Archivo por meses: Septiembre 2016

En el museo

Etna se encontraba ante cinco hilanderas que preparaban lanas. Una de ellas era Aracne, famosa en toda la polis por sus telares, de los que se decía que eran mejores que los de la propia diosa Atenea, inventora de la rueca. De hecho, la diosa Atenea también estaba allí, disfrazada como una anciana hilandera más, comprobando la veracidad de tales rumores. Etna podía identificar la pincelada de Velázquez sin dificultad alguna, sus capas de pintura sobre el lienzo: finas y diluidas; el empleo de los colores, prácticamente monocromo. Aquella era, sin lugar a dudas, una de sus obras preferidas de la pinacoteca y siempre que tenía un día complicado se desplazaba hasta allí para observarla. Aquel día en especial, Etna estaba tan concentrada observando la pintura, que apenas notó cómo alguien le daba un suave toque en el codo. Tardó unos segundos en darse cuenta de que en realidad alguien estaba intentando llamar su atención. Saliendo de su ensoñación, se volvió hacia aquella mano, hacia aquel ligero tacto, para quedar frente a Chico.

Chico y Etna se conocían de toda la vida. Habían sido compañeros de clase desde preescolar e incluso recordaba cómo en primero de Primaria la maestra, la buena de Hermiña, los mandó sentarse juntos en clase, cuando aún existían los incómodos pupitres de madera que no hacían sino acrecentar el malestar de los alumnos en el aula así como las ansias de la hora del timbre. No le costó reconocerlo, sin embargo, más tarde tuvo que admitirse a sí misma que Chico había cambiado bastante. La edad lo había sorprendido a él también, tiñendo mechones de su pelo lacio del color de la nieve y formando grietas junto a su sonrisa de dientes blancos y perfectos, junto a su mirada. Etna no recordaba si de niño había llevado gafas –a pesar de que siempre le pareció un chico simpático, hay ciertos detalles de él que sería incapaz de recordar ahora–, en todo caso, aquel día portaba lentes pequeños y completamente circulares que le otorgaban un atractivo aspecto de intelectual.

«¿Me reconoces?», le preguntó él, curioso. «¡Chico! ¡Qué sorpresa!» «Lo mismo digo. Aunque tú no has cambiado nada.» Le sonrió. «¿Qué haces en el museo? ¿Vienes a menudo por aquí?» «Pues la verdad es que sí», contestó ella. «Me gusta mucho sentarme en esta sala y observar Las Hilanderas de Velázquez para despejarme, especialmente en los días difíciles. Bueno, ¡no me creerás si te digo que mañana me caso!» «¿Lo dices en serio? Vaya, enhorabuena. Desde luego el cuadro debe tener propiedades milagrosas porque no se te nota nada nerviosa.» «A decir verdad ya está todo organizado, y lo que no lo está, ya es tarde. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí?» «También yo vengo a menudo. Me licencié en Historia del arte y ahora doy clases en un instituto. A veces me gusta venir por aquí para refrescar un poco de conocimientos y, además, tengo la enorme suerte de vivir cerca. Pero bueno, ya que mañana te casas, ¿me permites que te invite a una copa de champán para celebrarlo? No todos los días se entera uno de estas cosas.» Etna asintió, sonriente. «De acuerdo, pero antes me gustaría pedirte un favor.» «Claro, si está en mi mano…» «Me encantaría que me llevaras ante tu cuadro preferido de Velázquez.» Chico sonrió, pensativo. «Mi cuadro preferido…»

Su cuadro preferido traía a Chico recuerdos de otros tiempos. Recuerdos de un verano en Italia, de tardes en la villa de su amigo Raffaelo, de baños en la piscina al atardecer, del buen vino, del buen embutido, del buen sexo. Allí conocería Chico a su primer amor, un amor que vendría entrelazado con tantas otras pasiones: la de la ópera, la del maravilloso sonar de tan bella lengua, la de la literatura, la del arte que todo lo envolvía en aquellos tórridos días de agosto. Raffaelo y Chico se conocieron casualmente una mañana en que ambos fueron a nadar a la piscina de la calle Corleone. Se gustaron al instante y comenzaron a quedar regularmente para jugar partidos de tenis juntos y con otros amigos de Raffaelo. Cuando llegó el momento de que Chico regresara a España, Raffaelo decidió invitarlo a la villa de sus padres, en la campaña, para disfrutar de las últimas dos semanas que le restaban en compañía de buenos amigos. Allí fue que Chico conoció a Calipso y cayó perdidamente enamorado de ella. Del mismo modo que siglos atrás otra Calipso enamoró a Ulises durante siete años, la hermana menor de su amigo Raffaelo se introdujo en su vida durante siete largos veranos.

No tuvieron que caminar mucho para encontrarse con el lienzo de frente. «Hemos llegado.» Indicó Chico. «La fragua de Vulcano», leyó ella, despacio. «¿Puedes contarme su historia?»

Recuerdos de una noche juntos, de cándidos besos, de caricias ardientes y puños apretados, de gotas de sudor que se evaporaban en su espalda, de respiraciones agitadas, entrecortadas, de abrazos apretados, de mordiscos, de pellizcos, de gritos ahogados, de explosión. De ser uno.

«¿Conoces ese cuadro?», le preguntó ella, señalando una tela que colgaba cubriendo toda la pared frente a la cama. «No», reconoció él. «La Fragua de Vulcano», lo instruyó ella. «Es una de las obras más famosas de Velázquez. Retrata a Vulcano en su fragua, tras recibir del mismísimo Apolo la nueva de que su mujer, la diosa de la belleza Venus, lo engañaba con el apuesto dios de la guerra: Marte. Vulcano, tan pronto como se recuperó de tales noticias, ideó una forma para poner un drástico fin a la situación: trabajó duramente en la fragua durante muchas horas para crear una red de metal tan fino que resultaba completamente imperceptible a primera vista, aún más a los ojos de dos enamorados. De esta forma, cuando a la noche, Marte y Venus se desnudaron para placer juntos, la red cayó sobre ellos dejándolos completamente en evidencia ante todos los otros dioses del Olimpo. Velázquez retrata aquí la cara de sorpresa de Vulcano ante la desastrosa nueva de Apolo. A la derecha del cuadro hay cuatro ayudantes del dios, originalmente cíclopes, pero a los que Velázquez se toma la licencia de conceder un segundo ojo.»

Chico relató la historia a Etna, que lo escuchó atentamente hasta el final.

«¿Por qué lo tienes colgado en tu dormitorio?», preguntó Chico a Calipso. «¿Qué lo convierte en tu favorito?», se interesó Etna. «Me parece que tiene un no sé qué que lo hace especial: la luz quizás, o la precisión en las expresiones de sus caras», mintió Chico. «Fue un regalo de mi madre para recordarme que nunca debía ser infiel a nadie. Supongo que quería que al ver el cuadro recordara las consecuencias que dichos actos tuvieron para los dioses Marte y Venus», le contó Calipso. Ahora, al ver el cuadro, Chico la recordaba a ella. Ahora al ver el cuadro, Etna siempre pensaría en Chico.

Etna volvería innumerables veces al museo y, a partir de aquel día, siempre recordaría la historia de Vulcano y Venus. La historia de Chico. ¡Quién le hubiese dicho que Chico tan solo le había contado la mitad de la historia: la historia concreta y bien delineada, y que se había ahorrado la parte desfigurada, emborronada, enredada en recuerdos encadenados e imposibles de transmitir con la exactitud de la palabra! Cómo transmitir aquel amor por los días pasados, por los viejos amores, por los tan necesitados aprendizajes.

Por Carmen Arjona. 

Movimiento libre

Quieta. No se mueve ni un milímetro. No me muevo. Desde el otro extremo del escritorio me mira, la miro. Respiro. Me pesan los brazos, Mario debe pesar ya casi siete kilos. Si me muevo se despertará, y el ciclo comenzará. Empezará a llorar, tendré que levantarme, intentar calmarlo, pasear por toda la casa, colocarlo en el pecho de nuevo, cantarle la misma canción una y otra vez sin pausa, cambiar al otro pecho, dejar de andar, mecerlo pasando el peso de mi cuerpo de una pierna a otra, una y otra vez, sin dejar de cantar. Los ojos se me cierran, por momentos no sé si estoy dormida o despierta. Al menos él sigue durmiendo. Ella me mira de lejos, frotándose las manos. Afortunada ella que puede moverse. Me pica el cuello, me concentro en el la zona del picor, intento relajarla, imagino que el picor es de color amarillo y poco a poco se va borrando. Técnicas de visualización, menuda tontería, ahora creo que me pica más. Los brazos me pesan, me duele la espalda, y se me ha dormido una pierna. Lo de la pierna no parece tan complicado, solo tengo que levantar un poco el peso, intentar sacarla de debajo y estirarla, nada imposible, Mario se mueve. Ahora tengo todo el peso en la pierna dormida. Ella se acerca, como se pose sobre Mario lo despertará. Intentaré soplarle. No funciona, el aire apenas la roza. Maldita mosca. Quieta de nuevo. Las dos.

Quiero volver a la cama, tumbarme, pero si lo hago podría despertarse, no sé si puedo arriesgarme. Cierro los ojos, me imagino tumbada en la arena cálida, relajada, sin tensiones en todo el cuerpo, en silencio, solo escuchando el mar, no, mejor, flotando en el mar. Cuando era pequeña escuchaba esas cintas de relajación de mi madre, siempre había una nube blanca y cómoda. A lo mejor por eso siempre quiero que las sábanas sean blancas. Daría cualquier cosa por salir volando hasta una nube. Solo un ratito, luego volvería, lo prometo. Abro los ojos, allí sigue sobre la mesa, posada junto a los exámenes que aún tengo que corregir, las dos cara a cara. Deben ser más de las seis, apenas se oye ningún ruido de la calle, no consigo ver la ventana desde aquí pero creo que empieza a clarear. Siento que mis brazos y mi espalda son un bloque, ya ni siquiera me duelen. La cabeza va muy rápida, tengo hambre, si pudiera me comería una tostada francesa, de esas bañadas en leche y luego fritas, creo, en realidad no lo sé, nunca las he probado, pero he visto fotos en las que tienen muy buena pinta. Como se acerque más la aplasto, un golpe rápido y listo, adiós muy buenas. Ya está bien de pavonearse delante de mí, moviéndose cada vez que le apetece, mientras yo aquí, inmóvil, intento no hacer ningún ruido, pero qué se habrá creído. Como se ponga encima del niño la mato, está claro, lo que faltaba, encima de lo que estoy aguantando, para que venga una maldita mosca a despertarlo. Venga, ven si atreves, que te vas a enterar. Llevo media noche despierta para que encima vengas tú a regodearte, te voy a enseñar yo… se ha ido. Volando. No está. Lo que daría yo por salir volando, solo un rato, luego vuelvo, lo prometo. Cierro los ojos. Quieta de nuevo.

Por Elena Escudier. 

Vacilaciones

Día largo, cansador. Estuve acarreando libros pesados de un lado a otro de la ciudad en mi mochila negra, deseando que llegase pronto la tardecita, la puesta de sol y pudiera entrar al seminario de los martes. Montevideo respiraba su cansancio sobre mi espalda, sus sábanas pesadas de humo, la mirada estática de mil gusanos. Sabía que, una vez en el salón, descansaría de ambas cargas y podría entretener mi atención en digresiones teóricas. No me agotaba pensar, nunca lo ha hecho. Encuentro en esas discusiones una estética, un goce ameno, el hipnotismo abrazador de las palabras.

Llegué, como siempre, sobre la hora; pero no me negué el cigarro en la puerta. Veía por los resquicios de las aberturas, la que daba a la calle y la del salón, que el profesor aún no se había sentado y ordenaba algunos libros sobre el escritorio y una serie de relojes de arena vacíos; tenía tiempo. Mis piernas dibujaban un vaivén en el suelo y, bajo los pies, escuchaba el sonido a huesos triturados de las hojas secas de los plátanos. El aire era el colchón donde se mezclaban el olor a humo del tabaco, la humedad que llenaba de vida las juntas de las baldosas de la vereda y el olor a pan viejo y mohoso del almacén muerto de la esquina.

Arrojé lejos el cigarro, vigilando que no aterrizara sobre ninguna hoja, entré y me senté. Aún sentía el olor del humo que había impregnado mi ropa; no quiero incomodar a nadie –pensé–. Luego noté, o al menos así lo creí yo, que a la chica sentada a mi derecha le había gustado el olor. Me miraba de reojo y acercaba su cabeza, y con ella, claro, su nariz. Uno nunca sabe cuáles son los perfumes que pueden seducir. No quería mirarla directamente, temía que se avergonzara o simplemente se diluyera su imagen como un fundido a negro o una estatua de cera al sol, que eso redundara en una tristeza infinita y en un congelamiento de mi mirada.

El profesor comenzó a discutir sobre la obra de Felisberto Hernández y ciertas atopías de su literatura. De estos temas, alimentaba mis pocas fuerzas para mantenerme despierto, de ahí, y de la incomodidad de los asientos, que tienen esa tablilla para apoyar los cuadernos y se me enterraban siempre entre las costillas flotantes y las fijas, no dejándome siquiera respirar en paz. No deseaba fruncir el ceño demasiado, transformar un gesto de interés, que pudiera continuar capturando a mi compañera, en uno de dolor y desagrado.

Yo me encontraba sentado contra la pared, a la izquierda del seminarista, alejado de él por lo menos dos metros. Lo escuchaba hablar con calma, modulando la voz, generando un efecto de simulacro, una pantomima finamente articulada. Se paseaba, no sin estilo, de un lado a otro del escritorio, de Todorov a Barrenechea, de un libro al que estaba debajo, de Barrenechea a Campra, de un reloj de arena vacío a otro manchado de grasa, de Campra nuevamente a Todorov. Me encontraba atento a lo que decía y, a la vez, atento a la joven que estaba a mi lado, en particular a las ondas de sus cabellos amelazados y a las voluptuosidades de sus apuntes. Veía, apenas, como la punta de su nariz se movía nerviosa hacia mí, como tanteando el aire, como hacen las ratas al encontrarse con un nuevo trozo de cartón, pero sin tanta belleza. Yo buscaba extraer el aire que podía haber quedado en el fondo de mis pulmones, con la esperanza de que algo del olor del humo siguiera agazapado ahí, pero el peso del aire superficial no me permitía alimentar ese hambre y temía que aquellas fosas buscaran nuevos olores en otro lado.

La voz del profesor abordaba el asunto del problema, de la vacilación en la literatura fantástica. Su voz se detenía en el aire como sosteniendo allí el eco del significado bajo la sonoridad de lo que decía.

Noté, de súbito, bajo el escritorio del seminarista y, al principio, solo con la periferia de mi mirada, una gota de sangre espesa y fresca. Capturó mis pupilas de inmediato, y pese a desfilar cien hipótesis veloces entre mi mirada y la gota, supuse que no podía tratarse de otra sustancia. Sus bordes eran irregulares y dibujaba a su alrededor la frontera de contacto con el suelo.

Le presté mis ojos por un tiempo y los dejé bañarse a su voluntad en la espesura roja de la imagen. Era claro su reciente abandono de algún organismo; mantenía aún intacto su carmín oscuro, por lo que pensé que se trataría de sangre venosa. Su brillo solo perdía fuerza hacia los bordes y en las salpicaduras más pequeñas que la orbitaban detenidas. Se estaban secando.

Miré, luego, a las demás personas, y quizás no habían pasado ni dos segundos de todo esto. Necesitaba comprobar que ellos también la hubiesen visto. Intercambiar gestos de duda y complicidad, en fin, calmar la angustia o destapar el caos. Pero todos seguían, hipnotizados, los labios del profesor que presentaba un rosado pálido y viscoso, produciendo que las palabras que salieran de ahí se adhirieran torpes a las paredes y resbalaran mucosas hacia el suelo. Volví a la gota. Estaba seguro de que en cualquier momento caería una segunda (o quién sabe cuántas hubiesen caído ya y qué número en el orden le correspondería a la siguiente), directamente arriba de la anterior y, ahí sí, alguien más tendría que notarlo.

La charla continuaba con fragmentos de El acomodador; los lugares, el espacio, la experiencia y la metáfora que no pasa del gesto de abrir sus alas para luego afirmar sus pies en el concreto. Mis ojos se enrojecían por otra sangre, bostezaba y, de vez en cuando, volvía a la mancha bajo el escritorio que aún mantenía su frescura en el centro y, ahora, parecía haber ensanchado su perímetro. No saber de dónde provenía me alteraba y producía una electricidad en mi nuca. Los ojos se me encendían de curiosidad, los ojos, que eran enteramente de aquella mancha que podía ver muy nítida, de pronto, enorme.

Me di vuelta y pude ver que la muchacha de al lado jugaba con los vellos de mi brazo y los olía profundamente, haciendo que los mismos se estiraran largos. Vi mi rostro, que parecía estúpido, afirmando continuamente, como un autómata barato, mientras los ojos descansaban en los labios lentos del profesor. Me preocupé de que alguien me viera allí, arrodillado junto a la sangre, pero cuando noté mi falta de sombra mi cuerpo respiró profundo la calma que yo sentía en otro sitio.

Escudriñaba la parte de abajo del escritorio, buscaba encontrar la herida que supuse grieta en la madera, la veta sangrante. Los vistazos debían ser rápidos y de continua ida y retirada. Mi yo atento no podía permanecer mucho tiempo con el mismo gesto y sin pestañear, pues corría riesgos de levantar sospechas, o peor, detenerme tanto bajo el escritorio que finalmente podría materializar mi sombra en el piso, junto a la sangre. Creerían que fui yo quien intentaba asesinar el escritorio.

La joven era hermosa. Su lengua se movía por mi oreja con movimientos similares a las lombrices vivas en los anzuelos. No quería volver, la indiferencia supuesta de mi cuerpo la llevaba a esmerarse más, a buscar zonas bajo la ropa, bajo la piel, o quizás simplemente buscaba mi caja de cigarrillos.

Fui y vine dos veces hacia la mancha. La luz no alcanzaba a alumbrar lo suficiente y el profesor cada tanto me miraba con ojos extrañados, como sosteniendo una pregunta pesada entre sus párpados, pero no estaba seguro de si me miraba a mí o a través de mí. Yo debía incorporarme, por las dudas, para asentir con la cabeza pero en su mirada no estaba mi reflejo. Quizás apenas un vacío cercano al de sus relojes. De cualquier modo, él hablaba cada vez más despacio y, en las pausas, ahora largas, se fatigaba y robaba con trabajo las partículas de oxígeno. El escritorio, por el contrario, se mantenía erguido. Se me antojaba como un herido de guerra, con el orgullo terrible de pretender morir de pie, como si eso evitara la subsiguiente caída. Volví a intercambiar miradas cuestionadoras con el profesor, mientras, en otro sitio, pasaba la mano por la madera, justo encima de la sangre, buscando el lugar exacto que manchara mis dedos, pero no conseguía más que alguna astilla etérea, que desaparecía al volver a mi asiento y encontrarme conmigo. La joven, sentada en mi falda, de espaldas, llevaba mis manos tontas a su vientre y las apretaba con una fuerza que parecía de dos.

En el piso, la gota continuaba ensanchándose y llegué a suponer, torpe, que la sangre manaba del suelo, pues siempre me perdía los momentos de la caída y el impacto, el encuentro de la sangre con la sangre.

Los demás fruncían el ceño y se miraban entre ellos con curiosidad, pero no miraban al suelo. Volví a meterme, ahora de lleno bajo el escritorio, decidido a encontrar aquella veta malherida, el nudo desprendido, la colonia de termitas vampiresas. Creí sentir, en la distancia, que la joven se desmayaba, pero comenzó a gemir al instante. Yo perdía las esperanzas. Estaba por rendirme cuando me distrajo un crujido de madera y un ruido de cráneo contra el suelo. El escritorio se desplomaba junto al profesor, y regaba por el suelo todos los libros y los cristales rotos que aquellos relojes dispersaron como arena por el suelo.

Por Javier Montiel. 

Custodia compartida

«Yo haría cualquier cosa por saber en qué momento me jodí»
Conversación en la Catedral (Mario Vargas Llosa).

«Qué hay», dices al otro lado del auricular, y yo tardo un segundo en contestar. En ese tiempo te veo, no estás aquí pero te veo, y eso es más real que si estuviera cerca. Veo tu pelo rizado, tus mofletes tiernos, tus ojos oscuros y tus labios. Sobre todo tus labios. Los abres y dejas ver un diente, tu lengua intenta decir algo que rompa ese segundo gélido. Pero yo no te dejo. «¿Cómo estás?». Lo sé, es una pregunta estúpida, sobre todo porque no vas a contestarla, podría haber dicho otra cosa, «qué hora es allí», «qué tiempo hace, ¿llueve?», «¿te volvió a tocar algún premio pequeño a ese número al que siempre juegas?», pero lo que digo es eso, «cómo estás», como si nos viéramos cada tres días y te fuese a invitar a tomar algo.

«He visto lo que me has mandado», me dices, fría como un témpano helado; los dos sabemos que lo has visto, es tu forma de decir «vamos al grano».

«El avión sale a las seis y treinta, llega aquí a las dos y catorce, son trece horas de vuelo», te digo.

«Ya lo sé, ya te digo que lo he recibido», respondes.

De nuevo el silencio. Un padre responsable preguntaría por visados, pasaportes, equipajes, cosas prácticas, pero no soy de esos; tampoco es que me tenga por un insensato, lo que ocurre es que cuando llega este día, este, claro, y sobre todo mañana, siento un pellizco en el estómago y se me queda seca la garganta, así que me la juego, me armo de valor, mi corazón se acelera y te digo:

«¿Có…», me quiebro, dolor en el pecho, tartamudeo, «…có…mo está?».

«Mañana la verás», respondes. Pareces un glaciar, pones esa voz con que podrías helar el universo entero, pero te conozco, sé que no es así, tú no eres así, por dentro estás tan nerviosa como lo estoy yo porque sabes cómo son las cosas. Mañana habrá gritos, puños cerrados, lágrimas, llantos, mañana será duro, cruel, horrible, tan horrible como las demás veces; la meterás a presión en la aeronave y ella llorará y pataleará y todo eso, y después, trece horas después, llegará el avión y yo la recogeré en Valparaíso, ella no querrá que la abrace y será como si la llevara a rastras, «este es tu cuarto, esta es tu casa, nuestro nuevo hogar, tu calle, tu barrio, tu vida para todo un año», ella volverá a llorar, no, no volverá, en verdad no habrá dejado de llorar todo el tiempo. Al día siguiente será aún peor, no querrá comer, no querrá salir, me tirará el plato a la cara y el vaso y la comida y preguntará «dónde está mamá, quiero irme con ella» sin parar un segundo, se dormirá extenuada de la pena y del cansancio y seguirá uno, dos, tres días, al cuarto estará mejor, al quinto me dirigirá la palabra, al sexto quizá vayamos a dar un paseo y a las dos semanas y pico me cogerá de la mano y me dirá «te quiero». La historia se repite, siempre igual.

«¿Cómo fue el año?». De nuevo una pregunta estúpida que sé que no responderás. No hay nada que decir. Soy tan ridículo. Tú no dices nada, claro, tienes todo el derecho, las leyes son así y están para acatarlas. A fin de cuentas, sus llantos son el reflejo de los nuestros, de nuestros llantos, de nuestras lágrimas, solo que las nuestras se agotaron antes de que lo jodiéramos todo y por eso ahora es ella a la que le toca llorar, puesto que llora por los dos. Por ti y por mí.

¿En qué momento se jodió lo nuestro? Piensa: ¿en cuál? No fue nada más empezar, cuando aquella profesora progre quiso que nos sentáramos niño-y-niña. Yo era tan tímido que no sabía por quién decidirme, por eso me quedé el último en elegir y el azar quiso que me tocaras tú. Tú y yo sentados, mesa con mesa, silla con silla, todo un semestre. De allí a empezar a charlar, a conocernos, a intercambiarnos lápices y rotuladores, compás y sacapuntas, deberes cuando uno de los dos no los había hecho, miradas, dedos que se rozan furtivos, caricias debajo de la mesa, corazones que van a mil por hora, besos en la oscuridad de una esquina, cariños, mimitos, dulzuras, sexo de críos que se hacen grandes. Éramos la típica pareja de pueblo juntos-desde-que-se-conocen pero fuimos mucho más que eso, nada de aburrirnos. Tú a Granada y yo a Bilbao, tú ingeniería y yo periodismo, tú de Erasmus y yo de Séneca, viajes, borracheras, cuartos húmedos en pisos compartidos, quejas, lamentos, quién-es-ese, por-qué-te-mira-aquella, peleas, rupturas, bofetones, losientos, más besos, más caricias, más alcohol, más sexo. ¿Y después? Milano, Edimburgo, Copenhague, Ámsterdam, no éramos la típica pareja de pueblo, la vida era una aventura llena de cumbres y hazañas. ¿Cuándo fue entonces? ¿En qué momento se nos fue de las manos? Tú jodida, yo jodido, todos jodidos. La casa, el coche, la vida estable; el hastío, la monotonía, las responsabilidades. ¿Por qué tuvimos a Christine? ¿Fue para arreglar lo nuestro? Recuerda: teníamos un plan. Yo me iba a México unos meses; tú seguías en tu trabajo esos meses; yo hacía un reportaje a la guerrilla; tú mientras buscabas un curro; yo perseguía mi fama y mi gloria; tú hacías las maletas, vendías la casa, gestabas a la niña, «verás, amor mío, cómo lo solucionamos, volvemos a salir del pueblo, aire libre, aventura, otro país, nueva vida, verás cómo volvemos a ser los mismos». Solo que no viniste. Nunca. No volvimos. Ni siquiera a vernos. Tú en Madrid y yo en Ciudad Juárez; tú en Madrid y yo en Barcelona; tú en Madrid y yo en Caracas, tú en Madrid y yo en Filipinas, tú en Madrid y yo… Y ella allí, justo en el centro, jodida como tú y como yo, jodidos todos, Christine. Nuestra hija.

«Oye, yo…», me gustaría decirte. «¿Y si…?», querría preguntarte. «Esto no está bien», te diría, «no se lo merece, esto es horrible, un infierno, es espantoso». Para ella, para ti, y para todos. «¿Por qué no…?», te propondría. «¿Qué te parece si…?».

No digo nada. La vida es así. Las parejas rompen. La gente se separa, se divorcia, deja de quererse. «Custodia compartida», sentenció aquella juez. «Un año con la madre y otro con el padre. Sin contacto. Ninguno. Es lo mejor». Eso dijo. Así será más fácil su vida. Entre medios, el envío de billetes, el historial médico del año entero, los resultados escolares, el visado, el papeleo. El único contacto que nos resta. Todo lo demás es pasado, polvo sobre el que sustentar sus lamentos, sus lágrimas, sus pataletas. Después se acostumbra, «te quiero, papi», caricias, abrazos, chuches, helados, sonrisas en el parque, juegos en la playa, dormir bajo las estrellas en la tienda de campaña. Un año para papi y después lo mismo, «no quiero irme, quiero estar contigo, quiero quedarme en tu casa, en ese cole, con esas amigas».

«¿Tienes algo más que decir?», suena al otro lado.

«Creo que no…», te respondo, cobarde.

Un clic por adiós. Ni una palabra.

«Te quiero», te digo, aunque no me escuchas. Ya no estás.

Por Ignacio Moreno Flores. 

El golpe

Puñetazo. Dolía desde el centro de la cabeza hasta la piel desgarrada, sentí cada capa de hueso, de carne, de sangre, linfa y sudor chillando en el cerebro, golpeándome las sienes, haciendo que las ideas apretadas se dieran la vuelta por dentro. Admito que algunas, las ideas más delicadas, decidieron huir cuando vi una gota roja cayéndome de la nariz o del labio, sin prisas, partiendo el aire que se había quedado mudo. La vi aplastándose contra el suelo sucio de puntas de lápices, polvo de tiza, ahora ya, sucio de sangre.

Me desmayé.

Se había formado un corro a nuestro alrededor. Él se quedó muy quieto en pie, todavía con las piernas algo abiertas y la espalda inclinada hacia delante, agresivo, como una bestia vencedora que espera instintivamente, astucia animal, un milagro que haga que su contrincante reviva.

Yo desperté en seguida pero no reviví. Desde el suelo, con las piernas enredadas entre las patas de los pupitres y la cabeza fundiéndose con el mármol duro, salí de la inconsciencia sin abrir los ojos, y fui notando, mientras el aire mudo se llenaba de gritos, cómo las lágrimas me iban inundando bajo los párpados aparentemente inertes.

Aquella oscuridad húmeda no trajo miedo, ni dolor, ni vergüenza, pero sí cupieron algunos recuerdos sobre mis pupilas. El silencio se esfumó con el pánico de mi posible muerte, pero se coló en mis oídos y no oí más que su voz diciendo mi nombre. Robándome la atención desde la silla de al lado. Y los recuerdos.

Mi nombre, a mí lo que mejor se me da es plástica. Se alegra de que mi fuerte sean las matemáticas. Vamos a llevarnos bien, hombre.

Mi nombre, mira lo que he conseguido, saca de debajo de la libreta el cromo de Messi y alza las cejas. Te lo cambio por tres.

Mi nombre, eh, ¿la tres cuánto te da?, susurra enseñándome los dientes, porque cuando se pone nervioso se le agranda la sonrisa. Joder, no me entero, vocaliza, mamón.

Mi nombre, ¿te vienes a mi casa a jugar a la Play?

Mi nombre, que mi madre dice que puedes quedarte a dormir.

Mi nombre, dame conversación, por Dios, pone los ojos en blanco y señala a la profesora, voy a quedarme dormido, asegura. Y le hablo de Star Wars y me llama friki pero me escucha y el lunes me pide las películas. Y ve la saga entera en tres días y hablamos toda la mañana del jueves del halcón milenario y hace un dibujo de la nave que le pido y me regala y pincho en el corcho de mi cuarto y cuando viene a mi casa a cambiar estampitas siempre lo mira orgulloso y yo me doy cuenta y me dice que me va a dibujar a Anakin vestido del Barça y nos reímos y…

Mi nombre, me han dicho que eres maricón. ¿Es verdad?

Los demás, que tan lejos habían estado siempre, se aproximan. Pienso en hienas, aproximándose a carne ya muerta, hurgando en las vísceras de las gacelas. Pienso en buitres sobrevolando bueyes enfermos. Todavía vivos, como yo, vivo todavía, y los demás me sobrevuelan y él tiene los ojos oscuros, el flequillo colgándole en la frente y ha dicho mi nombre con una voz nueva que me ha hecho pensar en colmillos furiosos.

Ni vergüenza, ni dolor, ni miedo. Las lágrimas que irremediablemente se desbordan empapándome las pestañas cerradas solo llevan tristeza inútil, honda, blanca.

Por Clara Jiménez.