Archivo por meses: Marzo 2016

Cyclone

Guido y el viaje
 Guido Miliatoni de 27 años, escucha como el casco del barco cruje bajo sus pies. A lo lejos se dibuja Coney Island. Siempre quiso viajar a Brooklyn. Soñar en Estados Unidos. Vivir América. Bajo el brazo porta una carpeta grande como el mar. Dentro planos, dibujos de espirales, coches de maderas, vías, andenes…Siempre mostró un interés especial por las alturas y la velocidad. A su edad, ya se ha jugado la vida en la Mille Miglia* y ha visto amanecer en la cima del Gran Sasso*. Todo, siempre, por placer y dinero. Las dos columnas que sostienen el techo de su vida. Le ha costado dejar a Fiorella en casa pero no es viaje para una chica de su edad. Ni siquiera él se siente hombre para una chica como ella.

El nombre
Recuerda el consejo de su padre; “En Estados Unidos no puedes tener un nombre italiano, no ser actor y triunfar, hijo. Si quieres que te traten es serio, camúflate entre ellos. Siente y llámate americano”. Mientras ve como la ciudad se hace grande y el mar más oscuro decide como se va a llamar en tierra. Baraja Gary, Larry, Harry y hasta Bob. Al final en honor a un gran piloto y a su alpinista fetiche, decide que se presentará como John, John Miller.
Es un nombre resuelto y contundente. Poco llamativo. Si, un éxito.

El sueño
Guido soñó. Y se lo contó a su madre. Hizo una maqueta. Una pequeña vía portaba un vagón con dos muñecos dentro. Con un rudimentario motor, el vagón se desplazaba a velocidad considerable. A veces descarrilaba pero los ocupantes siempre sonreían. Su madre farfullando en italiano y con los brazos en jarra miró al cielo. Siempre esperó que se dedicara al puerto como su padre, o al comercio como su hermano. Este Guido le salió diferente. Su padre era harina de otro costal. Lo miró por encima de las gafas y dispersó el blanco humo de su cigarro por toda la habitación: “Inténtalo Guido, dijo. No te quedes aquí. Yo me centré en trabajar y olvidé soñar!. Ahora tengo una casa y una familia pero se apagó la chispa Guido”!

Estuvo varios meses trabajando sin descanso en su prototipo hasta que lo tuvo listo. Tomó todos sus documentos y los ordenó cuidadosamente. Días después leyó en un periódico que las empresas ferroviarias estadounidenses diversificaban su negocio haciendo “montañas rusas”. Las llamaban así por que se inspiraban en los juegos de trineos que rayaban a toda velocidad las montañas de nieve blanca. En los fines de semana, con menos pasajeros, se incrementaban la velocidad de los vagones y con cambios de rasante en vías alternativas se ofrecía una diversión asegurada. Las emociones de nuestro tiempo superan las jamás experimentadas, cerraba el periodista. Ni su madre pudo negar el parecido con sus planos.

Guido preparó la aventura.

La ciudad
Brooklyn lo esperaba con su humedad y sus ratones callejeros. Con poco dinero y muchos planes el tiempo apremiaba. Encontró trabajo es un modesto restaurante italiano cerca de la playa. Lavaba platos.
En aquella hoja de periódico hablaba de una empresa, la Traver Engineering Company fundada por Harry Traver en 1919. Corría 1925 y si a algún público podían interesarle sus garabatos era al señor Traver. El primer día de libranza en el restaurante, planchó con cuidado su mejor traje, cepillo su sombrero y abrillantó sus zapatos de cordones. Con la misma decisión con la que un niño coge un caramelo que le ofrece un amigo, se presentó en la recepción.
Su trayecto comenzaba a ser interesante.

Loraine
Todo en ella era pelirrojo. Todo menos la tarjeta dorada que se prendía de su pecho. En ella rezaba “Loraine Palm, secretaria”. Guido se montó por primera vez en su montaña rusa. Cuando recobró el aliento, preguntó con su particular acento por el señor Traver. Ella lo miro con sus flameantes ojos. El señor Traver no estaba. Tendría que volver mañana. Loraine le regaló la primera de las millares sonrisas qué le entregaría durante su larga vida juntos.
El día que se vio con Traver ya sabía cuántos lunares lucia la pequeña Loren en su piel, a qué olía su melena y como le gustaba el café de primera hora de la mañana. Ella le llamaba Guido y lo bañaba con recuerdos.

Cyclone
Traver estudió en silencio aquellos planos de ochocientos cuatro metros de vía, con un tiempo estimado de dos minutos por trayecto, veintisiete cambios de rasante y veinticuatro locos como ocupantes. Miró a los profundos ojos de John y sonrió. Guido nervioso, acariciaba el ala de su sombrero. Es un verdadero ciclón y así se llamará, dijo.
Al día siguiente se enfrascó en el trabajo con Vernon Keenan y Harry C. Baker, los chicos de confianza de Traver. Vernon se ocupaba de que el proyecto fuera viable técnicamente, Harry de la ejecución, para John Miller quedaron los sueños.

26/06/1927
 Loren y Guido se aprietan fuerte las manos en uno de los coches de Cyclone. El también aprieta los dientes cuando suben por primera vez a sus muchos pies de altura. Luna Park está cerrado y el silencio entre los 22 trabajadores del parque es sólo comparable a las bellas vistas de la playa que tienen desde allí arriba. El sonido de la madera contra las vías y los rodamientos chispeantes inundan la escena y los gritos desaforados pintan la banda sonora. Cuentan que cuando bajaron de aquel primer viaje, hasta el hombre eternamente mudo del Freak show, habló.

Mille Miglia*: clásico rally de carretera italiano.
Gran Sasso*: macizo de la cordillera de los Apeninos.

Por Gema MO.

La montaña

Las olas de un mar que ruge embravecido rompen contra las rocas de los acantilados de Kihlman. Una inmensa mole de roca de cincuenta kilómetros de largo, en forma de U, como un dedo de tierra pedregosa y gris que se mete en el azul del océano, que acaban en unos afilados picos dos mil quinientos metros más arriba, y que descienden después, en una escarpada diagonal, hasta los trescientos metros para, poco después, volver a ascender, de forma casi igual de abrupta hasta los mismos dos mil quinientos metros en una pared creando una especie de agujero natural en la roca en la que rara vez pega el sol, un hoyo que jamás llegan a cubrir las nubes, que tropiezan con las altas rocas que lo rodean, y al que, por tanto, tampoco llega jamás la lluvia.

Allí, enclavado en la pared, en una larga línea de casas, superpuestas en hasta cinco niveles, se encuentra Wobegon. Es una ciudad de tamaño medio que ha evolucionado a su modo, más gracias a los habitantes que han salido y luego han regresado que a los que han llegado de fuera, y que ha resistido a invasores de todo tipo, que han desistido de atacar una ciudad a la que es prácticamente imposible acceder y que no pinta absolutamente nada a nivel estratégico.

Los habitantes de este lugar se han criado desde hace generaciones oyendo el mar, el ir y venir de las olas, las mareas subiendo y bajando, el agua salada rompiendo contra las montañas; en algunas ocasiones contadas, por algún leve resquicio de la pared de piedra, se ha colado el olor a salitre, el sonido de los graznidos de las gaviotas. Y todo ello les ha hecho soñar. Porque esta gente jamás ha visto el mar. Ninguno de ellos. Lo único que se ve desde todas y cada una de las ventanas es piedra. Cualquiera que se asoma desde su casa se topa con la mole de roca enfrente. Nada más.

El sentimiento de estar perdiéndose algo, algo importante, es creciente entre la población. Y el murmullo de protesta va incrementado su volumen hasta llegar a ser un clamor. Hasta que el Consejo de Sabios, pequeño grupo de la élite que desde hace generaciones dirige los destinos del lugar, decidió en pleno, con el aplauso unánime de los habitante de Wobegon, dedicar todos sus medios al derrumbe de las moles rocosas que estaban frente a sus casas, abriendo así una salida al mar.

Todos arrimaron sus hombros. Desde las cimas, armados con picos, martillos y de cuantas herramientas disponían, comenzaron a eliminar las montañas. Día a día, piedra a piedra, unos golpeaban la roca, haciéndola transportable, mientras otros llevaban los restos hacia la cima opuestas, aquellas sobre las que se asentaban sus casas, para dejarlas caer a sus espaldas. Día a día, piedra a piedra, paseo a paseo.

El aroma a mar cada vez era mayor. Las nubes comenzaban a aparecer sobre sus cabezas, por primera vez. Las palabras que traían los que, desde lo alto de las cimas, eran los privilegiados que habían visto la inmensidad del mar, hacía que las sonrisas se enquistaran en los rostros de aquellos que no lo habían visto y que, si existía alguna duda sobre la decisión que se había tomado, se disipase automáticamente.

Piedra a piedra, las montañas fueron siendo arrancadas de la tierra y desapareciendo del lugar en el que habían permanecido por siglos. Durante el final del invierno y la posterior primavera, un incesante e intenso trabajo hicieron que aquel verano las gentes de Wobegon se bañaran en el mar por primera vez en sus vidas. En cada anochecer todos ellos se reunían para ver cómo el Sol se escondía por el horizonte, detrás del mar. Y todos eran felices. Alguno llegó a proponer la idea de eliminar también las montañas que estaban a sus espaldas y poder disfrutar así de hermosas vistas y terreno despejado a ambos lados. Idea que, de momento, se desestimó.

Los tres meses de la época estival y los últimos coletazos del calor en el principio del otoño propiciaron que en el pueblo se instalara una felicidad que sus habitantes no recordaban haber vivido. La luz del sol que ahora tenían durante muchas horas proporcionaba un brillo en sus miradas, una sonrisa casi permanente. Y entonces, mes y medio antes de lo previsto en el calendario, llegó el invierno.

A las bajas temperaturas de la época estaban acostumbrados en Wobegon. Pero las tormentas que antes solo se oían ahora estallaban sobre sus cabezas. Sin la barrera protectora frente al mar, ahora las nubes entraban hasta topar con las montañas sobre las que se asentaban sus casas y descargaban todo su cargamento acuático sobre ellos. El viento helado, que tantas noches pasadas oían ulular, ahora no chocaba más que con sus casas. El oleaje salvaje que solía reventar contra los que en un tiempo fueron los acantilados de Kihlman, ahora inundaba las casas más bajas del lugar.

Mientras la tempestad se estrellaba contra los cristales de las ventanas, los habitantes de Wobegon miraban hacia el mar, añorando a sus montañas.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Al igual

Igual que la montaña desconoce         su peso,
la nube        su densidad,
el aire         la complicidad del movimiento,
el agua          el lugar a donde llega.

Al igual que la flor no elige su forma,
el árbol              la altura que alcanzará su última hoja
la araña           el dibujo de su espalda
o el lobo           la hondura de su huella.

Al igual que el niño no sabe cuán dulce será la esquina
o la palabra        por qué será maza
o el poema         revolución y tendencia.

El huracán no se plantea la intensidad de la caricia
o el sol              el motivo de su furia en tu rostro
los planetas        desconocen para qué sirven sus órbitas
y la mañana         me pregunta si está condenada desde el principio.

Al igual que la montaña, la nube, el aire, el agua
la flor, el árbol y su hoja, la araña o el lobo
el niño, la palabra o el poema
el huracán y el sol          los planetas o la mañana.

Al igual, mujer, no puedo elegir el abrazo 
de tu signo.

Por Paco Carrascal. 

Mientras iba de tu mano hacia la montaña

Armonizaban el paisaje delimitando con delicadeza su silueta. Desde lejos, desde la distancia que me imponían el respeto y la veneración que se debe a algunos objetos sagrados, contemplaba sus formas imaginando las vistas que del valle, hacia el sur, se admirarían desde la cima.

Nunca me propuse coronarlas, cubrirlas de besos. Guardaban en su interior un tesoro mágico que se me antojaba extraído de alguno de los hexámetros que, perdidos en la memoria del tiempo, algún día escribiera el rapsoda ciego. Lo imaginaba puro y virgen, rodeado de un halo profético que, en una lengua que aún no entendía, proclamaba que estaba destinado solo para mí.

Cuando llegué a la población que dormía a sus faldas pasé completamente desapercibido. Nadie vio en mí uno solo de los rasgos de aquellos que venían desde lejanas tierras a fanfarronear en la taberna, oculto ya el sol, del escaso tiempo que emplearían en la subida. De muchos no se volvía a tener noticia; entonces las mujeres, que convivían con la tragedia como si de un elemento más del paisaje se tratase, acudían a un imponente árbol yermo sin retoño y colgaban de sus ramas una nueva cinta de color.

Camuflado por la aparente indiferencia que me brindaban los lugareños, asistía con frecuencia, por la mañana, a ver salir el sol por entre sus cimas. A falta de habilidad con el carboncillo, inventaba palabras que se acercasen como dardos a una diana esquiva a lo que mis ojos contemplaban. Cuando hube reunido suficientes empecé a componer sus reglas de combinación y, al cabo de unos meses, usábamos para comunicarnos un lenguaje que sólo ellas y yo compartíamos.

Cuando comprendí que nada necesitaba para el viaje, vacié la mochila abandonando todo lo que algún día había sido y comencé la escalada. Situé el campamento base en un punto indeterminado de la cara sur, la que daba al valle, el sitio donde aprendimos a comunicarnos. Era tan dulce la ascensión que, a menudo, desandaba todo el avance de la jornada para disfrutarlo de nuevo al día siguiente y, como una nueva versión de Sísifo, me acostumbré a volver a mi fría cama cada noche, para quedarme dormido pensando cómo encararía la jornada que con tanto éxito ya había afrontado el día anterior.

Entonces comprendí a San Juan y leía frecuentemente sus poesías. Experimentaba cierto halo místico cuando, en sueños, me encontraba besando la cima y trascendía mis propios límites corpóreos. A la otra mañana, el idioma de los hombres me parecía un instrumento inútil y abyecto. Recurría, para calmar mi frustración, a la lengua que inventamos, donde para cada sensación inefable había un término concreto que ligaba el concepto a la imagen acústica, el significado al significante.

Pero un día me tuve que ir porque la vida me arrastró a su paso junto con todo el campamento base, y la gramática de nuestro lenguaje y nuestro diccionario aún incompleto. Recobré el conocimiento tan lejos que el ocaso apenas dibujaba las cimas en el horizonte. Fue en ese momento cuando comprendí que ya había entregado mi vida a la tarea de coronar la cima.

Unos meses más tarde volví y con paso firme me dirigí a la cumbre, desde donde se contemplaban unas vistas tan hermosas del valle, en la cara sur, y de los verdes prados, en la cara norte, que decidí quedarme a vivir allí para siempre.

Por Pablo Poó Gallardo. 

Mirando hacia arriba

Llevo toda la vida mirando, desde el pie de la montaña,
arriba. A la cima. A lo más alto.
Llevo toda la vida pensando, desde el pie de la montaña,
que arriba están todos. Que allí ocurre todo.
Llevo toda la vida comiendo, sentada al pie de la montaña,
las sobras que dejan los atletas antes de subir. Abajo.
Llevo toda la vida bebiendo, sedienta al pie de la montaña,
las gotas que deja el rocío por la mañana sobre la hierba. Abajo.
Llevo toda la vida esperando, desde el pie de la montaña,
que se haga de noche para que todos bajen. Conmigo.

Pero arriba nunca es de noche.
Arriba, donde están todos, donde ocurre todo.
Arriba, donde hay comida de sobra y nadie tiene
sed.
Arriba. En la cima. En lo más alto.
Habría sitio hasta para mí… si me atreviera a subir.

Por Rosa Montero Glz.