Archivo por meses: Noviembre 2016

sin dientes

…Y tan duro estaba que me quedé sin dientes
después del último bocado dado ya sin fuerzas
sin ganas
sin hambre
sin pensar
sin querer
sin capacidad para decir que no
sin dientes

… Y tan duro estaba que me quedé a oscuras y sin dientes
después del último bocado dado ya sin fuerzas
sin dientes
sin capacidad para decir que no
sin querer
sin pensar
sin hambre
sin ganas
y a punto de vomitarlo todo

… Y tan duro estaba que me quedé muda a oscuras y sin dientes
después del último bocado dado ya sin fuerzas
pero ¿era de verdad el último bocado?
¿cuántas veces había dado el último bocado?
ese que, de tan duro, me dejó sin dientes
ese que significaba el final
… O eso creía yo.

– un año después, de nuevo, volvía a estar delante del festín de la tortura –

… Y tan duro estaba que me quedé muda a oscuras y sin dientes
después del último bocado dado ya sin fuerzas
sin ganas
sin hambre
sin pensar
sin querer
sin capacidad para decir que no
sin dientes

y a punto de vomitarlo todo

Por Rosa Montero Glz.

Un momento duro

Su cabeza echaba humo. Mientras caminaba, con la respiración entrecortada, en su mente reproducía una y otra vez la bronca que le iba a echar en cuanto lo viera. Dios, no podía creer que se lo hiciera de nuevo. Justo ahora. Manda huevos, se repetía, en el fondo ni siquiera le sorprendía. Todos los marrones para ella, algún día iba a explotar.

Tuvo que preguntar por el encargado al llegar a la tienda. La estaban esperando, «lo pillamos escondiéndoselo debajo del jersey. Íbamos a llamar a la policía, pero insistía en que la llamáramos», le dijo el guardia de seguridad bastante cabreado. «Se puso a llorar de una forma, pataleando en el suelo… no sabíamos qué hacer». Eso hizo, desde luego no es tonto. «La segunda puerta a la derecha, allí está. Puede usted pasar».

Abrió la puerta con la misma brusquedad con la que le hubiera reventado la cara en ese momento. Se contuvo. Con la mano aún en el picaporte, inmóvil, le echó una mirada de esas que te hacen temblar.

Él estaba sentado en una silla de espaldas a la puerta, se giró al escucharla llegar. La miró un segundo, y apartó enseguida la vista agachando la cabeza, consciente de que le esperaba un buen rapapolvo, esta vez con razón.

«¿En serio?», le dijo ella en tono muy amenazante mientras cerraba la puerta. «¿Una tableta de turrón?». «Turrón del duro», la corrigió él, arrepintiéndose de haber hablado tan pronto como escuchaba su propia voz. La cara de ella lo decía todo, no se le iba a pasar tan fácilmente.

«Turrón del duro», dijo irónicamente como si ya estuviera todo claro. «¿Cuánto Pablo? ¿Tres euros? ¿Cuatro?». «Cinco con sesenta y siete. ¡Me parece una pasada!», dijo él indignado. «¿Una pasada?», le gritó ella cortante. «¿Una pasada? ¡Me cago en Dios, Pablo, una pasada es que te llamen al trabajo porque han pillado a tu marido robando una puta tableta turrón!».

Respiraron hondo, los dos se miraron. Hubo un silencio, uno de esos que no paran de hablar.

«¿Por qué, Pablo? ¿Por qué me haces esto?», le preguntó con una voz en la que resonaba todo el dolor acumulado. «¿Cómo qué por qué ahora, Marta? Por lo mismo de siempre. Porque nos han engañado, porque a ti a mi nos dijeron que íbamos a vivir de puta madre, que íbamos a tener un trabajo importante y un pedazo de casa . Y después de nueve años estudiando, apenas llegamos a fin de mes. Tenemos derecho moralmente a pedirle a la sociedad lo que nos había prometido. Sabes que no le robaría nunca al tendero de abajo, pero a estas grandes multinacionales, me siento con todo el derecho del mundo a coger lo que es nuestro porque son ellos los que nos roban cada día, y lo sabes. Lo sabes y además estás de acuerdo conmigo. Así que no entiendo a qué viene este numerito ahora». «¡Pablo, una cosa es que esté cabreada con el mundo viendo el telediario y otra es que vayas a robar a un supermercado! ¿De qué sirve eso? ¿ Qué vas a solucionar así?». «Lo hago por coherencia. Necesito hacer algo, de qué sirve sentarnos a quejarnos. Sabes que no robaría arroz ni garbanzos, me daría vergüenza. Nuestro sueldo nos da para lo básico, pero no para una vida de lujo, por eso cojo artículos de lujo. Además el turrón del duro te gusta a ti».

Ella lo miró de repente, a punto de morderle por ese comentario, pero su mirada de ira se deshizo en trocitos y una sonrisa escondida se empezó a dejar ver por una esquina. Ambos aguantaron la mirada un segundo, y se les escapó una risa. «¿Crees que si le suelto este rollo al seguridad nos dejara irnos?», le dijo él entre risas. «Como aquella vez que pillaron a mi prima en Dinamarca». «Pablo, tu prima tenía dieciocho años, y robó un paquete de macarrones». «Ya, pero cuando le explicó a la policía la mierda que le daban al mes por la Erasmus, le pagaron los macarrones, una lata de tomate, y le dijeron que no robara demasiado a menudo, solo lo justo». «No estamos en Dinamarca, ni tú estás tan buena como tu prima», le dijo disfrutando de tener razón. Estaba contenta.

«Mira, no se han dado cuenta, también he cogido unas peladillas, sé que te encantan. ¿Quieres?», le dijo mientras se sacaba un paquete de la bragueta.

Ella no sabía si gritarle o lanzarse a darle un beso. Las peladillas eran su debilidad.

Por Elena Escudier. 

El elegido

A cada paso que daba me costaba más seguir la marcha. Los pies se me hundían en el lodazal; me pesaban las botas, los pantalones y la enorme carga que acarreaba a la espalda. Llevaba semanas caminando en aquella ciénaga de aguas estancadas, arenas movedizas y fango. A lo lejos, suntuosos edificios en ruinas parecían resistirse al paso del tiempo, recuerdos de un pasado glorioso del que los habitantes del presente no guardan memoria. Mis únicos compañeros de viaje eran las misteriosas aves que gruñían a lo lejos y que se alimentaban de peces, lagartijas e insectos y de cadáveres de los que se aventuraban a pasear por aquellos lares y no concluían felizmente su viaje. Reconozco que yo mismo pude ser uno de ellos. Sin embargo, hacía tres jornadas que, por fin, había encontrado indicios de que me hallaba en el camino correcto.

Distinguí luces a lo lejos. Aminoré la marcha, cuidándome de no hacer ruido. Por suerte, el sendero, si podía llamar así a ese suelo que se derretía varios centímetros cuando daba un paso, discurría en una vieja arboleda que, aún muerta y ennegrecida por los efluvios de la ciénaga, conseguía proporcionar cobijo y discreción a mi llegada. Las luces se iban definiendo mientras me aproximaba. Cuando lo tuve a la vista pude comprobar lo que decían las leyendas. Aquel sitio parecía ser lo que había sido durante siglos: un templo de piedra oscura, techos abombados, contrafuertes en forma de arcos puntiagudos y vidrieras finamente decoradas. Gran parte de la estructura estaba derruida, aunque la pared que miraba a mi sendero se encontraba en mejores condiciones.

Oí un ruido. Algo se acercaba. Me escondí detrás de una roca. Por una rendija vi un gigante de más de tres metros caminando encorvado y apoyándose en sus enormes brazos. Sus músculos eran tan grandes que parecían montañas. Llevaba un mazo de cristal de piedra, un instrumento robusto y contundente que suelen usar los habitantes de las cuevas de las Colinas Heladas. Pasó por delante sin reparar en mi presencia. Dobló en una esquina y penetró en la iglesia. Desde mi posición no pude ver qué ocurría, pero del interior escuché lo que sin duda eran gritos de júbilo que acogían al recién llegado. Los asistentes a la ceremonia estaban extasiados. En un determinado momento, el templo entero se calló al unísono. Por un instante pensé que había sido presa de un encantamiento. Sin embargo, un susurro gutural cobró vida, como si cientos de gargantas contuvieran a duras penas la expectación. El murmullo fue en aumento. De repente se escuchó un grito que ascendió sobre las demás voces, un aullido áspero y agudo que me heló la sangre. En seguida, «¡POOM!», un impacto retumbó en la ciénaga e hizo que se callaran los grillos y que algunos peces mutantes emprendieran el vuelo. Las voces en el interior sonaron, primero a decepción, y después a burla. El gigante había había fracasado en su intento.

Era mi momento. Debía levantarme y enfrentarme a la prueba. Llevaba meses listo y decidido a probar suerte, pero, aun así, no pude moverme. Tenía miedo, y el espectral poder de aquel sitio no ayudaba; los efluvios nauseabundos que subían de la ciénaga parecían fantasmas; si los mirabas con detenimiento, llegabas a pensar que tenían rostros, ojos, bocas, narices y dientes y las muecas propias de los moribundos. Tuve que hacer un esfuerzo titánico por levantarme y encaminarme a la entrada. Mientras lo hacía, pensé en las leyendas que circulaban de aquel sitio. Si era cierto lo que decían, hubo un día en el que estas tierras fueron testigo de una legendaria batalla repleta de magias arcanas y explosiones brillantes en la noche. De hecho, en mi camino hacia aquel templo tuve que cruzarme con huesos y despojos repugnantes de soldados muertos que aparecían de vez en cuando junto a sus espadas, lanzas, yelmos y armaduras, cuyas inscripciones y emblemas dejaron de tener significado hace siglos. Quienes libraron aquella carnicería lo hicieron para ser olvidados.

Llegué a la puerta. Mi corazón iba a estallar de pánico. Recordé las palabras de mi maestro, pronunciadas años atrás, durante mi entrenamiento: «Solo uno será el elegido y, pequeño, puede que seas tú. No eres fuerte, eso lo sabes. Tampoco eres muy inteligente. Tus músculos y tu cerebro no dan para mucho. Lo único que tienes es esto. Las inscripciones que revelan las excavaciones indican que su nombre fue Coca-Cola. Es una poción que realizaban los hombres en los tiempos en los que dominaban la Tierra. No sabemos para qué la usaban, pero nuestros estudios indican que disuelve el óxido más incrustado en una barra de acero. Te la entrego. Úsala con inteligencia. Bueno, no, de eso no tienes. En fin, que tengas suerte».

Respiré hondo. Abrí la puerta. El hedor de allí dentro era pestilente, peor si cabe que el de la ciénaga. Aquellos seres eran inmundos, y probablemente hacía días que no se movían de sus sitios ni siquiera para ir al retrete. Cientos de ojos se volvieron a donde me encontraba. Me armé de valor. Caminé de frente. Sentía las miradas de aquellas criaturas clavadas en mi rostro. Mutantes de todos los tipos que pueda imaginarse; seres de dos brazos, de cuatro, de seis, de ocho; entes de dos y tres cabezas; gigantes altos como edificios y enanos que a duras penas llegaban a mis rodillas; ojos compuestos, manos de decenas de dedos, pies palmípedos, garras afiladas, penes titánicos y un sinfín de atributos monstruosos productos de la radiación de las guerras de antaño. Llegué al altar. Subí los escalones de espaldas al público. Temblé de pánico mientras me giraba. Aquel auditorio me escrutaba en silencio. Ante mí, en el altar de piedra marmórea, se encontraba el Objeto; el mismo que tantos habían intentado destruir durante siglos sin lograrlo. Durante cuatrocientos años había estado colocado exactamente en ese mismo lugar. El envoltorio que lo rodeaba había sido tema de especulación y debates desde su descubrimiento. Lo único que se tenía a ciencia cierta era que hablaba de una fecha, un 1880 de una cierta era arcaica, de una cualidad, «duro», y una extraña inscripción, «tur – rón».

Recitando las palabras mágicas, descargué los diez recipientes de esa extraña pócima sobre el Objeto. Un líquido burbujeante y obscuro resbaló por los laterales del atril y se esparció por el suelo. Algunos de aquellos mutantes recularon para no pisarlo. Pude ver en sus caras una mueca de terror ante el olor dulzón que acompañaba al borboteo. Esperé. No sé cuánto fue, pero, al menos para mí, fue una eternidad. Poco a poco, y ante mi asombro, fui percibiendo que aquel líquido estaba carcomiendo esa tableta blanca con pedrería marrón en su interior. Excitado, saqué el mazo que adquirí a unos mercaderes. No era especialmente poderoso, pero mi maestro me aseguró que, si seguía las indicaciones, debía bastarme. Lo elevé en el aire, respiré profundo, conté hasta tres y lo descargué sobre aquella cosa con toda la fuerza de que fui capaz. Increíblemente, saltó en mil pedazos, y sus piezas se diseminaron por la estancia.

Durante un instante, pareció que el tiempo se detuvo allí dentro. Los presentes no podían creer lo que veían. Habían pasado cuatro siglos desde que el Oráculo lo había profetizado: «Alguien más pequeño que nosotros, venido de tierras lejanas, será capaz de romper el hechizo y hacer que probemos el Sagrado Manjar que nos legaron los Ancestros».

Me agaché. Cogí un trozo. Me lo metí en la boca y lo saboreé. Sabía a almendras. Nada de particular. «Qué decepción», fue lo que pensé.

Por Ignacio Moreno Flores. 

La lluvia que salpica

Despertó con el inicio de un grito en la garganta, la cara desfigurada de terror, el pecho empapado en sudor. Notaba las pulsaciones en el cerebro, un ruido sordo que le taponaba los oídos; un gran contraste con el silencio y la oscuridad de la noche. Poco a poco, se fue tranquilizando y su respiración volvió a la normalidad. «Te has salvado, has escapado, estás a salvo», se repetía calladamente una y otra vez.

Era la época del turrón. Del turrón del rico. Pero en aquella tierra salvaje, en la otra parte del mundo, el frío no llegaba, como tampoco el turrón. Y él, a diferencia del dulce, no volvería a casa por Navidad. Y aunque estas palabras puedan sonar como un reclamo, nada tienen de lamento, aquella tierra selvática hacía ya tiempo que se había convertido en su hogar, y nada podría cambiarlo.

Saint Laurent du Maroni. Tan solo su nombre y el peso de la maldición que esta ciudad había supuesto para tantos en el pasado, daba escalofríos. Aunque no había sido así para él al principio. La vida lo había enviado allí para demostrarle los mejores amaneceres, para enseñarle que la lluvia verdadera cae con fuerza, salpicando el barro sobre las plantas, para hacerle ver que los pueblos no tienen fronteras sino que son los gobiernos, así como para permitirle probar frutos desconocidos, y sus jugos, y las texturas de sus árboles.

Émilien había aterrizado en la Guayana hacía siete largos años, siete años que para él se hacían más bien cortos. Recordaba el día en que llegó, a las 15:51 de la tarde, en un avión directo desde París. ¿Cómo olvidarlo, en realidad? ¿Cómo olvidar su primera imagen de la selva virgen, vista desde el cielo, desde la ventanilla de aquel Airbus 161? La pura imagen del infinito: madera y verdor en forma de árboles hasta donde alcanza la vista; el límite: el horizonte. La vista de una serpiente de agua color amazonas le da un vuelco al corazón, pues la energía de la naturaleza llega directa hasta su asiento de avión. Aquellos siete años le habían brindado la tranquilidad de una incipiente vejez, aunque la vida en la naturaleza también le había permitido reencontrarse con su lado más joven y fuerte.

Claro que la vida allí tampoco había resultado fácil. Ahora entendía que cuando llegó a Saint Laurent, su mente había filtrado la realidad mostrando una imagen de colores fuertes, en la cual los problemas quedaban a contraluz, tan potente era el sol de aquel punto del globo. La realidad es que había llegado a la Amazonía para escapar de una vida donde el dinero era el bien más preciado. Nada más llegar buscó un terreno donde poder construir su casa, en plena natura, una casa que no era en realidad sino una estructura de madera completamente abierta a la selva, integrada en ella. Cerca, el río, frontera natural entre aquella alejada parte de Francia y Surinam, un país pobre y caótico pero igualmente bello. Claro que al llegar a la Guayana no se dio cuenta de que su huida no había hecho más que comenzar. Se trataba, a decir verdad, de una primera etapa de escape, la de abandonar su trabajo, a su familia y amigos para vivir en plena conexión con la tierra, en un poblado indígena donde le mostraron el arte del saber hacer, de la artesanía, donde le contaron la historia de sus ancestros y lo acogieron como a uno más. La segunda etapa de su huida, aquella de la renuncia absoluta, comenzó con un desagradable incidente.

Estaba en el puesto de la señora Renate, comprando maracuyá, como cada sábado de mercado. Recogía su bolsa de fruta cuando un chico se paró a su lado. Era negro color África y sus ojos tenían la forma de dos almendras inmensas, rodeadas por pestañas infinitas. Hacía ya tiempo que se había acostumbrado a la belleza de las personas de allí, descendientes de antiguos esclavos de todas las partes y tribus africanas. Sin embargo, la mirada de aquel chico le atravesó el pecho y le cortó el aliento.

«Fai go? ¿Todo bien?», le preguntó en la lengua de allí. «Safi Safi», Respondió el chico de ojos avellanas. «Me llamo Émilien. ¿Te importa si camino a tu lado durante el resto de tus compras?»

Así de sencillo fue el encuentro. El beso que selló definitivamente su amistad no tuvo lugar hasta dos años más tarde. Dos años es mucho, pero el tiempo tiene la cualidad de ser flexible y de alargarse y acortarse por capricho. Dos años es mucho tiempo, pero a Émilien se le hicieron cortos tan inmerso estaba en aquella mirada almendrada, en aquellas manos que tocaban el djembe con una fuerza terrenal y controlada, en aquella voz que entonaba los cantos de sus ancestros junto al fuego del pueblo en los días festivos. Pero si dos años se le hicieron cortos, los dos meses que pasó junto a Ñeme le parecían ahora un instante.

La segunda etapa de su huida, aquella de la renuncia absoluta, comenzó con un desagradable incidente.

Émilien había salido a pescar temprano en la mañana. Estaba contento pues sabía que Ñeme iría a comer y que podrían pasar la tarde en la hamaca, leyendo, reposando, acariciándose. Fue una buena pesca, pues en tan solo dos horas consiguió hacerse con dos buenas piezas de acupa. Era una mañana hermosa del mes de septiembre y a pesar de ser la estación seca, aquel día no se presentaba especialmente caluroso. Tal y como se hizo con el segundo ejemplar, recogió el material y tomó la piragua para volver a casa, aunque antes de ello se regaló algunos minutos para nadar en el río. Siempre se arrepentiría de aquella decisión.

Las imágenes de lo que se encontró al llegar a casa lo perseguirían durante el resto de su vida. Las moscas llenaban la hamaca, cuyo color anaranjado quedaría perdido para siempre. El olor. Nunca olvidaría aquel olor. Férreo. Ácido. Intenso. Y se habían encargado de dejarle claro el porqué. Cinco fotografías que mostraban la belleza intacta de los recuerdos de lo que construyeron en aquellos dos meses. De sus cuerpos, desnudos, entrelazados, fundidos sus dos colores. Pero ni siquiera las fotografías podrían quedarse como prueba de una utopía hecha realidad: una enorme cruz roja las tachaba de extremo a extremo. Las lágrimas y la rabia, ciega, habían deteriorado el papel.

La segunda etapa de su huida, aquella de la renuncia absoluta, dio comienzo aquel mismo día. Un escape absoluto del mundo que le rodeaba, una búsqueda por replegarse en su dolor, en la belleza, en el pasado. Toda una vida que giraría en torno a dos meses de felicidad real. Nunca entendió por qué fue a él al que le perdonaron la vida. Nunca lo entendería. Pero fue al salvarlo a él que lo condenaron a vivir, y quién sabe si quizás aquella no había sido su mayor maldición.

St. Laurent, 19 de noviembre.

Por Carmen Arjona. 

Amigo invisible

Elige la Navidad.
Elige dónde y cuándo vas a pasar estas Navidades. Elige unos buenos lugares para la cena de Nochebuena, la comida de Navidad, la cena de Nochevieja, la comida del día de Año Nuevo y la cena y la comida de Reyes. Elige las fechas para quedar con tu familia, tu familia política, tus amigos, los amigos comunes con tu pareja, sus amigos y la gente del gimnasio y del curso de inglés.
Elige los menús. Elige los pica-pica, los entremeses, los primeros platos y los segundos. No te olvides de los postres. Elige entre la variedad de cervezas, vinos blancos y tintos y los licores. Champán y cava. Acuérdate de los mil complementos para los putos gin tonics. Elige un buen protector estomacal.
Elige los regalos: perfumes, cinturones, carteras y bolsos de piel, los cedés de grandes éxitos, el best seller de moda, los juguetes del año y una caja con un pack de experiencias de fin de semana.
Elige todo esto y mantente alejado de los conflictos con la pareja. Elige tu sonrisa más radiante y tu mejor estado de ánimo. Piensa que solo es una vez al año y durante dos semanas. Elige todo esto y no te vayas a volver loco. Y, para cuando te hayas sobrepuesto a esta avalancha, ten presente el gran momento del amigo invisible con tus compañeros de trabajo. Qué emocionante, ¿verdad?

Cuenta uno, cuenta dos, cuenta tres… Inspira. Espira.

Esto viene por la idea de aprovechar la época de Navidad y hacer una pequeña celebración en el trabajo, de cara a distender un ambiente laboral que está un poco tenso últimamente; la teoría es hacer un pica-pica y relajarse, echar unas risas, limar asperezas. Las típicas chorradas con las que el departamento de Recursos Humanos justifica su existencia. Y sus sueldos.
Así que asistimos en cordial manada a tal evento en donde no falta nada típico navideño: desde comida como para reventar hasta el árbol y la música de ambiente. Y los regalos del amigo invisible, que no pueden ser otra cosa que pongos, ya sabes, la cosa más inútil que puedas encontrar, de dudoso gusto, generalmente reciclada de un regalo por compromiso, casi indestructible y con una facilidad tremenda para acumular polvo a manta. Tiene pinta de ser tremendamente divertido.
Nada más asomar la cabeza, sin tener misericordia y sin dejarme coger un vaso de algo bien alcohólico, uno ya me agarra del brazo y me acerca a su grupo de admiradores; cuenta a todos lo gran menda que soy, solo para esperar que más tarde yo haga lo propio, que cuente a todos lo gran tipo que es.
Y es que todas estas farsas resultan más auténticas cuando son otros los que las cuentan.

Ah, la Navidad. La época del año en que mejor brillan la alegría y la felicidad; la época en que más proclives debemos ser a perdonar. Y en la que puedes ganar un Oscar a la mejor interpretación.

Aquí la gente no hace más que sonreírse encantada enseñando sus dientes de tiburón; no hace más que desearse lo mejor y darse abrazos y toques cariñosos en la espalda. Y la verdad es que todo es tan auténtico como un libro escrito por Ana Rosa Quintana. Todo tan estupendo como ganar un premio, aunque veo claramente como en realidad se desean mutuamente, por lo bajini, enfermedades terminales, ser víctimas de accidentes fatales y convertirse en escombros humanos.
Lo que realmente piensan es en arrancarse la piel a tiras, en escupir veneno y esparcir mierdas varias sobre todos y cada uno.
Tal vez no es el mejor momento ni lugar para cantar lo de «Noche de paz, noche de amor».

Y cuento uno, cuento dos, cuento tres… Inspiro. Espiro.

Desde hace unos años cualquier tipo de evento o celebración que se precie, además de ganchitos, triángulos de paté y Nocilla, ha de contar con los míticos Ferrero Rocher. Isabel Preysler popularizó junto a su mayordomo Ambrosio estos bombones de gama baja, los más glamurosos del supermercado. Desde entonces no pueden faltar en todo evento que requiera de un cierto toque de brillo. Ya sabes, la elegancia, el charme y demás. Esta de hoy es una ocasión perfecta para llevar tantos Ferrero como para empachar a los presentes durante tres días. Ferrero para todos gracias a mí, la Navidad y al espíritu del amigo invisible.

Viendo el ambiente no encuentro para nada extraño que, estadísticamente hablando, uno tenga más números de morir a manos de un familiar o amigo cercano, que de cualquier otra persona. ¿Un ejemplo? Ahora mismo una chica es el centro de atención; pues bien: no hay nadie que no la esté contemplando fijamente a la vez que cruza los dedos a escondidas o reza en silencio una oración, para que se trague algo sin masticar, se atragante y acabe retorciéndose y asfixiándose en el suelo del comedor.
Si me detengo un instante a cerrar los ojos y a prestar atención a lo que llega a mis oídos, escucho un insidioso comentario que dice: «Va más pintada que una puerta vieja…». Otro que dice: «Tiene enchufe por ser algo de algún partido». Y otro más: «Con esa postura Escuela de sirenas -barriga dentro, pecho fuera, cabeza alta-, parece una muñeca hinchable».
«Los cumplidos más astutos» -escribió una vez el dramaturgo William Inge- «parecen halagar más a la persona que los otorga que a la persona que los recibe». ¿Funcionará igual con los insultos, los comentarios despectivos y los cotilleos críticos?

Ese cotorreo compulsivo es una verdadera patología. Todos esos gruñidos, ladridos y graznidos.

Puede que nadie quiera sostener en alto la ramita de marras y sonreír mientras grita: «Muérdago, beeesooo…».
Una chica, borracha a más no poder, me pregunta: «¿La diferencia entre un condón y la oficina de nuestro jefe?» Le digo que me rindo y dice: «Pues que en el condón solo cabe un capullo». A mi lado derecho alguien susurra: «Esa tía, cada vez que no entiende nada de lo que hablas, cada vez que no tiene ni idea de qué decir, se ríe como para dentro, te toca el hombro y dice: Ay, corazón. Se pasa el día entero diciendo a todos Ay, corazón».

Todos esos rezongos, balidos y chillidos…

Y cuento cuatro, cuento cinco, cuento seis… Inspiro. Espiro.

En la década de 1980, el gobierno de los EE.UU. estaba decidido a desestabilizar y derrocar a todo gobierno de izquierdas en Sudamérica. Como parte de esta campaña, la CIA elaboró un pequeño libro ilustrado en español y en inglés, el Manual de campo de sabotaje básico, pensado para instruir a los individuos en este tipo de actos. De entre sus muchos trucos y consejos uno dice: «Mojar una esponja; envolverla con un cordel de manera bien fuerte y dejarla secar; quitar la cuerda; introducir la esponja en el desagüe del inodoro para así atascarlo al hincharse la esponja».

Veo a esta gente haciéndose los grandes colegas, aunque el único vínculo que los une es el poner a parir a cualquier otro. Esta gente es capaz de ir al baño a masturbarse y, en lugar de porno, llevarse la lista de la gente a la que se despide o se le niega un ascenso.
Me cuesta reprimir las lágrimas: las personas desconocidas, esas que no me importan nada y a las que no importo en absoluto, y que muestran tal honradez, hacen que me eche a temblar como un flan, de pura empatía y emoción.
Nadie comete el error de mirarme a los ojos.
Por mi lado izquierdo alguien dice sobre alguien que no está presente: «Ahora de qué está enferma esta tía, ¿lepra?». Otro añade «De cualquier cosa que le garantice otro par de meses de baja, supongo». Y otro: «Aunque, bueno, para cuando viene no hace más que esconderse en el patio para fumar y charlar».
Luego alguien cuenta sobre otro: «A este tío lo contrataron y lo tratan de manera especial porque su padre es un diputado o algo así». Alguien pregunta: «¿Ese al que llaman Houdini, el gordo con tetas de perra que solo come palomitas?» Y una chica me dice: «Lo llaman así ya que siempre esta escapándose, siempre escaqueándose para no dar golpe».
Y alguien aprovecha para susurrarme al oído: «Esta tía es una mentirosa», dice. «Una farsante», añade. «Esta tía es una falsa». Y yo pienso: «Tú también lo eres. Y yo. En realidad, todos. Cada vez que alguien dice que está encantado o que se alegra por algo, todo es un farsa».

Rebuzno, aullido, relincho…

Y cuento siete, cuento ocho, cuento nueve…

Tal y como señala el prospecto: «El Evacuol pertenece al grupo de medicamentos llamados laxantes. Su acción laxante se produce por estímulo directo del intestino grueso, que produce el vaciamiento de la masa fecal». Palabrería bonita y redacción refinada para decir que te vas a ir patas abajo a velocidad de vértigo, ya que alguien -yo mismo- ha pasado varias noches con una jeringuilla hipodérmica rellenando bombones con este medicamento.

Manual de campo de sabotaje básico + Ferrero Rocher + Evacuol = La nouvelle cuisine de la anarquía. Y ya tengo mi carta de dimisión para todos ellos: una bomba de relojería en el estómago de cada queridísimo compañero. Y los lavabos inservibles.

Mi amigo invisible.

Bon appétit.

Podría justificarme de muchas formas. «No es una gran cosa»; «Solo una pequeña traición»; «Solo hago lo mismo que hacen los demás, aunque más evidente». ¿Porqué hago esto? Puedo ofrecer un millón de respuestas, todas ellas falsas. La verdad es que soy una mala persona. O no soy hipócrita.
Como acto final no creo que contribuya a inspirar los corazones de mis compañeros. Tampoco es un mensaje ni espiritual, ni gratificante. Animoso tampoco. Pero es que lo único que les provoca alegría son todos estos chismorreos; ya lo dije antes: les pone esparcir mierdas varias sobre todos y cada uno.. Así que… Mierda a carretadas.
Pero eso va a cambiar. Yo voy a cambiar. Esta es la última vez que hago algo así. Voy recto y eligiendo la vida. Lo estoy haciendo ya.

Y es que es Navidad, oh, Navidad. La época del año en que mejor brillan la alegría y la felicidad.

Por Roger Mesegué.