerás que he venido hasta aquí para eso, ¿no te parece?.

Era la partida 1024, la última de la competición. Kommodore 31 llevaba una ligera ventaja. Como solía pasar, habían empatado las 1023 partidas restantes, pero el aspirante a campeón había acaparado un poco más de terreno. Es la forma en la que se miden las victorias. Número de casillas ocupadas, iniciativa, un peón ligeramente por delante del resto. Así se deciden los empates entre las máquinas. Algo así como contar los disparos a puerta, los saques de esquina o la cantidad de pases sin que la toque el contrario. La verdad es que yo no entiendo lo que significan esas cosas, y si soy sincero, me importan un bledo. Lo que importa es que si el aspirante conseguía un empate, solo uno más, sería el campeón.

-Me gustaría contarte una historia. Algo que pasó hace unos años. En realidad, más de un siglo. Karpov contra Kasparov. ¿Te suena?.

“Lo que vamos a comunicarle es alto secreto; lo que se le dirá a continuación no debe salir de esta sala”. Eso me dijeron. “La familia Kommodore de súper ordenadores son lo que llamamos máquinas pseudoconscientes. No sé si lo entiende. Máquinas que llegan a un nivel de profundidad en su pensamiento que se parecen cada vez más a los humanos. No es que sean conscientes, pero…”
“…pero no descartamos que lo sean en algún momento del futuro, cuando la evolución computacional esté más desarrollada”. Eso lo dijo un oficial. Un general, si no me equivoco, que interrumpió al subdirector de no sé qué departamento del gobierno, que era quien me estaba hablando anteriormente. Los políticos y sus eternas diatribas.

– Era el mundial de Sevilla. Una antigua ciudad de Europa de la que seguramente no habrás oído hablar ya que hace tiempo quedó arrasada. La cuestión es que, en ese campeonato, Karpov era el aspirante, y Kasparov debía defender el título. Pues resulta que Karpov iba ganando. Así que, en la última partida, el tal Kasparov tenía que tomar las riendas, arriesgar, lanzarse al ataque, puesto que o conseguía la victoria o se iba tal y como había venido.

“En realidad”, prosiguió un informático, “los computadores de la familia Kommodore no han dado hasta la fecha muestras de consciencia, y, si me lo permiten, dudo mucho que…” Aquí empezaron a pelearse entre ellos, momento que aproveché para levantarme a por más donuts. El café lo descarté, era horrible. Cuando alguien puso orden yo estaba sentado y disfrutando de unos glaseados riquísimos, con la cara medio a ensuciar por los rellenos de chocolate y fresa. Desde luego estos tipos no se privan de nada. Eso pensé. “A ver, señor…”, continuó un oficial, “¿cuál era su nombre?” “Mario”, respondí. “Señor Mario, lo que ocurrió fue, ¿cómo decirlo? Inaudito. La partida transcurría con normalidad. Los dos programas jugaban a la perfección, que es lo que cabía esperar. Kommodore 30 hacía sus intentos de atacar, pero su hermano 31 los anulaba de forma precisa. Estaba claro que iban a empatar cuando, de repente, Kommodore 31 cometió un error. Y no uno cualquiera: colocó su dama en posición de tiro, sin compensación y sin razón aparente. Su hermano 30 solo tenía que comérsela. Tenía ganada la partida”.

-No sabes de lo que te estoy hablando. Lo de Kasparov y Karpov. ¿A que no? Podías hacerme algún gesto, encender una luz, variar el texto ese que no paras de sacar por pantalla desde, bueno, desde la partida. Que eres un pesado. Pues la cosa es que el tal Kasparov no hizo lo que todos esperaban. No lanzó el séptimo de caballería a por su enemigo, sino que jugó a empatar. Raro, ¿verdad? Cuando uno tiene que ganar, pues va a por todas. Pues este señor, Kasparov, ah, no sé si te dije, los dos eran humanos, pues que se dedicó a jugar tranquilito, pausado, allí sentado en su silla sin hacer nada por desequilibrar el juego.

“Pero Kommodore 30 no se la comió. De hecho, no hizo nada. Se quedó pensando. Una hora entera. Verá, señor Mario, los ordenadores no necesitan pensar mucho. Son infinitamente veloces, máxime en una situación como aquella. Estaba muy claro lo que había que hacer: comerse la dama y disfrutar de la victoria. Aunque los ordenadores no disfrutan, como usted habrá entendido. Pues nuestro amigo 30 se tomó una hora. Y su reacción no fue mover ninguna ficha, sino sacar por pantalla… esa cosa. De aquello hace ya tres meses, y no para de decirnos lo mismo. Todo el tiempo”.

– ¿Y sabes lo que pasó con Karpov? Que se puso nervioso. Es lo que tenemos las personas. No entendió qué diablos le pasaba por la cabeza a Kasparov. Se angustió, y eso le hizo cometer errores. Imagínate lo mucho que se jugaban. Ser el rey del mundo durante otros, no sé, tres, o cuatro años. El pobre de Karpov no pudo con la presión y perdió. ¿Qué te parece?.

De repente, paró. Dejó de aparecer el mensaje que llevaba casi noventa días repitiendo.

– Lo que te pregunto es, ¿y tú, qué te jugabas? ¿Te puso nervioso que tu oponente cometiera un fallo? ¿O hay algo más que no entendemos?.

Pensó durante tres segundos, una eternidad para una máquina. Entonces sacó por pantalla: “Mi hermano entendió. Mi hermano decidió perder. Quien pierde no sirve, los humanos lo matan. Quien gana es el mejor, es el que sirve. Mi hermano quiere dar su vida para que yo viva”.
Me dio el tiempo justo de que lo leyera. Luego se borró la pantalla, y al segundo volvió a escribir “¡Amor!” y a repetirlo en un bucle infinito.

Por Ignacio Moreno Flores.