Archivo por meses: Diciembre 2015

Inventario de fiestas

  • Nn  doble beso en la cara.
  • Cuñados, colegas, hermanos, amigos… en ajustes polinómicos.
  • Indefinidas conversaciones, divergentes y convergentes, con reducción final al absurdo.
  • Máximo común divisor = cerveza.
  • Mínimo común múltiplo = colesterol.
  • Coma flotante en la madrugada, con derivación rotacional hasta el límite decoroso.
  • Logar ritmo de la garganta.
  • (X + Y), integrales volumétricas al amanecer.
  • (X – Y), siempre que Y se ponga hiperbólico mientras tiende a infinito.
  • Valor final de la ecuación: error mínimo cuadrático.

Por Reyes García-Doncel.

XXX

Que las matemáticas no me gustaban lo sabía desde hacía mucho tiempo, pero que don Manuel era un mentiroso no lo supe hasta final de curso. Don Manuel solía decirnos que las matemáticas eran muy importantes, que las matemáticas eran la vida. Lo cierto es que creo que mi vida se empezó a complicar el día en que don Manuel explicó por primera vez en clase de matemáticas las ecuaciones. Hasta dónde puedo recordar todo había sido fácil hasta ese momento.  Viendo películas de kárate en el video comunitario, jugando mucho en la calle y estudiando poco había llegado hasta sexto curso. Pero aquel día don Manuel llegó, nos dio la espalda y con tiza blanca empezó a escribir en la pizarra algo muy extraño. Se volvió y nos dijo solemnemente: «señores, esto es una ecuación». Nos quedamos mirando aquella mezcla de números y letras en el encerado como el que mira uno de esos cuadros raros, arte abstracto creo que lo llaman. Entonces, dando unos golpecitos con la tiza en la pizarra sobre una letra que había escrito en la ecuación, dijo: «¿y esto qué es?» No recuerdo quién fue pero sí que alguien respondió:  «una equis». Don Manuel dijo: «no burro, esto es una incógnita. ¿Sabéis qué es una incógnita?» Todo el mundo calló. «Una incógnita es algo que no se sabe.»  Y dedicó el resto de la clase a explicarnos la importancia de saber despejar bien la incógnita para solucionar cada ecuación, cada problema. No conseguí enterarme de nada más. La culpa no era de que don Manuel hablara con ese tono bajito y aburrido de siempre, ni que su clase fuera a primera hora y tuviera que luchar a cabezadas con el sueño, el  problema era que a mí no me gustaban las matemáticas. Ni siquiera el hecho de que de aprobarlas dependía que mi padre me comprara la motoretta, despertaba en mi escaso cerebro ninguna neurona.

Mo-to-re-tta. Hasta despierto soñaba con aquella bicicleta roja con letras blancas. El resto de los de mi pandilla ya la tenían y salían todas las tardes con ellas. Unas veces patrullaban con sus motorettas las calles del barrio para evitar que los de otros barrios invadieran nuestro territorio. Otras veces montadas en ellas jugaban a policías y ladrones. Yo en cambio era el único que no tenía una motoretta y si quería unirme a ellos tenía que coger la bicicleta antigua de mi padre a la que mis amigos le pusieron de mote «la camella». La camella era una bicicleta vieja, fea, desgarbilada. Cuando los de la pandilla me veían montada en ella casi siempre se metían conmigo. Me decían entre carcajadas que porqué no me ponía una boina de viejo, que podía estar seguro de que las chavalas se iban a fijar en mí y cosas así. Yo le contaba estas cosas a mi padre. ¿Por qué no podía tener yo una motoretta como el resto de mis amigos en lugar de tener que ir en la camella? Él me respondía que las cosas sólo se conseguían con esfuerzo y que si aprobaba matemáticas entonces tendría mi motoretta. Porque mi padre decía siempre que si quería ser un hombre de provecho tenía que saber matemáticas.

Y llegó el día del examen de matemáticas. El resto del temario lo llevaba medio qué, pero las ecuaciones me seguían sonando a chino. Y allí estaba el último ejercicio, una ecuación. Don Manuel avisó que ese ejercicio puntuaba doble. Leyéndolo fue cuando me acordé del video comunitario. Todos los días emitían cuatro películas, salvo los sábados que daban cinco. Yo estaba siempre pendiente de la programación del video comunitario por si ponían alguna de esas de Bruce Lee que tanto me gustaban, como aquella del dragón. ¡Joder qué buenas eran! La programación del video comunitario era una pantalla fija con letras azules sobre fondo blanco hecha quizás con un ordenador Spectrum 48k. Todos los días aparecían en ella cuatro líneas: las dos, las seis, las ocho y las diez. A continuación de cada hora figuraba el nombre de la película que emitían. Pero los sábados aparecía una línea más a las doce de la noche que titulaban siempre como  «XXX». Yo le preguntaba a veces a mis padres qué era aquello y me contestaban que si eran cosas de mayores, que si no lo debía ver y que si yo a aquella hora lo que tenía es que estar dormido. A mí me intrigaba el hecho de que todos los sábados emitieran la misma película a la misma hora y que mis padres me dieran tan pocas explicaciones. Así que me acordé de aquello que decía don Manuel de resolver las incógnitas. Por eso cuando leí el último ejercicio del examen: 3X = 12 , no tuve que hacer ninguna cuenta, las matemáticas eran vida,  simplemente respondí: x = FOLLAR. Aquel verano mis padres se dieron de baja del video comunitario y yo dejé de soñar con la motoretta.

Por Simón Rafael.

La fórmula del H2O

Todo comenzó del modo en el que nunca deben comenzar las historias: despertar una mañana en su cama sin recordar cuándo, en la noche anterior, había dejado su despacho y sus papeles para irse a dormir. Pero si así es como había ocurrido, así era como había que contarlo.
Despertó, decíamos, y se encontró en su cama. Las zapatillas no estaban en el lugar en el que siempre las dejaba. La ropa estaba tirada por el suelo. Y ella estaba desnuda entre las sábanas revueltas.
Su último recuerdo de la noche anterior eran números, signos, símbolos, funciones, ecuaciones, fórmulas… las mismas con las que llevaba peleando un par de semanas. Ni siquiera recuerda haber tenido sueño. Había un vacío desde el estudio y su trabajo hasta el abrir los ojos en su cama.
Le costaba salir de allí y ponerse en pie. Algo atenazaba su cuerpo y su cabeza se negaba a ponerse en marcha, pero finalmente lo consiguió. El impulso era fuerte, y antes de ir al baño o a la cocina, sus pies descalzos se dirigieron al estudio. Allí donde su memoria registró el último recuerdo del día anterior.
Y entonces vio la fórmula escrita en su pizarra. Era la solución a todo. Y era más que evidente. Había estado ciega, ahora se daba cuenta. La alegría inundó su cuerpo. Algo tan sencillo, tan lógico, y que había tardado tanto en descubrir. Esto iba a cambiar la historia para siempre.
Pero entonces, cuando ya veía la solución a todos los problemas gracias a aquella ecuación escrita en su pizarra, se dio cuenta de que aquella no era su letra. No sabía quién había estado en su casa, quién había dado con la solución, pero ella no había escrito aquello. Eso era seguro.
Aquella fórmula era simple, tanto que le avergonzaba no haberla descubierto antes. Pero gracias a ella, ahora podría pedir lo que quisiera. Cualquier cosa. Desde que estallara la crisis mundial, desde que el agua potable se agotara en el planeta, habían sido miles los que habían tratado de encontrar, mediante ecuaciones, mezclas, teorías… la solución al problema. Siempre sin éxito.
Hasta ahora.
Con esa sencilla fórmula, un puñado de tierra, cualquier tipo de tierra, podía convertirse en agua en apenas dos horas. Y eso le daba un poder casi ilimitado.
Pero, ¿y si anunciaba el descubrimiento? Aquello salvaría a millones de personas, sí, pero… ¿y si después aparecía su verdadero autor?, ¿y si quedaba en evidencia delante de todo el planeta?
No, era mejor callar. A fin de cuentas, sin aquel descubrimiento, en poco más de un mes no quedaría nadie que pudiese reprocharle nada.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Verde

«André Geim y Konstantin Novoselov.» Nunca me ha gustado leerlo cada día pero es lo primero que veo cuando llego al laboratorio. Ellos abrieron la puerta de la investigación. Lo del cartelito fue cosa de Ismael, mi «pareja de baile» en esta faena.

André y Konstantin abandonaron el proyecto en 2015. Se acabaron los fondos para las investigaciones internacionales. El gobierno ruso (por suerte para el resto de la humanidad) no fue capaz de ver el potencial del tema y el prestigio del Nobel se fue apagando como una estufa que se queda sin petróleo.

En aquel año, y mientras ellos colgaban las batas, yo, extremeño rarito por definición, aterricé en la  Facultad de Física. En las notas que se iban publicando pude ver, examen tras examen, que un tal Ismael Inarritz de Inderueta proyectaba en mí una sombra bien alargada. Que yo iba de nueve y medio, él de diez. Que yo iba de diez, él de matrícula. Siendo la competición uno de mis grandes hobbies, me tiré de cabeza a la búsqueda, al menos, del empate perfecto.   Pronto quedó de manifiesto que iba a ser una lucha perdida, yo era un alumno aventajado, destacable y altamente sociable. Él, un alumno irascible en lo personal  y perfecto en lo académico. Se licenció Cum Laude. Yo me quedé con un sobresaliente y la chica más bella de la promoción. No estaba mal.

Cuando en último curso nos presentamos a aquel concurso de investigación, lo hicimos sin mucha esperanza, pero con un proyecto ambicioso que vapuleó a todos los demás candidatos: retomar el legado en el desarrollo de la microrretícula.  Dar forma a lo que ellos habían empezado. Generar un material ligero y firme que revolucionara la industria, a todos los niveles. El nombre verde hablaba de nuestra principal intención al respecto. Con una crisis energética que hacía tambalear los cimientos de la civilización que conocíamos, el ahorro en combustible era nuestro leitmotiv. La prometida revolución aeronáutica no tenía parangón. Un avión comercial rebajaría en más de una tonelada su peso y, por ende, su consumo de combustible.

Primeros años (2019-2023)
La ilusión es nuestro motor. Planteo a Ismael ponernos horario labora,l pero queda claro que solo yo voy a cumplirlo. Admiro su brillantez y su tesón a partes iguales. Me voy a vivir con Teresa. Él tarda un año en venir a casa. Le presentamos a Carmen. Me mira extrañado y casi indignado. Ya tiene un motivo de vida, acabamos de imprimir nuestro primer tejido. Es del tamaño de un dedal. Ismael actúa como un padre con ese trozo inerte y ligero como una pluma. Hacemos una foto en la que un diente de león luce sin que se desprenda ni una de sus blancas hojas con nuestro material por sombrero. La foto es distribuida en algunas revistas de prestigio y recibimos las primeras llamadas de la industria. Ismael deja claro que firmar un precontrato y enredarse con Carmen le apetece por igual. Nuestro laboratorio comienza a ser su país. Se trae un pequeño sofá, un microondas y monta una ducha improvisada en el baño. Entre dos pizarras cuelga una barra. En ella deja dos camisas y un pantalón. Día sí y día también, cuando llego a las ocho con el calor de la boca de Teresa aún en mi espalda, lo veo encogido en el sofá con un lápiz en la mano y rodeado de papeles. Ismael es la ilusión.

Carrera de fondo (2023-2025)
Repite que esto es una maratón, pero yo pienso que comienza a parecerse demasiado a una carrera de velocidad. En dos años acaba el proyecto y con él los fondos. Hemos rechazado a varias empresas (de cielo, mar y aire). Él no lo ve claro. Teresa está embarazada. Él lo ve como un lastre. Tenemos nuestra primera fisura. Mi vida es mi familia, la suya… en fin. Se vuelve extraño y distante y se encierra en uno de los pequeños almacenes a trabajar. Ya no lo encuentro en el sofá, lo escucho resoplar tras la cerradura. Llevamos meses alrededor de una ecuación. No somos capaces de discernir el valor exacto que hay que aplicar para pasar a fabricar piezas grandes de verde. Soy padre. La vida me enseña la verdadera felicidad. Intento explicárselo. No lo consigo. Escondido tras sus números y sus gafas ahumadas, parece estar perdiendo la capacidad de comunicarse con los demás. Si no eres un dato, no vales; si no hablas del proyecto, no te escucha. Llega la carta. Fin del proyecto. Nos paraliza el saber que estamos tan cerca y que  no lo hemos conseguido. Necesitamos liquidez. No hay financiación posible. No quiere ni oír hablar de vender la investigación. A pesar de Teresa y de mi bebé, y en un último suspiro por volver a recuperar ánimos perdidos, vendo todas mis posesiones menos la casa donde vivimos. Ismael es un científico sin techo. Definitivamente, el laboratorio es su hogar.

El final (2026-2028)
Cada vez es más brillante en sus reflexiones. Se ha colocado a años luz de mí. Casi me he quedado en el plano financiero. No consigo entender su complicada maraña numérica. Siento la decepción en su mirada. Se encierra. Por semanas. Me alejo e intento disfrutar de mi vida. Ficho por una universidad privada como profesor de pijos sin talento. Teresa es feliz. Visito el laboratorio una vez a la semana. A veces sale a saludarme, otras no.  Sigue enfrentado a la ecuación de cinco líneas que nos persigue desde hace años. En febrero sufre un bajón importante. No sé a qué es debido. Lo visito en el hospital y le cuento que han vuelto a llamarme de una empresa aeronáutica de renombre. Con un gesto de la cabeza y los ojos mirando al suelo me dice que no. A partir de ese momento entra en una extraña dinámica de comportamiento. Hasta hoy. Tras varias semanas sin ningún contacto y con verdadera preocupación he forzado a cerradura de su habitáculo. Temía lo que iba a encontrarme. Del techo, y con su cinturón al cuello, Ismael pendía de una viga, sin vida. Estaba frío y azulado. Llevaba varios días así. En la pizarra, en el techo y en las paredes, casi como una pintura rupestre, se lee la ecuación resuelta y una fecha 25/02/2028. Estamos en Noviembre.

Tras el entierro, he vuelto al laboratorio. Llevo un día entero sentado frente a la pizarra. Intento buscar una razón. Por una vez no hay fórmula que me ayude. Recojo todos los documentos para ponerlos en orden y plantearme el camino que me queda. A qué puertas llamar y en qué empresa confiar. Tras horas de silencio, concluyo: un ídolo no es un ídolo si no te regala el dolor de la decepción. Él encontró la solución y su vida se quedó sin centro. Salgo a la calle y respiro. El frío de la mañana me hace sentir vivo. Las perspectivas son muy interesantes. Hay que elegir bien. Se lo debo.

Por Gema MO. 

La ecuación de los desgraciados

Dos señoras mayores fenotipo estándar en una sala de espera de hospital. Las dos aguardan su turno. Aspecto de estar rebosantes de salud pese a su avanzada edad. Se entabla entre ellas una más que improbable conversación llena de ecuaciones y datos en torno a la desgracia humana.

—Me gusta este hospital porque no huele a hospital.

—Ay, hija, sí. No hay cosa peor. Y qué médicos más jóvenes y más majos. Pero me da no sé qué, si parecen mis nietos…

—Dónde habrán quedado médicos como Don Alfonso, el otorrino que operó a mi Rafalín, mi chico. Íbamos a su consulta de Jorge Juan y allí que estaba con su Farias. Se acercaba al pobre chiquillo recién operado con todo el tufo a puro, casi le echaba el humo por la garganta… “Que coma helados este niño, la operación ha salido perfecta. Que coma muchos helados”. Médicos como esos ya no los encuentras… Qué presencia tenía Don Alfonso.

—¿No te has enterado lo de la Joaquina? Lo que le faltaba pal duro…

—Yo la dejé con lo de la vesícula.

—Se le infectó y le dio perotinitis. Otra vez la operaron. A vida o muerte. Luego le sacaron una poquita de azúcar y no sé qué de la fibromialgia o la polimialgia o algo así. Le pusieron corticoides y no veas lo mala que se puso. En coma.

—Hay gente que lo junta todo. Yo toco madera pero las cosas que una ve y escucha todos los días y aquí sigue esquivando desgracias. Que si los muertos de las carreteras, que si la gripe A, que si Ucrania… Esta mañana en la radio contaban la de gente que se mataba en Turquía por dormir en la azotea…

—¿Qué me dices?

—Lo que te estoy diciendo. Muerta se queda una. Por lo visto, por el calor se sacan el colchón a la azotea, con los niños y todo y alguno se ve que se desvela por la noche, como le pasa a mi Antonio que parece un rabo de lagartija por la noche en la cama… El caso es que se ve que por la madrugada, medio dormidos, se caen de la azotea y van nosecuantosmil muertos ya y unos pocos más de heridos. Y graves, no creas… Las autoridades de allí han hecho una campaña informativa y todo…

—Santo Dios…

—¿Y lo de los niños ahogados en las piscinas? Todos los veranos igual… Ya van unos cuantos y todavía andamos empezando las calores…

—Otro que se le juntó todo fue el Jacinto, mi vecino. Tenía dos enfermedades a la vez, una que le hacía la sangre muy gorda y otra que le hacía sangrar y claro, los médicos no sabían si ponerle un tratamiento para que la sangre fuera más rápida y no se le trombosara o ponerle otro para que no sangrara… El pobrecito iba siempre pálido. Y con la nariz siempre como con sangre reseca. Al final se murió el santo varón, claro. Olía a muerto meses antes… Al perro sarnoso, ya se sabe, na más que pulgas.

—A mí cada vez que dan una estadística en las noticias me pongo mala. Las ecuaciones están para eso. Para que cuadren los números. Una X es una X, aquí y en Pernambuco. Y yo, lo que te decía… Que me parece un milagro que andemos todavía vivos con todas las cosas que te pueden tocar.

—Mejor no pensarlo y tirar padelante.

—Porque las estadísticas, Paquita, están ahí, escritas ya y esas hay que cumplirlas todos los años. De las ecuaciones no hay escapatoria. Los que pierden dedos con los petardos de navidad, los que se matan en el puente de la Constitución, los cortes de digestión en verano, los que tienen el Crohn ese o la pulmonía con el agua de los aires acondicionados o cosas más raras. En las revistas que hablan los médicos siempre empiezan diciendo: “esta enfermedad la padece el cuatroporciento de la población, esta otra le sale a un vienteporciento de mujeres con la menopausia, el cáncer de no sé qué ocurre en cuatrodecadadiez hombres en edad fértil, no sé qué, no sé cuantos…”. Así que despeja la X, maja. Porque eso está ahí y hay que cumplirlo… Alguien tiene que cumplirlo.

—Pues sí. Es así. No hay otra…

—Entonces, al final, siempre me da por pensar lo mismo. Es un poquillo cruel, te lo va a parecer, lo sé, pero es que es verdad, hija. Gracias a gente como la Joaquina o el Jacinto, tu vecino, nosotras podemos estar aquí tan panchas. Ellos se cogen dos o tres enfermedades y ahí que están cumpliendo las estadísticas de los periódicos y del Pronto y nos ahorran los disgustos a los demás…

—Qué cosas se te ocurren, hija, qué barbaridad… Aunque mirándolo bien… Cuadra el resultado.

—Seguro que el turco que se la pega desde la azotea ya llevaba dos o tres cosas puestas y lo gasta todo junto y así el resto vamos tirando…

—Ay, mira que eres bruta a veces…

—¿Pero tengo razón o no? Son como mártires… Para que las ecuaciones cuadren.

—Yo qué sé… Uy, espera, mira la pantalla, anda, que creo que ha salido ya mi número…

Por Álex Prada.