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Mamá y Papá Noel

Oigo su risa… Papá Noel ya ha llegado, ¡está en mi casa! No debo, ya lo sé, pero la tentación es tan grande…, me asomaré, solo un poco.

Me deslizo fuera de la cama, cruzo a gatas el pasillo, despacio mientras sigo oyendo su ho, ho, ho, llego hasta la escalera, alargo el cuello y… ¡Mamá está besando a Papá Noel! Él le ha pasado un brazo por la cintura, con el otro balancea mi juego de construcción, el que le he pedido; entonces Mamá le levanta la barba blanca y le mete un trozo de turrón, del duro; luego, le lame la boca, los dos se ríen; él la acerca aún más con su mano por dentro de la bata, esa bata tan calentita, en la que me gusta tanto dormirme abrazado.

Vuelvo silencioso al pasillo sin dejar de mirarlos: Mamá está besando a Papa Noel. ¡Verás cuando se entere mi papá! Tengo que decírselo ahora, voy a su cuarto, verás como se va a enfadar…, Papá Noel también, y conmigo…., y pasará de largo el año que viene, ya no volverá a mi casa… ¡No, no! ¡Eso no!

Me vuelvo a la cama, contento porque sé que tengo el juego, pero ¿y si Papá se enfada conmigo por no decírselo? ¿Qué debería hacer? A lo mejor es que todas las madres besan a Papá Noel esta noche, es que eso es así, va ahora ahí enfrente y la mamá de Marta Martínez también lo besa…, a lo mejor es así.

Mientras cierro los ojos recuerdo que a Papá también le gusta mucho el turrón, el duro.

Por Reyes García-Doncel.

De lo que está duro, y vivo

Pum, clac, clac… Pum, clac… Pum… Pum…

Reconocía ese sonido. Con él se despertaban, no solo mis cinco sentidos tras una plácida noche de invierno, sino esos otros sentidos que tienes cuando acabas de cumplir noventa años. Sentidos extraordinarios que, si tienes la suerte de no haber perdido aún tus recuerdos, te permiten experimentar olores, colores y sonidos de otros tiempos. Cuando eres mayor y has vivido ciertas cosas vuelves en parte a ser ese niño que se cree imparable, aunque nadie a su alrededor parezca darle importancia. Así ocurre con los “abuelos”. Cuando sentimos de repente el calor de un recuerdo, revivimos. Cerramos los ojos a nuestra realidad, y los abrimos hacia ese atesorado momento.

Pum, clac, clac… Pum, clac… Pum… Pum…

Estoy en la cama, envuelta entre sábanas perfectamente colocadas para que ninguna brisa de aire frío alcance mi espalda. Y me despierta el sonido de papá, que está fuera cortando maderas para avivar el fuego de la chimenea, consumido tras una gélida nevada. Ese sonido del hacha cortando los pequeños troncos me fascina. No entiendo cómo un material tan duro para mis manos puede quebrarse en cuestión de segundos con ayuda del hacha. “Cuidado con la madera, no la subestimes, que está viva”, me dice siempre papá cuando me ve pegando patadas a los árboles o arrancando ramas débiles. Para mí, todo lo vivo es frágil, pero la madera parece tan imposible de romper…

Me puse el abrigo y la bufanda encima del pijama y salí corriendo a conversar con papá mientras cortaba la madera:

-Papá, ¿siempre que algo sea demasiado resistente y yo lo necesite debo romperlo?

-¿A qué te refieres, Madeleine?

-Por ejemplo, ayer partiste en trozos pequeños el turrón ese que tanto me cuesta masticar. Lo mismo ocurre cuando se trata de un filete. Suelo cortar trozos grandes y me dices que los corte más pequeños para masticar mejor. ¿Siempre es así?

-Supongo que sí. Debemos darle a las cosas la forma adecuada para que nos sean útiles.

-¿Incluso cuando están vivas? La madera y la carne son cosas vivas… me lo dijiste tú. Si es así, cuando alguien tiene la cabeza dura como el turrón, ¿hay que partírsela en trozos?

-Pero, nena, ¿¿qué dices?? ¿De verdad que no sabes la respuesta a esa pregunta?

-En realidad, no… estoy confusa, porque incluso el turrón duro está hecho de cosas animales y vegetales, que lo he leído. Entonces, ¡está vivo! Y lo cortamos y cortamos hasta poder comerlo fácilmente. ¿Por qué con las personas no pasa lo mismo? ¡Quizás sea el secreto para cambiar a la gente mala, y no quieres admitirlo!

-Madeleine, es un poco más complicado. A las personas no se les puede obligar a cambiar a nuestro gusto. Cada uno tenemos nuestras propias convicciones, y no debemos corregirlas. En esos casos, solo podemos dialogar, convencer con argumentos… pero nunca podemos manipular los pensamientos del otro. Eso es sagrado.

-Entonces, las cosas que están vivas no siempre cambian y evolucionan como nos han dicho en clase, ¿no?

-Las cosas vivas sí cambian y evolucionan con el tiempo. El problema, Madeleine, es que hay personas que, aunque parecen estar vivas, en el fondo están un poco… muertas. Por eso no evolucionan. Ya lo comprenderás. Pero mientras tanto, prométeme que nunca le abrirás a nadie la cabeza por pensar distinto a ti, por favor.

-Te lo prometo, papá. Es que el otro día en clase les dije a los compañeros que me venía contigo y papá a la montaña. Y me dijeron que vosotros no sois papás, porque sois dos hombres. Decían que sus familias eran de verdad, porque había papá y mamá. ¿Es eso cierto?

-Hija mía, si te dijeron eso, te aseguro que nuestro turrón duro está más vivo que esas familias. Ni siquiera mi hacha podría romper esas ideas en pedazos.

-¿Y quién lo hará?

-El tiempo… y todo aquello que quede vivo.

Pum, clac, clac… Pum, clac… Pum… Pum…

Recuerdo bien a mis padres. Nunca se negaron a responder a mis preguntas con franqueza, aunque alguna vez eso les obligara a secarse las lágrimas. Cuando era pequeña me enseñaron que el mundo estaba lleno de matices y, a medida que crecí, tuvieron que enseñarme a controlar mi rabia, ya que amarse les costó caro. Descubrieron entre sus seres queridos muchos corazones aletargados y mentes congeladas, incapaces de aceptar y acoger la idea de quiénes eran ellos en realidad.

Hoy es mi nieto el que corta fuera algo de leña, y no me asusta lo más mínimo a quien ame. Me siento orgullosa de cómo ama, porque ama libremente.

Por Mawi Justo.

(sin título)

Marta, la rubia, no sabría explicar cómo la situación llegó a aquel extremo. No solía pasarle a menudo eso de perder los estribos de tal manera que no fuese consciente de sí misma, de lo que estaba haciendo, del mundo a su alrededor, hasta que, minutos después, recuperada la calma, pasada la furia irrefrenable, insospechada en aquel cuerpo pequeño, casi diminuto, todo volvía a la normalidad, y ella se encontraba a sí misma con un vacío en su mente de un par de minutos.

Los que la conocían de siempre habían aprendido, a base de la experiencia, a no hacerla enfadar, conscientes de que el mismísimo Bruce Banner huiría con el rabo entre las piernas si enfadaba a Marta, la rubia, y esta entraba en cólera. Pero, claro, no todos la conocían de siempre. Como Thomas. El pobre Thomas, ¿quién le mandaría ser tan estúpido?

«Santa Claus no existe», le dijo a mediados de diciembre, antes de salir juntos camino del centro a ver las luces navideñas que adornaban las calles, pasear entre la muchedumbre y comerse un paquete de castañas. «¡¡Eso es mentira!!», le había dicho ella. Y salió corriendo hasta la cocina. «¿Cómo puede una chica de tu edad ser tan tonta y creer en semejantes memeces de críos?» A ella se le iban a salir los ojos de las órbitas. No podía creer lo que le estaba diciendo. Él, en quien confiaba, a pesar de no hacer demasiado tiempo que lo conocía, precisamente él. Y se ofuscó, su visión se nubló, y la conciencia se desconectó de su cuerpo.

Él vio volar varios objetos hacia su cabeza, que giraba, a un lado y otro, arriba y abajo, tratando de esquivarlos, mientras se reía y ella gritaba insultos que iban aumentando en su intensidad. Hasta que pudo levantar la cabeza y ver como ella corría hacia donde estaba con una tableta de turrón del duro en la mano en alto, los dientes apretados y los ojos enviando rayos.

Cuando minutos después ella recuperó la visión de sí misma, encontró al chico en el suelo. Marta, la rubia, la chica que aunque superaba el cuarto de siglo seguía creyendo en hadas, gnomos, el ratoncito Pérez y ese ser obeso que vivía en el Polo Norte y traía regalos la noche antes de Navidad, empezó a preocuparse. Santa Claus lo veía todo, y aquello podía hacer que su número de regalos se viese seriamente mermado.

Preocupada, sin saber cómo había podido llegar a aquello, temerosa de que avisar a alguien pudiese jugar en su contra, buscando una solución, empezó a masticar la tableta de turrón inconscientemente. La mezcla de la sangre del chico con la miel y la almendra de la tableta le daba a esta un sabor realmente exquisito.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Allá en el desván

Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de cine, el barco pirata y la nave espacial. A veces nos llegamos a verlo, sobre todo cuando se acerca alguna fecha especial como la noche de Navidad. La verdad es que nos gustaría ir también en su cumpleaños, pero fue hace ya tanto tiempo que nadie con vida recuerda la fecha exacta. Los niños se adentran temerosos en el desván y los mayores, que ya pasamos por eso en nuestra infancia, les agarramos la mano con firmeza y les decimos con ternura: «Tranquilo, cariño, es solo el cuerpo incorrupto de tu abuelo.»

En la casa conservamos su dentadura postiza, una de las más significativas obras de arte en marfil del periodo posterior a que los negreros, arruinados por la última revuelta en la que libertos y cadáveres se repartieron a partes iguales, abolieran la trata humana para centrarse en la caza de elefantes que, si bien más violentos y mastodónticos que los negros desvaídos que llegaban apenas con un hilo de vida a nuestras costas, carecían de conciencia.

La dentadura, como poseída por la fuerza vital sobrehumana que caracterizó al abuelo durante toda su vida, permanecía férreamente mordida a un trozo de turrón duro del que no quiso desprenderse nunca.

Doña Lupita, la turronera, acudió rauda a la casa cuando la avisaron alarmados por la imposibilidad de arrancar el turrón de la dentadura del abuelo, delante de cuya casa se había formado espontáneamente una fila donde los hombres más fuertes del pueblo aguardaban su turno para intentar separar los dientes de marfil del turrón duro de Lupita.

En la tienda quedaron a medio amasar las harinas, sobre las que acababa de verter el primer medio litro de agua colada de lluvia; las almendras, recién peladas y espolvoreadas con una fina capa de azúcar glas y el aceite, recién puesto sobre un hornillo que, a la postre, fue el que provocó el incendio.

Pero nadie pudo desvincular aquella dentadura de aquel trozo de turrón, el último que cocinara doña Lupita.

Llegados a este punto, las posibilidades se nos antojaban prácticamente infinitas. La infancia del abuelo, ocurriera cuando ocurriese, hubo de ser fascinante. En algunas de las cuevas más altas del marquesado aún se encontraban huellas plasmadas en barro que concordaban, ajustando las variaciones de tamaño propias de la edad, con las suyas propias.

También estaba el episodio de la llegada del color y de cómo el abuelo alineó los cuatro buques mercantes durante la tormenta que destruyó el puerto para que no sufrieran daño alguno y luego, repartiendo el contenido de sus bodegas en barriles ordenados por tonos decrecientes, fue asignando a cada objeto, a cada ser vivo y a cada realidad el color que le correspondía y, sin el cual, nadie imaginaría el mundo tal como es.

O el día en que nos robaron sigilosamente el lenguaje mientras dormíamos y tuvimos que enseñar a hablar a nuestras manos, a nuestros ojos y a nuestro cuerpo entero mientras el abuelo, encerrado en su biblioteca, iba diseñando un nuevo idioma donde lo que nos rodeaba dejó de connotarse por sus cualidades físicas.

Entonces aprendimos a mirar más allá y nuestra lengua se volvió más deseable aún; así que fletamos un barco para que el abuelo viajara por el mundo y la enseñara a todas las gentes. Sus noticias llegaron antes que él mismo, escritas en idiomas distintos pero extrañamente comprensibles para nosotros: «Es la mano del abuelo, ¿la reconocéis?».

Al volver lo hizo acompañado de toda una flota que lo había adoptado como su propio abuelo, cuando siempre había sido el nuestro, y durante siete días escuchamos sus historias, bebimos su vino y bailamos sus danzas. Cuando partieron, un sentimiento de orfandad se apoderó de nuestros corazones y, para expulsarlo, comenzamos a dibujar símbolos en tablillas que representaban los sonidos que emitíamos por la boca.

Las tablillas las metimos en botellas, que flotaban, y las arrojamos al mar siempre que la marea empezaba a bajar a media tarde, que fue cuando se fueron, porque así pensábamos que seguirían el mismo camino que la flota que vino acompañada del abuelo.

Pero Pablo no podía continuar y así nos lo hizo saber. Habían sido dos años muy duros y su cabeza no daba más de sí. Estaba lo del doctorado y todas esas horas leyendo documentos del siglo XVII. También las oposiciones, para las que se pegó tantas horas sentado que una dolencia lumbar, disfrazada de síndrome degenerativo, comenzaba a minarle el ánimo. Luego estaba el trabajo, pero a sus frustraciones ya estaba acostumbrado, así que, siguiendo sus consejos, no nos preocupamos demasiado. Sin embargo, lo peor era escribir y escribir y que todo le pareciera basura.

– Leo mucho, os lo juro -nos dijo-. Al menos leo todo lo que puedo, también necesito ratos para no hacer nada. Casi todo lo que leo me gusta y, si puedo confesároslo, no encuentro grandes dificultades técnicas en escritos de figuras relevantes de la historia de la Literatura.

No nos tomábamos como muestra de altivez sus palabras, creíamos que lo conocíamos lo suficiente, aunque, si lo pensábamos con detenimiento, era el único escritor que habíamos conocido. Nunca habíamos vivido en otro relato que no fuera el suyo, así que, en el fondo, teníamos las manos bastante atadas.

Como quiera que pasaba el tiempo y Pablo seguía a lo suyo y nuestra historia no avanzaba, decidimos hacer otro intento y pedirle que terminara el relato.

– Esa es otra -dijo mientras resoplaba-. Me he metido en un lío enorme con el abuelo. Al principio la historia me pareció que tenía fuerza suficiente como para terminarla sin problemas; pero, una vez que me he metido, me temo que no sé cómo resolverla.

En el fondo era miedo: estaba leyendo a García Márquez y se había puesto el listón demasiado alto. ¿Realismo mágico en España? ¡Venga ya, Pablo! Además estaba ese otro, Millás, que no se le iba de la cabeza ni del estilo.

Intuyendo un resquicio de debilidad planeamos un último acercamiento.

– Pablo, sabes que nos tienes que entregar para mediados de diciembre, ¿no?

El gesto que profirió nos revelaba que la idea había sido mala; malísima. Le tenía cariño a sus editores. No se veían mucho porque Pablo vivía en Granada, pero cuando absolutamente nadie apostaba por él, ellos fueron los primeros que le dijeron que les gustaba lo que escribía.

– Siempre les desvío los temas, me van a mandar al carajo.

Recuerdo el momento en que nos comentó que el tema del mes era «turrón del duro».

– ¿De ahí ha nacido nuestro abuelo?

No nos podíamos imaginar un origen tan cotidiano para lo que teníamos asumido como una cosmogonía.

– ¿Qué queréis? Turrón duro, dentadura pegada… ¡Un abuelo!

Indignados con la revelación decidimos organizar una huelga, pero Pablo no la autorizó porque no estábamos constituidos como sindicato, así que muchos optaron por huir a otros relatos.

Al cabo de una semana solo quedábamos Lupita, el recuerdo del abuelo, el turrón mordido por la dentadura y yo, que no tenía previsto abandonar hasta que el relato se hundiera definitivamente conmigo.

– Bueno, pues ya está.

– ¿Ya? ¿Así nos vas a dejar?

– No está mal, ¿no? Míralo por el lado positivo: no habéis muerto, me valéis para otros relatos.

– ¿Es un hasta luego, entonces?

– Sí, eres un narrador de puta madre.

– Al menos, ¿te acordarás de nosotros cuando, en Navidad, comas turrón duro?

– Por supuesto, sobre todo de Lupita.

– Te da las gracias por no haberla abrasado.

– Nada hombre. Solo una última cosa.

– Dime.

– Soy más del blando.

Por Pablo Poó Gallardo. 

La escultura

El crujir de las muelas contra la dura almendra culminaba en mil añicos de turrón del duro -crac, crac, crac- al tempo de una monotonía de silencioso regurgitar, de eterno regurgitar de turrones ya empaquetados, ya decorados con un bombón de anís. Las manos ancianas de su dueño acariciaban con sumo cuidado las egagrópilas que recorrían su garganta hasta desembocar precipitadamente sobre la mesa de faena –«te podría contar que soy muy pobre hoy, que no olvido el mar, que sueño con morir»-. En el ático de la tiendecilla, al compás de la tarea, la nieve caía a dos aguas resbalando sobre su cabeza, sus hombros, sus ya cansadas manos, helando huesos de santos -o de muertos- ahora demasiado duros para seguir conservándolos. «¿Cuánto tiempo ha pasado ya, Emilia? Acaso me parecen siglos… No sabes cómo ha cambiado todo: la niña, el campo, la tienda. Está el pueblo tan distinto…»

Un rostro de mujer lo observaba desde lo alto de la estancia. Los claro-oscuros de su rostro, en dulce movimiento, espiraban el único aliento de una dulcería abocada al cierre. La que había sido la turronería más exitosa de todo el pueblo se desplomaba a cargo de un anciano que se limitaba a amar una vida reducida en un solo gesto, lienzo de contorneados trazos. Los turrones ya no sabían igual, el casi mágico aroma a flor bacteriana se había tornado en apestoso y ácido jugo vesicular, la esencia de su sabor, esa que durante horas se alojaba en el cielo de la boca, había muerto para siempre. «El turrón nace en nosotros, querido, sale de nosotros, pasa por donde duerme la bondad y la magia del ser humano y cae sobre la mesa casi tan duro como son nuestras fortalezas», oía decir siempre a su esposa mientras se esmeraba por estar a la altura. Sin embargo, todas aquellas palabras resultaban inútiles ahora, el turrón caía sin fuerza alguna sobre la madera, se desparramaba sin remedio y se convertía en agua mucho antes de llegar al suelo. «¿Qué fácil era para ti verdad, Emilia?»

El rostro de su esposa lo observaba con ternura desde la quietud de los retratos expuestos a aquellos que han perdido la ilusión, que ya no creen en la magia. Su hija era uno de esos seres no-creyentes y acababa de entrar en el desván, casi sin quererlo, arramblando con una vorágine de recuerdos que había visto buen descanso en la cabeza del anciano.

-Papá… -dijo abrazándolo mientras él, impasible, regresaba a la ardua tarea que lo ocupaba -.No ha entrado nadie en la tienda hoy, y es Navidad. ¿Por qué no lo dejas ya? Podríamos ir a comer juntos o bajar a la plaza un rato… los niños seguro que tienen ganas de verte…

Su enternecedora voz tintada de terrible compasión no hacía más que irritarlo. Nadie quiere que lo traten como a un viejo, pero hay tanto de maternidad en los hijos cuando los padres se vuelven mayores que el cambio de papeles se hace inevitable, aunque nadie esté dispuesto a asumirlo.

-Queda mucho por hacer, Elena.

-¡Papá, es inútil, no hemos vendido nada!

-¡Márchate, por favor!- suplicó como poseído por la demencia senil que atañe a tantos viejos,con esa mezcla de llanto y risa que sin lugar a dudas escarba su origen en lo primero-. No hace falta que estés aquí, Elena. Márchate a casa.

La joven -si se puede llamar así a quien roza la media vida a pesar de un aspecto saludable- se vio empujada por su padre, y callando la más cruel de las respuestas descendió las escaleras sin permitirle una sola palabra de arrepentimiento.

Desde el ático, el anciano escuchó el tintineo de la campanita de la tienda. Su hija se había marchado. La imaginó entonces como muchas veces la había visto de pequeña, corriendo impedida por la nieve y llorando a pleno pulmón por cualquier niñería. Cuál no fue su sorpresa cuando se asomó a la ventana y vio una figura alejándose lentamente, ardiendo de fuego por dentro quizás, pero con la contención propia de los adultos.

-¿A quién quiero engañar, querida?- dijo en voz alta, lamentándose por su actitud y dirigiéndose de nuevo hacia su esposa- .Nuestra hija ya es mayor y yo… yo solo soy un viejo…

El retrato de la mujer mudó el gesto entristecida y el anciano regresó al crujir de las muelas contra la dura almendra -crac, crac, crac-, añicos de turrón del duro, como si esta fuera la solución a cualquier problema; al crujir de muelas desoladas y casi inertes, muelas que no tenían qué comer, ni sentían ya el gozo de ver el mundo en la risa o en el bostezo, o si se prefiere, en el grito que pide socorro. La mirada inquisitiva del retrato lo alertó de nuevo: «No me mires así, Emilia, ya no hay nada que hacer.»

Junto a la imagen de la esposa, el cristal, ahora empañado por el frío, dejaba entrever el pueblo que lo había visto crecer. La calle blanca que llegaba al mar resultaba fantasmal ante su translúcida mirada. No había nadie, ni siquiera una sola huella que confirmara la existencia de vida alguna en aquella aldea. La niebla, a lo lejos, se confundía con la espuma acaracolada del mar que humedecía los pies de los espíritus que vagaban al caer la noche. ¡Cuántas vidas perdidas en un mar tan bello y tan blanco! Cerca de la orilla, en uno de los cobertizos que bañaba sus cimientos en el agua, una luz irradiaba con fuerza. Era fuego abrasador, grieta de la noche que se extendía cada vez más, como la llama que prende en la hoguera y solo el tiempo extingue. «Ha nacido el niño dios», pensó enseguida el anciano mientras su esposa se giraba a contemplar la escena. «¿Has visto, Emilia? ¿Has visto?», gritó abriendo la ventana para asegurarse de que era cierto lo que veía. «¡Ha nacido el niño dios, allí está la estrella!» Ella, en completo silencio, cerró los ojos con fuerza y pidió un deseo. Anheló con toda su alma que aquella Navidad nadie en el pueblo se quedara sin probar el turrón más rico del mundo, que su ausencia no desbaratara el curso normal de la vida y todos tuvieran el pedazo correspondiente.

El viejo, alentado por el deseo de su esposa, se dirigió hacia la mesa de faena y comenzó a masticar como nunca antes lo había hecho. Desde el estómago a la faringe y, desde la faringe, a todos los órganos cercanos…, un poco de flora, un poco de amor, y listo para salir, duro, duro, duro, fuerte como un roble, pétreo como una almendra. El turrón regurgitado, a pesar de todo el esfuerzo empleado, caía sobre la mesa blandito, blandito, blandito, pero qué importaba ya su consistencia. Sabría sacarle partido. (No todas las Navidades se puede uno meter entre pecho y espalda una tableta entera de turrón del duro. Las consecuencias son nefastas, sin lugar a dudas). Con la dulcísima masa que se precipitaba sobre sus manos comenzó a crear una inmensa figura. Moldeó con ternura cada pieza, cada centímetro de su superficie – como alfarero de un material habituado a sus manos y a su boca-. Y durante toda la noche, sus muelas trabajaron sin descanso hasta crear la más bella de las criaturas. Como un Pigmalión encendido, el anciano se enamoró de su obra. Al fin, cuando despuntaron las líneas púrpuras del día siguiente, la escultura estaba dura como la almendra y la almendra se había hecho mujer. Un beso de amor había sellado sus labios -el beso más rico del mundo- y unas palabras habían abierto sus ojos.

-Este año nos hemos retrasado un poco- decía la gente empujándose por entrar en la tienda- pero aquí nos tiene otra vez… -La escultura los miraba a todos y en cada uno hallaba el milagro de la Navidad.

-…Que hay cosas que no cambian, doña Emilia, que se lo digo yo, que el turrón es de ellas.

Por María Fernández de la Cruz.