Archivo por meses: Octubre 2015

La timidez de las piedras

1. Keith Richards, ella y los demonios.

Todo el mundo tiene sus secretos. Keith ya se había bebido por segunda vez el minibar de la habitación del hotel y solo era mediodía. Guardaba en su bolsillo un par de gramos de coca para pasar la tarde antes del concierto. Ella siempre caminaba por las calles mirando al suelo, parecía que buscaba un mensaje oculto en la geometría de las aceras. A veces se chocaba con alguna persona, farola o señal de tráfico. Parecía la protagonista torpe de alguna comedia de la televisión británica de los noventa. En su reproductor de MP3 sonaba Honky Tonk Women a todo volumen. No había dormido en toda la noche. Cuando cerraba los ojos, el monstruo aparecía. Keith llamó a recepción para que le rellenasen el pequeño frigorífico escondido en un mueble moderno que imitaba al roble. Le dijeron que les habían prohibido suministrarle más alcohol. No montó un número, no era la primera vez que le pasaba. Seguro que el hijo de puta estirado de Charlie estaba detrás de esta conspiración, pensó. No había conocido a un tipo que tocara la batería de forma tan ridícula. Sacó de su maleta una botella de escocés que guardaba para las emergencias. ¡Y el mismísimo Dios sabía que era una emergencia! Algunas noches se levantaba de madrugada empapada en sudor, con las bragas mojadas de orina, temblando de miedo. Desde que ocurrió, solo puede tener sexo cuando se emborracha y se mete unas rayas de coca. Siente lo pequeña que es entre la gente, invisible para todos los que la rodean en su vida cotidiana. Sabe que no es guapa. Ha chateado hasta la madrugada con varios desconocidos para entretenerse. Se ha masturbado un par de veces mientras le decían lo zorra que era y otras cosas peores. Le gusta fantasear con la sumisión. Keith intenta mantener sus demonios dentro. A veces pierde el control y huye. No le importa una mierda el concierto ni lo que digan de él.  Solo quiere huir a algún lugar soleado con palmeras y ver el océano. Ella se disuelve en la oscuridad de la boca de metro. Va a pillar un gramo. Siente un escalofrío de placer bajando las escaleras mecánicas cuando ve anunciado el concierto en las paredes. Keith Richards llama al servicio de habitaciones para pedir un buen filete con patatas y un coco. Excentricidades de las estrellas, piensa el recepcionista.

2. Mick Jagger, él y un viejo Opel Corsa.

Golpea el cristal de la ventana del coche con una piedra, abre la puerta con cuidado de no cortarse y manipula los cables de debajo del volante hasta que arranca. Es un Opel Corsa viejo, pero le darán en el desguace suficiente dinero para ir esta noche al concierto. Quizás, incluso, para comprar algo de MDMA. Mick está enfadado, la gira está alargándose demasiado. No soporta al borracho de Richards ni al estirado de Watts. Recuerda los comienzos, cuando le daba vergüenza bailar en el escenario. Su cara se enrojecía si daba unos pasos delante del público. Incluso con la desinhibición de las anfetas, Jagger no podía ocultar lo patoso que se sentía. Ahora todo es diferente, piensa el chico. Son malos tiempos. Su madre lo echó de su casa hace unos días y duerme donde puede. Dejó el instituto para trabajar en la tienda familiar. Cuando llegaron los chinos al barrio, la cosa se puso fea. Aguantaron un año, pero al final tuvieron que cerrar. La vida es así, les dijo el director del banco mientras les indicaba dónde tenían que firmar para hipotecar su casa. Los hombres de su familia no saben perder, así que su padre empezó a beber cada vez más. Ahora es una sombra. Sueña con montar su propio taller de automóviles. En el barrio le llaman “el mudo”. Apenas habla con la gente. Ha aprendido a expresarse con los puños. Mick baila en su habitación los primeros pasos que le enseñó Tina Turner. Cuando acabe contigo, flacucho, tus caderas parecerán dos serpientes – le dijo -. Y tenía razón. Tina es una gran mujer. Echa de menos su alegría y fuerza. Ha dado órdenes de cortarle el suministro a Richards. La semana pasada no podía mantenerse en pie en el escenario. En la emisora de la radio suena Paint It Black. Saca la mano por la ventanilla para sentir el aire de la mañana, como en ese estúpido anuncio de coches, y golpea la chapa del techo al ritmo de la música. Se vestirá con la camisa negra y los pantalones de pitillo. O quizá robe una camiseta con la lengua de Warhol en la tienda de discos del centro.

3. Ellos y la timidez de las piedras.

Es un día lluvioso. De esos en los que las alcantarillas no pueden tragar todo el agua y se forman pequeñas lagunas a ambos lados de la avenida. En el auditorio suena el primer acorde de Satisfaction. Una chica borracha roza, suavemente, la mano a un chico vestido de negro. Es solo un accidente, se dicen. Solo un accidente. Las luces los deslumbran, formando un largo camino brillante ante sus ojos. Es la señal que estaban esperando desde hace mucho tiempo. Mick y Keith están a lo suyo. Los gritos permanecerán toda la noche en sus cabezas. Inconscientes, se buscan con la mirada. Se conocen desde que eran críos. Más de una vez han acabado a puñetazos, pero aquí están los dos otra vez. Así son las cosas. El público avanza y retrocede lentamente, acorde tras acorde, moviéndose como una sucesión infinita de coches atascados en la autopista. Y entonces, ocurre. El estribillo que conocen. Las palabras de la canción que los dos chicos han escuchado mil veces, ahora, en medio de la tormenta, les hacen sentir que no están solos. Que hay esperanza. Saltan y bailan, unidos, escuchando el eco de los pasos retumbar en sus cabezas, como si estuviesen en una habitación vacía. Ya nada importa. Son un ejército. Los dos cantan a la vez, desapareciendo, distorsionados. Deformados. Son rabia. Y tristeza. Y violencia. Al final gritan y aplauden, divididos de nuevo en pequeños seres que se esconden, mimetizados de hostilidad, entre miles de personas. Ambos quedan exhaustos. Empieza a sonar Brown Sugar y se miran durante un instante que no acaba. Jadean, mojados, mientras la guitarra suena en la lejanía y Jagger corre de un lado a otro cantando. Richards recoge un cigarrillo que han tirado al escenario y lo enciende con un Zippo de plata. Él y ella están paralizados uno frente al otro. A estas alturas, no escuchan la música. Nadie los ha preparado para esto, pero saben qué hacer. De alguna forma, lo saben.

Por José Ángel López Jiménez.  

 

La noche en que Andrea y Stephan vinieron a nuestro apartamento

Andrea se refleja en un reborde del asiento y se relame un lento estallido de sangre del labio inferior. El avión ha aterrizado.

Estoy en la terraza del apartamento. Es un ático. La ciudad no tiene ningún tipo de identidad. No recuerdo por qué vivimos aquí. Tomo café. Leo el periódico. Vomité por última vez hace unos minutos. Eso me ayuda a sentirme más ajeno al mundo.
Reconozco el eco del aeropuerto, ese gran estruendo de fondo que aspira a ser algo internacional. Es Stephan y parece ebrio, habla con la boca torcida. Saluda con acento raro, pregunta por Nicole. Apuesto por ginebra.
Se estrangula la comunicación: ruido. Alguien ha enredado el cable del teléfono en algún punto intermedio, seguramente para asfixiarse lentamente o para cortarse la circulación de los dedos.
Tras la pausa, su voz regresa brillante y tensa la línea de pura nitidez. “Esta noche iré a cenar con vosotros”, dice. “Tengo muchas ganas de verte, hermano”. Pierdo, ha sido ron. O, peor, ha mezclado de todo.
Una semana antes, Andrea me llama por teléfono. Nicole no estaba en casa. Recuerdo la conversación palabra por palabra. La tengo anotada en un cuaderno pero no necesito revisarlo. No mencionó una visita a la ciudad.

Nicole escucha por accidente –mientras sintoniza una mezquina emisora local- una canción de los primeros discos. Es como un puñetazo que se merece y que recibe con una sonrisa llena de sangre. Todas las canciones de la banda hablan de Andrea.
Fue antes de un concierto. Lleva unos meses haciéndolo. Me llama y me cuenta la última película que ha visto o, a lo mejor, cómo la miraba el último gatito que atropelló con el coche. No soporta cantar las letras de Stephan, prefiere los primeros discos.
Nicole no me deja tener los discos de la banda en el apartamento. Siempre acaba por encontrarlos, en los armarios, bajo la mesa de pingpong, como si fueran los cigarrillos de un adolescente.
Un par de veces por semana voy al centro comercial y compro algún viejo cedé solo para oír la voz de Andrea. Los pongo en el coche un rato, mientras conduzco. Después los arrojo en una escombrera de camino a casa.

Nicole no sabe que Andrea y Stephan vienen a cenar al apartamento. Yo tampoco sé si viene Andrea, así que simplemente no hago nada. Dejo que todo se precipite. En cualquier caso, hago reserva para tres en un pequeño restaurante en las afueras con la esperanza de que seamos cuatro. De que seamos dos.
Nicole abre la puerta como si esperase agarrar la bola con un guante de béisbol. Abraza a Stephan con cuidado. No le pasa inadvertido que parece un anciano. Nicole está más encantadora que nunca. Es su forma de vengarse por anticipado. No quiero levantarme del sillón. Stephan se acerca cojeando y me dice que Andrea no ha podido venir.
Al final estamos cenando los tres en el apartamento. Nicole controla la conversación y evita ese nombre sutilmente. Stephan confunde varias ciudades por las que asegura que han estado de gira, entre la ensalada y el plato de pescado. No me atrevo a preguntarle a Stephan dónde está Andrea. Creo que no quiero saberlo.

Andrea mira desde abajo el bloque de apartamentos. El ático está iluminado. El plan es desesperado pero sabe que en el apartamento hay canciones sin editar de la primera época del grupo. Si Stephan no se pasa con el vino tiene alguna posibilidad de conseguirlas. Sube en el ascensor pero no tiene valor para pulsar el timbre.
Empieza a llover y Andrea intenta buscar un sitio donde refugiarse. Las cafeterías del barrio de clase alta están cerradas. Se aleja buscando un desagüe de la autopista para ponerse a cubierto. Cerca hay una escombrera.

Sé que no volveré a ver a Andrea. Seguramente está ahí abajo, en algún lugar de la ciudad. Stephan dice que no ha podido venir, que está en Londres, grabando en el estudio, pero sé que está abajo, quizás en el mismo recibidor del edificio, quizás a punto de llamar a la puerta. Tal vez solo tendría que coger el ascensor y plantarme frente a ella. Decirle qué.

La lluvia moja las botas de cowboy de Andrea, guarecida en una enorme tubería donde el agua empieza a subir. La corriente crece de repente y varias carátulas de sus últimos discos empiezan a pasar junto a ella arrastradas con fuerza por el agua.

Han pasado dos años. Tomo café. Leo el periódico. Vomité por última vez hace unas horas. En el centro comercial vi la portada del primer disco en solitario de Stephan. Sale una tubería emergiendo del suelo. Retengo esa imagen: la tubería llena de agua, el cuerpo blanco. Vomité por última vez hace unos minutos. Nicole pone el disco en casa a todas horas, dice que le encanta. Reconozco con una punzada de terror esas viejas melodías. Yo las compuse. Eran para Andrea.

Por Davor Bohórquez. 

Cuidado con las curvas

Los vi salir de una de esas pequeñas tiendas de barrio que tienen de todo, en la zona del Pumarejo.
A ella no la había visto en mi vida, pero tenía una de esas pintas que no se olvidan fácilmente: rubia oxigenada, bote y medio de laca, pitillos grises, botas tejanas por fuera… Bonnie Tyler de sábado por la mañana. Caminaba detrás de él, hablándole sin parar, visiblemente enfadada mientras se iba cambiando de mano una bolsa de plástico traslúcido en la que se adivinaban entre pocas cosas más un brick de leche, un cartón de huevos y un par de litronas.
Él iba como con prisa o intentando dejarla atrás. Lo reconocí al instante, porque esas cosas se me dan bien, y porque los muchos años transcurridos desde la última vez que lo vi han caído sobre él sin tratarlo excesivamente bien, pero de una manera esperable.  Algunas canas más en las greñas lacias, e iba un poco más encorvado de lo que yo lo recordaba, quizá por la que le estaba cayendo.

De todas formas,  en la foto mental que guardé del grupo todos estos años, nunca fueron jóvenes. Sus rostros siempre se me aparecieron como moldeados en cuero viejo, sus siluetas enjutas bañadas por la luz de los focos, sirviendo de percha a aquellas preciosas guitarras que parecían llevar cosidas al cuerpo.

Eduardo Ramírez, Eduardo Winchester,  veinticinco años después. Los conocí, a él y a su grupo, Los Hermanos Winchester,  allá en el pueblo. Durante los noventa vinieron a tocar durante cuatro o cinco años a la velá de San Isidoro, a mediados de aquellos octubres plomizos, cuando el verano ya había echado sus persianas y nosotros andábamos mareados con la matrícula del instituto, vagando sin rumbo por aquellas tardes que empezaban a acortarse siniestramente, buscando por el erial desolado en el que se convertía el pueblo un agujero donde escondernos del otoño, de aquellas tardes repetidas y grises, del futuro.

Llegaban siempre en torno a las seis, en una vieja pick up con capota de lona. Los contrataba Pedro Marín, de la Asociación de Vecinos de San Isidoro, que había hecho la mili con el batería.  Solo nosotros, que andábamos rondando la plaza hasta que llegaban, asistíamos a aquellas desangeladas pruebas de sonido, admirados de aquello que emanaban: una especie de malévola petulancia, cierto aire de forajidos, como si en vez de ser cuatro puretones de Sevilla Este y haber conducido cincuenta kilómetros para llegar hasta el pueblo, vinieran de mucho más lejos, como si hubieran dormido la noche anterior en un  polvoriento motel de Tucson, Arizona, después de haber tocado en algún oscuro tugurio donde los parroquianos bebían Miller de espaldas al grupo y las mujeres pasaban cerca de ellos de camino hacia el baño, lanzando sugerentes miradas furtivas.
Eso nos parecía. La vida aún no había impuesto sus filtros, su cinismo, y nosotros, provincianos, aburridos y adolescentes, admirábamos a aquellos tíos con ese candor que solo se tiene a los quince años.
Hacían versiones de clásicos del rock, empezando siempre por cosas relativamente suaves, la Creedence, los Eagles, Lynyrd Skynnyrd, canciones que a los del pueblo les sonaban como mucho de haberlas oído en algún anuncio de televisión. Nosotros adivinábamos nerviosos los títulos de las canciones como si estuviéramos en un concurso, en cuanto sonaban los primeros acordes.  Ni mucho menos era la música de nuestra generación, pero nos habíamos tropezado con ella en nuestra ardua labor de arqueología musical, escuchándola en las emisoras de rock, recopilándola en regrabadas casetes en las interminables tardes de lluvia, encerrados en nuestro cuarto,  los ojos del Sherpa o la cara desencajada de Ozzy Osbourne mirándonos desde los pósters de la pared.

Durante aquellas noches de velá, la mayor parte del público se iba dispersando a la cuarta o quinta canción, y te los encontrabas haciéndole chascarrillos a Pedro Marín, en plan “de dónde has sacado a estos” o cualquier cosa por el estilo. Pero Los Hermanos Winchester seguían a lo suyo, insobornables, tocando ya prácticamente para nosotros, que no podíamos creer que lo que estaba sonando salía de aquellos amplificadores viejos que habían traído en una destartalada camioneta, cubiertos por una lona.  A medida que avanzaba la noche la cosa se iba poniendo más recia, y acababan siempre tocando el Born to be wild, algo peleón de los Doors, incluso un año – de los últimos si no recuerdo mal –  se atrevieron con el Highway to hell. Nos concedían un bis o dos, y luego nos recibían en audiencia cuando nos acercábamos a saludarlos, mientras recogían el equipo y se tomaban un par de botellines. Guasones, altivos, más chulos que un ocho. La vieja guardia. Purasangres. Viejos y sabios como el oficio que defendían. Después, mirando de reojo a las chicas que nos acompañaban, sonreían, y soltaban alguna impertinencia. “Cuidado con las curvas” era la más frecuente, una especie de coletilla que Eduardo dejaba caer mientras con la mano nos apuntaba como si sostuviera un revólver. Luego quemaban un poco de rueda, y se iban con la música a otra parte.

Esta mañana los he seguido, a él y a su compañera, movido por la curiosidad, y después de salir de la tienda se han metido en una tasca que era casi un pasillo. Él ha pedido un cortado y ella una cerveza, que se ha bebido sin dejar la retahíla que le estaba soltando, y de la que solo he podido pillar que tenía que ver con la factura del agua y el casero. Él se limitaba a asentir, con más hartazgo que atención. En un momento dado se ha puesto de pie, ha dejado unos euros en la barra de aluminio y ha salido sin esperarla.  Ella  le ha dado un último trago a la cerveza y ha salido tras él de nuevo, mentándole a la madre como mínimo.

Yo ya no he tenido cuerpo para seguirlos. Me he quedado quieto, apurando mi café en mi rincón de mostrador, fingiendo leer el periódico de ayer o ver el telediario de hoy, tanto da. Medidas cautelares para Rodrigo Rato. Semana de la moda en Nueva York. Al parecer, este otoño se van a llevar las canastillas del pan en la cabeza. A final de temporada se retira Valerón.
Pues sí. De eso va la cosa al final, he pensado. Ya lo dijo Machado hace más de cien años, y nadie ha podido enmendarle la plana: lo nuestro es pasar. Versionar con mejor o peor tino una canción que nunca es nuestra, el puñetero rock de los días.

Al salir del bar, no sé bien por qué, se me ha venido a la memoria algo que le escuché una vez a un músico en un concierto de música celta: el tío explicó que los gaiteros se pasan media vida afinando la gaita, y la otra media tocando desafinados.
La mañana se había encapotado un poco. El aire olía a humedad. De camino hacia la Ronda, aún me he girado como queriendo adivinar al amigo Eduardo entre el mar de cuerpos que había tomado al asalto la calle San Luis. “Cuidado con las curvas” he recordado, y he sorprendido a mi propio reflejo, en el escaparate de una mercería, amagando una sonrisa maliciosa que me ha hecho apartar bruscamente la mirada y seguir caminando calle arriba, algo desafinado conmigo mismo.

Por José Antonio Millán Márquez. 

Yo fui a un concierto de Bon Jovi

En el año noventa y tres aún era virgen y
mi padre se había jubilado.
La vida era complicada con catorce años.
Miope, astigmática y con sobrepeso.

Keep the faith, lord we got to keep the faith.*

Hortensia, la amiga de mi hermana Rosi, era
rubia teñida, alta y fan de Spandau Ballet.
Además de insulinodependiente.

Fue un faro en mi vida. Una tabla de salvación en
la que hincar mis uñas para poder emerger de la
hiedra podrida que crecía a mis pies. Ese día me
llevó a un concierto de una banda de rock.

La luz se apagó. Una melena rubia con pantalones
ceñidos salió al escenario. Los primeros acordes
sonaron y Richie empezó a hacer gemir a una
belleza de seis cuerdas.

Keep the faith, lord we got to keep the faith.

Esa noche llegué tarde a casa y no fui ni miope,
ni astigmática ni gorda. Tenía catorce años y aún
pasaría mucho tiempo hasta llegar a la
primera sesión de quimio de mi madre.

Ese día, tenía catorce años y fui a un concierto de
Bon Jovi.

*Letra Keep the faith- Bon Jovi.