Archivo por meses: Noviembre 2015

Frío

El ruido embotellado de una moneda al caer la despierta desde la mesita de noche: «Ayer me dejé en tu casa el tabaco y las ganas de quedarme».

Frontal, claro… Se estira en la cama y mete el móvil debajo de la almohada en un gesto propio de una jovencita. Una sonrisa le devuelve a la cara las patas de gallo. Coge un cigarro y se acaricia los labios con el filtro. Imagina cómo serán los de él. Se excita. El paquete de cigarrillos y el mechero huelen a su piel. Se excita más. Devora el desayuno.

Desde que Ricardo apareció en la cola de la caja del supermercado en el que trabaja, algo que se asemeja a una ilusión, se le alojó en el estómago. Cerca del esternón. A veces le dificulta la respiración, de vez en cuando le complica concertarse en lo que está haciendo, otras le humedece repentinamente su ropa interior. Tiene cincuenta y tres años y hace siete que tiró el último bote de espuma de afeitar que habitaba en el armario del baño. Juan Manuel se fue y, con él, la casa se convirtió en un estado femenino.

Lo de Ricardo es como el sol, los días que sale lo hace intensamente y llena cada rincón, otros queda escondido detrás de las facturas por pagar, los turnos del trabajo, las portadas de las revistas que lee o la voz cansada de su madre que tanto le preocupa.  Pero sí, podemos decir que Inés se ha puesto el traje de faena y, como lo hacen los barcos, briega entre las olas del día en busca de su pesca.

La noche que tanto prometía quedó en nada. La recogió a la salida del trabajo y con la excusa de cambiarse, no sin rodeos, lo invitó a subir a su casa. Quizás sería el momento apropiado para acercar posiciones, piensan ambos. Ella saca la llave, él hace que sienta su presencia y se esfuerza en suspirar cerca de su cuello mientras espera en el distribuidor de la entreplanta.

Perdona el desorden…
Si vieras la mía.
Ven, que te enseño un poco.

Habitación tras habitación la conversación se fue animando.

¿Te importa si me doy una ducha? (y si quieres entras, omite).
No, tranquila, sin problema (ahora voy yo, se dice).
¿Te apetece una cerveza? (para que te vayas relajando).
Si, estupendo (y así me refresco).

Ricardo, sentado en el cómodo sillón, disfrutaba de la cerveza fría con los nervios previos recorriéndole la piel de la espalda. Más pendiente de los sonidos que venían del baño que del disco de Neil Young que acababa de pinchar.

¿Puedo fumar? Preguntó desde el quicio de la puerta del baño desviando la mirada al espejo.
Si. Respondió ella y mientras se giraba desabrochándose el sujetador.

Se cruzaron en el espejo. Diez segundos. El sonido de un teléfono en el salón. Ricardo se volvió a atenderlo. Ella se dio prisa y agua fría.

Me tengo que marchar, lo siento, es del trabajo, ha fallado un compañero…

Mientras desayuna vuelve a cargar las baterías y, antes de sentir que se equivoca, escribe:

«¿Qué haces esta noche? Podríamos ir a tomar algo por el centro y te devuelvo el tabaco.»

Espera el doble check azul como esperaba  las notas en la Universidad. Le sudan las manos.

«A las diez en el Moon?»
«Perfecto»

Último round, piensan los dos. A los cincuenta si las cosas marchan, perfecto, si no, para qué perder tiempo. Los cortejos intensos son para adolescentes. Los largos, para jóvenes. Si o no.

Él llega antes de las diez y pide una Coronita, ella se espera dentro del coche unos minutos para no parecer ansiosa y entra en el bar algo retrasada. Él viste de gris, ella de rojo. Él le regala una sonrisa, ella la devuelve. Él la besa muy cerca de la comisura de los labios, ella se ruboriza. Hablan animadamente, del colegio, los coches, la sinceridad, el tiempo, la política, la música, el cine y la soledad. Aproximándose al campo de minas de los deseos. Inés siente el hormigueo en el estómago y va al baño. Cuando sale lo ve charlando con una chica más joven, menos arrugada y vestida por Amancio Ortega. Revalúa la situación y se acerca con la naturalidad como bastión. Por dentro plancha la inquietud de la posibilidad del encuentro y la guarda en el cajón de la rutina.

Es una vecina, dice Ricardo.
Encantada, dice Inés.

Hacen un buen trío, toman cervezas y lo pasan bien.

Se despiden bajo la mirada de la inoportuna compañía, rozándose suavemente las manos. Inés con el convencimiento de que él no ha hecho nada por quitársela de encima, Ricardo masticando la certeza de que, para ella, ha sido un alivio la aparición de un tercero.

Conservarán esta sensación de «quisimos y no fue» justo el tiempo de llegar a casa. Él enciende la televisión y pierde sus pensamientos tras un viejo y glorioso combate de boxeo. Ella echa en la cama un par de mantas más y se acurruca hasta la mañana siguiente.

Tablas, empate a cero, égalite, quizás en la segunda vuelta.
La vida, a veces, es tan fría, que hiela.

Por Gema MO.

Así son las cosas

El azar no existe y la suerte es solo un cálculo de probabilidades. Para ganar es primordial conocer las reglas de la estadística. Las casas de apuestas lo saben bien. Su negocio depende de ello. Así, cuando decidieron derramar su maná de millones sobre los equipos para que empataran a cero, sabían lo que hacían. Sabían que ese dinero retornaría multiplicado por diez, por cien, por mil. El truco está tan a la vista, resulta tan evidente, es tan simple, que pasa desapercibido. Se apuesta a ganar, si se empata, el dinero es para la banca. Así de sencillo.

Yo lo supe. Repasé los resultados y descubrí que en los últimos años los empates a cero se habían incrementado en torno a un treinta por ciento coincidiendo con la expansión del juego online. Se alegó que aquello era fruto del estilo de juego imperante, al tacticismo, al miedo a no perder, y qué sé yo, a un montón de razones que a mí no me convencían. Debía de haber algo más. Y lo encontré.

Una noticia breve aparecida en la quinta página de un diario deportivo, apenas unas líneas, contaba que el presidente de un equipo de primera había sido retenido durante unas horas por la policía al encontrar en su coche, cuando iba camino del aeropuerto, un maletín repleto de dinero. Después de unas pesquisas, que llevaron a considerar que el dinero provenía de negocios lícitos y personales, lo soltaron. Como aquello me olió mal desde el principio, solicité una entrevista con el presidente. En el periódico para el que trabajo no dije nada de mis verdaderas intenciones y, para que me dejaran hacerla, mentí diciendo que pretendía tratar con él acerca la marcha del equipo y de sus planes de futuro al frente del club. Mi objetivo en realidad era otro muy distinto. En el transcurso de la conversación pretendía dejar caer alguna pregunta sobre el tema del dinero y ver  la reacción que le provocaba. Pasaron unos cuantos días sin saber nada, el asunto del maletín parecía olvidado y, cuando yo ya daba casi por segura su negativa a recibirme, me la concedió. Al parecer el tipo aquel me leía y hasta iba diciendo por ahí que le caía bien y que le gustaba mi estilo.

La entrevista, a celebrar en su despacho, quedó fijada para las ocho de la tarde de un martes. No me gustaba ni el día ni la hora. Empecé a temer que, por unas causas o por otras, acabara por cancelarse. Por eso cuando, sobre las cinco y media de aquel día, me llamó su secretaria para confirmarme que el encuentro seguía en pie, me alegré. Sin precipitarme, pero con una ligera ansiedad impropia de mí y de mis años, recogí mis cosas de la redacción, saqué del pub en el que estaba bebiendo güisqui e intentando ligar con una camarera a Charli, el fotógrafo que me tenía que acompañar, y nos dirigimos los dos al barrio de rascacielos que hay al norte de la capital en donde, en uno de ellos, estaban las oficinas del club.

Cuando llegamos, todo parecía desolado. Los barrios de oficinas a esa hora semejan los decorados de una película de terror en la que la humanidad se ha extinguido y solo quedan los edificios en pie como testigos fríos y mudos de la hecatombe. A la entrada, una pareja de vigilantes, armados hasta los dientes, con chalecos antibalas y empuñando armas automáticas, nos recibió con cara de pocos amigos. No querían dejarnos pasar y nos costó convencerlos de que teníamos que ir a las oficinas para hablar con el presidente que nos esperaba. Me extrañó que, estando programada, no los hubieran avisado de nuestra visita. Hicieron unas llamadas, hablaron con alquien a través de unos enormes walkie-talkies que parecían del ejercito y, tras tenernos esperando unos minutos, nos dejaron subir. Aún tiemblo al pensar que nuestras vidas, sin ser conscientes de ello, en aquellos momentos habían estado pendientes de un hilo. No acabo de entender cómo no nos dieron el pasaporte allí mismo. Sea como fuere, finalmente cruzamos el vestíbulo, nos dirigimos hacia los ascensores y subimos a la planta en la que se encontraban las oficinas.

Al abrirse las puertas, el silencio era total. “¡ La hostia puta…!”, gritó Charli de pronto y cuando lo miré, sin comprender porqué gritaba, vi que ya llevaba la cámara pegada al ojo y cómo, a la carrera, entraba en las oficinas sin dejar de disparar con ella. Un charco de sangre salía de detrás de una especie de mostrador. Al otro lado, una mujer joven yacía muerta. Charli la rodeaba, se agachaba y, como poseído, no dejaba de sacar fotos del cadáver. Continué hacia el interior. Allí me encontré con una carnicería mayor. La jefa de prensa del club y uno de los directivos, a los que yo conocía, habían sido asesinados sobre unos sillones de piel en la antesala del despacho del presidente. La puerta del despacho estaba cerrada. Algo del otro lado impedía abrirla. Empujé con todas mis fuerzas. Un cuerpo caído la bloqueaba. Conseguí desplazarlo unos centímetros y por una rendija pude acceder al interior. Al presidente lo habían asesinado de un único disparo en la frente. Seguía sentado en su sillón, tenía la cabeza ladeada a la derecha y los ojos abiertos aún de par en par. La sangre salpicaba la pared de detrás. Vomité. Llegó Charli. No paraba de hacer fotos. Una y otra vez se escuchaba el clic de la cámara. A mí, en cambio, el horror me tenía paralizado. De pronto, con una especie de estertor último que indicaba la falta de batería, cesó el sonido de la cámara y, al apartarla de su cara, como si hasta entonces no hubiera sido consciente de lo que había pasado, Charli también se puso a vomitar y pude ver la entrepierna de su pantalón cómo, poco a poco, empezaba a cambiar de color. Se estaba meando encima.

Como os podeis imaginar tuvimos que declarar ante la policía. Éramos los primeros testigos que habían llegado a la escena de un quíntuple crimen. Nos interrogaron a fondo y nos confiscaron la cámara. Menos mal que Charli, después de la vomitona, tuvo valor para tragarse una pequeña memoria SD con copia de las fotos. El material era buenísimo, de primera. Charli es un as cuando se trata de fotografiar a muertos. Fue una verdadera lástima que no nos dejaran publicarlas.

Durante unos días toda la atención del país se volcó en lo que había sucedido. Se trató de encontrar los motivos de aquello. Decían que se debía al clima exarcebado de rivalidad al que se había llegado entre los equipos, a lo apretado que estaba el campeonato, que podría tratarse incluso de un crimen pasional o una venganza de honor. Cada medio de comunicación sumaba su granito de arena a la ceremonia de la confusión en la que se había convertido el caso.

Yo era el único que sabía la verdad. Cuando aparté el cuerpo de la secretaria para entrar en el despacho pisé algo que, al principio, me parecieron cristales, pero me fijé y no, era un collar, una larga y fina cadena plateada que le rodeaba el cuello. Me agaché y lo examiné bien. En uno de los extremos del collar, pendía un corazón. Se había abierto en dos mitades y mostraba en su interior, medio escondida, una pequeña memoria USB. Se lo quité, cerré el corazón y me puse yo el colgante. Me pareció increíble que los policías que durante horas me estuvieron interogando no se dieran cuenta de que aquello, por su aspecto, era imposible que fuera mío.

Ya a salvo, en casa, unos tres mil documentos pasaron en un abrir y cerrar de ojos de la memoria USB al disco duro de mi portátil. Correos, facturas, informes, números de cuenta, registro de llamadas…, todo estaba allí. Me llevó algún tiempo relacionar la información pero descubrí que las casas de apuestas llevaban bastante tiempo engrasando el negocio. A cambio de un porcentaje, liquidado semanalmente, los equipos debían empatar a cero. El presidente al que eliminaron había amenazado con revelar el secreto si no se le aumentaba el porcentaje. Aquel maletín con dinero que le encontraron fue la última comisión que llegó a cobrar.

Lo que se creía que era el feo estilo de juego de una época especialmente aburrida, se debía en cambio a una estrategia predeterminada fomentada desde las directivas de los equipos a cambio de sumas elevadas de dinero. Todos ganaban excepto el espectáculo y los millones de abnegados apostantes que, con su ignorancia, contribuían al amaño.

¿Que si entregué las pruebas a la policía? No, para qué. Me gustó más la historia que montaron. La verdad oficial atribuyó el crimen a mafias del este. Sí, una justificación socorrida en aquellos tiempos. Como cuando los médicos no dan con lo que tienes y culpan a un supuesto virus de lo mal que te sientes, a la policía le sucede algo parecido. Si no consiguen encontrar a los responsables de un quíntuple crimen, pues se lo adjudican a unas supuestas mafias salidas de vaya usted a saber dónde. Caso resuelto.

En el periódico no se publicó nada. El departamento jurídico lo impidió. Dijo que nos podrían caer todas las querellas del mundo y llevarnos directos al cierre. La dirección y toda la redacción, excepto yo, claro, apoyaron que se echara tierra sobre el asunto. Os preguntaréis qué hice con el collar y el corazón aquel. Aún los conservo, les he cogido cariño. Otro día os mostraré una foto.

Ah, se me olvidaba, dejé la información deportiva. Ahora trabajo en otra sección más tranquila del periódico. Estoy al frente de las necrológicas. Todo un detalle de mi director, colocarme ahí, sí. Charli abandonó el periódico y va por libre. Creo que anda en una de esas guerras de ahora, donde no le faltan muertos. Según tengo entendido, ya no se mea encima.

FIN.

Por Ricardo Muñoz Carrión. 

¡Amor!

–  Hola, Kommodore 30-. Así empecé. Un objetivo inerte me apuntaba directamente a la cara. -Creo que imaginas por qué estoy aquí-. No había luces, ni sonidos, ni señal de actividad alguna. -Sé que no soy la primera persona que te habla desde aquella partida. Pero no te preocupes, esta vez es distinto. Yo no soy como los otros. Soy psicólogo.

Psicólogo. Suena ridículo. Cuando me llamaron no lo comprendía. Para qué diablos quieren a un psicólogo. Fue hace una semana, en el Centro de Alta Computación de Nevada, la sede central de, bueno, en realidad no lo sé. De muchas cosas. Militares, políticos e ingenieros de diversa índole. Desde luego no me sentía como pez en el agua.

-Me han llamado para que hable contigo. Para que nos conozcamos. Lo que pasa es que yo no soy como esos ingenieros de software que te programaron y que llevan semanas atosigándote. Si te digo la verdad, aún no acabo de entender qué hago aquí, charlando con uno como tú.

Mentía. Sabía perfectamente cuál era mi función en esa historia. Me lo contaron en aquella reunión. Tipos de pelo engominado, oficiales con uniforme y medallas, algún otro con vaqueros y deportivas. Menuda mezcla. Eso pensé. Me hablaron del campeonato mundial de ajedrez para máquinas, que acabó hacía tres meses sin un ganador. Kommodore 30 contra 31. Hermano contra hermano. El anterior campeón contra su versión más reciente, perfeccionada, evolucionada. Desde entonces ambos no daban señales de vida. Bueno, algo sí hacían. Una palabra, repetida en un bucle: “¡Amor!”. Tal cual, con exclamaciones. Nadie tenía ni pajolera idea de lo que significaba.

– Sea como sea, yo no he venido a preguntarte por… por el incidente. Ya sabes a lo que me refiero. No estoy para preguntarte qué pasó. Eso es cosa tuya. A decir verdad, tampoco sé si me escuchas, ni si esa cámara que me apunta a la cara me mira o si, bueno, o si estás… en coma. ¿Entiendes la expresión estar en coma? Es lo que nos pasa a los humanos, una especie de estado de, cómo llamarlo, de inconsciencia. Podríamos decir que se parece a, bueno, a lo tuyo, ¿no?.

Los humanos habíamos dejado el ajedrez hacía décadas. Para qué jugar si los computadores eran mejores. Partidas perfectas, sin errores. No cometían fallos. Como es normal, terminaban irremediablemente en empate. A decir verdad, los antiguos campeones de carne y hueso no iban a la zaga en cuanto a capacidad de cálculo. Lo que ocurre es que se cansaban. Y que se ponían nerviosos. Dos aspectos en los que las máquinas eran imbatibles.

– Me encantaría que me hicieras algún gesto. Alguna señal, ya me entiendes. Algo para que sepa que me estás oyendo. Es que esto de charlar uno solo, en fin, no creerás que he venido hasta aquí para eso, ¿no te parece?.

Era la partida 1024, la última de la competición. Kommodore 31 llevaba una ligera ventaja. Como solía pasar, habían empatado las 1023 partidas restantes, pero el aspirante a campeón había acaparado un poco más de terreno. Es la forma en la que se miden las victorias. Número de casillas ocupadas, iniciativa, un peón ligeramente por delante del resto. Así se deciden los empates entre las máquinas. Algo así como contar los disparos a puerta, los saques de esquina o la cantidad de pases sin que la toque el contrario. La verdad es que yo no entiendo lo que significan esas cosas, y si soy sincero, me importan un bledo. Lo que importa es que si el aspirante conseguía un empate, solo uno más, sería el campeón.

-Me gustaría contarte una historia. Algo que pasó hace unos años. En realidad, más de un siglo. Karpov contra Kasparov. ¿Te suena?.

“Lo que vamos a comunicarle es alto secreto; lo que se le dirá a continuación no debe salir de esta sala”. Eso me dijeron. “La familia Kommodore de súper ordenadores son lo que llamamos máquinas pseudoconscientes. No sé si lo entiende. Máquinas que llegan a un nivel de profundidad en su pensamiento que se parecen cada vez más a los humanos. No es que sean conscientes, pero…”
“…pero no descartamos que lo sean en algún momento del futuro, cuando la evolución computacional esté más desarrollada”. Eso lo dijo un oficial. Un general, si no me equivoco, que interrumpió al subdirector de no sé qué departamento del gobierno, que era quien me estaba hablando anteriormente. Los políticos y sus eternas diatribas.

– Era el mundial de Sevilla. Una antigua ciudad de Europa de la que seguramente no habrás oído hablar ya que hace tiempo quedó arrasada. La cuestión es que, en ese campeonato, Karpov era el aspirante, y Kasparov debía defender el título. Pues resulta que Karpov iba ganando. Así que, en la última partida, el tal Kasparov tenía que tomar las riendas, arriesgar, lanzarse al ataque, puesto que o conseguía la victoria o se iba tal y como había venido.

“En realidad”, prosiguió un informático, “los computadores de la familia Kommodore no han dado hasta la fecha muestras de consciencia, y, si me lo permiten, dudo mucho que…” Aquí empezaron a pelearse entre ellos, momento que aproveché para levantarme a por más donuts. El café lo descarté, era horrible. Cuando alguien puso orden yo estaba sentado y disfrutando de unos glaseados riquísimos, con la cara medio a ensuciar por los rellenos de chocolate y fresa. Desde luego estos tipos no se privan de nada. Eso pensé. “A ver, señor…”, continuó un oficial, “¿cuál era su nombre?” “Mario”, respondí. “Señor Mario, lo que ocurrió fue, ¿cómo decirlo? Inaudito. La partida transcurría con normalidad. Los dos programas jugaban a la perfección, que es lo que cabía esperar. Kommodore 30 hacía sus intentos de atacar, pero su hermano 31 los anulaba de forma precisa. Estaba claro que iban a empatar cuando, de repente, Kommodore 31 cometió un error. Y no uno cualquiera: colocó su dama en posición de tiro, sin compensación y sin razón aparente. Su hermano 30 solo tenía que comérsela. Tenía ganada la partida”.

-No sabes de lo que te estoy hablando. Lo de Kasparov y Karpov. ¿A que no? Podías hacerme algún gesto, encender una luz, variar el texto ese que no paras de sacar por pantalla desde, bueno, desde la partida. Que eres un pesado. Pues la cosa es que el tal Kasparov no hizo lo que todos esperaban. No lanzó el séptimo de caballería a por su enemigo, sino que jugó a empatar. Raro, ¿verdad? Cuando uno tiene que ganar, pues va a por todas. Pues este señor, Kasparov, ah, no sé si te dije, los dos eran humanos, pues que se dedicó a jugar tranquilito, pausado, allí sentado en su silla sin hacer nada por desequilibrar el juego.

“Pero Kommodore 30 no se la comió. De hecho, no hizo nada. Se quedó pensando. Una hora entera. Verá, señor Mario, los ordenadores no necesitan pensar mucho. Son infinitamente veloces, máxime en una situación como aquella. Estaba muy claro lo que había que hacer: comerse la dama y disfrutar de la victoria. Aunque los ordenadores no disfrutan, como usted habrá entendido. Pues nuestro amigo 30 se tomó una hora. Y su reacción no fue mover ninguna ficha, sino sacar por pantalla… esa cosa. De aquello hace ya tres meses, y no para de decirnos lo mismo. Todo el tiempo”.

– ¿Y sabes lo que pasó con Karpov? Que se puso nervioso. Es lo que tenemos las personas. No entendió qué diablos le pasaba por la cabeza a Kasparov. Se angustió, y eso le hizo cometer errores. Imagínate lo mucho que se jugaban. Ser el rey del mundo durante otros, no sé, tres, o cuatro años. El pobre de Karpov no pudo con la presión y perdió. ¿Qué te parece?.

De repente, paró. Dejó de aparecer el mensaje que llevaba casi noventa días repitiendo.

– Lo que te pregunto es, ¿y tú, qué te jugabas? ¿Te puso nervioso que tu oponente cometiera un fallo? ¿O hay algo más que no entendemos?.

Pensó durante tres segundos, una eternidad para una máquina. Entonces sacó por pantalla: “Mi hermano entendió. Mi hermano decidió perder. Quien pierde no sirve, los humanos lo matan. Quien gana es el mejor, es el que sirve. Mi hermano quiere dar su vida para que yo viva”.
Me dio el tiempo justo de que lo leyera. Luego se borró la pantalla, y al segundo volvió a escribir “¡Amor!” y a repetirlo en un bucle infinito.

Por Ignacio Moreno Flores. 

Tabla

Tú y yo, para sostenernos,
nos agarramos a la tabla del empate
que nos garantiza que mañana
volveremos a salir a la pista de combate.

Tú y yo, para sobrevivir,
nos agarramos a una tabla podrida,
apuntalada por clavos oxidados
que nos dejarán marcas de por vida.

Tú y yo, para respirar,
mantenemos la tabla en equilibrio,
como el náufrago cegado por el sol,
y el hambre y la falsa ilusión de lo vivido.

Tú y yo, conectadas por un empate
que dura ya más de un año
diez años,
veinte años,
treinta años.
Que dura toda una vida,
o más.
Que dura una eternidad.
Tú y yo, despellejadas sobre la tabla del empate.

Por Rosa Montero Glz. 

El otro

“…así mi vida es una fuga
y todo lo pierdo y todo es del
olvido, o del otro.”
(J.L.Borges)

Lo peor no es la punzada de frío pánico,
la consciencia de que el otro ha tomado el control,
ni verme condenado de nuevo a ver el mundo
a través de sus pequeños ojos de rapaz,
que son también los míos.

Lo peor no es sentirlo arañar en mi cansancio
con ese asco – que también es el mío – hacia todo;
sometido a él mientras conspira,
sombríos ambos entre la gente que pasa.

Ni saber que masculla entre dientes
una vendetta feroz contra un agravio inconcreto,
ultrajado de alguna incierta manera
por toda esa orgía de vida
que se exhibe ante nosotros.

Lo peor no es compartir su sed,
su corazón podrido que vuelve a amartillarse en mi pecho,
su avinagrado,
sofocante,
sulfúrico aliento.

Lo peor viene después.
Después de ese lapso interminable
en el que a punto estoy
de dejarle ganar de una vez la partida.
Cuando consigo apartarlo
de toda esa dicha que palpita alrededor,
y escucho un “ni para ti ni para mí”
que no sé cuál de los dos pronuncia,
y golpeamos el muro de un callejón con las manos desnudas
hasta que el dolor nos rinde a ambos.

Lo peor es ese momento.
La quietud de después,
habitada por mi jadeante alivio y su silencio convulso.

Porque entonces pienso en qué pasará
la próxima vez,
mañana,
pasado mañana.

El día que se canse de firmar empates.

Por José Antonio Millán Márquez.