Archivo por meses: Agosto 2016

Recortes

Empezó siendo muy pequeña. Su primer recorte, el que guardaba con más cariño de todos, era un fotograma en blanco y negro de Audrey Hepburn tocando Moon River en la ventana que encontró en un periódico viejo en casa de su tío. Casi todos eran en blanco y negro, rostros aterciopelados, miradas intensas, peinados perfectos con los que soñaba. Prefería las imágenes que no aparecían en los carteles de las películas, sino aquellas fotos, imágenes de la cinta, que solían acompañar los reportajes promocionales con motivo del estreno en Europa. Siempre desechaba un posado ante un instante de vida capturado, como si mirara por una un rendija, como si tuviera la oportunidad de asomarse cual intrusa en el rodaje.

Las recortaba con cuidado, por el borde de la silueta, nunca se quedaba con la foto entera, a excepción de aquellas que consiguió casi de casualidad en la que Billy Wilder intenta hacer saltar alguna chispa entre una dulce Audrey y un Humprey Borgart enfadado incapaz siquiera de dirigirle una mirada a la chica. Esa foto era una de sus preferidas y, a diferencia de las demás, la guardaba sin pegar en su álbum, sino suelta entre la portada y la primera página que siempre dejaba en blanco, para poder cogerla y colocarla en la mesita de noche o en su escritorio de vez en cuando. Con el resto de imágenes elegía la parte que más le gustaba, los detalles más curiosos, después combinaba unos trozos con otros creando situaciones que nunca existieron más que en su imaginación. Así al abrir su album podías ver a Ava Gadner de rodillas, mojada, con una toalla por encima retocándose el pelo a punto de bailar junto al lago en La Noche de la Iguana mirando a un atractivo Marlon Brandon que hacía un último repaso al diálogo del bruto Stanley en Un tranvía llamado deseo, haciendo un guiño a Tenesse Williams, al que tanto admiraba.

A veces escribía alguna de sus frases de película preferida junto a los recortes: «Aquí me tienes mirándote, chica», escribió junto a una foto de Ingrid Bergman en la que esta vez sí prescindió de Bogart. Y bien podría haberla escrito en cualquiera de sus páginas, pues allí estaba ella mirando a las chicas, a las grandes estrellas, a través unas gafas que no le gustaban nada, sentada en una habitación en una ciudad de la que no le faltaban ganas de huir.

Con el tiempo fue aficionándose a la prensa cinematográfica y su colección de fotos fue convirtiéndose realmente en un tesoro. No se la enseñaba a nadie, la guardaba con mimo en un baúl a los pies de su cama, cada noche antes de irse a dormir sola se miraba al espejo, veía sus gafas, sus kilos de más, su pelo apagado y soñaba con ser alguien diferente. Jamás se le pasó por la mente tomar clases de interpretación, o acudir a un casting. Ser secretaria o incluso chica de los recados en un rodaje era lo más lejos que se atrevía a soñar. Aunque las noches que se encontraba de mejor humor ponía algo de música, se subía sobre la cama y mientras Frankie Valli decía aquello de «You’re just too good to be true» jugaba con las sábanas a hacerse un vestido de fiesta, se miraba al espejo, se imaginaba impresa en blanco y negro y se veía bonita.

Una mañana de diciembre su sueño se cumplió. Su rostro con gafas en blanco y negro apareció en todos los periódicos. Bajo su apartamento se agolpaban fotógrafo y curiosos. En mitad del barullo, justo después de que el inspector ordenara que retiraran el cadáver de la joven, alguien le preguntó: «Señor, aquí hay un montón de recortes de periódicos viejos, ¿qué hacemos con ellos?» «No me hagan perder el tiempo con tonterías», contestó molesto. Un brutal asesinato era justo lo que necesitaba en este momento que estaba a punto de jubilarse. «Tírenlos a la basura».

Por Elena Escudier.

La coleccionadora de lugares

En su familia todos eran coleccionadores y por eso, al nacer ella, la última de tres hermanos, apenas pudo caber en la casa. Su padre, el mayor coleccionador de todos, se dedicaba a llenar la casa de esculturas de todo tipo: desde bustos griegos del siglo V, hasta móviles más contemporáneos de artistas como Alexander Calder. Por supuesto, no se trataba de versiones originales, sino de meras copias, pues entre tanta colección y su simple trabajo de cartero, era imposible que el dinero alcanzase para todo. Hacía poco había llegado a casa con una hermosa fuente de piedra maciza que había encontrado en el jardín de una casa abandonada de las afueras de la ciudad. A ninguno le cabía duda de que le había costado más dinero y trabajo conseguir a alguien que le llevase la fuente a casa sin delatar el robo, que lo que la pieza hubiese costado en sí. Pero al menos debían reconocer que se trataba de una estatua bonita. No siempre era así. Anna nunca olvidaría el día en que, con tan solo cinco años, vio aparecer a su padre en la casa con un enorme tótem de madera pintado en horribles tonos verdosos. La pintura hacía ya años que se había descascarillado, dejando entrever la madera que, a causa de la lluvia, estaba llena de musgo, completamente astillada. Pero lo peor no era el estado del tótem, en realidad, lo peor era el hedor que la madera desprendía. Anna no podría olvidar nunca aquel día en el que en su joven mente se imaginó que quizás la estatua había llegado para reemplazarla, pues, ¿dónde podría su padre poner la escultura sino era en su propia cama? Mirara por donde mirase, en la pequeña casa donde vivían no había espacio para nada más. Pero, por supuesto, aquel no era el plan de su padre, que, como si de un Tetris se tratara, consiguió reordenar toda la casa para dar espacio a su última adquisición. Con el paso del tiempo, la fetidez de la madera podrida tendría también su propio espacio, sumado al del polvo de la casa, un olor tan naturalizado que cualquiera diría que también alguien lo había ordenado junto con los objetos del hogar.

Su madre, que siempre fue más recatada, se contentaba con llenar álbumes de postales y de viejas fotografías que encontraba en los más recónditos lugares, desde tiendas de antigüedades hasta subastas del género. Como no era fácil encontrar ejemplares, su colección tampoco ocupaba un gran espacio en la casa. Aunque, por supuesto, a su madre también le correspondía la gran colección de utensilios de cocina que inundaban las estanterías de la habitación. Poco importaba que, al final, a la hora de la verdad nunca pudiese encontrar la herramienta más adecuada y tuviese que contentarse con otra menos específica. Esto solo contribuiría a que al día siguiente llegase a casa con un nuevo ejemplar del útil perdido.

Su hermana Silvia era siete años mayor y se dedicaba a coleccionar un poco de todo: desde muñecas mutiladas hasta piezas de puzles desparejadas. A Silvia le gustaban particularmente las hamacas, de las que tenía el jardín invadido. Afortunadamente, la familia contaba con un gran jardín (mucho más grande que la casa en sí), lleno de árboles frutales. Esteban, cinco años mayor que Anna, coleccionaba libros, películas y cedés, lo que, para ser sinceros, ocupaba la mayor parte de la casa. Además, desde muy pequeño le gustaron los instrumentos exóticos, así que también contaba con una extensa colección: dos guitarras eléctricas, un bajo acústico y otro eléctrico, un ukelele, una flauta travesera, un arpa…

El día en que la madre de Anna se dio cuenta de que estaba embarazada de nuevo, decidió convocar a la familia al completo para tomar una decisión al respecto. El aborto no era una opción, pero aparentemente el deshacerse de una sola de las colecciones –o el simple hecho de «frenar» algunatampoco estaba considerado como una opción viable. La familia decidió, por ello, prohibir a Anna la entrada de nuevos objetos a la casa. Le darían la posibilidad de existir, pero no le permitirían coleccionar nada.

A lo largo de los años, Anna pasó una infancia excepcionalmente feliz. Era una niña curiosa y la casa parecía un lugar perfecto para aprender y explorar sin necesidad de salir del calor de la lumbre en los fríos días del invierno canadiense. Como nunca se le permitió tener nada, Anna nunca pudo añorar el sentimiento de posesión y durante sus años de juventud comprendió las enormes ventajas que aquel forzado desapego le traían. Sin embargo, Anna nunca pudo evitar el contagiarse del espíritu coleccionador de su familia y, sin darse cuenta, ella también se dedicó a coleccionar, solo que ella coleccionaba en su mente. Anna coleccionaba lugares y, por ello, al cumplir la veintena, se dio cuenta de que su ciudad no podía seguir satisfaciéndola, debía partir, viajar de norte a sur, de este a oeste, sin parar en ningún momento hasta haber conocido todos aquellos lugares de los que los libros y las películas de su hermano hablaban. Por supuesto, nunca se le pasó por la mente que lo que estaba haciendo no era sino coleccionar lugares a través de sus ojos y de su excepcional memoria. A la hora de partir, el haber sido educada en el más absoluto desapego de la no posesión también fue de gran ayuda. Tan solo su madre fue consciente de lo que estaba ocurriendo, y sin ánimo de inmiscuirse en lo que no le correspondía, decidió no intervenir. En el fondo, un gran orgullo la recorría, el de saber que contra todo pronóstico su hija había conseguido encontrar su propia colección.

Los años fueron pasando y Anna se dedicó a engrandecer su colección con cientos de lugares. La colección de Anna –o lo que ella consideraba como curiosidad infinita– no tenía límites. No solo le bastaba con visitar diferentes países: para sentirse satisfecha, Anna debía explorar las ciudades y los parques nacionales principales, pasando por los pequeños pueblitos cuyos nombres llamaran su atención en los mapas. Dentro de las ciudades, debía recorrerse todos los barrios –incluso aquellos menos recomendados– para hacerse su propia idea de lo que representaban. En los parques nacionales, Anna visitaba todos los lugares de interés señalados en los mapas, grababa en su memoria todos los paisajes vistos desde todos los miradores encontrados. En un pequeño cuaderno iba escribiendo los nombres de todos los lugares que conocía. Pero solo los nombres, por aquello de no acumular posesiones.

Aunque, a decir verdad, Anna no se consideraba una mujer extremista y es por ello que un día llegaría a convertirse en la fundadora de una de las mayores casas editoriales de guías turísticas del globo. Todo comenzó el día en el que en un pueblito perdido de la selva amazónica, Anna conoció a un hombre que, como ella, también se dedicaba a viajar por el mundo, pero este en compañía de una cámara de fotos de última generación y de un pequeño ordenador donde relatar sus historias. Aquel hombre sería el primer amor de su vida y, aunque ambos eran demasiado independientes como para que la historia durase mucho tiempo, el hombre enseñaría a Anna las ventajas de las nuevas tecnologías. El idilio terminó, pero Anna no hizo más que crecer y, dejando a un lado las creencias aprendidas y arraigadas en sí de su familia -¿acaso no forma eso parte de lo que siempre hacemos al enamorarnos por primera vez?-, se compró una cámara fotográfica y su primer ordenador, dos herramientas claves para convertirse en la gran escritora de renombre mundial que un día llegaría a ser.

A veces, cuando echaba la vista atrás y observaba a sus padres y hermanos, tan obsesionados con la realidad material, recordaba el día en que su padre llegó con la estatua del tótem a casa y ella se sintió asustada de perder su lugar en la familia. Anna se sentía libre como un pájaro. Quién le hubiese podido decir que lo suyo no era sino una libertad inventada, la de sentirse feliz tan solo coleccionando nuevas experiencias, nuevos lugares e imágenes. Y lo cierto es que, aunque se lo hubiesen dicho, nada habría cambiado pues Anna había encontrado su propia manera de ser feliz.

Por Carmen Arjona. 

Recuerdos de otra vida

En un receso del sopor, durante fugaces minutos, por la vena del telediario, se colaban en nuestra vida historias de desesperación y supervivencia. Gente que, sin mirar atrás, se echaban al agua en busca de su oportunidad vital.

El móvil periodístico que todo encasilla los denominó «espaldas mojadas», encontrando ese exiguo hilo común para calibrar y clasificar la diversidad de edades, sexos, religiones, orígenes, razones y objetivos que hacen que alguien se embarque en una aventura cuyo camino es la desesperación y el final un abismo, renunciando a todo lo que tuvo o pudo ser en la tierra que lo vio nacer.

Los conocí en el Estrecho de Gibraltar. Primero en la orilla ganadora, efectivamente, mojados, ateridos y aferrados a una bolsa precintada como todo patrimonio: una muda seca. Descubrí el miedo y el desconcierto en los ojos, la indefensión por la inexistencia de vía de retorno ni ruta que coger. Los conocí desconfiando de una sonrisa amable, descubrí en ellos el agradecimiento eterno por un trago de agua dulce.

Y los viví en la orilla del abismo, a la que habían llegado recorriendo sendas de polvo y maltrato hasta encontrarse con la barrera del mar, solo salvable mediante, de nuevo, la sumisión y el pago a los virreyes locales.

Hace tanto de aquello que evoca otra vida. Hacen falta unos segundos o minutos de mirada a la escayolada celosía del techo para ubicar en el tiempo aquellas noticias. Hacen falta un par de profundas inhalaciones para recordar dónde escuchábamos cada uno de nosotros esos ajenos episodios, por qué caja tonta se pegaban a nuestra retina por unos segundos.

La cercanía en el espacio es la del tiempo. Ponerles cara a los recuerdos, los ancla. Ponerles llantos, salitre, surcos en la piel, aspereza en las manos, los humaniza y los actualiza cada día porque no llegan a la categoría de recuerdo para el que los vivió, dejan de formar parte del pasado para colarse en el vivir.

Los que estuvimos aquellos días de la otra, aquella, nuestra vida, penetraron en nuestro ser. Un puñado de intrépidos y entusiastas ingenuos pasamos intensas jornadas orillados en el Estrecho de Gibraltar, llamados por motivos científicos y conmovidos a continuación por la densidad de su belleza y el discurrir del sentido del hombre en estado puro.

Fuimos a trabajar en planos académicos y el proyecto inhaló simbiosis de gente.

En la orilla en la que la esperanza agota su paciencia, los miembros del proyecto discurríamos en busca de información técnica y nos topábamos con los asentamientos de «esperantes», barcas con los motores hinchados de gasolina y senderos diseñados para el trasiego nocturno.

El hambre de Europa era de tal dimensión que se contagiaba. Los lugareños también segregaban esos jugos gástricos al rumiar la idea, y los más pequeños miraban al paraíso terrenal hecho sierras, casas, puertos y carreteras al otro lado del brazo de mar.

Un vecino sin edad suficiente para calcular distancias y tiempos, pidió acompañarnos en nuestro regreso. Algún inconsciente le siguió el juego pensando en broma insípida. El chaval, pura ilusión epifánica, lo entendió como cierto. A cualquiera ante el televisor le hubiese resultado obvio, no es difícil hacer creer a un chicuelo que los sueños se cumplen, justo en esa edad en la que todas nuestras células y pensamientos los persiguen como modo vital de vida.

Los días hasta el final del proyecto eran acelerados para unos, algo tediosos para otros y sobre todo, flemáticos para uno que, desde el día de la promesa, se convirtió en el más férreo seguidor de nuestra agenda de trabajo.

Como el tiempo nunca es suficiente, nos encontramos cargando los bultos antes de sentir el final y, claro, allí apareció el chico agarrando su vida, un hatillo que había preparado a escondidas, tal como sabía que hacían algunos mayores: un trozo de pan de sobras del día anterior y una muda, todo enfundado en un pañuelo robado a la cabeza y al corazón de su madre y atado por las cuatro esquinas hacia arriba.

No es recuerdo sino presente, porque me tocó explicarle lo vil de la vida, y es presente su insistencia por encogerse al fondo del maletero, tras las mochilas, es presente su promesa de que en la frontera no respiraría. Vi demasiado cerca encogerse su corazón hasta hacerse un garbanzo negro, sentí como el aire se negaba a llegar a sus pulmones, y las lágrimas a sus ojos, hasta que la presa de contención cedió y la congoja todo lo invadió. Aprisionó el hato contra el pecho y un trozo de aquel chico se desvaneció incapaz de levantar la mirada mientras nuestro coche izaba la polvareda de la despedida.

Ibrahim se casa, con la luna de agosto, en el valle que lo vio crecer. Me ha pedido que sea su sultán.

Vendrán amigos y familiares, africanos y europeos de la diáspora. Los padres y abuelos llevan meses nerviosos, ningún detalle, ritual ni tradición faltará a la fiesta, la luna presidirá la mesa y la comarca lucirá sus mejores galas desde las cumbres a la orilla.

Sobredosis de galas, opulencia y cariño. No hay día más grande para esta gente que la fiesta del amor y la fertilidad. El culto a la prosperidad, perpetuidad de la sangre y la cultura.

Sentado en el sofá de raso del amplio salón del hoy suegro, no falta el té en el vaso ni la mano tendida con la bandeja de pastas. Al fondo,« lapado» a la mejor pared, el plasma luminoso como símbolo del éxito. Aunque enturbie el diálogo, su presencia permanente es sagrada.

Sobreimpresionados caracteres árabes que me esfuerzo en comprender tras los dos cursos de árabe clásico. Inútil, nada mejor que seguir las imágenes para entender el resto por contexto, en cualquier caso son noticias similares a las que hacía pocas horas miraba en las teles de la orilla norte. Agua, botes, cara de desesperación. Lesbos.

Ibrahim considera que estoy demasiado atento a las noticias, mira el partido de tenis entre la caja luminosa y yo. Para sacarme de mi mundo me da un golpe en la rodilla:

-¡Vamos a darnos un baño al río!

Le sonrío mientras me levanto y trago saliva para ayudar a digerir los recuerdos.

Por Antonio Aguilera Nieves. 

Sombras

Tumbada en la cama, los brazos hacia arriba, las manos flojas en ese punto medio inevitable entre el abrirse o cerrarse, los dedos que no agarran sino puñados de aire, respira la brisa cálida del verano.

Fuera, los niños corriendo, saltando, persiguiéndose, resbalando, cayendo al suelo, peleándose a pellizcos de bruja, a insultos fantásticos, al modo limpio e inocente que irremediablemente ha perdido quien no sabría qué responder si sus compañeros de trabajo lo llamaran «rata de cloaca» u «ornitorrinco de las tinieblas».

Al calor de los cuarenta grados de un principio de julio más, los transeúntes Esperan (bajo la disputada sombra del único árbol del cruce) a que el semáforo se ponga en verde. Esperan los vendedores de sandías, las dependientas del supermercado, el peluquero de la esquina, los hombres del traje gris, el amigo al que todos critican, las abuelas con su risa explosiva –finas y risueñas, pajaritos-aguja que se limpian el sudor con el pañuelo del bolsillo-, los nietos montados en bicicleta, aguardando el sonido del arrastrarse continuo del aceite de las cadenas. Todos Esperan. Con las manos en los costados y los ojos guiñados como pistoleros del Oeste. Con las bocas entreabiertas y resoplantes. Con la mirada fija en el hombrecito rojo que no quiere cambiar de color –«abuela, ¿cuándo cruzamos?»-, ese hombrecito que se divierte viendo sudar a los enchaquetados; que se carcajea, inmóvil, de las sandías que se escurren y escapan del minúsculo Reino en Sombra, emigrantes de un país superpoblado.

A través del deslizarse de los visillos, recostada sobre el colchón, la Niña observa y sonríe, cómplice del señor colorado. Ella también Espera. Con el ventilador en la cara, brmmmm, el aire en su boca suena como un robot, y Espera. Mirando ahora las nubes cambiantes, esa nada blanda que lentamente transforma perros en dragones, y despedazándolas con los ojos como algodón de azúcar, delicioso dulce que la va llenando de volutas de aire blanco –y ya la Niña no es niña, sino niña-paloma-, Espera. En el no-tener-nada-que-hacer-excepto-esperar del largo cálido verano, Espera. A que la llamen para bajar, que ya es hora. A que le digan si tiene que llevarse o no los patines. A… (A veces, los niños son casi tan impacientes como los adultos).

Desde aquí puede ver a la señora del bloque de enfrente leyendo –siempre sola- en el balcón; a la familia del tercero inmersa en su pelea diaria, al perro del sexto que desde este febrero experimenta intensas tendencias suicidas. Oye (o escucha, o ambas cosas) al del violín nostálgico que los domingos por la tarde los hace sentirse a todos ridículos o culpables o inundados por una Tristeza Azul –quizás alguien recuerda la tarde en que fue infiel, por primera vez; tal vez otra piensa qué lejos quedaron ya sus veinte años y qué habrá sido de aquel pretendiente al que dijo «no»; o incluso puede que alguno sienta el agrio dolor de los borrachos al saber que solo papeles lo unen ya a la tímida jovencita que amó. Pero la Niña no sabe de esto. No comprende cómo unas manos finas, unas pocas cuerdas frotadas y una caverna de madera pueden conducir a ese Azul que en el crepúsculo invade los hogares y se instala en las cabeceras de las camas, a esa unidad compartida de la Pena primera. Ni cómo un domingo a las nueve de la noche se puede dedicar la gente a pensar en otra cosa que no sea el colegio. «Y ya verás, ahora que estamos de vacaciones…»

Tras la ventana, las bicicletas siguen pasando. A su lado, las abuelas –la curva de la columna, el peso de algo llamado «gravedad» que la Niña desconoce, el pliegue del cuerpo sobre sí mismo buscando abrazar los talones, los andares lentos, cortos, cuidadosos, tan de caracol sin concha, las manos húmedas, arrugadas como las de los recién nacidos, venosas y tensas ante una amenaza antigua que aún no se cumple, los miles de surcos que rodean, coronan, camuflan, esconden la juventud de unos ojos niños, la sonrisa vieja tantas veces reutilizada en labios que siempre dicen: «¿Tú me quieres?», que siempre dicen: «Eres mi lucerito», que siempre dicen: «Dame un beso», que siempre callan: «¿Me vas a echar de menos?»

La Niña se ha dado cuenta (la tarde es muy larga) de que tanto los hombros huesudos de aquella abuela como la panza rellenita de su nieto (que está en esa curiosa edad entre la infancia y el afinamiento de la adolescencia masculina, tránsito que normalmente pasará a ser más tarde recordado con vergüenza o ternura, cuando el niño en cuestión se haya estirado como un lápiz y entonces le toque ruborizarse por los cambios en su voz o porque aquella muchacha tiene unas pecas tan lindas), de que absolutamente todo tiene Sombra propia. Como el nombre, inseparable de uno mismo hasta el final –aunque ese unomismo ya no recuerde cómo se llama, como le pasa a su abuelo, qué cosas tiene la vida o la enfermedad o la vejez, dejar de ser, pero seguir siendo tan unomismo-.

Todo, ya sea hombre, mujer, perro, lagartija tendida al sol, abeja floja y zumbona, hormiga que a lo mejor esta tarde quedará achicharrada por el poder de una lupa en las manos inclementes de algún amigo, o incluso piedra o farola o el dedo gordo del pie de su primo pequeño (que de vez en cuando hasta se mueve, tic-tic, arriba y abajo, sonrosado y ya sin las arrugas de los recién nacidos-ancianos); todo tiene Sombra. Y la Niña las estudia. Normalmente dichas Sombras aparecen bastante más oscuras de lo que uno es. Se diferencian del gris común, de lo sombrío a secas, por su empeño en pegarse a los pies de la gente, y por ese no saberse dueño o mascota que provocan en todo el mundo, que pone nerviosos a los adultos y los hace tratar de concentrarse en el partido de fútbol o en la factura de la luz para olvidar la inevitable duda. La Niña también sabe que hay muchos tipos de Sombra. Están las inocentes, las fieles, las que imitan sincrónicas cada gesto del amo, devotas y dedicadas a una vida de conforme obediencia. Pero en la calle también se ven las otras Sombras, las Sombras sospechosas, aquellas translúcidas que se apropian de los colores de su dueño hasta casi hacerse visibles, reales, humanas, que aprovechan el instante en que ambos pies no tocan el suelo para separarse a tirones y tenderles la zancadilla traidora, la que los hará caer de nuevo pegados a ese oscuro infiel sin nombre. De estas Sombras hay muchas en todas partes: en las tiendas, en los hospitales, en los aeropuertos; estas son las peores, Sombras viajeras y escapistas, desertoras que en el suelo pulido se retuercen sobre sí mismas, se doblan hasta las rodillas como plumas o juncos o flanes. Uno puede oírlas gritar con el equipaje en la mano si presta la suficiente atención. Sin embargo, y a pesar de sus continuas frustraciones, nunca lloran (o la Niña aún no las ha visto).

Al otro lado de la ventana, desde lejos, imagina que el amigo al que todos los trajes grises critican debe de tener una Sombra igualita a la del violinista melancólico; una cariñosa y callada, que le sonría a la muchacha de la panadería, que ayude a los pobres que ampara la Iglesia y a la Iglesia que critican los no tan pobres, y que a lo mejor hasta alguna vez mire hacia arriba y salude a la Niña moviendo –solo un poquito, para que su dueño no se dé cuenta- la mano derecha y le diga: «Hola, ¿qué tal? »

Pero ya empieza el violín a tocar, ya oscurece y hoy no la llamaron, «bueno-qué-más-da, no pasa nada, bajaré mañana», y sin embargo por un momento terrible la Niña comparte la Tristeza Azul, antes absurda para ella, de la que –siempre sola- suelta el libro suspirando en el bloque de enfrente, o del matrimonio del tercero que vuelve a gritarse palabras terribles, insultos de los que –y esto es lo que los hará luego encerrarse en el baño y enjuagarse una lágrima que, para su disgusto, nunca será de ira ni furia ni rabia sino de hastío y pena- no se arrepentirá. Solo por un instante comprende al perro del sexto que no ve la hora de tirarse de una vez del balcón, a la dependienta del supermercado a quien seguro no le dijeron hoy más de tres veces «buenos días» o «gracias», al peluquero de la esquina que ya no debería estar trabajando, que ve el sol ponerse siempre tras el cristal que refleja al cliente en toda su fealdad (increíbles los espejos de las peluquerías, de dónde los sacarán, maldad pura), que toca, corta, peina, seca pelo, pelo, pelo un día y otro y otro, y las manos siempre le huelen a tabaco, y se le murió ayer su perrita -llevaba un año arrastrando un cáncer-, qué lástima de hombre. Para colmo de males, terminemos de hundir el Titanic, la Niña piensa en el día en que por fin cierre el negocio, ese negocio de tijeras y fotos de mujeres bonitas que siempre ha estado ahí, que será alguna vez su Cinema Paradiso -con olor a champú de coco- derrumbado, el adiós a las viejas charlonas y al recuerdo mentiroso de un cigarro en el pelo, y cómo quema cuando a una le secan la cabeza, de verdad parece que le apagaran en el cráneo el extremo de la colilla, qué dolor; a propósito, quién peinará a los peluqueros…; el mío tiene una verruga, por cierto, se dice la Niña, sabiendo que lo peor de todo es que ni siquiera aprecia mucho la verruga ni los espejos ni al peluquero mismo -no hay mayúsculas-, y que cuando llegue la hora no tendrá problema en encontrar otros espejos y otros peluqueros también en minúscula que a lo mejor no tendrán verrugas, qué más da, no es un requisito indispensable, pero qué lástima de hombre, no le cogió demasiado cariño y era buena persona. Simplemente, a una le gusta que sus lugares y sus raíces y sus manías y su peluquero –terrible fumador- sigan ahí, a qué negarlo, aunque cuando todo se haya ido y ya no haya más abuelas-pajarito ni abuelos sin nombre, pero tan unomismo -Sombra amable y querida que se levanta la mascota al saludar-, ni niños en bicicleta ni tardes inmensas de verano en que la Libertad, que es una mujer muy gorda a la que le encanta abrazar a sus hijos, se confunda solo a veces con el aburrimiento, y cuando la Niña ya no sea niña ni se dedique a mirar por la ventana y pensar en las Sombras malas o en el cierre de la peluquería del barrio o en cómo le gustaría que su abuelo le hablara o en por qué no la han llamado (todo muy propio de música de violín, ahora lo entiende), entonces ya no quedará este Azul tan tremendo de domingo por la tarde, sino una cosita linda que llamará tímida a su puerta tartamudeando que es Melancolía, la vecina que no sale mucho de casa, y que viene a traerle el zumo de limón que, sabe, de vez en cuando se necesita.

Por Irene Reyes Noguerol.

Asesinato en el campamento de verano

El dentista me puso el diente y sonreí por primera vez en muchos meses. Era el punto final de toda aquella historia. Me estaba olvidando de su cara a pesar de lo mucho que la había querido. Fue una desgracia, una serie de malas decisiones que nos hicieron caer en este olvido. Dentro de poco no quedará nada.

El problema comenzó porque estábamos en crisis. Llevábamos un año de relación, es un período horrible; el más difícil, porque para una relación corta es mucho tiempo, pero para una relación larga, es poco. Estábamos en un punto clave: o dábamos un paso que nos uniera o nos separábamos. Entonces se me ocurrió lo del camping, una idea de mierda. A mí no me gusta la playa, en mi vida me fui de campamento, pero me imaginé solos adentro de una carpa, teniendo sexo a todas horas, con los pajaritos y los grillos. Mi amigo Daniel me prestó una carpa y no me dijo que era para ocho personas, era enorme, fue un gran esfuerzo llevarla en el autobús; para peor, nos pasamos y tuve que arrastrarla un montón de distancia y le hice un agujero en el forro. La madre de mi amigo no me habló más, cuando se la devolví así, rasgada. Además no supe armarla; ella se puso y logró hacerlo sin mi ayuda, pero -nunca entendí el motivo- algo en su cara cambió, estaba desilusionada, era como si me viera como un inútil. Salimos a caminar y estábamos tan en lo nuestro que llegamos a Piriápolis, luego volvimos, también a pie. Fue una paliza de kilómetros, llegamos reventados y nos acostamos a dormir. Ella se durmió tan profundo que hizo un movimiento brusco, supongo que estaría soñando, y me pegó un cabezazo en la boca, con la parte dura del cráneo, me cortó un poco el labio, sentí como un relámpago en el diente, pero luego nada más, apenas se hinchó un poco, fue repentino, quedé medio noqueado por el golpe. Ella ni se enteró, no se despertó siquiera, luego no le conté nada… le dije que me había mordido durmiendo. Al otro día fuimos a la playa y discutimos por una idiotez, ni me acuerdo, incluso estábamos de acuerdo, pero había una pequeñez que nos pusimos a defender como si nos fuera la vida, lo resolvimos haciendo el amor en el agua, y creí que eso solucionaba todo pero fue peor, fue como una bajada inexorable. Esa noche hubo una gran tormenta, la carpa se inundó y se nos mojó toda la ropa. Al otro día, húmedos y sin dormir, nos fuimos antes del campamento, comimos una lata de sardinas que le cayó fatal y vomitó durante el viaje de vuelta. Llegamos por la tarde y nos despedimos en la terminal de autobuses. Cada uno a su barrio, bajo la llovizna, un día gris. No le dije para acompañarla porque noté que estaba deseando perderme de vista. Al otro día tenía el labio más hinchado. Me había matado el nervio del diente. Se me puso negro, tuve una infección. Tenía una fractura vertical. Cuando pude juntar el dinero para tratarlo, era tarde. Me lo tuvieron que sacar. Estuve unos cuantos meses con ese tema. Apenas salía y, por supuesto, no sonreía. No quería hablar. Tiempo después escuché un mensaje de ella en el contestador automático de mi casa. Quería que nos viéramos. Por supuesto que no le respondí. En ese campamento no solo se me murió el nervio de un diente. Matamos al amor que nos quedaba. Porque estoy casi seguro de que nos amamos. Lo que pasa que todos creen que el amor aguanta todo y es al revés, es muy frágil: si se fractura, no tiene arreglo.

Por Joaquín DHoldan.