Archivo por meses: Junio 2016

Kill your idols

Todo empezó como un eco. Un eco negro y rugoso. Súbitamente, el escenario era como una jodida televisión con el mute dado. Duró solo unos segundos. Fue en un concierto en Los Ángeles durante la gira americana. Nadie lo notó. Ni yo mismo, quise creer. Cuando me bajé del escenario, en el camerino, me atrapó una sensación extraña. Mi cabeza estaba allí, escuchando atentamente a mis asistentes, que me iban enumerando las cosas por hacer en los próximos días. Pero mi cuerpo no. O no tenía certeza de ello. No era capaz de sentir la toalla blanca al cuello ni la Bud bien fría apoyada en la pierna. Tuve que dar una orden directa a esa mano, que sentía como prestada, para que acariciara mi rostro inexpresivo. La certeza de estar allí me devolvió de nuevo a la actividad.

Normalmente siempre había que atender a algunos fans con entradas VIP. Era parte de nuestro business, royalties, entrevistas de presentación… Una agenda apretadísima digna de un ejecutivo. Seguía en activo no solo por la música, no solo porque no tuviera, ni conociera otro oficio, no solo por la banda. Mi droga era ver desde arriba. Plantarme en medio de aquellos enormes escenarios y observar cómo, levantando una mano, el mundo enfurecía a mis pies. El poder, la adicción más fuerte que puede sentirse.

 Los túneles fueron creciendo en intensidad y duración. Se apagaba todo. Solo las luces y los cuerpos endiabladamente agitados me decían dónde estaba. En mi estomago empezó a crecer como un hongo atómico una distancia forrada por muros de metacrilato con la banda y el público. ¿Por qué saltaban? ¿Qué coño gritaban? A partir de ese momento, y después de sesenta años, dejé de vivir y entender el Rock & Roll y mi problema empezó a afectarme dentro y fuera de los túneles.

La Gira avanzó como una apisonadora y fue aplastando, en su letal movimiento, mi profesión.
En el último concierto en New York, y tras hacer el peor Thunder de mi vida, pedí a estos que vinieran a mi camerino. Las palabras salieron de mi boca en forma de crochet y noqueé a todos los miembros de la banda. «Me estoy quedando sordo». Y un silencio letal (que no supe distinguir si era común o propio) pintó la habitación de un gris triste y plomizo.

A partir de ese momento, y antes de marcarnos el cambio de continente, comencé mi peregrinación de médico en médico. Los mejores, todo tipo de pruebas. Cascada de rayos intentado atravesarme la cabeza y averiguar qué se me había aflojado dentro.

Lo malo de tener un diagnóstico no es recibirlo, sino las instrucciones anexas. Tenía que dejarlo. Punto.

El dolor se agudizó profundamente cuando encontramos sustituto, y volvió a calmarse ante las dudas que su nombre generó en la crítica especializada. Quería que se subiera, que lo intentara y que todos me echaran de menos. Este pensamiento me mantenía vivo y explotó por los aires el día del primer concierto, en Portugal. Me dolía la cabeza de mantener la falsa sonrisa. Las palabras en las portadas y en las redes sociales me acribillaron. La banda se había «reencontrado» decía uno. «La energía había vuelto», rezaba otro. No lo soportaba. Mantuvimos una tensa calma. Yo los acompañé durante la gira. No entraba en los estadios, los decibelios eran tóxicos para mí. Me quedaba en el hotel, esperando, expectante. Cuando llegamos a España ya había tocado fondo. Él llevaba una pierna rota (un accidente bien planificado, casual, perfectamente ejecutado y con menor resultado del que yo hubiera deseado).
Sevilla se entregó sin perjuicios, ni preguntas. Y yo… yo deseaba pasear por el centro haciéndome fotos, abrazando a los que me ansiaban y admiraban. Yo quería ser el que aparecía en los memes, sentado en las puertas de las casas, en la puerta de los bares.

No tuve remedio, era una lucha pérdida, o él o yo. Y aposté por mí.

Hacíamos noche en la ciudad para reponer pilas antes de volar a Francia. Me hice con la copia de la llave de su suite tras hacer una petición exigente y caprichosa a las tres de la madrugada a la chica que ocupaba su puesto con cara somnolienta. Como había previsto, abandonó la recepción para buscar solución a mi deseo.

Entré. Desparramado sobre la cama, como una morsa agotada, y con su vieja camiseta en la que rezaba la famosa leyenda Kill your idols, roncaba la renacida estrella del rock. No pude evitar que una sonrisa torcida se asomara a mi boca, cuando observé su indumentaria.

Abrí el armario y tomé la carta de almohadas. Elegí para la ocasión el modelo cotton seda, combinación perfecta para el descanso (eterno, pensé): el algodón y la seda. Extremadamente suave, absorbe la humedad, hipoalergénica, antibacteriana y antiestática. Firmeza media. La tomé entré mis brazos y la puse sobre su rostro. Me dejé caer encima mirando al techo y recordando mis días de gloria. El bourbon consumido no le ayudó. Tampoco las pastillas para dormir que tomaba habitualmente y que desparramé por la mesita de noche.

El escándalo fue morrocotudo. Yo no me volvería a subir a un escenario, él tampoco.

Por Gema MO.

Nuevos ídolos en viejas hornacinas

Desde un pequeño y olvidado teatro invadido por margaritas, hasta uno grandioso a las faldas de un volcán, como el griego de Taormina (Sicilia) que visité hace poco, las ruinas te evocan los valores del mundo en el que fueron construidas. Por encima de los asientos de la cávea se construía la hilera de hornacinas donde las estatuas de los dioses custodiaban, o amenazaban, a los mortales. Los dioses griegos eran vengativos, lujuriosos, soberbios, borrachos…, y controlaban un destino inevitable, muy a menudo catastrófico, para los hombres. En definitiva, eran los protagonistas en el teatro de sus vidas.

Veinte siglos después, ese lugar estaba invadido por turistas, saltando sobre las piedras milenarias, fotografiándolo todo compulsivamente. Japoneses fotofóbicos tapados hasta la neurosis bajo sombrillas, junto a jubilados anglosajones encantados de tener la oportunidad de vestirse con sandalias veraniegas… A veces, uno de ellos se sentaba a descansar en la hornacina que perteneció a un dios, o a una diosa, irremediablemente vacía porque su estatua se destruyó o fue encerrada en un museo.

Los dioses ya no existen, solo tenemos diosecillos, cuyo poder reside en la tecnología. El de Cronos sobre el tiempo, el de Artemisa sobre la naturaleza, el de Apolo sobre la música… ahora es un golpe de clic. Porque todos poseemos instrumentos con los que volar más rápido que Eolo, almacenar miles de poemas cantados, y nuestros mensajes llegarán a más velocidad de lo que Hermes, el de los pies alados, jamás pudo soñar.

O quizás el verdadero poder de los turistas es el dinero: representan la salvación de las economías mediterráneas. Los adoramos, los veneramos, los agasajamos… Nos interesa que vengan a fotografiar todos nuestros teatros con sus cámaras de última generación, que se alojen en hoteles con las vistas más privilegiadas… Y aunque sean diosecillos se les permite que ocupen, por unos instantes, las hornacinas en el Olimpo del piso superior, sobre las cabezas mortales.

Pasarán los siglos y otros ídolos vendrán a habitarlas. Me encantaría saber quiénes serán.

Por Reyes García-Doncel. 

Si me admiras, nunca moriré

1. El incendio.

Las cenizas se posan en los tejados de las casas que aún no han ardido. Al caminar, se dibujan huellas en la capa gris que cubre la epidermis de la ciudad. Los habitantes tosen por no poder respirar. El calor es insoportable, a pesar de que los rayos de sol apenas pueden traspasar el humo. Maradona gambetea para sortear a una anciana que ocupa toda la acera con su andador. Diego Armando llega tarde al trabajo. John Ford recarga el bonobús con diez euros en un kiosco que se niega a desaparecer entre las llamas. Sin trasbordo, le dice justo antes de que el kiosquero pulse el botón del datáfono. Jim Morrison telefonea a su agente de seguros porque el techo del cuarto de baño se ha oscurecido por la humedad. Cree que el vecino de arriba tiene una fuga. El Señor Blanco recoge los excrementos de su perro. Harvey Keitel siente un poco de vergüenza porque parte de la mierda es líquida y ha dejado restos en el suelo. Bukowski ocupa el tercer lugar en la cola, está enfadado porque un tipo lleva veinte minutos acaparando el cajero automático. En realidad solo lleva esperando tres minutos, pero en una fila el tiempo se multiplica. Hace unos días que los bomberos arrojaron la toalla. El incendio devora cada latido desesperado por huir. John Wayne se acerca, tocándose el ala del sombrero, y cuando está a mi lado apunta con su Colt a mi cabeza.

-Esta ciudad está condenada, hijo, deberías empezar a correr si quieres conservar los sesos dentro.

Con el pulgar empuja el martillo del arma hacia atrás. Se escucha el despertador y abro los ojos poco a poco. Cada noche me recuerdan lo patética que es la existencia, cubierta con esa capa gris de monotonía. Enciendo la luz de la mesita de noche y todos mis ídolos están alrededor de la cama, mirándome fijamente.

-He dicho que corras, hijo.–John Wayne no suele repetir una amenaza.

2. El atraco.

-¿Sabes, chico?, cuando lanzamos al espacio la sonda Voyager, grabamos en un disco de oro un mensaje dirigido a una civilización extraterrestre. –El Señor Blanco enciende un cigarrillo, la luz de las cerillas ilumina su cara en la oscuridad del callejón- .Si alguna vez es encontrado por una raza inteligente que pueda reproducirlo, escuchará saludos en todos los idiomas de la tierra. Podrán ver fotos de delfines, un parto, un hombre mayor con barba blanca y una hermosa estampa de una familia cenando. Escucharán el Concierto de Brandemburgo número 2, un canto de los indios navajos estadounidenses y a un niño riéndose. Todo el disco es un mensaje de paz y bienvenida. –Harvey saborea el humo negro del tabaco, que deja ese gusto a petróleo que tanto le gusta- .Lo más curioso de todo esto es que si alguna vez a una civilización extraterrestre se le ocurre aparcar sus naves en nuestro planeta, lo primero que tendrán ante sus ojos será un puto misil apuntando al centro de sus cabezas. Bueno, si tienen cabeza y ojos, claro. Lo mismo son una especie de aloe vera con patas, ya me entiendes. La moraleja de todo esto es que los seres humanos vivimos en un ilustrado equilibrio que se basa en la violencia. Y es importante mantener esa equidad. Toda esta fraternidad existe gracias a que puede desaparecer en cualquier momento con un acto agresivo. Por eso respeto que quieras quitarle la cartera a mi amigo. –.El Señor Blanco se quita lentamente la chaqueta negra y se remanga la camisa perfectamente planchada- .Te respeto, de verdad. Es una lástima que vayas a perder todos los dientes.

El suelo del callejón de llena de sangre y trozos de carne. El tipo que ha intentado atracarme comerá sopa durante un tiempo. Los ídolos, a veces, también son capaces de salvarme.

3. El temblor.

John Ford se toma su whisky de un trago. Antes de que baje por su garganta, lo mueve dentro en la boca como si fuese un caramelo. Espero a mi cita bebiendo una cerveza, es la segunda vez que salimos. Ford pide otra copa, está inquieto por algo.

-Aún recuerdo la primera vez que me enamoré. –Enciende un puro y se cambia el parche de ojo- .Creo que fue en mil novecientos diez. Su pelo era largo y negro, los ojos grandes y azules. Olía como el mar. Estar a su lado era como asomarse a una ventana desde donde se ve la playa. O así lo recuerdo.

-Aquí no se puede fumar, señor Ford.

-Ese es tu problema, hijo. No eres capaz de relajarte. Eso te impide disfrutar más de la vida.

-Eso me lo dice un muerto.

-Si me admiras, nunca moriré. No entiendes nada de lo que ocurre. Chico, lo que va a pasar en las próximas horas, desde que llegue tu chica hasta que la dejes en casa, no lo sentirás muchas veces. Ese hiperrealismo de las primeras citas, las inseguridades y las ganas de agradar al otro. El temblor, lo llamo yo. Ese pálpito que te mantiene alerta ante lo incontrolable de los acontecimientos. Bebe un trago de buen whisky irlandés y sácate ese palo que siempre tienes dentro de tu culo. –Ford me acerca su copa. La bebo mimetizando cada gesto suyo. Por un segundo soy como él.

-Me gusta de verdad, señor Ford.

-Pues ve a por ella.

Cuando Laura entra en el bar, John Ford me da una palmada en la espalda. Se levanta y empieza a desaparecer entre la gente.

-¡Señor Ford! –grito- ¿Es usted real o solo un producto de mi imaginación?

-Las dos cosas, hijo. Las dos cosas.

Imitar a los ídolos es parte de mi identidad. Laura me besa en los labios y noto cómo le gusta el sabor que ha dejado el licor irlandés. En sus ojos veo el mar.

Fin.

Por José Ángel López Jiménez.