Archivo por meses: Febrero 2016

Crítica especializada

La película Orquídea salvaje narra la historia de una joven y bella abogada, Emily Reed (Carré Otis), que  viaja por motivos de trabajo a Río de Janeiro en compañía de una importante mujer de negocios, Claudia Lirnes (Jacqueline Bisset), para cerrar un trato multimillonario. Una vez expuesta a la cruda sensualidad que la rodea, Emily se ve inmersa en una creciente espiral de fantasías eróticas. Un antiguo amor de Claudia, Wheeler (Mickey Rourke), guía a Emily a través de un tórrido infierno. El misterioso y seductor amigo desata en ella sus más primitivos deseos.

Con esta obra, el director Zalman King apuesta  una vez más por el cine erótico, logrando llevar este género a otro nivel. Sus planos llenos de calor y color logran trasladarnos  a un mundo de sensaciones. El guion de la historia, que firma el propio King con Patricia Louisiana Knopp, tiene varias capas de compleja lectura. Todo se conjuga en una fotografía llena de luz y con sombras oportunas que se deslizan en las noches y  los rincones  de las habitaciones  privadas.

Los actores, un casting ideal para dicha obra, combinan una danza sensual y coordinada.  Carré Otis es la inocencia contenida y peligrosa, le auguramos una enorme carrera interpretativa a esta bella actriz, exótica como pocas  y con uno de los mejores desnudos del cine. Mickey Rourke, afianzado en su difícil papel erótico luego de Nueve semanas y media, logra trasmitir con palabras y gestos justos, la pasión y el miedo.  Seguramente los años  acentuarán la expresión de su rostro, y su cuerpo, de una armonía extraordinaria, le podrá asegurar  papeles de héroes o de villanos, con gran presencia en pantalla. Líneas directas como «no estoy acostumbrado a que me toquen» hablan del aislamiento del hombre ante su propio éxito. Imágenes que serán ícono como su paseo en Harley Davidson por las rutas de Brasil,  o marcas estéticas como el aro en la oreja o el rosario envuelto en su mano, marcarán tendencia.

El resto del reparto tiene dos puntos de lujo como Asumpta Serna y la increíble Jacqueline Bisset,  cada mirada que regala al cine vale mil y un reconocimientos.

En definitiva, esta película marcará  un antes y un después del cine erótico.

La podríamos definir así: Un verdadero mojón, una cagada frita, una reverenda mierda.

Por Joaquín Dholdan. 

No preguntéis por Teresa

Continué por el cauce del río desoyendo las indicaciones de los lugareños –no les daría el placer de ver a un forastero indefenso extraviarse en sus tierras-. Sobre el mediodía alcancé la cima, pero las nubes volaban bajas y no pude predecir de cuánto tiempo disponía. La cabaña del pastor no tenía ventanas y la puerta estaba atrancada. No tuve que llamar. Lo había imaginado así, pero no por ello dejó de sorprenderme su aspecto –ahora era mi corazón dando un vuelco el que desoía mis indicaciones-. Era una sombra con la barba espesa y mugrienta y una ingrata pelliza sobre los hombros. Antes de presentarme me quité la gorra. Nunca sabe uno cuándo está hablando con un rey. Con lentos movimientos me invitó a acomodarme en un taburete de ordeñar, momento que aproveché para dejar caer mi zurrón de manera que se viera el lomo del libro Manifiesto de la orquídea salvaje. Sus ojos estaban tan hundidos como los cadáveres que habían arrojado al pantano, pero supe que no había pasado por alto el detalle. Me presenté como amigo de Austreberto González, un muchacho del sur escapado a los montes hacía unos meses. El desgraciado de Austreberto había sido detenido y procesado de forma sumaria la noche anterior, así que nadie podría comprobar mi coartada. Dije que sus padres lloraban, pero que estaban orgullosos. Dije que quería seguir sus pasos. Habló despacio y seco, sin disimular gruñidos; me dijo que era pastor y que no conocía más que a sus ovejas. Y me ofreció un café en el pobre hogar que prendió con un fósforo que le presté –ni siquiera tenía fósforos en la cabaña-. Sus manos no mostraban marcas de tinta, sino las grietas de haber pasado la noche al raso. Tampoco vi en la habitación papel o plumilla -aunque aquello habría sido un error impropio-. La voz era escasa, inconstante; no en vano, era un poeta sin recitales. Pero un poeta que con sus versos mantenía alta la moral de los rebeldes, cuyos sonetos se repetían en los pasquines y se grababan en la tapia de los cementerios. Incluso se rezaban para combatir el frío y para olvidar el hambre. Al final, esa tinta lograba transmutarse en fuego enemigo. Era algo que mis superiores no alcanzaban a comprender; hombres que se habían abierto paso gracias a su brutalidad, a su capacidad para encañonar, forzar o violar en la campaña -sin duda serían los elegidos para dirigir la nueva nación-. Por eso la mente de un artista se les escapaba una y otra vez. Por eso habían recurrido a mí.

Le había seguido la pista desde el sur y finalmente tenía la seguridad de que me encontraba ante él. No sabía si él sospecharía de mi existencia. Después de todo, o somos avaricia o somos vanidad, y yo no tenía un ápice de vanagloria. Supuse que un poeta tendría que ser mi buen contrario. En ese minúsculo instante de envanecimiento, que para un poeta podría suponer la obra de una vida, estaba mi única oportunidad de desenmascararlo. No iba a consentir eliminarlo si no era capaz de descubrir su identidad, -era lo único que me distanciaba de la brutalidad de mis superiores.

Sorbimos el café hirviendo sin mirarnos. Él debía de tener el paladar encallecido. Se decía que un buen pastor no hace preguntas, y si las hace, es que ya estamos rodeados de lobos. Así se comportaba él, completamente desaliñado en su forma de vivir y también en el lenguaje. Me atreví a sacar una foto de Austreberto –no tuvo ningún gesto de reconocimiento- e improvisé unos recuerdos de escuela, citando algunos de los versos menos populares del Manifiesto de la orquídea salvaje, aquellos que sólo el autor podría reconocer -como el del cantar puro de la cantera la copla de la revolución, que del llanto nace verdadera-, pero no pareció apercibirse de ello. Su barba pesaba como cien años de penas y detrás de los ojos sólo había cántaros quebrados. No veía en aquel pastor al artista, al estudiante que había destacado en Oxford, al hombre que empuñaba con valentía la pluma junto a los que encañonaban con fusiles. Era imposible que un talento tan grande se pudiera esconder de aquella manera. De repente mi misión había perdido su sentido. Dudaba de cómo había llegado hasta allí, y bajo aquella nueva luz la mayoría de mis pesquisas resultaban muy poco sólidas. Me levanté con el temblor propio de los cobardes, disculpándome ante aquel frágil hombre, di las buenas tardes y salí corriendo por el sendero abajo, sin detenerme.

Llegaba al comienzo de la bajada, junto a un resbaladero flanqueado de olmos, cuando en un recodo se me presentó como señal una silueta poco frecuente. Una flor que sobresalía de la aspereza, una orquídea enferma y vacilante, desgarrada a picotazos, tan poco frecuente en aquellas tierras: una belleza tan maltratada y a la vez tan hostil.

Le di una moneda al camarero para usar el teléfono. Alguien respondió del otro lado. Le pregunté por Teresa. Salí a la plaza donde jugaban unos niños. A uno de ellos, casi en un descuido, le regalé el libro que llevaba en el zurrón. Me miró con extrañeza y continuó con su juego. Si hubiera preguntado por Carlos y no por Teresa, aquella tarde no hubieran bombardeado la colina.

Por Davor Bohórquez.

Orquídea salvaje

—Mira, tanto me vuelve loco una virgen bajo palio que en una cinta de VHS.

Con esta curiosa sentencia, Mario Benjumea de Los Santos Avellaneda pensaba que se definía mejor, pues Mario Benjumea de Los Santos Avellaneda tenía dos pasiones: la Semana Santa y las películas picantes de los 80.  Recitaba, de sopetón y sin venir a cuento, mientras él y sus amigos esperaban una tapa de bravas en un barrio de Triana, la lista de vírgenes que hacían estación de penitencia a la vez que todas las películas de tetas del 84. Películas de tetas, así las llamaba él. Porky’s, Desmadre a la americana, la Esperanza de Triana, Los albóndigas en remojo, la Virgen de la Hiniesta, la Virgen de la Estrella, 9 semanas y media, Orquídea Salvaje, la Virgen del Buen Fin. ¿Cómo podía alguien aunar de tan buena forma dos cosas que, a priori, podrían parecer tan lejanas? Eso no lo sabía ni él ni sus amigos. Le venía de lejos, eso seguro, cuando se escabullía por las noches, mientras sus progenitores dormitaban, y encendía la televisión y aparecían, en la programación nocturna, esos pechos lozanos y espontáneos, aliñados con esos argumentos desprejuiciados que no tenían en cuenta más que la impetuosa lujuria del adolescente. ¿Lo de la Semana Santa? Pues dejad que os cuente que puede que fuese porque en uno de esos días, sobre las doce de la noche, mientras veía, bajo la luz centelleante del televisor, una película europea de tetas, que eran peores porque no te reías, sus padres, que, os recuerdo, dormían ajenos a las incursiones onanistas de su primogénito, escuchaban en un vetusto y oxidado transistor la retransmisión de la entrada de la Virgen de la Estrella, con esa letanía abotargada que tienen los locutores que se dedican a tales menesteres, con ese ruido de fondo, ese colchón que podemos identificar como el murmullo del gentío, entre respetuoso y excitado, esa saeta que se escucha a lo lejos, como un eco lastimero y, a la vez, los gemidos de esa desconocida actriz sueca, cuyos pechos se bamboleaban a la vez que el hermano mayor de la procesión de turno daba el visto bueno a los costaleros para que alzaran a la virgen al cielo.

—Mi película preferida, Orquídea Salvaje. ¿La virgen? El Buen Fin.

No hacía más que repetirlo cada vez que se lo preguntaban, no sin cierta sorna, en su círculo de amigos más íntimo. Mario era, sin duda, un tipo peculiar, que bien entrados los noventa se dedicaba, sin dejar de lado su extensa videoteca erótica, a flirtear con el porno más duro, pero sin entrar en detalles médicos. Y se encomendaba a la virgen cada vez que caía entre sus manos, sin él quererlo, alguna cinta en la que los genitales tuvieran más protagonismo de la cuenta. Su escalón más alto en cuanto a genitalidad televisiva se reducía a las películas X del Plus, eso sí, codificadas. Achinaba los ojos o, decía él, colocaba un folio frente a la pantalla y, oye, que sí, que se veía, pero sin que su sensibilidad se viese dañada en modo alguno. Así él era feliz. Sus tetas, su porno codificado y su Semana Santa cada año.

Corría el año 1996, un año de novedades imagineras, un año que a Mario Benjumea de Los Santos Avellaneda se le presentaba como el mejor del mundo. Se presentaba en sociedad una nueva virgen, la Virgen de la Orquídea, una virgen rompedora, que decían iba a traer cola, y no de manto, precisamente, por su belleza alejada de los cánones imagineros habituales, con una finura atrevida, sensual incluso, que incomodaba a feligreses por su turbadora voluptuosidad. Y no solo eso, sino que, además, se llamaba Orquídea.

—Sí, es un nombre raro para una virgen, pero bueno, no menos raro que Hiniesta, oye, y además, se llama como mi peli favorita.
—¿Cuál era, que no recuerdo el título?

Era mentira, claro, lo sabía de sobra.

Orquídea Salvaje, la de Mickey Rourke y una que ya no hizo más pelis, o hizo muy pocas, Carré Otis, que está buenísima y sale en bolas casi todo el tiempo. Dicen que la escena en la que follan, lo hacen de verdad.
—Eso es mentira.
—No sé, lo he leído en el Fotogramas. A mí me da igual, yo me imagino que lo hacen de verdad y así es mejor.
—También es verdad.

El Lunes Santo era el día en que la Virgen de la Orquídea hacía su estación de penitencia. Mario y sus amigos, como todos los años, habían quedado en encontrarse en un punto céntrico, sin que aún hubiese cofradía en la calle, lo que suponía estar de buena mañana ya sobre el suelo, con zapatitos y chaqueta, gomina en abundancia, perfume barato y bolsa del Pryca con un bocadillo, que el día era largo y las caminatas abundantes. La calle era de ellos. La carrera oficial aún estaba despojada del gentío. Ya aparecían las primeras costras de cera acumuladas por las imágenes del día anterior, pero el panorama era un tanto triste: las sillas y palcos estaban vacíos. Aún así, el ambiente pedía fiesta. Sacra, por supuesto, pero fiesta. A la una de la tarde ya andaban trasegando cerveza en una taberna cerca de la Plaza de la Encarnación, donde se encontraba la capilla de la cual partiría la Virgen de la Orquídea, con su exótica y particular belleza, a las 3 de la tarde. Pocos nazarenos y poco ambiente. Aún no contaba con muchos acólitos, eso estaba claro. Y además coincidía con la salida de la Virgen del Patrocinio, de rancia tradición en la ciudad. Pero Mario iba a serle fiel a la Virgen de la Orquídea, como si quisiese rendirle homenaje a todo ese cine de tetas, sensual, libre y joven, que tantas y tantas noches le habían distraído y aliviado. Cuando ya habían pasado por tres cervezas, Mario quiso ubicarse en buena posición para poder ver por sus propios ojos lo que la expectación le tenía con el corazón acelerado.

—¡Quiero verle la cara a la virgen de la Orquídea! ¡Guapa y reina!
—Mario estás loco, si ya la has visto en fotos.

A sus amigos le gustaba la Semana Santa, pero no tanto. Bueno, digamos que su gusto por las vírgenes iba parejo por su gusto por los cristos.

—Pues por eso mismo, seguro que en persona luce mejor. ¡Daos prisa que quiero sentirla muy cerca de mí!

Eran las cervezas y no su fervor católico quien en esos momentos gritaba, eso estaba claro. Mario y sus amigos se arremolinaron al lado de la riada de nazarenos justo para darse cuenta que habían dejado pasar al Cristo.

—¡No me importa! ¡Yo quiero ver a la virgen!
—Mario, por favor, no grites.

La chaqueta le vibraba al ritmo que lo hacían sus brazos, tocando al compás de la marcha, los ojos brillantes y quemados por el sol primaveral, 27 gradazos que hacía ya, cuando por la calle Imagen asomaba el palio dorado, zigzagueante, con sus bambalinas doradas y una gloria que daba gusto verla.

—Por allí se ve, ojalá se pare justo frente a mí.

Dicho y hecho. Los nazarenos terminaron. El paso de palio se paró frente a Mario. El chimpón final de la marcha coincidió con un suspiro, por él exhalado, que se parecía mucho al que emitía Kim Catrall en Porky’s cuando hacía el amor con el profesor de gimnasia en los vestuarios del instituto. Allí la tenía, en todo su esplendor y era, incluso, más guapa que en fotos, por supuesto.

—Os lo dije. Mirad qué ojos verdes, mirad qué ovalo forma su cara, qué cejas… ¡Que se pare el mundo en este momento!

Pedro Almirante, uno de sus amigos más queridos, decidió que era ese un buen momento para preguntarle, nuevamente, por su película erótica favorita de los 80.

—¿Qué?
—Que como se llamaba aquella película del Mickey Rourke que te gustaba mucho, que lo hacían de verdad, que lo decía el Fotogramas
—Que… Pero… Joder, Pedro, Orquídea Salvaje, se llama Orquídea Salvaje.
—¿El qué salvaje?
—¡¡Orquídea!! ¡¡ORQUÍDEA!!

En ese momento, el gentío, sin duda animado por los gritos apasionados de Mario, que no se referían a aquella Orquídea, Nuestra Señora de la Orquídea, la Santísima Orquídea, sino a una película infecta digna del videoclub más sucio, comenzó a gritar:

—¡¡ORQUÍDEA!! ¡¡ORQUÍDEA!! ¡¡GUAPA!! ¡¡GUAPA!!

Mario miró al cielo, la miró a ella, el capataz dio la orden de la levantá, la música reanudó su solemne melodía y la estructura cimbreante se alzó casi rozando el rostro de Mario, que seguía gritando, absorto, obnubilado por la belleza de la virgen.

—¡¡ORQUÍDEA!! ¡¡ORQUÍDEA!! ¡¡GUAPA!! ¡¡GUAPA!!

Mario aún tenía el “guapa” en la boca cuando le cayó en todo lo alto de la cabeza, con su pelo engominado, el contenido íntegro de la cera que se había acumulado en uno de los candelabros de cola que adornaban la procesión. El grito que emitió de puro dolor fue confundido por la muchedumbre como un puro acto de fervor devoto. Y no. Es que la cera picaba y dolía y su frente, antes perlada por el sudor y los efluvios del alcohol, habían dado paso a un surco de pellejo enrojecido muy parecido a un estigma. Mario se giró, queriendo ser ayudado por sus amigos, por la gente que tenía a su lado, ajenos a que su cabeza había sido depositaria de cera hirviente. Unos gritaban “milagro”, los más decían ”otro imbécil al que se le ha caído la cera del candelabro”, otros, los más sensatos, se preguntaban por qué cojones estaban encendidos los candelabros si solo eran las tres de la tarde. Nadie, en ese momento, se acordó, no obstante, de Orquídea Salvaje, salvo Mario Benjumea de Los Santos Avellaneda, que le gustaban tanto las vírgenes en cinta de VHS como bajo palio.

Por Antonio Bret.

La leyenda de los acantilados

Shaiming se levanta antes que el sol. Es el décimo día del año nuevo del perro. Enciende las velas de la estancia. Aviva el fuego dormido y prepara el té. Kumiko, su mujer, no tardará en abandonar el kang. Viven en las montañas del pueblo de Tanda en la provincia de Shaanxi, a más de 1500 metros de altura. Lo hacen igual que todos los que vinieron antes que ellos y desde que su familia existe.

Se sienta uno frente al otro, observando sus manos cansadas y resquebrajadas, contándose las arrugas de la piel y mirándose al blanco fondo de sus ojos. Se aman. Desde que la razón es razón. La austeridad en la que viven y la pérdida de sus mayores no ha apagado la llama.

Kumiko luce el blanco luto por su madre. Un blanco que resplandece como los rayos del sol y que Shaiming casi puede ver cuando se cuelga de  los acantilados.

Él es buscador de orquídeas silvestres. Todas las mañanas, con un poco de arroz y algunos baozis en el bolso de piel de caballo, anda diez kilómetros hasta su lugar de trabajo. Antes, casi todos los hombres de su pueblo se dedicaban a esto. Recuerda con añoranza cómo andaban en fila por la montaña. La hermandad y el compañerismo. Echa en falta la seguridad de los otros suspendidos en el aire. Y las canciones que repetían una y otra vez. La estampida a la ciudad le obligó a asumir la soledad en la que ahora trabaja. Apreciar el silencio. Llevar una cuerda más recia. Buscar con mayor ahínco el punto en el que atarla. La idea de que Kumiko lo perdiera es como un humo negro para Shaiming.

Hay más humos negros en su cabeza. Uno importante y zaino que lo acompaña en sus últimos turnos de acantilado y que hoy, décimo día del año nuevo del perro, podrá confirmar.

Se cuelga una vez más, con sus pies casi desnudos, envueltos en telas. Y se balancea. Como un abejorro en un pistilo. De un lado al otro. En danza. Danza china del buscador de orquídeas silvestres. No le faltan ganas. Ni energía, a pesar de sus años. Ni persistencia. Su padre se la regaló. Nació con ella. Pero confirma que le faltan orquídeas. Lleva varios días que vuelve a casa con la bolsa vacía.  Ni siquiera Kumiko lo sabe, o eso cree él. Ella sabe leer su mente y sus humos de derecha a izquierda sin fallar una sola letra. Pero no lo han hablado. Aún no.

Permanece allí hasta caída de la tarde pensando qué hacer. Llega a casa y Kumiko lo recibe con un dulce beso en la mejilla. Huele a ropa limpia y a ternura a partes iguales. Le coge las manos y en su mirada Shaiming lee que lo sabe. Que sus días en el pueblo se acaban. Que tendrán que ir a la sucia ciudad. Dejando atrás el olor a ropa limpia. Guardando bajo llave la ternura. Les da pavor. Dejar atrás su existencia salvajemente pura. Domesticados por la modernidad.

Cenan en silencio y duermen despiertos y callados.

Al siguiente sol Kumiko se levanta antes y al lado del té coloca una vasija de barro. «Podemos cultivarlas», dice. El humo negro se torna gris y, tras siete lunas, encuentra una pequeña flor. En el acantilado antiguo. Donde hacía años que no bajaba. La arranca con manos de recia seda. Y la planta, miman y cuidan. Los mejores rayos de sol. La más fuerte barrera contra el viento. Las mejores gotas de rocío recogidas con esmero en cuenco de cristal.

Shaiming sigue saliendo sol tras sol. Ya no se balancea. Solo aprecia la belleza del entorno y se pregunta si la flor merece la vasija y los cuidados. Si lo que se merece no será morir como decida. O reinventarse libre de nuevo. Si es egoísmo o gratitud lo que están teniendo con ella.

El humo negro lo invade por completo. A la noche da la llave de sus pensamientos a Kumiko. Se levanta y coloca la flor entre ambos. Tiene una belleza sosegada. Es una planta tenaz, capaz de crecer en lugares recónditos donde otras no podrían ni soñar con estar. Independiente. Símbolo de refinamiento. Venerada en su cultura. Y ahora yace ahí, en una vasija. A su merced.

Se miran y se comprenden.

Con lágrimas en los ojos, y honrado por la decisión, Shaiming arranca la tierna flor y la arroja al fuego. Lo que nació silvestre debe permanecer así. No será domesticado por el hombre. No por él, al menos. La orquídea prende y un olor salvaje adormece a los dos ancianos dibujándoles una bella sonrisa en la cara. Es la felicidad.

Por Gema MO.

(Sin título)

Por San Valentín me regalaste flores, y no cualquiera:
–Orquídeas –dijiste.
Preciosas, exuberantes… de vivero.
–Son muy delicadas –continuaste.
–Delicadas –repetí.
–MUY delicadas –corregiste y te giraste buscando dónde colocarlas. Entonces recordé aquellas orquídeas salvajes que descubrí casi en la cima de la montaña… cuando aceleraste el paso, dejándome atrás, por mucho que insistí en que pararas.
–Tienes que comprar sustrato de coco y regarlas con difusor poco a poco –proseguiste dándome la espalda.
E imaginé aquellas diminutas orquídeas resistiendo aguaceros y, en ocasiones, enterradas bajo un palmo de nieve.
–No les puede dar el sol directo pero deben estar en una zona bien iluminada.
Unas orquídeas expuestas a pleno sol cada día…
–Evita los contrastes de temperatura para que no pierdan las flores.
…y cada noche a las heladas rociadas.
Terminado tu dictado de instrucciones, volviste a mirarme unos segundos.
–¿No dan semillas? –inquirí.
–No, ¿para qué? –musitaste, ya distraído, mientras te abalanzabas sobre el mando de la tele.
Supe entonces que nuestro amor no duraría mucho más que esa orquídea de bote.

Por Siracusa Bravo Guerrero.