Archivo por meses: Octubre 2016

Mirilla

Estoy echado en el sofá, desmadejado más bien, como se tira uno los viernes por la tarde, tras el agotamiento de los días y la falta de oxígeno de las noches. Intento apagar el sonido de las cintas transportadoras que llevo tatuado en el hipocampo. Esta semana hemos lanzado una treintena de contenedores al espacio. Tsss. El silencio se decora de pronto con pequeñas pisadas, abro los ojos y veo cómo se asoma por el pasillo. Con la caja en la mano. Es mi hijo. Tiene siete años recién cumplidos.

-Papá, ¿qué es un compañero de pupitre?

Después de la ruptura, tras la invasión, todos los recuerdos fueron extraídos. A cada ciudadano se le permitió conservar tres únicas pastillas (o recuerdos) de la vida anterior. Una de mis elecciones fuiste tú. Miro a Enzo con extrañeza. Cómo han cambiado las cosas.

En la misma habitación, nos separan mucho más que treinta y cinco años. Pertenecemos a distintas especies, fuimos concebidos de diferente manera, no respondemos igual a los virus, caídas, alegrías ni sobresaltos. Hablamos el mismo idioma, eso sí, pero somos tan distintos que no nos reconocemos. Y es mi hijo…

Tomo la caja en la mano. En el lateral, una etiqueta con letras asépticas reza: “Compañero de pupitre. Recuerdo 2_01. Individuo CCM.” La infancia duele como una cuchilla en la garganta, pienso. Observo por la mirilla. La mirilla de tu vida. La mirilla de la caja. ¿Qué fue de ti, qué fue de nosotros?

-Papá, ¿qué es un compañero de pupitre?

Tendré que explicarle que te conocí en el parvulario, que era un sitio donde las mamás que trabajaban fuera de casa aparcaban a sus pequeños hasta el fin de la jornada.
Que nada más verte, y pagando contigo el enfado por estar allí, te lancé una silla pequeña como un corazón y te abrí una herida en la ceja. (Esa cicatriz marcó nuestra relación, nunca pudiste olvidarme. El espejo se encargaba de ello).
Que en el segundo trimestre ya era imposible decir tu nombre sin decir a continuación el mío y que a final de curso, el verano rompió nuestro hermoso equilibrio. Tú a La Manga, yo a Cádiz y ni un castillo de arena juntos.
Que cuando volviste en septiembre me dijiste que si me echabas de menos te acariciabas la ceja y yo te pedí que me tiraras una silla, fallaste y me rompiste el húmero. Nos separaron de clase. Que dejé de comer hasta que de nuevo compartimos pizarra y que nuestro mundo cada vez se hacía más fuerte.
Lo primero que aprendí a escribir fue tu nombre y tú el mío y debajo siempre poníamos “hermanos”.
Que en tercero nos dimos cuenta de que éramos indestructibles juntos y formamos el equipo más sólido de jugadores de canicas que el Miguel Hernández ha conocido. Que fuimos robles hasta sexto, que el cole se volvió mixto y conocimos el fuego en las trenzas de Rebecca. Que aquello casi nos cuesta el otro húmero y la otra ceja. Y que revolcados en el suelo, mientras intentábamos arrancarnos de la piel su olor, nos miramos a los ojos y reímos largo rato.
Que le presentamos a Rebecca al bueno del Beto y que de allí, siguiendo nuestras apuestas, salieron un matrimonio, tres niñas naranjas y un divorcio.
Que fuiste a la única persona que conté que mis padres se separaban y lloraste como yo, en silencio y por dentro. Como lloran los hermanos.
Que desde entonces las Navidades no las pasaba en casa del abuelo ni de la abuela, que las pasaba en la tuya donde no me faltaba el amor.
Que en octavo, y viendo que tú repetías, entregué los exámenes en blanco.
Que llegamos y salimos juntos del instituto.
Que sentí un miedo atroz cuando te operaron de apendicitis a los 17.
Que al poco de salir del hospital comenzaron las primeras invasiones y que nuestro mundo murió. Que dejó de haber noche y día, que las restricciones cada vez fueron más. Que nuestro sueño de ir juntos a la Universidad saltó en mil pedazos y que tu cordura lo hizo también. Que te aferraste a lo vivido y yo no supe tirar de ti.
Que te hiciste cada vez más pequeño a mi lado, menguando. Y yo…yo…la viva imagen de la teoría de las especies acelerada.
Que cuando desaparecieron los supermercados conocí a Margie organizando una cola de abastecimiento. Que no me importó que fuera hija de invasores. Y que fue la única que consiguió que se nublara lo que tú y yo fuimos. Fuimos…y no éramos.
Que por primera vez después del gran apagón y en uno de los períodos de gracia (cuando nos dejaban andar por las “calles”) fui a verte y me abrió la puerta un extraño. Que dejé de reconocerte.
Que mientras Margie y yo nos sometíamos a estudios genéticos para ver compatibilidades y exportar a Enzo, recibí una comunicación tuya. Que te entendí y quise estar contigo. Querías acogerte a una finalización completa de tus servicios en este mundo y la solicitud fue aprobada. Por ser un miembro poco eficiente, nada efectivo y pieza trivial en nuestra planificación, rezaba en la respuesta. Que junto a la misma había un microprocesador del tamaño de un grano de arroz, que debías adherirte al lóbulo de la oreja izquierda hasta la desconexión completa. Que lo hice yo.
No sin antes recordar, cejas, húmeros, canicas, Rebeccas…que te dormiste en mis brazos y que desde entonces, hace ya ocho largos años, nada es igual.
Que me gustaría tanto abrazarte como ver a mi hijo cumplir todos sus sueños. Contarte que llevabas razón. Que esto no hizo más que empeorar.
Que Margie se marchó a otra misión. Que vivo solo con Enzo. Que si él no estuviera ya me habría desconectado.
Que voy a la mitad de rendimiento porque uno de mis motores se apagó contigo.
Que no dudé ni un instante en guardar tus recuerdos y que en los largos períodos de carencia los reviso una y otra vez.

Tendré que darme la vuelta como un calcetín y dejar todas las marras de mi piel al descubierto.
Y decirle que se lo perderá. Que en este mundo en el que vivimos no existen los compañeros de pupitre, como los monstruos no existían debajo de nuestras camas, según tu madre.

Que como tú y yo no habrá nadie jamás.

Por Gema MO. 

¿Qué otra cosa podía hacer, don Luis?

Javier era el chico más guapo del instituto. Lo tenía todo: altura, porte, una sonrisa que te derretía, desparpajo, mirada de póster publicitario y una inteligencia creadora de sueños. Además la dulzura aparecía allí donde anduviera él. Todas estábamos locas por sus huesos. Sin embargo, Javier me eligió. Si multiplicamos el número de chicas por curso y letra, más las que estaban, en tropel, por otros lados, esperando un beso suyo, podrían ser cincuenta o sesenta adolescentes soñando cada noche con el tacto de aquella barbilla cuadrada y aquel olor a sal y algas que perfumaba su pelo. Pero solo yo, nada más que yo, tenía acceso a ese paraíso, al edén de sus labios carnosos y a las caricias encendidas las tardes de invierno en la biblioteca.

Todo eso un buen día cambió. A mediados de diciembre llegó ella. Macarena. Era morena, de pelo largo y brillante, segura de sí misma, conocedora de temas trascendentales, ojos pequeños pero vivos, manos de artista. Un bombón. El profesor de música, sin comerlo ni beberlo, la puso a mi lado en clase. ¡Cómo odié a ese hombre a partir de entonces!

Ella tenía un poder, el poder de eclipsar a quien estuviera a su vera. Lo hizo conmigo. De la noche a la mañana, me volví invisible, inexistente, una nada humana. sin criterio ni belleza. A los dieciséis años que te pase eso es lo peor de lo peor. Para colmo, a Macarena se le antojó Javier. Y digo se le antojó porque ella se movía por impulsos y esos resortes eran la envidia y una clase de malicia que maquillaba tan bien como sus ojos.

-No sé cómo llegué a ese extremo, de verdad, don Luis.

-Hombre, señorita Gómez, es un despropósito. No esperaba eso de usted. Tan tranquila y pacífica. ¿Cómo se le pudo ocurrir semejante salvajada?

-Ya habían pasado dos meses desde la llegada de Macarena. Ella se acercaba más y más a Javier y él se alejaba más y más de mí. Cada día, en clase, veía cómo ponía en los cuadernos, en los libros, en la mesa,… el nombre de mi chico. No podía permitirlo. Me moría de celos.

Don Luis me miraba atónito. No daba crédito.

– Y como un relámpago se me cruzó esa idea por la cabeza. Iba a tomar apuntes, y cogí el lápiz para sacarle punta. Por el rabillo del ojo seguía cada movimiento de ella. Los corazones a boli rojo, las iniciales con letras de enredadera, las poesías ñoñas. No podía más. Cuanto más la miraba más afilaba el lápiz, y cuanto más puntiagudo se hacía, mayor era mi rabia. Vino solo. Mi mano trabajó por su cuenta. Cuando vine a saber, le había clavado el lápiz en la mano. Y la pobre dejó de hacer corazoncitos en el pupitre. La sangre lo manchó todo. ¿Qué otra cosa podía hacer, don Luis?

Por Marissa Greco Sanabria. 

Amor – Dolor

De mi dolor nacen
avispas libres
y un ábaco de azufre,
veneno sulfurado
en cada cuenta de mis lágrimas.

Un suspiro de alabastro
coloniza mi pulso
y siento
al amor desintegrarse
piedra a piedra
en el recorrido de mi sangre.

El sol es un pájaro anaranjado
que no vuela, soñando
con otra vida
en una vía láctea paralela.

Es tan agrio tu beso
cuando amanece el olvido…
como hormigas rojas
sobre aguas
de licuada miel turquesa.

Esta vez la luz
es un presagio sonoro
de la muerte.
Te busco
dentro de mis propias
tinieblas
y sólo encuentro
polvo ácido de mariposas
en la sombra de tu lengua.

[Era tu boca
luna y diamante,
(lirio salvaje de estrella)

creciente llama irisada
(lo estático también se movía
en su círculo protegido del espacio),

alas de nubes migratorias
(los dos universos en una única isla),

efímero choque de noche y alba
(el día era el sueño del mar,
el anhelo de la profundidad
subiendo a la superficie clara).

Tus labios sabían a destino de hadas
(dulce encuentro de flor y rama,
verdad elástica albergando utopías)].

Tendida en la visibilidad de la nada,
suplico un renovado llanto, de nieve,
un invierno de agua,
eterno, en los ojos,
para proteger mis mejillas
del calor inerte de tu caricia
inacabada.

Por Laura Villanueva. 

La aguja

Son las cuatro de la tarde de un martes lento y en este noviembre de un lugar cualquiera (pero siempre tan lejos de casa; siempre demasiado al norte) la lluvia golpetea en la contraventana con una llamada tímida, cloc, cloc, dedos invisibles contra el cristal empañado de conversaciones femeninas, cloc, cloc, hermosos pupitres de madera barnizada, que las alumnas de doce años van ocupando perezosamente.

Junto al tuyo, nadie. No te quieren aquí y tú lo sabes.

No deberías compartir su espacio. ¿Qué haces aquí si no te quieren?

Desterrada, como alguna de tus heroínas; has aprendido a valorar esta soledad tan de protagonista de novela –te gustan las novelas-, tan certera y limpia como un corte en la mano, tu soledad quirúrgica, con un porqué transparente que no espera respuestas. Aquí nadie te habla. Estás sola. Aquí nadie te quiere. Eres sola. Tú y ese asiento vacío junto al tuyo.

Y ese deseo de que nadie lo ocupe más, de que por-favor-por-favor hoy no venga a la hora de costura tu compañera de pupitre, no, por favor, otra vez, no.

Pero sí que llega. Virginia siempre llega; a ella no le importa colocarse a tu lado y jamás se pone enferma; alta, robusta y fuerte, como sus apellidos, largos, sonoros y antiguos, tan distintos de los tuyos. Te estremeces al verla de nuevo; un escalofrío recorre tu espalda mientras va sacando el material, lentamente, sin mirarte todavía a los ojos, pero con esa expresión en el rostro que hace que la sangre se acelere por tus venas; esa especie de mueca camino de la sonrisa que aún no te explicas, pero que te paraliza, como una serpiente a su presa. Mientras, ella irá colocando la tela y las agujas sobre la mesa, así, bien cerquita de ti, y tú percibirás cómo va ladeando su cabeza poco a poco, poco a poco, ojalá hoy no te mire de frente; por el rabillo del ojo verás su sonrisa inexplicable, sus dedos sujetando al fin la aguja, dedos impecables con las cutículas de las uñas hacia atrás, dedos que son como los otros, y su pelo negro y largo, con la raya en medio como un hachazo o dos medias lunitas, pelo lacio que también es como los otros, pero que luego dejará caer con todo su peso en un silencio que no es como los otros, que no esconde ni muestra odio, rencor o indiferencia. Y sus ojos tan negros, tan negros, tan abiertos. Y luego…

Antes entra doña Adelaida, sus zapatones de monja laica resonando sobre las losas de mármol que dibujan hermosos arabescos en el suelo del aula. El olor de su perfume de lavanda se mezcla con el de las gomas, las ceras y los lápices que hasta hace unos minutos se extendían sobre las tarimas y ahora se esconden en las pequeñas latas con dibujos de hadas y de gnomos.

Clase de costura, cómo la odias; te sientes torpe y tonta frente a los dedos habilidosos y rápidos de tus compañeras, que se mueven deprisa, gusanitos veloces; las pequeñas tejedoras avanzan sus labores de punto de cruz guiadas por la maestra, una adusta Aracne, alta y delgada; pálida como la cera de las velas que enciende en el convento; seca y seria con todas; contigo, no; siempre hubo una sonrisa para ti; una sonrisa que les negaba a las otras; quizás por eso no te quieren. O también por eso.

Doña Adelaida enciende ahora el magnetófono y, cumpliendo con el ritual, TOC TOC, que su mente creó, comienza a poner cintas. Solo dos y siempre las mismas. Las notas romanticonas y dulces de una tuna y las de Jeannette inundan sistemáticamente las horas de clase, puntada arriba, puntada abajo y de fondo, como enlatado o quizás del otro lado de la ventana, donde la lluvia, clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón.

No te gusta coser, prefieres los cuentos o aprenderte poemas de memoria o inventar historias mirando al techo. No se las vas a contar a nadie, son para ti misma. Te basta y te sobra con eso. Lo que te molesta es ese dolor en los dedos con las puntadas difíciles, esa tensión en las manos retorcidas, estas horas que no te llenan y que se llevan tus tardes, tus siestas lejanas del Sur, allá, en tu casa, cuando el tiempo se hace lento y dulce y el aire pesa, tan lejos de este frío gris; de esta humedad en los huesos; de esta canción que vuelve a repetirse una y otra vez y se clava en tu cerebro como una tortura. Si algún día, clavelitos, no lograra poderte traer… Como una aguja.

Virginia cose a tu lado, pero a ella no parece disgustarle la melodía. Quizás hasta tararee un poco. Sus movimientos son rápidos, precisos. Como si llevara toda la vida haciéndolos. Como si los disfrutara. Y eso te asusta.

Ahora doña Adelaida cambia de cinta y la voz melosa y lánguida de Jeannette acompaña el repiqueteo de la lluvia menuda y constante, del sirimiri. Las notas de Por qué te vas se deslizan casi en susurros, arrastradas levemente por ese acento extranjero e infantil, y es entonces cuando la maestra mira a través de los cristales hacia el jardín de la escuela, sombrío ya a estas horas, -junto a las manillas de un reloj esperarán; todas las horas que quedaron por vivir esperarán-, suspirando quizás por algún amante inexistente o imaginario. Es también entonces cuando Virginia se gira completamente hacia ti. ¡Por fin!; es casi un alivio: «Lo que has de hacer, hazlo pronto», dice tu madre. Sigues erguida, a pesar del temblor de tus manos frías que ya no pueden sostener la labor; continúas mirando adelante, hacia el magnetófono –y el corazón se pone triste contemplando la ciudad -. Por el rabillo del ojo sabes que vas a encontrar su sonrisa. Junto a la estación lloraré igual que un niño. La expresión demente en su rostro de niña fea; los ojos pequeños y juntos; tan oscuros, tan negros, tan negros…, tan abiertos ahora, antes de empuñar la aguja y clavártela un día más en el brazo, clin, todo se vuelve punzante e intenso, la maestra nunca sabrá, clin, y la aguja vuelve a hundirse, solo un poquito, que duela pero que no sangre, clin, aunque sabe perfectamente que tú nunca dirás nada, nada, clin, que lo que te aterra y paraliza es esa falta de motivo, ese odio profundo e inamovible que provocas en ella, en ellas, clin, tal vez solo por ser como eres, tal vez solo por ser de donde eres¿por qué te fuiste; por qué te fueron… por qué te vas…? ¿Por qué te vas?

Por Irene Reyes Noguerol. 

Con hache intercalada

Juan solía escribir cohete
sin hache intercalada.
Él, púber Mcgiver de mente distraída,
destrozaba infinidad de palabras
escribiéndolas con uve.
Asesino de letras, agitador de
maestras y efímero gigoló.

Era como una sombra.
Una alta y pura a la que
solía conceder la libertad
condicional cuando llegaba
la hora del patio.

Cuadernos de escritura incompletos.
Ortografía imperfecta de un
macarra fingido con corazón
de melón.

A Juan le costaba escribir
correctamente cohete con
hache intercalada.

Yo, empollona resignada, me
debatía entre un sobrepeso no
elegido y una timidez pétrea
que aún permanece en el tiempo.

Juan era feliz, yo sueño con serlo.

Por Raquel Egea.