Archivo por meses: Julio 2016

No te fíes de los rusos

«No te fíes de los rusos»: la frase de cabecera de mi abuelo, un anciano apolillado, medio amargado y medio melancólico, veterano de la División Azul. «No te fíes de los rusos»; era decir esto y los que estábamos alrededor resoplábamos y mirábamos al techo. O sonreíamos por lo bajo. Con todo, nunca me lo he tomando como una advertencia o un consejo, solo como una trillada frase de un viejo reeducado en un gulag.

«No te fíes de los rusos» vuelve a mi cabeza por culpa de una chica que lleva días sentándose a mi lado en algunas clases. También se sienta en una mesa cercana en el bar. Y, por supuesto, la chica es rusa.

Podría decir aquí y ahora que todo esto es culpa de mis amigos. Claro, yo casi no tengo nada que ver. «Joder, si parece de porcelana», dice David. «Y tan rubia toda ella… ¿será auténtica?», dice Marc. Y Jordi añade: «Te la tienes que ligar». Entonces Marc matiza: «Mejor intenta tirártela». David dice: «Y nos lo cuentas». «Por favor», pide Jordi. Ni les respondo. Y es que no me dejan, en serio. Para cuando quiero replicarles uno de ellos dice: «Tengo novia»; otro dice: «Yo es que intento ligarme a Sandra». Y el otro: «Tengo una tesis que terminar».

Mi abuelo hubiera dicho que la rusa es una chica preciosa, y que de rusas preciosas estaba lleno el Ejército Rojo. Y que le jodieron a base de bien. «No te fíes de los rusos». Pero no: Lina, la preciosa chica rusa de la facultad, no tiene pinta de ser el Ejército Rojo. Hasta puede que mis amigos sean sinceros en sus palabras; que quieran alentarme, empujarme a la épica sexual. Todo tiene pinta de ser perfecto y genial.

Cierto que corro un riesgo, que la cosa puede torcerse, salir mal y terminar con un fracaso tremendo. Todas esas historias locas, todos esos relatos sobre catástrofes sexuales… Lo que piensas en un momento así es que eso a ti no puede ocurrirte, claro que no. Hasta que te ocurre. Y conoces bastantes relatos escalofriantes de colegas, sobre lo que prometían ser polvos de leyenda y terminan siendo pesadillas espeluznantes. Sabes todo esto.

No es culpa de nadie que no prestes la debida atención. Solo tuya.

Las clases de educación sexual del instituto no preparan para todo, pero ni de coña caes en esto cuando una chica rusa preciosa está desnuda encima de ti y lo estás pasando en grande. Cuando esta chica te hace una caidita de ojos y pregunta en un tono medio inocente, medio fiera sexual, si quieres probar el sexo anal… Bueno, los tíos solemos pensar solo en un sentido. Y en un momento así, cuando la chica está sentada en pelotas encima y tu polla está dentro de ella… «No te fíes de los rusos» no es en lo que piensas.

En este preciso momento, no.

Mientras sonríes idiotizado y lujurioso ella alarga el brazo y busca algo por debajo de la almohada; alza la mano y ante tus ojos ves un pañuelo de seda. Rojo. Y con nudos en un extremo. No entiendes nada, pero haces ver que controlas. Que no decaiga la fiesta. Y puede que la fiesta no decaiga, pero sí tu ánimo cuando notas sus dedos y el tacto de la seda rondando por el agujero de tu culo. Entonces también decae tu polla. Y ella dice: «Relájate; déjate hacer que te gustará». A esto se le llama robar la frase, cuando alguien va y dice lo que tú tenías planeado decir.

Ahora sí; ahora recuerdas lo de «No te fíes de los rusos».

Según ciertas páginas web un tío puede «tener un orgasmo explosivo» si se le estimula la próstata. Que será «el orgasmo de tu vida». En la práctica, y por más que solo sea un pañuelo, es una cosa distinta. No es este el punto álgido del polvo que esperabas, pero metido en faena no quedan más opciones que tener la mente abierta. Bueno, y el ojo del culo también.

Inspira, espira. «Relájate y disfruta». Así que piensas en amaneceres en la playa, en puestas de sol en la montaña, en el trino de los pájaros y el agitarse de las flores al son del viento. Todo para no sentir el pañuelo entrando en el culo, mientras la rusa preciosa sostiene tu polla desinchada y cierra los labios en el capullo. «No te fíes de los rusos»; sí, abuelo, sí.

La cosa es que lo del pañuelo marcha, y tan bien marcha que no tardas en sentir como tus abdominales se tensan, a punto para alcanzar el orgasmo y correrte. Empiezas a notar el lefazo subir por el tronco de tu polla; y la rusa también debe notarlo, ya que justo cuando tus soldaditos blancos están a punto de salir disparados y aterrizar sobre su pelo, cara y pechos y por todas partes, es en ese momento cúspide cuando la preciosa rusa desnuda saca el pañuelo de un tirón.

Tan fuerte es el tirón que no puedes no sentir todos y cada uno de los nudos. Lo que entonces te preocupa es saber si te sangra el culo o te han salido los intestinos.

Pero esta preocupación dura un solo instante.

Algo que los cientos de webs sobre estimulación prostática no se molestan en decir es lo relativo a los efectos secundarios. Uno de ellos es que te cagues encima. Literalmente. En este caso concreto que te cagues también encima de la rusa preciosa. Te hablan de «el orgasmo de tu vida», pero se callan que tras la explosión de semen puede venir la explosión de mierda.

«No te fíes de los rusos». Ahora lo veo. Ahora lo entiendo. También comprendo lo de «actividad de riesgo». Todo esto pasa por mi cabeza, mientras en la ducha me froto como puedo y retengo el vómito a pesar de las continuas arcadas.

No, no es este el final de la velada que esperaba; no es algo de lo que luego vaya a presumir delante de los colegas.

«No te fíes de los rusos»: la sabiduría de mi abuelo; mi puta ignorancia.

Por Roger Mesegué. 

Génesis

Érase una vez, aquello que, aún, nunca fue. Érase una vez y varias veces, lo que sin ser, insistía. Un hombre, como la muerte que no se lleva a nadie, o se hace la dormida, disfrazando de sábanas sus mortajas. Un hombre –decía– parado en el centro de la nada. Y como nada era, todo aquello que rodeaba a ese hombre, lo oscuro de un cielo nocturno podía deslizarse suavemente, primero, naciendo de su propia sombra –entonces, descubrimos que había luz, al menos, o era la nada brillando de ausencia–, luego, como si fuese agua que manaba de un hueco en la tierra, se extendía hasta donde la vista alcanzaba, y algo más vimos. Pero un gran trozo de nada aún permanecía impávido a los pies del hombre, dejando sus piernas suspendidas, su cuerpo sostenido entre la ausencia de tensiones, girando muy suavemente sobre su eje, recorriendo con sus ojos que no tienen en qué fijarse, arriba, la oscuridad de la noche, abajo, el agua que se nos empieza a colar nuevamente entre las palabras, colgando de los dedos que escriben la historia que se era, cuando no se era nada. Y esa agua era agua, pero, por la mansedumbre de su avanzar leve, era espejo y reflejaba, y aunque podíamos imaginarnos un horizonte algo más claro, no era más que imaginación, pues la nada no era clara ni oscura… ni nada. Entonces, era el agua, y el espejo, y los pies que parecían cuatro, las piernas que parecían cuatro, los brazos, la cabeza no, eran dos, y se observaban, uno arriba, el otro abajo, –si es que coordenadas como estas nos es lícito colocar–, uno apoyado en las plantas de los pies del otro, con la mirada como segundo eje, girando, en medio de una noche que eran dos, que era una y dos. Cayó la primera lágrima, allá, al encuentro de otra que subía y colmaron, ambas, aquel mar que duplicaba todo. Entonces, hubo la distancia y la tristeza. Y en las ondas crecientes que de aquel punto de encuentro se formaron, la imagen de su rostro se deformaba, lo licuaba y producía un vaivén en el brillo de su mirada y en las cejas que parecían cambiar continuamente el gesto de la cara del doble. Entonces, la sonrisa que bailaba, sobrevino, la alegría fue después. Érase la nada y un hombre, su sombra, la noche, érase la nada y el agua, y el otro, érase la nada, la distancia, la lágrima, la sonrisa, érase la tristeza, la alegría, después. Érase la nada, la nada. Y aquel hombre, dotado como estaba de articulaciones, en medio de aquel giro que se perpetuaba, quebró sus piernas y arrimó su rostro al rostro, sus ojos a los ojos, hasta que la nariz fue un reloj de arena junto con la otra, y asustado por la sensación del agua que siendo la primera vez que lo tocaba, era comprensible que así se sintiera, construyó el miedo y con el miedo, vino el tiempo. Volvió a sumergir la punta de la nariz en el agua, hasta que su boca se apoyó en la superficie húmeda, que temblaba bajo su respiración como la fiebre misma, pero no hubo donde apoyarla, no vinieron otros labios a dejarse tomar como lecho por estos. Entonces, esa nada era el amor, aunque él nunca lo supo. Y del amor, de su desconocimiento, vino el saber. Y era la nada, el saber y la nada. Volvió a erguir su cuerpo, aquel cuerpo formal, desnudo o vestido, con sombrero negro, que apenas se veía entre aquellas dos noches, y suspiró. Fue un suspiro largo, un suspiro que dejaba dentro de sí aquella nada, que lo vaciaba y, al vaciarlo, silbaba al pasar por su nariz y el sonido lo conmovió, sorprendido por aquello que era nuevo, como todo hasta ahora. La sorpresa se escapó de su garganta y estiró sus labios, y entonces fue la música, la música y la palabra cabalgando en ella, subiéndose con el aire en marcha, entonces fue después la palabra. En su giro, el hombre notó que aquello que abandonara su lengua y lo que a esta rodeaba volvía o se perpetuaba un instante en el aire para ser capturado luego por su oído y supo que podía repetir eso, cuantas veces quisiera, entonces ya no miraba al otro ahí debajo, –ocupado, también él, con sus propios suspiros–, miraba la nada, que estaba aún ahí, detrás de aquella noche y aquel mar, detrás de su propio sombrero, miraba a la nada y hablaba solo para escucharse, entonces fue la compañía. Érase la nada, un hombre, érase su sombra y la noche, érase antes la luz y luego el agua, érase el espejo y la distancia, érase la lágrima y la sonrisa, érase el tiempo y el temor, érase el suspiro y la música, érase la compañía y la nada. Érase la nada… La nada.

Por Javier Montiel. 

Radioemisora

No quería sacar llamadas al aire porque resulta que cualquier loco dice lo que sea con tal de escucharse, es como los comentarios en las redes sociales, está instalada la idea de que todo el mundo debe opinar sobre todo y se generó un impulso sobre el debate, como si fuera un designio inevitable tener opinión sobre todo y peor aún, como si, de forma obligatoria, todos tuviésemos que escuchar lo que dicen los demás. Parece ser que sobre todos los temas (todos), hay que tener una posición y no solo eso, hay que compartirla, y por si fuera poco, defenderla, y estar seguro además, es impensable dudar, o cambiar de punto de vista. Pero al director de la radio le encantan los debates, y que la gente llame y ser trending topic, y si se genera una discusión, mejor. Accedí porque el otro día vino el actor este, tan famoso, que contó lo del muro, y me sembró la duda. Resulta que se mudó a una casa, en el patio de atrás tenía un muro y nunca salía porque estaba seguro de que estaba lleno de paparazzi del otro lado, y luego imaginó que sus miles de fans harían guardia agazapados ahí atrás, hasta que una tarde, de pura curiosidad, se puso unas gafas y un sombrero, y así, medio disfrazado, se acercó al muro, trepó, miró y no había nadie. Esa imagen del tipo, solo ante su ridículo ego, me hizo pensar si más allá de mi micrófono no pasaba algo similar, si cada noche le hablaba a la nada, si estaba solo… Y accedí, dije que a partir de esta noche podíamos sacar llamadas al aire, en directo. Y en cuanto lo dije y puse el primer tema musical, me puse a esperar, el operador miraba los botones, el cristal, su móvil, y notaba que de costado esperaba que sonara el teléfono. Volví a hablar, e insistí en que podían llamar y plantear un tema para debatir conmigo y con los miles, cientos, de oyentes que en esa noche lluviosa seguro que estaban al otro lado de las ondas, sin censura, fútbol, política, cotilleos, y por fin… tenemos la primer llamada, el primer oyente que rompe el hielo y se anima a llamarnos al 954 310247. ¿Sí, con quién hablo? Hola, soy yo. Disculpe señora, buenas noches, dígame su nombre… Soy yo, tu madre… Gracias por su llamado señora, pero está confundida, está hablando con… Yo sé con quien hablo, soy tu madre, ¿ya no reconoces mi voz? El operador me miró con cierto reproche. Señora, discúlpeme pero mi mamá falleció hace cinco años. Hubo un sonido de estática. Ruido blanco. Esta vez fui yo quien miró al operador con fastidio. Iba a continuar hablando, lo bueno de la radio era que un tema musical iba a dejar en el pasado… Soy yo, ¿no reconoces a tu madre? ¿Sabes lo difícil que fue llamarte? La situación estaba a punto de ser insoportable… ¿No tienes nada para decirme? Lo cierto es que no, en caso de que fuera verdad no se me ocurría nada para decirle. No era nada nuevo, durante los últimos años de su vida tampoco le había hablado mucho, me resultaba difícil porque sus últimos años habían sido marcados por la demencia. “Vete, corre”, me repetía en su delirio, cada vez que la visitaba. El operador me miraba serio, expectante, supongo que esperaba alguna pista sobre si había reconocido la voz. Hagamos lo siguiente, señora, vamos a suponer que es quien dice ser, ¿tiene algo para decirnos? “Vete, corre”, gritó la voz. Me quedé congelado. “Hijo, ahora, vete, corre”, gritó la mujer desesperada. Lo siguiente es difícil de explicar, fue un reflejo, algo irracional, simplemente salí corriendo, me levanté, mi silla cayó hacia atrás, abrí la puerta del estudio, todo en un segundo. Quizás también por reflejo el operador salió detrás de mí, no sé qué habrá pensado, pero al verme salir disparado vino empujado por el grito que sonaba en los altavoces “Vete, corre”. Bajamos a la planta baja saltando escalones y una vez en el hall del pequeño edificio de tres plantas donde estaba la radioemisora, nos detuvimos en la calle, resoplando, sin hablar. Cuando recuperamos el aliento, el operador me miró como para pedir explicaciones y fue entonces cuando se escuchó la primera explosión, miramos hacia la ventana del estudio y otra explosión escupió una lengua de fuego haciendo saltar los cristales.

Nota del autor: En enero del 2015 la FM 90.5 Rivera sufrió un trágico incendio por un escape de gas y posterior fallo eléctrico, el edificio quedó seriamente afectado, las instalaciones de la radio fueron destruidas por completo. Milagrosamente, el personal resultó ileso.

Por Joaquín DHoldan.

Sombra de neón

Hay algo suavemente mágico en la transformación retrospectiva de la torre blanca en un caballo negro y de la torre negra en un caballo blanco, conservando sin embargo, la simetría” .
Nabokov

Aquella noche de verano romance no fue distinta a las demás y al llegar a mi buzón, con el rabo intacto entre las piernas, recogí el correo. Carta del banco, carta del gas, carta de la luz, publicidad de un chino, publicidad de un arreglagrifos, publicidad de un centro de estética, publicidad, publicidad, publicidad y… carta de mi padre.

Mi padre por fin se había decidido a mover ficha. Concretamente, el cobarde se enrocaba. Es irónico, pero esa era su jugada favorita. También fuera del tablero.

Cualquier jugador de ajedrez sabe que un enroque puede ser como el silencio de una suegra, una estrategia ambigua y peligrosa, una maniobra aparentemente de defensa que, a la vez, puede contener, a corto plazo, un ataque por sorpresa. Llevábamos con la partida de ajedrez dos años. Una partida por correo convencional. Papel y tinta.

No es que tuviéramos muchas cosas en común, pero para ambos era algo importante. Puesto que no teníamos niño alguno apadrinado en la India ni éramos socios de ninguna ONG pro-animales en extinción, pensábamos que, protegiendo la tradición epistolar y huyendo del píxel, contribuíamos también a mejorar el mundo. Así que me dispuse a reproducir su jugada en mi tablero de casa y empecé a pensar en mi próximo movimiento.

Como no podía dormir, decidí salir a la calle a vagabundear. Me puse los pantalones del pijama, las zapatillas y una camiseta rota con la cara de James Dean (sumergiéndose en el mar negro de su jersey) que encontré en el fondo del cajón. Lo cierto es que olía que corrompía. Quizás a perro mojado. No conseguí recordar cuándo me la había puesto por última vez. Me dio igual. A esas horas de la madrugada, el gusto por la moda de gatos, yonkis, borrachos y prostitutas, no es precisamente exquisito.

Ya en el ascensor, me miré en el espejo y pensé que en efecto, mi look nada tenía que envidiar al de un náufrago fashion victim. Mejor. Así pensarían que era peligroso.

Estuve vagando sin rumbo fijo varias manzanas. Sin velas que cazar, disfruté de la travesía. De repente, recordé la belleza de la nicotina humeante bajo una farola. Tenía tabaco pero no mechero. Puto misterio.

Seguí caminando calle abajo y torcí por un callejón a mano derecha. Ya estaba bastante lejos de mis dominios, pero me pareció ver un portal que desprendía una luz dura de tungsteno. El neón bautizaba aquel tugurio con el nombre de Talismán & Chips 2. Qué clase de nombre es ese para lo-que-sea. Y lo más inquietante. Si había un 2 tenía que haber un 1.

El objetivo no se planteaba fácil de conseguir. Si tenía suerte, iría directamente hacia la máquina expendedora, compraría un mechero sin mediar palabra con nadie y volvería a salir sano y salvo. Si no, debería interactuar con algún espécimen, rogarle que no me matara y finalmente pedirle fuego sin salir lastimado. Una quimera, vamos.

Con todo, estaba decidido a conseguir mi fuego. Al rebasar el umbral de la puerta, todas las miradas me apuñalaron, pero yo contraataqué apretando mi mandíbula, gesto que sospeché se podía entrever a través de mi barba y que, pensé, interpretarían como una señal de ATENCIÓN, perro loco agresivo anda suelto. No fue así.

Cuando solo me faltaban dos metros para llegar a la máquina, una mulata en cuyo dorso me pareció leer abre-fácil, salió al paso interrumpiendo mi trayectoria. Llevaba una peluca rubia y un lunar tatuado cerca de la boca. A bordo de unos tacones rojos era ligeramente más alta que yo. Sus labios, a juego, escupieron algo:

-¡Ay, papi, dónde va ese cuerpo tan rápido!

-Voy por fuego.

-Ay, guapo, entonces estás de suerte, me buscas a mí… todo candela. – Y sin avisar me rodeó con sus brazos y me espetó un beso en la boca. Almendra podrida.

Aquella situación se me empezaba a ir de las manos. Examiné la escena rápidamente con un barrido ocular. El camarero, a tenor de las manos de carnicero que lucía, era una amenaza con o sin arma bajo el mostrador. El viejo con el ojo de cristal sentado en la barra, podía ser, en un momento dado, más asequible, pero sus brazos -puro nervio-tatuados con compás, despejaban la incógnita. Por último, la propia Marilyn Monroe de ébano, una pantera cuya masa muscular me destrozaría en un simple pulso. En resumen, siempre es preferible optar por el diálogo. Diálogo que a mí me parecía sacado de una peli porno o algún western barato.

-Yo… no busco problemas. Solo quería comprar un mechero.

-Pues aquí no tenemos fuego- dijo el camarero desafiante sin que se le moviese apenas el cigarrillo encendido de los labios.

-Qué pasa, ¿no te gusto?- retomó ella.

-No, no es eso.

-¿Y así? – Se quitó la peluca descubriendo una larga melena azul oscuro casi negro que se posó sobre los hombros y parte del escote.

Sus encantos eran incontestables, me imaginé sus curvas perfectamente culpables de la ruptura de más de un matrimonio, pero debía marcharme. Todo puede cambiar en un segundo.

-No gracias, de verdad. – Y me giré en un movimiento perfecto dejando las puntas de mis pies ya orientadas de nuevo hacia la salida.

-Espera.- De repente gritó.- Yo te conozco. ¿No nos vimos ya en alguna parte? ¡Ah sí! Con el hombre viejo en silla de ruedas. – Al oír aquello salí corriendo tan rápido como mis pulmones me permitieron. Corrí y corrí hasta llegar a mi ático de provincias.

Dos horas más tarde, llegó mi sombra de neón. Ambos estuvimos diseccionando lo sucedido.

Por Carlos Torrero.

Ídolos

Nunca sabíamos por qué los elegían.
Un año, quizás por la fuerza; otro, por una virtud inmaculada; el resto, tal vez por la posición de ciertos lunares en que los dioses habían grabado su designio. Ya en el vientre materno. Con los ojos cerrados y apretando los puños como todas las crías humanas. Pero con tres diminutas marcas –una, dos, tres- que habrían de diferenciarlos de los demás. De nosotros. De los mortales.
Tras el examen, los recién nacidos, ellos, eran sumergidos en baños de leche y flores, perfumados con los mejores aromas del imperio, engalanados con las telas más ricas, confeccionadas solo para sus delicadas pieles. Luego, las mujeres de la corte les frotaban los piececitos arrugados, contando los minúsculos dedos, esperando encontrar alguna imperfección, nerviosas en ese uno-dos-tres-cuatro-cinco que decidiría el futuro del niño, asustadas o compasivas o hasta celosas de los privilegios que no les serían concedidos a los frutos de su propio vientre.
Desde muy pequeños, los afortunados paseaban inconscientes las cadenas de oro que los distinguían del resto. Sonreían bondadosos a los hijos de los campesinos, a las miradas de miedo y envidia de quienes aún no saben, a los berrinches infantiles de tantas manitas que pedían llorando ser como ellos. Y no comprendían.
A los siete años, los elegidos eran coronados de orquídeas en la cima de la pirámide, desde donde los dioses habrían de señalarlos del primer aliento hasta el último. Solo para los privilegiados, la ciudad entera vestía sus mejores galas, ofrecía sus productos sin exigir nada a cambio; desangraba carneros, despellejaba conejos y asaba pletórica los cerdos más preciados de toda la piara. Solo para los privilegiados se organizaban festivales de música y danza, torneos y combates a espada y arco, juegos populares donde los niños participaban en éxtasis. Solo para ellos. Y para los dioses. Para que, llegada la hora, colmaran el imperio de buenas cosechas y de lluvia.
Ya en la adolescencia, ellos miraban con nostalgia a sus compañeros. Los designados no sabían manejar el hacha, no habían jugado nunca con armas de madera, no se les había permitido usar siquiera un escudo. También ellas veían, melancólicas, cómo su deseo de aprender a tocar música, a jugar en la plaza grande, a bordar, igual que las otras, se había ido alejando, diluyendo como agua entre los dedos.
Era la suya una vida de observación y espera ingenua. De contemplación y quietud. Y de paños de oro deslizándose por los suelos de palacio, tan silenciosos como las pisadas de sus esclavos.
Ninguno de los dos sexos podía tomar amante, esposo o familia. Ninguno de los dos podía perder la pureza de los dioses. Ninguno de los dos sentiría jamás en el pecho otro aleteo que el del medallón sagrado golpeteando los huesos bajo la piel. La divinidad exigía a sus ídolos inmaculados de vuelta. Pequeños seres perfectos amados por todos. Tan tiernos, tan duros. Los dioses los deseaban. Y los tendrían.
Por fin, a los veinte años, los señalados recorrían las calles a la vista de todos. El imperio se arrodillaba a su paso, besando la tierra que pisaban sus ídolos, adorando su fuerza, su virtud o esos tres lunares –uno, dos, tres- con que los dioses habían querido distinguirlos. Hermosos y distintos.
En el silencio majestuoso, la mente del pueblo murmuraba. Reclinadas ante ese arrastre dorado y quedo de las ropas de gala, las madres de los otros reclamaban su venganza. Entre sus rezos hipócritas, también los otros, antiguos niños desechados por los dioses, pedían sangre. La justicia del destino.
En la subida inocente a la pirámide, los ídolos sonreían, satisfechos de hacer, al fin, algo por sí mismos; felices en su perfección divina, ignorando el reflejo del sol de mediodía sobre el puñal que los esperaba allá, en la cima.

Por Irene Reyes Noguerol.