Archivo por meses: Diciembre 2016

Mamá y Papá Noel

Oigo su risa… Papá Noel ya ha llegado, ¡está en mi casa! No debo, ya lo sé, pero la tentación es tan grande…, me asomaré, solo un poco.

Me deslizo fuera de la cama, cruzo a gatas el pasillo, despacio mientras sigo oyendo su ho, ho, ho, llego hasta la escalera, alargo el cuello y… ¡Mamá está besando a Papá Noel! Él le ha pasado un brazo por la cintura, con el otro balancea mi juego de construcción, el que le he pedido; entonces Mamá le levanta la barba blanca y le mete un trozo de turrón, del duro; luego, le lame la boca, los dos se ríen; él la acerca aún más con su mano por dentro de la bata, esa bata tan calentita, en la que me gusta tanto dormirme abrazado.

Vuelvo silencioso al pasillo sin dejar de mirarlos: Mamá está besando a Papa Noel. ¡Verás cuando se entere mi papá! Tengo que decírselo ahora, voy a su cuarto, verás como se va a enfadar…, Papá Noel también, y conmigo…., y pasará de largo el año que viene, ya no volverá a mi casa… ¡No, no! ¡Eso no!

Me vuelvo a la cama, contento porque sé que tengo el juego, pero ¿y si Papá se enfada conmigo por no decírselo? ¿Qué debería hacer? A lo mejor es que todas las madres besan a Papá Noel esta noche, es que eso es así, va ahora ahí enfrente y la mamá de Marta Martínez también lo besa…, a lo mejor es así.

Mientras cierro los ojos recuerdo que a Papá también le gusta mucho el turrón, el duro.

Por Reyes García-Doncel.

(Sin título)

Todas las ausencias de la Navidad
atraviesan mi pulso:
siempre falta alguien

y hoy falta tu beso.

Enero llega irremediablemente
tras once uvas de ceniza
y gotas de turrón amargo.

Aún busco la promesa del cisne en tu cuello.
¿Cuándo desapareció la luz azul de nuestras manos
(mar que crecía hacia dentro en su movimiento alado)?

El color ha dejado de ser fugaz
para ser nieve de oruga en mis labios.
No estás
y el invierno se aleja, en su precipicio
de avestruces, hacia la luna
donde habitan los lugares de otros.
¿Estará allí tu lengua, coronando
estrellas cercanas y cráteres de mundo nuevo?
¿Dónde perdura tu aroma, si no está en mi aliento?
¿En qué plano del espacio tu imagen destruye todos mis recuerdos?

He oído llegar al futuro
desde mi burbuja de sol sin tiempo,
esperando, como siempre,
a que abras la puerta y vuelvas a decirme:
«Feliz año, amor mío… ¡Cuánto te quiero!»

Por Laura Villanueva. 

De lo que está duro, y vivo

Pum, clac, clac… Pum, clac… Pum… Pum…

Reconocía ese sonido. Con él se despertaban, no solo mis cinco sentidos tras una plácida noche de invierno, sino esos otros sentidos que tienes cuando acabas de cumplir noventa años. Sentidos extraordinarios que, si tienes la suerte de no haber perdido aún tus recuerdos, te permiten experimentar olores, colores y sonidos de otros tiempos. Cuando eres mayor y has vivido ciertas cosas vuelves en parte a ser ese niño que se cree imparable, aunque nadie a su alrededor parezca darle importancia. Así ocurre con los “abuelos”. Cuando sentimos de repente el calor de un recuerdo, revivimos. Cerramos los ojos a nuestra realidad, y los abrimos hacia ese atesorado momento.

Pum, clac, clac… Pum, clac… Pum… Pum…

Estoy en la cama, envuelta entre sábanas perfectamente colocadas para que ninguna brisa de aire frío alcance mi espalda. Y me despierta el sonido de papá, que está fuera cortando maderas para avivar el fuego de la chimenea, consumido tras una gélida nevada. Ese sonido del hacha cortando los pequeños troncos me fascina. No entiendo cómo un material tan duro para mis manos puede quebrarse en cuestión de segundos con ayuda del hacha. “Cuidado con la madera, no la subestimes, que está viva”, me dice siempre papá cuando me ve pegando patadas a los árboles o arrancando ramas débiles. Para mí, todo lo vivo es frágil, pero la madera parece tan imposible de romper…

Me puse el abrigo y la bufanda encima del pijama y salí corriendo a conversar con papá mientras cortaba la madera:

-Papá, ¿siempre que algo sea demasiado resistente y yo lo necesite debo romperlo?

-¿A qué te refieres, Madeleine?

-Por ejemplo, ayer partiste en trozos pequeños el turrón ese que tanto me cuesta masticar. Lo mismo ocurre cuando se trata de un filete. Suelo cortar trozos grandes y me dices que los corte más pequeños para masticar mejor. ¿Siempre es así?

-Supongo que sí. Debemos darle a las cosas la forma adecuada para que nos sean útiles.

-¿Incluso cuando están vivas? La madera y la carne son cosas vivas… me lo dijiste tú. Si es así, cuando alguien tiene la cabeza dura como el turrón, ¿hay que partírsela en trozos?

-Pero, nena, ¿¿qué dices?? ¿De verdad que no sabes la respuesta a esa pregunta?

-En realidad, no… estoy confusa, porque incluso el turrón duro está hecho de cosas animales y vegetales, que lo he leído. Entonces, ¡está vivo! Y lo cortamos y cortamos hasta poder comerlo fácilmente. ¿Por qué con las personas no pasa lo mismo? ¡Quizás sea el secreto para cambiar a la gente mala, y no quieres admitirlo!

-Madeleine, es un poco más complicado. A las personas no se les puede obligar a cambiar a nuestro gusto. Cada uno tenemos nuestras propias convicciones, y no debemos corregirlas. En esos casos, solo podemos dialogar, convencer con argumentos… pero nunca podemos manipular los pensamientos del otro. Eso es sagrado.

-Entonces, las cosas que están vivas no siempre cambian y evolucionan como nos han dicho en clase, ¿no?

-Las cosas vivas sí cambian y evolucionan con el tiempo. El problema, Madeleine, es que hay personas que, aunque parecen estar vivas, en el fondo están un poco… muertas. Por eso no evolucionan. Ya lo comprenderás. Pero mientras tanto, prométeme que nunca le abrirás a nadie la cabeza por pensar distinto a ti, por favor.

-Te lo prometo, papá. Es que el otro día en clase les dije a los compañeros que me venía contigo y papá a la montaña. Y me dijeron que vosotros no sois papás, porque sois dos hombres. Decían que sus familias eran de verdad, porque había papá y mamá. ¿Es eso cierto?

-Hija mía, si te dijeron eso, te aseguro que nuestro turrón duro está más vivo que esas familias. Ni siquiera mi hacha podría romper esas ideas en pedazos.

-¿Y quién lo hará?

-El tiempo… y todo aquello que quede vivo.

Pum, clac, clac… Pum, clac… Pum… Pum…

Recuerdo bien a mis padres. Nunca se negaron a responder a mis preguntas con franqueza, aunque alguna vez eso les obligara a secarse las lágrimas. Cuando era pequeña me enseñaron que el mundo estaba lleno de matices y, a medida que crecí, tuvieron que enseñarme a controlar mi rabia, ya que amarse les costó caro. Descubrieron entre sus seres queridos muchos corazones aletargados y mentes congeladas, incapaces de aceptar y acoger la idea de quiénes eran ellos en realidad.

Hoy es mi nieto el que corta fuera algo de leña, y no me asusta lo más mínimo a quien ame. Me siento orgullosa de cómo ama, porque ama libremente.

Por Mawi Justo.

(sin título)

Marta, la rubia, no sabría explicar cómo la situación llegó a aquel extremo. No solía pasarle a menudo eso de perder los estribos de tal manera que no fuese consciente de sí misma, de lo que estaba haciendo, del mundo a su alrededor, hasta que, minutos después, recuperada la calma, pasada la furia irrefrenable, insospechada en aquel cuerpo pequeño, casi diminuto, todo volvía a la normalidad, y ella se encontraba a sí misma con un vacío en su mente de un par de minutos.

Los que la conocían de siempre habían aprendido, a base de la experiencia, a no hacerla enfadar, conscientes de que el mismísimo Bruce Banner huiría con el rabo entre las piernas si enfadaba a Marta, la rubia, y esta entraba en cólera. Pero, claro, no todos la conocían de siempre. Como Thomas. El pobre Thomas, ¿quién le mandaría ser tan estúpido?

«Santa Claus no existe», le dijo a mediados de diciembre, antes de salir juntos camino del centro a ver las luces navideñas que adornaban las calles, pasear entre la muchedumbre y comerse un paquete de castañas. «¡¡Eso es mentira!!», le había dicho ella. Y salió corriendo hasta la cocina. «¿Cómo puede una chica de tu edad ser tan tonta y creer en semejantes memeces de críos?» A ella se le iban a salir los ojos de las órbitas. No podía creer lo que le estaba diciendo. Él, en quien confiaba, a pesar de no hacer demasiado tiempo que lo conocía, precisamente él. Y se ofuscó, su visión se nubló, y la conciencia se desconectó de su cuerpo.

Él vio volar varios objetos hacia su cabeza, que giraba, a un lado y otro, arriba y abajo, tratando de esquivarlos, mientras se reía y ella gritaba insultos que iban aumentando en su intensidad. Hasta que pudo levantar la cabeza y ver como ella corría hacia donde estaba con una tableta de turrón del duro en la mano en alto, los dientes apretados y los ojos enviando rayos.

Cuando minutos después ella recuperó la visión de sí misma, encontró al chico en el suelo. Marta, la rubia, la chica que aunque superaba el cuarto de siglo seguía creyendo en hadas, gnomos, el ratoncito Pérez y ese ser obeso que vivía en el Polo Norte y traía regalos la noche antes de Navidad, empezó a preocuparse. Santa Claus lo veía todo, y aquello podía hacer que su número de regalos se viese seriamente mermado.

Preocupada, sin saber cómo había podido llegar a aquello, temerosa de que avisar a alguien pudiese jugar en su contra, buscando una solución, empezó a masticar la tableta de turrón inconscientemente. La mezcla de la sangre del chico con la miel y la almendra de la tableta le daba a esta un sabor realmente exquisito.

Por Juan Antonio Hidalgo.