Archivo por meses: Enero 2016

El diagnóstico

Nací un veintiocho de abril. Soy tauro. El lunes me dieron las pruebas. Mi médico me dijo que tengo cáncer. De los terminales. Me pareció un poco injusto. Pensé que si el mundo estuviese bien diseñado a cada uno nos debería de matar el avatar de nuestro horóscopo: A los aries, un muflón; a los escorpio, un alacrán, a los leo, un felino.  El asesino de los virgo sería un reprimido sexual. El de los libra, un juez. El de los tauro, un cornudo.

De todas formas nos os pongáis tristes. Yo no me sentí así. Es difícil prever cómo nos comportaremos en una situación extrema. Yo pensé que se me caería el mundo encima. Pero no. Solo noté un cierto temblor en mis piernas. Quizás lo imaginé. O quizás la Tierra se movió de verdad avisándome de que pronto me sacudiría de su salvaje lomo como un toro de rodeo. El caso es que cuando salí de la consulta me sentí más ligero. Me había desprendido de los grilletes del miedo con los que había cargado toda la vida.

Al parecer no solo una primitiva tiene la capacidad de hacerte libre: conocer la fecha de tu muerte también lo puede hacer.

Me maravilla el poder de la medicina moderna de vaticinar, de vez en cuando, la muerte de uno. Sin embargo, temo profundamente su capacidad para alargar al extremo la agonía del que se está muriendo.

No iba a dejar que hiciesen eso conmigo.

De ninguna de las formas.

LA FAMILIA

No se lo conté. Les dije que había sido una falsa alarma. Un pólipo benigno. No merecía ni intervención. Me hicieron una fiesta, pero no me sentí culpable. Me encanta que estén felices.

¿Qué harías si te enterases en el trabajo de que un meteorito caerá a la Tierra en una hora y que las posibilidades de supervivencia de la especie humana son peores que las que tuvieron los triceratops la otra vez? Llamaría a mi mujer. Le diría que la quiero. Intentaría llegar al colegio de mi hija, la tomaría de su manita y la llevaría al patio. Abrazados, observando caer la bola incandescente del cielo, le diría «mira qué chulada».

Pero me quedaban tres meses. Los objetivos cambian.

Tenía que reunir el máximo dinero posible.

Llevaré a mi hija de la manita al colegio sesenta veces más.

Me bañaré en el lago Baikal.

EL TRABAJO

Parece que el abandono del miedo me hizo más listo, más decidido y un buen actor.

Empecé un pulso con mi jefe. Llegaba sistemáticamente tarde, hacía desayunos de tres cuartos de hora, no le contestaba nunca a la primera cuando me pedía algo y gestionaba las cosas más inverosímiles en horas de trabajo. Realmente eso último no lo hacía para putearlo. Yo tenía poco tiempo y había cosas que no podía hacer desde casa sin peligro de que mi mujer sospechara. Por ejemplo, informarme de todos los seguros de vida que tenía firmados. Total, hice lo que haría cualquiera con sus jefes si se volviese millonario de un día para otro: mandarlos al carajo. Lo que pasa es que yo, como no era rico, no podía permitirme despreciar la indemnización por despido, así que mandé a mi empresa a la mierda poco a poco y muchas veces. Me dio un poco de pena que solo tardasen dos semanas en ofrecerme los veinte días por año. En la década que llevaba trabajando para ellos nunca me lo había pasado tan bien.

Cuando salí de recoger el documento de despido (y el talón) vi que Gutiérrez no estaba en su mesa. Me acerqué a su ordenador y le di a formatear el disco duro. Escribí «muac» en un posit y se lo dejé bajo el teclado.  Quizás también me estuviese volviendo más cabrón.

EL PAPELEO

Al día siguiente el despertador sonó a la misma hora y me puse el mismo traje que la víspera. Mi mujer me dijo que estaba muy arrugado. Dije que iba mal de tiempo y que no quería llegar tarde al trabajo, que al día siguiente me pondría otro. Me preguntó si al menos la ropa interior era la misma. Le respondí «¿ja!», ella me devolvió un doble «¡ja-ja!». Cogí la cartera del trabajo y llevé a mi hija al colegio, pero, después de dejarla, me dirigí a la oficina del INEM.

A media mañana estaba citado con un abogado. Había reunido toda la documentación relevante. Le conté mi caso. Estudiamos todas las pólizas de mis seguros y me explicó qué estaba cubierto y qué no. Me insistió mucho en que el suicidio no lo estaba. Le conté lo del talón. Decidimos ingresarlo en una cuenta corriente a nombre de mi hija. Fuimos a notaría y le di poderes para la gestión de todos mis seguros en caso de que yo falleciese. Redactamos el testamento.

MI RUTINA

Por las mañanas simulaba ir al trabajo, dejaba a mi hija en el colegio, pero después acudía a un gimnasio al que me había apuntado en otra localidad. Cuando terminaba, solía desayunar en el único bar con WIFI que encontré por la zona y aprecié el placer de tomar café en su velador, al sol, sin prisa, mientras navegaba de forma intermitente con el móvil planeando mi última aventura.

Solía volver a mi casa a la una. Veía alguna serie, leía, escuchaba música, haciendo tiempo hasta que llegase la hora de recoger a mi niña.

Por las tardes hacía los deberes con ella. Por las noches intentaba hacer el amor con mi mujer. No siempre lo lograba, pero cuando me rechazaba lo hacía con una sonrisa.  Yo saboreaba la presencia de ambas como las últimas cucharadas de la más exquisita comida.

LA DESPEDIDA

El día antes de mi marcha no pude dormir. Le había dicho a mi mujer que iría dos días a Madrid, por una auditoría interna. La abracé fuerte y ella me miró extrañada: «Si vuelves el jueves, hombre». Mi niña seguía dormida. Acaricié su mejilla con el dorso de mi mano y mis piernas volvieron a flaquear.

BAIKAL

En el segundo día en el transiberiano grabé un video para mi mujer con mi móvil. Se lo expliqué todo, excepto adónde iba. Le dije dónde estaba la escritura del abogado y toda la documentación. Le supliqué que me dejase ir. Le dije que la amaba. Envié el video dos veces para estar seguro de que le llegase. Apagué el móvil y saqué la tarjeta. Doce horas después empezó a dolerme el cuerpo.

Me bajé en Listvyanka . Un taxista buriato me esperaba con un cartel con mi nombre. Paramos en una tienda de telefonía y le di dinero para que me comprase una tarjeta de prepago. La introduje en mi móvil. Me atiborré de analgésicos y descansé. Al día siguiente contraté a otro taxista para que me llevase a ver los nerpas, las únicas focas lacustres del mundo. Le dije que lo llamaría para que me recogiese por la tarde.

Me divertí tirando a los nerpas pequeñas cantidades de omul ahumado. Les gustaba mucho. Vi que la aclamada claridad de las aguas del lago era justa. Me encontrarían con facilidad.

Llamé al servicio de emergencias. En mi burdo inglés les expliqué que estaba cerca de la isla de Oljón y que había visto cómo un hombre había caído al agua desde las rocas. Que parecía en dificultades.

Saqué la tarjeta de prepago, la sustituí por la mía y la rompí con una par de piedras. Enterré los trocitos de cobre y plástico en el suelo. Busqué el video que grabé en el móvil y lo borré.

Subí a las rocas y desde ellas salté al agua. Me hundí y el frescor hizo desaparecer el dolor de mi cuerpo como si nunca hubiese existido. Expulsé el aire de mis pulmones y me giré para observar la superficie. El agua era tan transparente que pude observar a un águila, muy arriba en el cielo volando en círculos. Me pareció hermoso.

Por Thalcave. 

Cordon bleu

Nos pareció un juego, Señor Juez. Nunca pensamos que se les (nos) fuera a ir de las manos, Señor Juez. Ya, imagino que nos pone en una delicada situación. Sí, sí, le detallo sin problema.

En el año 2003 Pedro de la Serna y el que le habla, Miguel Priego, acabamos de ser despedidos de la revista Papel, un simpático y original suplemento dominical de un periódico de reconocido prestigio nacional. Nuestro trabajo, al parecer, no casaba con la orientación que pretendían darle a aquel buen montón de páginas escritas para el WC y el metro. Llevados en volandas por la invasión del éxito de la gastronomía española, y nuestra afición reconocida a la buena mesa y al vino, nos lanzamos a la aventura. Los cuartos de la indemnización nos sirvieron para arrancar.

Comenzamos a editar de forma muy discreta la publicación que hoy aquí nos  trae. ¿Que no le interesan los principios de Cordon Bleu? Bien, agilizo entonces. Ya en el 2008 ­—se pierde usted, por cierto, una apasionante historia acerca de la conversión de  una pequeña empresa en todo un emporio—,  recibimos el premio Escargots. Con él aumentaron las ventas y, por ende, la tirada de ejemplares. Año tras año se nos fue dando más crédito y finalmente copamos el mercado de las ediciones gourmet. Ya no estábamos en los quioscos, sino en las librerías especializadas. Con un sello inconfundible, y a codazo limpio, fuimos desbancando a otras publicaciones clásicas y nos convertimos, como usted bien sabe, en referencia indiscutible. Marcamos las tendencias de lo que vamos a digerir en el próximo otoño y cuáles van a ser los chefs más reverenciados. Si tocamos un local, lo hacemos de oro (y cool por supuesto), si hablamos de un crítico, es el más respetado.

Este año, quién nos mandaría, decimos hacer algo diferente en nuestro número de diciembre: una lista de los cinco mejores restaurantes de España. Aburrido dirá usted, pues no, diré yo, porque la lista fue encargada a los dos egos, maldita sea, más grandes de la crítica gastronómica de nuestro país. A saber, Jean Pierre de la Roda y Ricardo León Sombra. El primero, francés afincado en Madrid desde los ochenta, estricto, con fama de inquebrantable, distante con los medios (nadie lo ha visto nunca ni siquiera se sabe si trabaja bajo un pseudónimo). Claro, Señor Juez, esto lo complica todo aún más. Y el segundo, Ricardo, con un talento natural, casado con la gran sommelier Mónica de Gorgot, leonés de nacimiento y que cuenta, mejor dicho, contaba, sus premios y menciones a espuertas. Los cinco restaurantes debían elegirse por consenso absoluto entre los dos.

El trabajo se encargó, mediante sus correspondientes agentes, el quince de noviembre a un mes vista de la entrega. Ambos habían tenido ya algunas discrepancias argumentadas entre las páginas de nuestros números de verano, en los que nos dedicamos a hacer una disección de la famosa cocina del mar y sus sucedáneos. Para Jean Pierre todo era una majadería sin fundamento, invenciones que destrozaban el producto. Mientras, Ricardo, un apasionado de los olores y los nuevos sabores, brindaba en copa de balón por ello y se le quedó corto el espacio (apenas cincuenta líneas) para halagar a todos los investigadores implicados en la tarea.

Teníamos bien claro que llegar a un acuerdo iba a ser complicado, pero esto…, ay, dios, ¿quién contaba con esto? Sigo, sigo…
A mitad de plazo nos pusimos en contacto con sus secretarias, la cita no se había producido aún, no existía consenso en ninguno de los restaurantes y habían cortado comunicaciones en, al menos, diez ocasiones. Ambos pensaban que iban a poder con el otro o, al menos, de que no iban  a ser convencidos.

Mi compañero y yo decidimos incrementar en un tres por ciento el pago por el trabajo para desbloquear la situación y, llamados al orden por sus respectivos representantes, se sentaron en la oficina de Ricardo (a Jean Pierre no se le conoce tal cosa). Según me contó Elena, la secretaria,  los gritos no tardaron en inundar el edificio victoriano y Jean Pierre lo abandonó entre improperios en francés que ninguno de los oyentes alcanzaron a traducir. No, no, ella no sabe francés, Señor Juez. En fin, que tres días antes, y agobiados por tener la fábrica calentando y la prensa a la espera del texto estrella de nuestra entrega, hicimos de Celestina y los citamos en un terreno neutro, la habitación del hotel Regio, esa, sí, Señor Juez, la misma donde suponemos que se cometió el fatal crimen. Tras las resistencias iniciales escucharon a mi compañero Pedro, que tiene más mano izquierda que yo, menudo es…, y se dieron un  par de horas para intentarlo de nuevo.

Hoy, al abrir el buzón de la oficina y con un plan B listo para publicar, nos hemos encontrado la carta:

«Yo, Jean Pierre de la Roda, el crítico gastronómico más grande que ha reinado en este país, remito, cumpliendo plazos, la lista de los 5 mejores restaurantes nacionales. La firmo con la sangre de Ricardo que yace a mis pies, tras cometer la gran estupidez de tratar de imponer su criterio, burdo y fantasioso, sobre el mío, concienzudo y documentado. Mi palabra sienta cátedra. Publíquese sin cambiar un punto. Y vayan y disfruten de lo que Ricardo no supo apreciar».

Le seguía su lista, pero no se la desvelo, espero que usted mañana corra al quiosco como uno más… De acuerdo, ya me callo.

En fin… Y aquí estamos, Señor Juez, a su entera disposición judicial, tras pasar por comisaría. (Perdón por la hora, pero hemos tenido que ir a la fábrica  para dar indicación de que se triplique la tirada que sale mañana). Hemos dejado al cuerpo de policía la carta, única prueba del crimen más sabroso jamás cometido. ¿Que no bromee? Lleva usted razón, Señor, buenas noches.

Por Gema MO.

Decálogo del buen poeta

  1. Todos somos poetas.
  2. El poeta es la mirada.
  3. Sólo hay que despertarla.
  4. El despertador de conciencias es la literatura.
  5. La literatura en alto concepto.
  6. Alto concepto es severidad.
  7. Severidad contigo mismo.
  8. Tú eres tu peor enemigo.
  9. Sólo compites contra ti mismo.
  10. No hagas caso de este decálogo.

Por Daniel Martínez Romero. 

La última lista

Quedaba menos de una semana para salir. Estaba preparado.

Después de veinticuatro años, once meses y veinticinco días en este centro penitenciario (en el que la mayor parte del tiempo he estado en el pabellón psiquiátrico, aún no entiendo bien por qué), había mirado los muros de esa pequeña ciudad acorazada de muchas maneras diferentes. Toda esa infraestructura que me hacía sentir atrapado tan a menudo hasta la asfixia, me provocaba otra sensación muy distinta hoy. Ya no podrían retenerme más, pero… ¿realmente me sentía contento por ello? Habían pasado tantos años desde la última vez que sentí alegría por mí mismo, que no era capaz de identificar si el sentimiento que me invadía se parecía a la alegría, a la satisfacción o a la indiferencia. Siempre supe que esto podría ocurrirme, menos mal que hice esa lista. Cuando uno sabe que puede acabar sus días en la cárcel, dedica como mínimo las veinticuatro horas antes de entrar a pensar cómo va a sobrevivir. Cómo hará para no pegarse un tiro o ahorcarse cuando encuentre la mínima oportunidad. Y, en mi caso, el día antes de entrar hice una lista. Una lista con esas cosas que hacen que uno tenga cada mañana ganas de vivir. Yo no tengo hijos ni familia que sepa de mi existencia, pero tenía veintiún años, y a esa edad, afortunadamente, todos tenemos razones para seguir viviendo. Entonces, decidí hacer una lista que me salvaría la vida cada vez que perdiera la esperanza de salir, la lista que me daría alguna pista sobre qué buscar o qué valía la pena hacer si algún día volviera a ser un hombre libre.

A todo esto… ¿dónde la había puesto? Hacía tiempo que no miraba esa lista. Desde el día en que tuve claro la fecha de mi salida, la guardé y no la volví a mirar. Pensé que no se me olvidarían esas razones por las que quería dejar de estar aquí, pero estaba tan confuso y excitado que no era capaz de recordarlas. Tenía que encontrarla.

Busqué por todas partes pero no había manera de dar con ella. Pasaron un par de días, y pregunté a los compañeros que mejor me conocían, como era el caso del Meca. Se llamaba José Miguel, pero lo llamábamos el Meca porque todos acudíamos a él en busca de consejo cuando había problemas:

-Tío, Meca, tienes que ayudarme, ¡no encuentro mi lista! ¿Crees que me la habrán robao?

-Castro, no pierdas los papeles porque no tenemos ni eso. ¿Dónde escribiste la lista?- me quedé bloqueado, pero no estaba seguro de por qué– .No jodas que te estás quedando cogío… Castro, tío, concéntrate. La lista esa tuya tiene que estar en tu habitación, ¿recuerdas? En algún lao la tendrás escrita, pero no en papel. Recuerda que a los tarados no os dejan tener papel.

-Qué mierda eres, Meca. Me vas a estar insultando hasta mi última semana. Yo seré un tarado, pero me marcho en tres días, ¿y tú? -Meca me miró de una manera extraña. No parecía amenazante, que es lo que yo habría esperado. Se quedó unos segundos mirándome con los ojos entrecerrados mientras se encendía un cigarrillo y, con cierto aire solemne, me dijo antes de marcharse con los demás:

-Nos vemos, Castro.

Hace algunos años salí del pabellón psiquiátrico y me pasaron a otro módulo que, al parecer, está un poco menos restringido. Supongo que fue cuando se dieron cuenta de que no estaba loco. Ya casi no me acuerdo, porque tengo lagunas de mis primeros años aquí, pero creo que me metieron allí porque temían que me autolesionara. Eso tuvo que ser un chivatazo, porque es cierto que yo acostumbraba a juguetear con cuchillas y demás, pero fue solo una etapa de niñato que acabó a los dieciocho o diecinueve años. Por lo que me dijeron algunos compañeros después, pensaban que me hacía daño a mí mismo por lo que había hecho.

Llegó el día. Llevaba veinticinco años en la cárcel y tenía una oportunidad de salir que no pensaba desaprovechar. Eran las diez y cuarto de la mañana, quedaban quince minutos de descanso y yo podía estar en mi celda tranquilo hasta entonces. Cogí la mesa para subirme en ella, quité la bombilla del techo, tiré del cable que había preparado tiempo antes para asegurarme de que era suficientemente largo e hice el nudo corredizo correspondiente. Nada me retendría por más tiempo en aquel lugar. Cómo me habría gustado leer una vez más mi lista… Sin duda, habría afrontado ese momento sin miedo. No recuerdo lo que ponía, pero recuerdo perfectamente que cuando la leía, me sentía como nuevo. La rabia hizo que se me bañaran los ojos, así que decidí acabar con aquel circo. Así el cable, lo coloqué cuidadosamente en mi cuello y, rápidamente, dejé caer todo mi peso a la vez que le pegaba una patada a la endeble mesa. Tras ese instante de taquicardia, solo sentí el frío plástico presionando mi cuello, asfixia, una asfixia mucho más pronunciada de la que había sentido todos esos años. Durante unos instantes, cuando me debatía entre respirar o tragar la saliva que ya nunca llegaría a pasar por mi garganta, miré al suelo. Y allí estaba. Había escrito la lista en el suelo bajo la mesa, y ahora quedaba al descubierto. Comencé rápidamente a leer:

Acariciar a mi perro.
Ligarme a chicas en el puerto.
Despertar y sentir el cuerpo de una mujer junto al mío.
El alivio que me da ver cómo juegan los niños.
Beberme un buen zumo de naranja recién exprimido.
Fumar un cigarrillo escuchando a David Bowie, como lo hacía mamá cuando joven.
Hacer el amor en los probadores con alguna dependienta.
Bromear con Josito, el del quiosco, sobre su verdadera identidad.
Estar sobrio, para que nadie decida por mí.
Un hogar en el que no haya nada con lo que hacerme daño. Sin tentación, no hay riesgo. Hay paz.

Por Mawi Justo.

Enlistados

Junto a las galletas de coco, leche vitaminada y esmalte de uñas granate, productos que yo jamás compraría, había un papel, cuadrado y azul, con una lista de la compra escrita por una mano femenina que no era la mía. Él, que había dejado las bolsas en la cocina mientras iba al baño, se había traído la compra de otra señora, pensé. Quizás un en un momento de desorden en la caja…, pero allí estaban también las marcas de vino y whisky que siempre elegía. En ese momento sonó su móvil y una voz, de nuevo femenina: «Nos hemos equivocado —dijo riéndose—, nos hemos equivocado…». No contesté; durante unos segundos la otra enmudeció. Después colgó.

Parecía evidente que mi marido me engañaba. Abrí su lista de contactos. Bajo el último número registrado solo encontré unas iniciales en mayúscula. Lo esperé preparada con mi lista de reproches, y se los solté sin atenuantes cuando volvió a la cocina: los domésticos, los afectivos, los pasados, los futuros…. Él me respondió con su lista de excusas: conocidas, inventadas, incomprensibles, ridículas, irritantes, vergonzosas… Si tenía alguna duda de su engaño, desapareció. Entonces yo saqué la lista de demandas: financieras, emocionales, domiciliarias… Anuncié que todo se había acabado y, como si no hubiera tiempo posible, me senté a separar en dos listas los libros de la casa. No quería sorpresas de última hora.

En mi bolso encontré mas tarde mi lista de propósitos para el año nuevo, el primero de ellos: vivir más relajada, no hacer listas.

Por Reyes García-Doncel.