Archivo por meses: Abril 2016

En una fiesta me colé para alimentar a mi buitre

Como un poema de Safo bajo tierra
-oh,
perra
paría-,
como una constelación sin nombre en búsqueda de carnaza,
como el viento que tocó un día tus manos
o la palabra asfixia
sobre el lodo,
así,
en una fiesta me colé,
más allá de la escalera.

Oh,
my
god!
Cuánta gente,
cuánta carne,
cuánta carne suelta en los salones,
en la cocina, al lado de la nevera,
en los reflejos de los baños,
por los rincones y entradita.
Cómo danzan divinos al ritmo swing de un futuro tanatorio…

Precioso,
el buitre de mi pecho sonríe a los ilustres musculados.
A cada paso que doy, emponzoño sus vasitos,
voy arrancando con dulzura cabezas de Narcisos de sus troncos,
y qué bien,
buitrecito mío,
qué bien, cosita linda,
que ya son cabezas de hielo que enfrían el ponche.

Por Dafne Benjumea. 

La boda

No me fue difícil burlar la seguridad que custodiaba la puerta principal. El atuendo era a todas luces impecable: elegante chaqué inglés, zapatos abrillantados la misma mañana y un corte de pelo para la ocasión ejecutado con la antelación suficiente para darle tiempo a crecer lo justo para tapar alguna imperfección que se le pudiera haber escapado al peluquero.

Planifiqué la entrada al detalle, más por la emoción de ver cumplido el sueño de colarme en una boda que por la dificultad que entrañaba realmente pues, salvo el amable recepcionista que me indicó, con una sonrisa, la planta donde se celebraba el convite, nadie me impedía el paso. Es más, nadie impedía el paso a nadie. Pero eso no fue óbice para que comenzara a subir las escaleras con la sensación del trabajo bien hecho y un revuelo de mariposas estomacales en plena efervescencia.

En el salón principal ya había concluido la comida. Me pareció demasiado arriesgado presentarme sin invitación y sin silla y, por asegurar el éxito de mi plan de gañote, opté por acudir sólo al baile y las copas, que es cuando el personal está más suelto. Quién sabe, a lo mejor saldría de allí con una promesa de cita o, con mucha suerte, no dormiría solo aquella noche.

Me metí en el papel de manera tan sublime que las conversaciones que mantenía con aquellos desconocidos gozaban de una fluidez que rozaba la familiaridad. Estudié a Stanislavski al detalle: bueno, más bien vi con mucha atención unos cuantos vídeos de Youtube, tomando notas incluso, y conseguí trabajo durante un tiempo como camarero de catering para estudiar, in situ, las reglas básicas del comportamiento social en las bodas. Pronto deduje que todo se reducía a sonreír, beber y mentir; y cierto es que las tres cosas se me dan bastante bien.

Una señora que venía desbocada desde el tercer vagón de una conga me agarró con fuerza por la cintura y comenzó a bailar conmigo mientras la pluma de su tocado me rozaba la nariz y me daba ganas de estornudar. Pronto se formó un corro a nuestro alrededor que jaleaba nuestro baile como si de una danza tribal amazónica se tratase. Aquello me infundió tal grado de confianza en mí mismo que no tarde en subirme al escenario y poner en práctica un par de canciones del repertorio de Raphael que había preparado para la ocasión y que aquella buena gente recibió con entusiasmo y una lluvia de aplausos.

Bajé del escenario algo inquieto pensando si estaba llamando demasiado la atención. Fue entonces cuando decidí acercarme a la barra más alejada de la pista de baile, la menos concurrida, y pedir un gin tonic; no sin antes hacer la broma de invitar a los dos hombres trajeados que tenía al lado. En aquel momento, alguien, desde el escenario, pidió que el novio dijera unas palabras. Todos los presentes se giraron hacia mí y, la verdad, no supe qué decir.

Por Pablo Poó Gallardo. 

Carta a modo de canción desesperada

He vuelto a soñar contigo,
y mira que ha pasado tiempo…
tiempo y tropiezos y vidas y silencios,

mucho silencio.

He soñado con aquel día,
¿recuerdas?,
cuando nos vimos por segunda vez.
Me colé en vuestra fiesta sola, por la cara,
no me esperabas allí ni ella tampoco
—menos… ella, claro—.

¿Qué pasaría si vuelvo a colarme en tu vida como lo hice aquella vez?

¿Qué pasaría
si aparezco conduciendo un camión cargado de antiguas cartas de amor y
con la pieza del puzle que te falta?

¿Qué pasaría si me presento en la puerta de tu nueva casa
y te pido que salgas así sin más?
Qué risas, ¿eh?
o no.

¿Qué pasa, eh?
Qué pasa si irrumpo en tu vida ahora que la tienes bien atada lejos de mí,
ahora que no quepo, que estorbo…
ahora que sobro,

y te la desmonto.

Ya lo hice una vez:
me dio igual todo y todos,
no tenía nada que perder,

ahora
tampoco.

Por Siracusa Bravo Guerrero.

Frente al espejo, al día siguiente

Sabía que no era buena idea ir a aquella fiesta

(Me encanta esta canción)

Sabía que me iba a ir derritiendo como el hielo de mi copa

(¿Quieres tomar algo?)

Sabía que me pondría nerviosa con las conversaciones tontas

(Ah, yo todavía no he visto esa peli)

Sabía que, llegado el momento, querría salir corriendo

(Sí, se está un poco agobiado aquí)

Sabía que, llegado el momento, no tendría a donde ir

(¿Vamos a tu casa?)

Sabía que no ibas a colarte en mi vida de un modo casual

Porque en mi vida todo entra a trompicones

Por Rosa Montero Glz.

La presentación imaginaria de Telegráfica número 10

1.- El paseo estival.

A veces, cuando paseo, tengo la sensación de estar dando vueltas en una noria, como esas enormes que presiden los parques de atracciones. Las calles estrechas y laberínticas, sin secretos en el mapa, se me antojan una larga línea recta. La luz anaranjada y el fresquito de la mañana me acompañan de la mano, en un par de horas todo será amarillo y caluroso. El aire pastoso y la transpiración de los sevillanos invitarán al recogimiento. Una cucaracha apastada en el suelo aún mueve sus patas lentamente, como si las meciese alguna brisa. Mi novela sale a la venta mañana. Debería estar contento por la apuesta de Maclein y Parker, pero mi corazón late a mil por hora de terror. Me gustaría tener un cojín para taparme los ojos, como hacía de pequeño cuando veía las películas de miedo. En estas situaciones, odio ser un adulto tanto como sentirme un niño. El sonido de las máquinas de café del bar de la plaza y la percusión de las cucharas que chocan con los platos ponen la banda sonora a las primeras horas del día. Con tanto ruido las conversaciones se gritan y esa maraña de diálogos intrascendentes me deja embobado. Quizás debería dejar de beber whisky antes del desayuno.

2.- MGMT

Es raro que la música suene tan alta a estas horas de la mañana. Conozco a todos los que están en la fiesta. Rosa Montero y Raquel Egea beben vino en un rincón. Las dos visten de negro y susurran secretos entre ellas. Las poetas siempre me han parecido extraterrestres. Juan Antonio Hidalgo, desde que se volvió loco y asumió la personalidad de su álter ego, Jindra Hertam, deambula por el mundo hablando solo. José Pedro habla con Álex Prada del éxito de su recopilación de relatos sobre parejas de centrales leñeros en el fútbol. El de Pablo Alfaro y Javi Navarro es maravilloso. Juan Ramón y Davor, cerveza en mano, discuten sobre la influencia de Alan Moore y Frank Miller en la novela gráfica del siglo XX. Son muy majos los dos, pero un poco pesaditos con los temas de conversación. Ángela Arias y Cristina Hurtado dibujan en sus cuadernos, de vez en cuando levantan las cabezas a la vez, miran al horizonte y vuelven a sus tareas, sincronizadas. Antonio Bret se atusa la perilla mientras se mosquea porque Mawi no cree que Posesión Infernal sea un clásico. Cuando cruzo la puerta, suena Oracular Spectacular, de MGMT. Los editores me saludan. Antonio Abad, siempre tan formal, con cierta lejanía. Cecilia, más cercana, me da dos besos. Mi novela ha sido la más vendida en España y Latinoamérica. Se está traduciendo a cinco idiomas y va camino de ser un clásico. La revista Mercurio me ha descrito como el nuevo Azorín. Mi estilo de descripciones barrocas está siendo imitado por los nuevos talentos. Todos me rodean en la fiesta. Me aman. Me envidian. Caen confetis y globos del techo. Los aplausos se eternizan hasta el fundido en negro.

3.- Fiona Apple.

Las paredes están decoradas con telas negras. Me percato de que los invitados no pestañean. Abren los ojos todo lo que pueden, paralizando y alargando sus rostros. Dialogan formando un gran grupo en el centro del local, impidiéndome el paso. Cuando Antonio Abad me pregunta cómo estoy, le digo que la rehabilitación con metadona no ha funcionado. Creo que me va a dar un abrazo, pero se queda a medio camino y la muestra de cariño desaparece en una mueca ridícula dibujada en el aire. No lo culpo, hace semanas que no me ducho y últimamente he perdido algún diente. Cecilia me pregunta por qué he venido, si no he sido invitado. Me lo dice con esa despiadada mirada con la que me la imagino corrigiendo textos. Le digo que quería pasar a saludar a viejos amigos. Es mentira, estoy aquí por el alcohol gratis, calmará los temblores durante unas horas. Gema Mo me acerca una copa en un vaso de plástico, me mira durante unos eternos segundos, generando en su cabeza una tomografía perfecta de mi decadencia, y se va en silencio. La novela fue un fracaso y casi arruino a la editorial. Se vendieron doce ejemplares, siete intentaron devolverlo a la semana. Mi estilo barroco y perverso no interesa a nadie. La historia no se entiende bien y las descripciones despistan al lector. La crítica más positiva que obtuvo comparó mi obra con un ladrillo. Mejor sería no matar árboles para semejante abominación, remataba. Suena Every Single Night, de Fiona Apple. Me parece un poco triste para una fiesta.

4.- Fin.

Un camarero con una gran mancha de café en la camisa blanca se acerca y me dice que estoy incomodando a los clientes, se quejan del tipo con mirada perdida que observa las mesas. Le pido disculpas, o eso creo. No sé si mis palabras salen de la boca o me voy sin más. Supongo que sufro la inseguridad del escritor antes de la publicación de su obra. Un relato, da igual su tamaño, es como una botella con dos agujeros. Por eso escribo «fin» y un punto final, para tapar uno de esos agujeros. El espacio en blanco se llena y deja de pertenecerte. Los sentimientos, miedos, reflexiones y múltiples trastornos mentales huyen hacia el lector. Son analizados, juzgados y comentados. Después, inevitablemente, olvidados. Las campanas de una iglesia anuncian el mediodía. Es hora de volver a casa y encerrarme en un lugar seguro hasta que el calor amaine. Mañana será un día duro. Quizás me pase por el supermercado a comprar más whisky.

Fin.

Por José Ángel López Jiménez.