Archivo por meses: Marzo 2017

Escribo

Escribo para entender el mundo
dijo Clarice entre ríos de enero.
Escribo para
ver lo que mi oído oye,
escuchar lo que mi olfato huele,
oler lo que mi mano besa,
tocar lo que mi lengua goza,
sentir lo que mis ojos muestran.
Escribo para
poner palabras al dolor
de los amordazados
y atraer la primavera.
Escribo para
ser.

Por Manuel Machuca.

 

Desde mi ventana

Flota en el aire un leve perfume a azahar, un poco a naranja exprimida, un poco a primavera.
A lo lejos, los trenes se deslizan rumbo a ninguna parte con su runrún monótono, con sus ventanas como enormes pupilas, con su lento resbalarse sobre el acero.
Las hojas de los árboles se balancean de un lado a otro, izquierda, derecha, izquierda, derecha…, un vals en los brazos del viento.
Los pájaros chillan, desgañitándose en el inmenso cielo de la tarde, cantando sus versos dulces a la nostalgia.
Los coches atraviesan perezosos la carretera, inmersos en sus burbujas de chapas de pintura. ¿Adónde irán?
Una pareja camina de la mano en silencio, en el silencio amante o cómodo, de quien no tiene más que contar a unos ojos ya no tan de cierva asustada, a un corazón ya no tan vivo.
Los niños pelean, ríen, lloran, se caen jugando a la pelota o al transmutarse en infinitas pieles no infantiles. Se caen los niños con sus juego inocentes. Algunos se levantan. Otros necesitan el conjuro (sin verrugas, por favor) de su sanita, sana, culito de rana… Dejan de llorar.
Las señoras que vuelven de su paseo vespertino son expertas en narrativa de ficción. Tomadas del brazo, hacen pausas dramáticas en sus andares de tortuga desnutrida. Sus maridos prefieren comentar el partido de ayer, las manos cruzadas a la espalda. Son de los de no creer si no ven. Y no quieren nietos poetas.
Desde mi ventana, los aviones son moscas mareadas; los perros, cuatro patitas que ladran por ladrar.
Al naranja ardiente de las nubes lo sustituye un azul piadoso que tiñe de reflejos los cristales de mi barrio. Malva, morado y rosa se suceden, colores mágicos que duran un instante y pintan un cielo irreal, un cielo de cuadro. Tan hermoso que duele.
Las toallas hacen funambulismo en las azoteas, pares (e impares) de calcetines observan desde los balcones, suena al unísono un frotarse de tela contra tela, un rumor que no es de seda ni terciopelo, un susurro casi inaudible, secretos en voz baja que se confían medias y camisas. Se columpia la ropa interior.
A las nueve se encienden las farolas. Al duro palpitar ocre de unas cuantas bombillas rotas le suceden los focos dorados de la noche.
Los carteles parpadean, iluminados, sobre las vías. Del otro lado de los trenes, recortadas por el vagar de las hojas, crepitan las lámparas de un mundo inaccesible; las luces de otras colmenas, las vidas de otro barrio.
Arriba, ya tiemblan, ingrávidas, algunas estrellas, huérfanas de amor.
Se saborea en los labios un regusto a viernes.
El cielo se viste de lentejuelas. Añil y plata.
Flota en el aire un leve perfume a azahar, un poco a naranja exprimida, un poco a primavera.

Por Irene Reyes Noguerol. 

Plancton

Me agarré fuerte en el baile de después,
pero, sinceramente, creía que eras otra.
La niña que ya no alimentaba a la tortuga.
Sé que no piensas en ello muy a menudo.

La infancia había sido un atraco de carnaval,
de salas de fiesta en ruinas, de disfraces baratos,
leyendo Las inclemencias de Mallory una y otra vez.
Tragando más agua de la que puedes contar con los dedos.

Como llevarte en un furgón blindado la noche crema,
los collares de perlas falsas y el llanto de rigor,
mientras tú y yo hacíamos el tonto por la calle.
Mucho más fácil eso que empeñarse en decir no,
o gritarnos el uno al otro las consignas,
todo para no oír esa maldita música.

Desprecio por ello los cruceros fluviales,
los termómetros de mercurio en llamas,
el abrazo falso del tétanos, un punto más grosero.
Por eso le caigo bien a ese nuevo plancton.
El que me presentaste, el bailarín. El muy bailarín.

Por Davor Bohórquez. 

Condensación

En el centro de las ciudades,
abarrotadas de silencio,
resisten algunas casas abandonadas.
Estáticas,
llenas de bichos,
desaliñadas,
sobreviven a la erosión del tiempo.
A veces dos están unidas,
pared con pared,
afeando la calle,
según comentan los vecinos.
Las ventanas, siempre empañadas,
impiden ver lo que pasa dentro.
A pesar de lo que digan,
no son lágrimas,
ni dolor,
ni miedo,
es solo
condensación.

Por José Ángel López Jiménez.