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Oficio

Se empeñaron en ponerme guías, desde muy pronto. Como buenos hortelanos, mi padre y mi abuelo no podían consentir que la mejor de las semillas creciese torcida. Como un mantra, mi abuelo insistía, tenía que aprender un oficio.
Yo, en lo de crearme un oficio, sólo encontraba un medio para obtener beneficio con el que pagar mis vicios.
Me fui en cuanto pude. La distancia física serenó las voces, pero el runrún había germinado en mi interior. Encontrar un oficio se hizo mi obsesión de cada día. Por lo general, me doy buenos consejos a mí mismo, pero pocas veces los sigo, por lo que cada jornada se convertía en un zigzag en el que, por la mañana sabía quién era, pero cambiaba varias veces antes de llegar la noche. No sabía cuál era mi lugar en el mundo. El camino que sólo unos pocos encuentran, otros no lo reconocen cuando lo topan, y otros, tan siquiera se atreven a iniciarlo.
Yo quería encontrarlo, claro que quería. Ponía empeño y contribuía a que el mundo girase más rápidamente ocupándome exclusivamente de mis asuntos. Muchas veces tropecé. A veces por ser demasiado alto, otras por ser demasiado bajo. Creí en alguna ocasión volverme loco. No me importó, al fin y al cabo, las mejores personas lo están.
Sólo para evadirme, me explicarían después, me puse a inventar mundos, invité a lectores a que se hiciesen cómplices. Por no sentirme solo, pondría contundente en el informe el terapeuta, que parecía el que decidía lo que era apropiado. No estoy loco, recuerdo que le decía, es sólo que mi realidad es, simplemente, distinta a la tuya.
Me ayudaron, es necesario ser honestos. Porque fueron ellos los que encontraron este puesto de trabajo que se ha convertido en mi oficio. Soy feliz al fabricar miles de sonrisas en pequeños y mayores desde el interior de este disfraz de conejo blanco.

Por Antonio Aguilera Nieves.

Ya fantasma

No siempre sucede, pero a veces sucede. Y como ocurre con toda desconocida, invisible, extraordinaria y azarosa combinación cósmica, la que ata la vida con la muerte también resulta caprichosa, impredecible, inevitable. Literaria.
No, no siempre sucede, pero a veces, como si de una travesura de los dioses se tratara, te conviertes en fantasma. No en una persona ausente, ignorada quizá, desdeñada incluso, triste también, sino en un muerto, en un difunto fallecido, atrapado todavía en la viva cotidianidad de los otros.
O de otro. Uno solo, habríamos de decir para ser exactos y no traspasar los muros de este relato. Porque el fenómeno fantasmagórico que este cuento propone ata, vincula, encadena solamente a dos seres. Uno vivo, el otro ya no.
Cabría pensar en un instante solemne de revelación, en una experiencia luminosa, en una escena de voces shakespearianas que llaman e insisten desde el más allá. Pero no. Cuando Patricia cerró el libro, él, simplemente, estaba allí.
Sí, allí estaban ya los dos, bajo el mismo techo, envueltos en la misma atmósfera (21 por ciento de Oxígeno), mirándose como pasmarotes, con un gesto de extrañeza compartida y un cigarro consumiéndose entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda de él.
Tiempo después, recordarían aquel instante, confesándose un mutuo sentimiento de familiaridad. Como si, pese a que ningún lazo sanguíneo los unía, sintieran encontrarse ante un pariente. Alguien lejano, pero en quien se reconoce un gesto, una mueca involuntaria, un estar o un mirar.
—Estás muerto. —Habló ella primero. Fue una frase neutra, ni interrogante, ni afirmativa. Ni dirigida a él, ni para sí misma. Aunque el otro respondió.
—Lo sé.
«Ha sucedido», añadió. Y se acercó a la joven que aún sostenía el ejemplar. Una edición de bolsillo, ajada, páginas amarillas, pastas dobladas. Libro maltrecho, que el Premio Nobel le quitó de las manos con suavidad. Lo abrió al azar y comprobó las líneas subrayadas. Repitió la operación. En casi todas las páginas, una palabra, una frase, a veces un párrafo completo… Sonrió.
A Patricia le sorprendió la naturalidad con la que el escritor asumía su nueva condición de fantasma. Miraba a su alrededor, como quien está recién llegado al lugar que ha de convertirse en su hogar. Observó los títulos de la librería. Volvió a sonreír al descubrir dos baldas exclusivas para toda su obra publicada. Luego la miró satisfecho. Conforme. Feliz, se hubiera atrevido a pensar ella. Y se atrevió a hacerlo. Caray, incluso parecía más joven. Como si la muerte y el más allá hubieran tenido un efecto rejuvenecedor. Quizá el viaje sirva para desprenderse de las preocupaciones, que nos ensombrecen la mirada en vida, nos surcan la piel, y que ante la aplastante rotundidad de la muerte se vuelven fútiles. Quizá se haya desprendido de las muescas en el cinto. Quizá no exista la negra espalda del tiempo. O no ya para él. Quizá sólo sea un territorio para los vivos.
No sabía si tutearlo, aunque lo había hecho ya, o llamarlo señor. En realidad lo que a ella le salía era llamarlo míster. Como lo llamaban, y él contó, y ella leyó, que lo llamaban, durante su estancia en Oxford.
—Tal vez, esto sea un inconveniente para usted. No querría importunarla. —Marcó él la pauta del usted.
—No, en absoluto –respondió al fin— .Es que no sé qué ha sucedido.
—La invocación literaria es un fenómeno muy poco conocido. Por lo inusual, seguramente. Pero hay constancia, puede que vaga y ahogada por el transcurso del tiempo, que todo parece poder borrarlo, de otros casos. Otros autores fantasmas. Por supuesto, siempre hay un lector de por medio. Un facilitador. El que en el instante decisorio, si es que algo así existe, hace posible la hazaña. Se convierte así en el único vivo que ve y escucha al difunto retornado.
Era extraño escucharlo hablar. No por su propio discurso, ya de por sí insólito. Su sola acercanza la aturdía. Su presencia allí, donde hace un instante ella leía en voz alta las palabras escritas por su mano de sombra. Aquellas páginas que constituían una suerte de particular piedra roseta, que la ayudaron a entender el mundo, a aprehenderlo, a descifrarse a ella misma… Y a las que regresaba como su constante. El elemento salvador del día a día.
Aquella tarde las leía (¿o recitaba?) en voz alta, conmovida por el anuncio de su fallecimiento, ignorando el conjuro al que estaba dando forma.
—¿Qué sucederá ahora?
Torció los labios, sonrió con la mirada y dijo con una inocencia encantadora:
—Quiero vivir mi vida de fantasma.

Por Patricia Nogales Barrera.

Vetusta orla

La joven a cuatro patas tiene dos dientes en la boca. A su lado, otra joven tiene solo un diente en la boca. A su lado, dos escrotos autosuficientes con cara de haber estudiado informática. A su lado, un tipo con ojeras de mapache mira fijamente a la cámara. A su lado, una mujer que parpadea y lubrica cada quinientos milisegundos. A su lado, un joven que —si se matase— el periódico publicaría: «Un hombre de treinta y cuatro años falleció». A su lado, otro hombre blanco y heterosexual sonríe como un reportero de guerra. A su lado, tres mujeres y seis trenzas sonríen, pero no llegan al orgasmo. A su lado, un muchacho de bigote deslavazado piensa en no ser escritor. A su lado, una japonesa llamada Kokoro quiere una casa en Castilfrío. A su lado, otra japonesa llamada Kokoro prefiere los trenes que van  hacia Tokyo. A su lado, un lector de Murakami (Haruki) se pregunta por Murakami (Ryu). A su lado, alguien que podría llamarse Noriko se apellida De la Cerda. A su lado, un grupo de pijas de pechos grandes y cintura mínima parecen tararear la balada de las bibliotecarias dominatrices. A su lado, un hombre con corbata negra podría necesitar peluca. A su lado, varios profesores disecados. A su lado, cuatro ojos, dos cejas escritas bajo larga tilde, una nariz y  una boca sin más historia. A su lado, un hombre negro con camisa blanca y el culo negro y escleras blancas. A su lado, una mujer incómoda con la polla del negro rondando sus rodillas. A su lado, dos mellizos con aspecto de saber despistar policías. A su lado, una lengua húmeda guarda varios secretos. A su lado, autorretrato de un mandril. A su lado, Silvia ojos bonitos recuerda la primera vez que lo hizo en un fotomatón. A su lado, una que debió decir me llamo Ángela, me van a matar. A su lado, uno que cree que Amenábar tiene una casa en Sevilla. A su lado, otro lánguido se masturba pensando en que acabará colgado sobre la cama de Catalina Domecq. A su lado, una veinteañera tatuada hijadepapá a la que nunca han tocado el morro. A su lado, otra groupie con pinta de acompañarla a todos los festivales de música indie. A su lado, un nacionalista a juicio  porque prefiere el electrolatino y lo dijo por Twitter. A su lado, los labios gordos de la hija de un político muy conocido posan para la portada del Hola. A su lado, sobre un carro de fuego tirado por tigres, el más bello atleta de la Grecia antigua.  A su lado, la viuda de un torero. A su lado, presente, José Francisco Sánchez Arroyo. A su lado, las aguas bravas de Eva Sánchez Tórtola. A su lado, un pajarraco solitario, alérgico a los flashes y algo obeso dice «patata». A su lado, dos plumas blancas cuelgan de las bellas orejas de Elena. A su lado, alguien que se parece a mí.

Levanto la vista y me quedo mirando al techo. Luego fijo los ojos. En Elena.
—Cuántos años.
—Sí, muchos.
—¿Y cómo es que la tienes aquí?
—Un día la colgué para cabrear a mis padres y ahora les hace gracia a los clientes. ¿Qué te pongo?

Reparo en una caja azul que a mí me parecen gambones, pero que reza: «Langostino Congelado Cocido Grande (40/60 Piezas), Pescanova, caja 1 Kg.»
—Si te gustan los langostinos yo te recomiendo estos frescos. Ahora están de oferta a 11,50 euros el kilo. Y no hay color.
—De acuerdo.

Mientras me despacha parece que sea invisible. Aprovecho mi invisibilidad para las matemáticas. Cuento los años  del colegio, del instituto, de la carrera. Cuento las matrículas, los libros, las fotocopias. Cuento sus notas y los viajes al extranjero. Cuento las clases particulares y los contactos que tenían sus padres. No me salen las cuentas.

—¿Y tus padres? – digo—.Dales recuerdos. Especialmente a tu padre. No he tenido un suegro igual.

—Falleció hace un par de años.

—Vaya. Lo siento.

—Ya, bueno.

—…

—¿Quieres alguna cosita más?

«Quisiera que fueras feliz», pienso.

—¿Quieres alguna cosita más?

«¿Aún te gusta aquel maldito grupo?», pienso.

—¿Quieres alguna cosita más?

—No, gracias— digo—. Ya nos veremos— digo—. Te veo guapa— digo—. Adiós.

Decido abandonar la sección de pescadería. Doblo a la derecha y camino entre fruta technicolor. Un niño de cinco años se me cruza en el camino. Me acuerdo del hospital y del silencio de Elena. Tal vez debimos tenerlo. Tal vez hubiese sido todo diferente. Sigo por el pasillo central hasta llegar a la caja y pago. Alcanzo la puerta, de cristal, que se abre automáticamente y me escupe a la calle.

«Tengo que buscar esa orla», pienso.

Por Carlos Torrero. 

La Señora Woolf

Virginia y Clarissa, casi sin darse cuenta, se habían sentado la una frente a la otra en aquella preciosa estancia. Las sillas, aunque era bien sabido por todos los asistentes a aquellas fiestas de la Señora Dalloway lo incómodas que podían resultar tras un rato sentado sobre ellas, seguían en la casa. La razón era puramente estratégica ya que tenían la altura perfecta para disfrutar de las vistas del jardín lleno de rosas y de los retratos de la familia Dalloway que se encontraban en la pared junto a la salida por igual. La fiesta estaba resultando un éxito. Nadie hubiera apostado lo contrario, por mucho que fantasmas del pasado de Clarissa se encontraran disfrutando del mismo ambiente que el Primer Ministro. En una fiesta, se había escuchado decir a la Señora Dalloway en más de una ocasión, es fundamental la luz. Por esta razón ella había escogido ese vestido que parecía llevar luz propia, aportando casi todo el brillo a una reunión estándar de la alta sociedad londinense. Ella y la juventud de Elisabeth, para mayor vanagloria de su propio padre.

Sin embargo, una mirada apagada caía sobre la mujer que había hecho posible aquella reunión de desconocidos que fingirían ser amigos hasta una hora prudencial. Escondida tras un rostro similar a la descripción vacía de Clarissa, la Señora Woolf no disfrutaba en absoluto de la velada, de hecho las malas lenguas habrían dicho que una mujer tan infeliz no podría disfrutar en absoluto de nada. El vestido azul un poco más apagado que el de la dueña de la casa era tan hermoso pero con ese matiz triste que inundaba su propia mirada. Era habitual que compartiesen miradas entre ambas, con la sutileza de quien ha nacido en Inglaterra, e incluso alguna que otra conversación velada por el filtro de la alta sociedad. Ambas eran un espejismo de la misma figura. Incluso su pose, tan aparentemente delicada como completamente impostada, parecía un reflejo en alguna baraja del tarot.

Lo que diferenciaba a aquellas dos mujeres no era ni mucho menos la felicidad de una y la desgracia (posterior, ya que en aquel momento ninguno conocía de los problemas que puede sufrir una mujer) sino las pequeñas decisiones voluntarias unas e involuntarias otras que habían convertido aquellas vidas en paralelas. Vanessa tenía una edad en su cabeza muy similar a la de aquella Elisabeth Dalloway que llenaba la reunión con una exultante juventud. Si Virginia se hubiera parado a escribir un libro (qué cosas, como si las mujeres tuvieran tiempo de hacer ese esfuerzo pudiendo organizar fiestas o tener hijos) puede que hubiera decidido retratar lo peor de una sociedad vacía como aquella, en la que las fiestas son la sal de la vida para una mujer como Clarissa Dalloway.

Sin embargo, a plena luz de aquella fiesta, entre copas de champán y una comida lo suficientemente frugal como para que los invitados no se vieran obligados a sentarse a descansar, aquellas dos mujeres podrían haber sido hermanas. Y, en cambio, qué opinión tan diferente tenían de la vida. Nadie habría apostado por esa idea, viéndolas conversar con total indiferencia sobre la vida de personas comunes entre ambas. La edad hace mucho por los miedos de las personas, le había dicho su padre en una ocasión.

En efecto, si Virginia se hubiera parado a escribir una historia sobre lo que podía haber sido su vida, tal vez (movida a hombros como si se tratase de un joven recién graduado en Oxford cruzando sobre sus compañeros todo Pickadilly por la curiosidad del saber) Virginia Woolf podría haberse visto convertida en una Clarissa Dalloway con la rapidez con la que se juzga a quien decide tomar las riendas de su vida.

Entonces les vio, observó a una pareja que se encontraba en el jardín hablando, sentados a una distancia tan escasa que era improbable que se tratase de una pareja. La mujer señalaba unas flores que crecían cerca de ambos. No conocía su nombre, pero estaba segura de que, de igual modo que aquella Señora Dalloway era el doble de ella en una vida tan cercana que apenas si podían rozarse con las yemas de los dedos y tan lejana que nadie lo hubiera sospechado, aquella mujer era su Vita. Aunque la amase de una manera más carnal que fraternal, no dejaba de ser la felicidad de quien no convive con la persona y la mantiene aún sin las suciedades diarias de la vida en pareja. Y el hombre sentado a su lado podría ser una versión vulgar de su querido y amado Leonard. El Señor Woolf la había hecho feliz, ahora que cada vez le costaba más serlo, reconocía los retazos de la felicidad de un matrimonio pleno.

Y, aunque todas estas cosas la hicieran plantearse dónde estaba teniendo lugar una fiesta que parecía más creada en su mente que en ningún otro lugar, decidió que era hora de irse. A la Señora Woolf siempre le había parecido que marcharse el primero de una fiesta era un gran acto de elegancia. Leonard Woolf la siguió hacia la puerta, mientras observaba el hermoso cuerpo delgado de su mujer a quien dentro de pocos años echaría de menos a cada minuto de su existencia cuando ella le despojase del amor suicidándose, precisamente, por amor.

Nadie habría sospechado que, lo que verdaderamente diferenciaba a aquellas dos mujeres que rara vez compartían palabra por la animadversión que sentían la una hacia la otra no era que la Señora Dalloway hubiera tomado la decisión de dejarse llevar por lo que el mundo espera de ella (aunque con los pequeños matices y rebeldías de quien va a por sus propias flores) mientras que la Señora Woolf siguió fiel a su instinto y decidió casarse con el hombre (ese «judío sin dinero») de quien estaba tan enamorada. Lo que diferenciaba a aquellas dos mujeres era la cantidad de tiempo que dedicarían aquel día a pensar en el suicidio de Septimus, un hombre del que apenas sabían nada pero que, en al menos una de ellas, cambiaría su vida para siempre.

Por Adriana Tejada.

El (otro) vals

Cielo Santo. Oh, my God. Por todos los Santos. Por todos los Santos que estáis en los Cielos. Dios mío que estás en las Alturas, no sé cómo agradecerte este momento. Estoy bailando. ¡Estoy bailando! ¡Y no precisamente con cualquiera! No es mi tía Betty, ni la pequeña Emily, ni la señorita Deborah, la solterona de setenta y tantos que vive encima de la tienda de cebos y que me enseñó los primeros pasos! ¡Todo ha ocurrido tan rápido! Hace unos minutos estaba sentado, silencioso con mi tembleque en las rodillas, observando por el rabillo del ojo cómo se acariciaba las medias al otro lado de la mesa a escasas tres sillas de distancia, meditando si era tolerable acercarme con eso de «me-co-concede-este-b-baile», y ahora estamos aquí, enfrascados en el vals, ¿se dice así? ¿O es con doble uve? Sí, creo que es eso lo que dijo usted hace un momento, «podríamos escuchar un segundo la música, oh, sí, es un wals, me encantaría que bailásemos un wals». Espero no decepcionarla, señorita Parker, es que yo no soy como usted, que tiene la suerte de asistir a colleges, leer revistas, ir a conciertos, seguro que usted está más que acostumbrada a este tipo de eventos. ¡Ay, lo siento, creo que la he pisado! ¿O ha sido una patada? Mejor le sonrío, verá usted, la anciana que me enseñó no estaba en su mejor momento, ya se lo he dicho, ¿se lo dije? Setenta y tantos, la pobre, tiene cataratas, tiene las rodillas deshechas, una pierna de palo, de hecho no se mueve de su silla de ruedas, a veces mi mamá me ordena que le lleve la cena, unos huevos revueltos, un pastel de carne, mazorcas a la parrilla con su mantequilla y pimienta, las cosas que nos gustan por aquí, usted seguro que está acostumbrada a ensaladas de patata y manzana y roast beef con especies francesas, nosotros por aquí es que somos rústicos.

Pero dígame, ¿le gusta este sitio? ¿Esta fiesta? A fin de cuentas viene usted todos los años. ¿Es de sus abuelos, la casa aquella en la que se hospedan? ¿Qué tal la velada, los músicos, el aire del pueblo? «¿No c-cree q-q-que es f-f-fantástico?». «Si, es fantástico, ¿eh? Es simplemente fantástico. Es el vals más fantástico, ¿no? Oh, yo también creo que es fantástico». ¡No me diga usted, me hace tan feliz! Verá, me encantaría decirle, yo es que llevo tanto tiempo, años, le diría a usted, años que la conozco. ¿No se lo cree? Quizá ahora mismo no me recuerde, usted era solo una cría, yo ya era mayor, bien, tampoco tanto, en cualquier caso algo más que usted, estaba usted jugando en aquel árbol, ese que luego le cayó un rayo y los vecinos lo arrancaron y clavaron una vara de plata y echaron sal para que nada creciera otra vez, supercherías de gente de campo, ¿qué le decía? Ah, eso era, usted jugaba con unas amigas, unas primas suyas creo que eran, jugaban a subirse a ese árbol y entonces yo llegué con mis tres hermanos, yo soy el de en medio, y les ayudamos a escalarlo, usted se quedó atrapada sin poder bajar y le tendimos la mano, pues en ese momento, llevaba un vestido precioso, era verde, no me olvido, puso un pie, después el otro, luego otro más y en ese momento, en fin, ¡me ruborizo cuando lo recuerdo! Usted, Dios me perdone, se resbaló un poquito y deslizó las piernas y entonces yo, que lo que quería era ayudarla, pues mientras le cogí la mano miré para arriba y, ¡Dios Santo, le vi, ya sabe, la ropita que tenía debajo del vestido! «Uy, ¿l-le he he-hecho da-daño? «No, claro que no me has hecho daño. Nada de nada. De verdad. Y ha sido culpa mía. Este pasito que haces… bien, es fantástico, pero al principio es un poco complicado de seguir. Oh, ¿lo has inventado tú?», me tiene que disculpar usted que me ruborizo y me pongo nervioso, ¿ya le dije que me entran tembleques cada vez que me excito? Pues aquella imagen me persigue, sus calcetincitos, sus zapatos morados, ya sabe, su ropita de debajo, desde entonces no dejo de pensarla, la veo en los sueños, ¡sueño con que vuelva usted cada verano! ¿No me recuerda? Seguro que no, apostaría a que se le ha olvidado mi nombre. Verá, se lo dije aquel día, creo que fue un cuatro de julio, íbamos a gastarles unas bromas y usted me echó la limonada encima, en verdad fui yo quien la empujé y usted se asustó y dio un respingo pero usted se ruborizó tanto que acabó pidiéndome disculpas y yo aproveché para decirle mi nombre, no se preocupe, son cosas que pasan, no es que yo sea un mal muchacho, ¿lo sabía, que tengo un empleo? Trabajo en la tienda de ultramarinos de Jack el del ojo difícil, le llaman así porque no se sabe nunca a quién mira y la pobre gente se confunde al averiguar a quién le toca el turno, o a quién le habla, la cuestión es que dicen que no hay muchos como yo trinchando el estofado y sirviendo filetes.

Oh, pero ¿se acaba la música? ¿Tanto tiempo estuvimos bailando? ¡Qué rápido pasan los walses! Mire, se levanta ese músico, el de la derecha, ¿es eso un violín, o se llama violonchelo? Yo es que no distingo los nombres. Ah, ¡anuncian unos biceps! ¿Se dice así? ¿Qué le parece? «¡Que bien! Es fantástico». ¿Le apetecería seguir? ¿O está usted cansada? «¿Cansada? Creo que no. Me gustaría seguir así por siempre». ¡Por siempre! ¡Le gustaría seguir así por siempre! Oh, señorita Parker, yo siempre la he admirado, la he admirado, me parece una señorita admirable, ¡más que eso! Tan luchadora que es usted, tan, ¿cómo se dice? ¿Sufraguista? ¿O es surfista? ¿O quizá diría de usted que es feminista? Nosotros aquí es que no distinguimos los términos, apenas si pude acabar sexto grado, ¡pero ahora usted me ha dicho que le encantaría seguir así por siempre! ¡Por siempre! Oh, señorita, yo la amo, la amo desde que la vi en aquel árbol, desde que contemplé sus calcetincitos y sus zapatitos morados y su, ya sabe, su ropita de abajo. ¿Y usted? ¿Usted me ama? ¿Aunque haya olvidado mi nombre? Santo Cielo, ¡la amo, señorita Parker, la amo, le pediría matrimonio aquí, ahora mismo! Ya casi puedo imaginar nuestra casa, no sería tan grande como la que ustedes arriendan, a fin de cuentas soy un humilde empleado, algo pequeñito en el que cabieran nuestros cuatro hijos, cierto que tendría usted que mudarse aquí al campo… aun así ¡seremos tan felices! La dejaré escribir en sus ratos libres, cuando los críos estén crecidos me los llevaré a tirar piedras a los peces y usted podrá escribir y publicar en esas revistas en las que usted escribe y luego tendría tiempo para que le traigamos los siluros y que usted los despelleje y los eche a la olla y prepare la mesa y la cena mientras yo veo el football con nuestros cuatro mozuelos, sí, eso es, ¡seremos tan felices!

Oh, vaya, ¿ya han acabado? ¡Qué pena, señorita Parker! ¡Ha sido un placer bailar con usted! ¿Cojea usted? Vaya, lo siento de veras, siento lo de su tobillo, fueron los nervios, los nervios y la falta de práctica, le aseguro que durante el invierno no voy a dejar de visitar a la señorita Deborah, la solterona que vive encima de la tienda de cebos, la de la pata de palo y la silla de ruedas, le llevaré cada sábado un pastel de carne y verá usted que habré mejorado. Ella es que fue secretaria en un colegio y sabe de mundo. Bueno, veo que es hora de marcharse. No hace falta que me dé usted las gracias. Ya veo que tiene prisa, vaya, vaya, no se apure. Ah, y le prometo que practicaré mi cháchara. La próxima vez le hablaré. Mi madre me lo dice siempre, «hijo mío, deja de pensar lo que no dices y empieza a pensar en decir algo». Es un buen consejo. En fin, no se moleste en darse la vuelta para echarme una mirada y saludarme, vaya usted, vaya, ¡la amo! ¡La espero, señorita, hasta el verano que viene!

Por Ignacio Moreno Flores.