Archivo por meses: Septiembre 2015

Sobre todo, las sandías

Y a veces veía salir la fruta magullada o con arañazos y me prometía darles un escarmiento. Condenados animales, pensaba. En otras ocasiones veía la fruta tirada en medio de la calle de cualquier manera, entonces bajaba a recogerla sin importar el frío de la mañana e intentaba recomponerla a la vez que juraba que no volvería a bajar nunca más. Condenados animales, pensaba de nuevo. Pero en el fondo sabía que no podría pasar un solo día sin la piel de ámbar fruncido del melocotón, o de las variaciones húmedas de la pera, siempre apuntando más alto de lo que en realidad podía caer. De vez en cuando tenía la impresión de que todas eran familia lejana, sobre todo las sandías, que con un pequeño crujido anticipaban, justo antes de quebrarse, un rebosar de todo aquello que era mucho mejor que el sabor y que después se me venía al paladar tan a menudo pensando en cualquier otra cosa. Para según qué estados de ánimo bajaba a por pomelo, así, con urgencia, porque al pomelo se le veía venir desde tan cerca que muchas veces ya había doblado la esquina cuando creías que iba de frente. Tampoco sé explicarlo, pero los martes prefería el frescor pálido de la uva, que a veces me parecía casi submarino, aunque creciera a ras de suelo. El reflejo ácido de la manzana era para los jueves, que era cuando más necesitaba quedarme sin palabras y de alguna manera volver a ser aquel adolescente poco precavido que desandaba los huertos de los vecinos. La fruta tropical llegaba los viernes en un camión muy pequeñito. Se la veía siempre angosta desde mi ventana, pero por venir de más lejos era más cara y no solía preguntar por ella. Me decían que era estrecho de miras, porque algunos sabores había que comprenderlos y estudiarlos para poder disfrutarlos mejor con el tiempo, aunque nunca en la vida he podido relacionar el estudio con el disfrute.

Por Davor Bohórquez.

El vértigo blanco

Soy escritor. Siempre lo he sido. Hay cosas que uno sabe que es, tan claramente como tiene la certeza de que su entorno intenta que no lo sea. Mi padre era albañil. Es lógico que no entendiera de literatura. Pero Susana era filóloga. No era para nada una inculta. Lo que pasa es que era una cabrona.
Cuando la crisis acabó con mi empleo, ella dejó de ver futuro en la relación. Al menos tuvo el detalle de escriturar la casa de Sevilla Este en la que nos habíamos entrampado y devolverme mi parte. Con eso y el paro, estuve un par de años sesteando y escribiendo mi primera novela.
Ojalá le salga aluminosis a la puta casa.
El libro se vendió muy bien. Unas dos mil copias. A tres pavos, es un kilito de las antiguas pesetas.
Me entrevistaron en siete u ocho programas de radio. También salí una vez por la tele. Espero que Susana me viese y se atragantase con lo que sea que se estuviese comiendo en ese momento.
En las entrevistas todos me preguntaban que cómo se me había ocurrido el argumento. Que de dónde sacaba los personajes. Yo respondía que de la vida, pero me extendía un poco más porque hay que dar juego en las entrevistas y todavía no estaba en posición de hacerme el divo. Sin embargo, hay que tener cuidado de no abrirse demasiado porque es muy fácil que la gente se haga una idea equivocada de uno y lo etiqueten para siempre. Por ejemplo, cuando salía el tema de la Némesis del protagonista (un personaje llamado Sasún) y en quién me podría haber basado para crear una figura tan perversa, yo respondía “en nadie. Es un avatar, un compendio de los terrores masculinos ante el nuevo papel de la mujer del siglo XXI que cuestiona siglos de machismo atávico”; sin embargo pensaba para mí: “En la hija de puta de Susana Zejón Somalo”.

Al final la cagué. La última entrevista para la radio fue en La Ventana. Lo escucha mucha gente. Yo ya me creía con tablas, me había tomado un par de cervecillas en un bar de González Abreu y se me terminó yendo la lengua. El presentador estuvo todo el tiempo piropeándome, haciéndome sentir como en casa, y yo bajé mis defensas. Cuando me soltó el manido “vértigo de la página en blanco”, yo dije que eso no existía. Que a mí la página en blanco me parecía una oportunidad de plasmar las mil historias no escritas que circulan por mi cabeza, que es como decir “yo me cago en el vértigo de la página en blanco”. Y no. No debí haberlo dicho.
La crédula de mi editora me dio un anticipo de dos mil euros por mi supuesta nueva novela, que me he pulido al pagar cuatro meses de alquiler por anticipado de mi apartamento en Sevilla Oeste (o sea, Triana) porque a Susana siempre le encantó esa zona y ya me encargaría yo de que se lo contaran. Ojalá le reviente la arqueta sifónica.

Endeudado hasta la médula, y sin ninguna historia, me puse a investigar el barrio con la esperanza de que se me ocurriera algo y con la certeza de que cuando volviese al apartamento, la página en blanco estaría esperándome, burlona, y yo desviaría la mirada.
Para no pecar de original, lo primero que hice fue irme al bar más cercano. Los parados y asimilados perdemos la noción de los días de la semana así que no caí en que era lunes y que el día anterior hubo Liga. El Betis al parecer había goleado y escuché varios chistes del tipo de “ya está papá encima de mamá”. Sobre las botellas de licor, detrás de la barra, presidía un escudo del Betis, con su sonrisa de dientes verdes y blancos. Junto a él, había una foto del dueño del bar con Gordillo que sujetaba, con la elegancia que da la costumbre, una gamba.
Mi segunda parada de la mañana fue la mercería. Entré por inercia. Me parecía una fachada muy chula. Fue un error. Dentro no había nadie y yo caí en la cuenta de que no tenía ni idea de mercerías. La dependienta me preguntó que deseaba. Yo pensé “un maremoto en Sevilla Este” pero solo dije “Ni idea. Se me ha olvidado”. Dejé a la buena mujer pensando en lo tarado que yo era y me encaminé a mi próximo comercio, un clásico: la tienda de desavíos. Esta vez tuve suerte. Había un par de mujeres esperando. Saludé con mi mejor “hola” y me dispuse a esperar mi turno analizando a las parroquianas. La primera compró dos chulos y un redondito.  No hay un puto pan con un nombre medio normal, y en esta tierra mía, menos. La segunda tardó doce minutos en gastarse ochenta y cinco céntimos en chucherías. No seré yo el que monte un puesto de golosinas si fracaso en el noble arte de las letras.
Mi siguiente parada era otro clásico: la frutería. No le tenía grandes esperanzas pero nunca sabe uno dónde puede estar la inspiración ni cuál puede ser tu entrevista trampa.
El frutero era un tipo grande, macizo y moreno. Cuando cogía los manojos de zanahorias parecía que tuviese quince dedos.
Pedí la vez y me tocó detrás de un guiri que tardó en dármela, a medias por el idioma y a medias por la resaca de Erasmus que llevaba, que ni sus tres millones de pecas eran capaces de disimular. La que iba delante del guiri no paró de entrometerse en la compra de la señora que la precedía y cuando fue su turno, se empleó a fondo. Preguntaba por una fruta, se la enseñaban, la cogía, la apretaba, hacía una mueca de duda, se la devolvía al frutero, preguntaba por otra, la cogía, le pedía “dame medio kilo de judías verdes”, miraba la balanza, decía “quítame un cuarto”, luego “para”, “échame unas poquitas más que luego viene mi hija y también le gustan” y el frutero, en su infinita paciencia, añadió más hasta que volvió a tener medio kilo.
Yo me apoyé en la pared, saqué las pipas que había comprado en el desavío y disfruté con el espectáculo. Era como ver a Marya Gómez Kemp en su plenitud, regateando con un aboulomaníaco por el piso en primera línea de playa de Torrevieja.
La mujer fue calentando con las verduras que por lo que se ve no necesitan de un estado de maduración tan exacto como la fruta. Sin embargo hubo un momento de tensión con la lechuga. Ella afirmó que una que compró tuvo bichos. El frutero dijo que no la habría comprado en su tienda. Ella afirmó que sí. El frutero aseguró que sus lechugas no tenían bichos y que para demostrarlo estaba dispuesto a abrir por la mitad una cualquiera, con la condición de que si no tenía bichos debía llevarse la lechuga y que en caso de que las tuviera, él le regalaba las judías. Para mi sorpresa, la mujer no aceptó la apuesta y pidió acelgas.
El guiri se cansó de esperar y con un “Thu ya, yo no” me cedió el sitio. Hoy tampoco habría comida sana para el muchacho por mucho que le dijera a su madre esta tarde por Skype.
Yo seguí con mis pipas, depositando las cáscaras en el bolsillo de mi chaqueta embebido por la escena.
A la segunda bolsa le dijo al frutero “Veme cerrando la cuenta”. El frutero montó una matriz aditiva en la esquina de uno de los recios papeles con los que hacía cartuchos y dijo “Catorce con noventa y seis”. La mujer le soltó quince euros y no le rechazó los cuatro céntimos de vuelta.

Yo me compré cuatro manzanas. Cogí una de ellas, la froté con la manga por pura imitación cinematográfica y mordí fuerte. Cuando volví a mirar la manzana me fijé en lo blanca que era su carne. Mi bocado le había dibujado una sonrisa. Volví a acordarme de ella y en el vértigo de su blanca cara, como el de un folio inmaculado.

Por Thalcave. 

Ningún pájaro con jaula

Las calles comenzaban a respirar primavera, comenzaban a respirar verbena. Las tiendas hacía poco que habían dispuesto sus adornos, sus rojos y blancos, sus amarillos pálidos en forma de faroles, conformando mareas añiles, con los cables raídos acompañando las bombillas que, de un año para otro, se habían cubierto de una pátina de polvo de las que ya era imposible despojar. Felisa observaba, absorta, las bombillas que había colocado en cada una de las esquinas de su frutería. Escuchó, como un reloj, las pisadas del perro que se acercaba a saludarla día tras día. Claro, algún trozo de pan duro siempre le daba, no solo era la caricia lo que perseguía. Felisa pensó, con cierta tristeza, que a ella no era el pan lo que le faltaba. Frente a su establecimiento, pequeña pero orgullosa, estaba la plaza y en la plaza, justo bajo el reloj de la iglesia, el escenario. Qué orquesta vendría este año. Serían dos o tres sus miembros. Nunca eran dos, sería un poco raro imaginar un escenario tan vacío frente al bullicioso gentío que habría de ocupar los asientos. Sí, serían tres, el ayuntamiento nunca se podría permitir pagar a cuatro. Ella, la cantante, tendría su misma edad. Vestiría con brillo y olería barato. Sus compañeros, dispares: uno mayor que el otro, uno más grueso que el otro, uno con peluquín; al otro no le haría falta en mil años. Cuando, en su cabeza, el gordo de la orquesta iba a besar a la cantante, se dio cuenta que el perro le lamía la mano con ansia. Hacía ya un rato que el mendrugo había desaparecido entre los dientes de Guarro, como así lo llamaba ella. Guarro no tenía dueño pero tenía una amiga. Lo dejaba dormir en la tienda, le había hecho una casa con una caja de cartón. Al lado tenía agua. Unos tienen pájaros, yo tengo a Guarro, pensaba para sí misma. Guarro viene cuando quiere y se va cuando quiere, a él no le hacen falta jaulas. No le hacen falta jaulas, pensaba, mientras clavaba sus ojos marrones en las estanterías repletas de botes de distintos tamaños y contenidos y tapas de vivos colores y en los muebles tapados con telas que ella misma compraba y en el suelo hidráulico del que tan orgullosa estaba. Es el mejor del pueblo, se repetía, orgullosa. Escrutaba el toldo aún plegado. Cuando lo abra, aún me quedarán cinco horas para llegar a casa, aunque tampoco tengo prisa. A Felisa solo la esperaba su gata. Por eso, Guarro no podía vivir con ella, al menos no en el modo tradicional en el que viven las personas y sus mascotas.

Mientras fuera repiqueteaba el sonido de los trabajadores colocando las sillas frente al escenario, Felisa barría la entrada de la frutería. La escoba le rozaba los pies, sin temer a supersticiones que decían que, al que le barren ahí abajo, no se casará jamás. También le rozaba los tobillos y las espinillas. De vez en cuando, se acariciaba las pantorrillas. La falda alcanzaba la rodilla, trepaba hasta su cintura y limitaba por el norte con una camiseta blanca, vieja, limpia, que olía a suavizante barato y que ocultaba un pecho que pocos secretos guardaba y menos hombres conocía. No le gustaba llevar collares, ni pendientes. Ni reloj. Para qué, si tengo el de la plaza. El pelo recogido en un moño torpe y desvaído. El polvo, arremolinándose en torno a ella, al son que marcaba la escoba. Hacía un poco de viento, por lo que la tarea se dificultaba. Un golpe seco la despertó de su trabajo y le hizo elevar la vista. Atravesando la plaza, corriendo desesperado, con las manos llenas de golosinas que, una a una, se le iban cayendo, iba Tomasito. Tomasito era un niño menudo, con el pelo largo y sucio. Tras él, un tendero, con más kilos encima que años construido llevaba el teatro del pueblo. No era la primera vez que Tomasito robaba chucherías. Felisa lo recordaba siempre inquieto, siempre entre la arena, siempre jugando a juegos que implicaban riesgo y aventura, siempre pellizcando a las niñas en la cintura y sacándoles la lengua. A Felisa una vez le hizo un cardenal en el tobillo pero fue sin querer. Felisa tenía, entonces, 12 años y estaba enamorada de él.

<<¡Qué sabrás tú del amor!>> Giró su cuerpo entero, se estremeció. Su madre, batín anundado a la cintura, piel decrépita, cigarro en mano y olor a chacina barata. <<¿Una frutería? Pensaba que, al final, te irías del pueblo… Siempre fuiste una niña muy protestona>>

Dejó la escoba a un lado y entró en la tienda, con el ruido de los obreros a su espalda.
Al mediodía le siguió la tarde, una tarde fresca, de primavera, de esas que preceden a un aire tibio y al que le siguen estrellas y aires húmedos. A punto de cerrar estaba cuando entró su padre. Su padre carecía de ojos y de boca, carecía de nariz, aunque sí que se percibían dos agujeros por los cuales habría de respirar. Su padre la abandonó cuando ella tenía solo tres años.

<<Mi intención no fue que tu madre tuviese que trabajar en el campo, doblando el espinazo de sol a luna. Y tú no tienes la culpa de haberte quedado aquí, asistiendo a la verbena del pueblo, año tras año, hasta que las sillas se pudran, hasta que al reloj se le caigan las agujas del peso del tiempo, hasta que el alcalde muera de viejo y sus hijos tengan edad de votar>>

Se fue sin decir nada. Siguió a la figura con su mirada, acabando sus ojos en el menudo grupo que se formaba ya en la plaza, esperando a la orquesta. Eran las seis de la tarde y había que limpiar el suelo, había que recoger las migas que lo inundaban todo, había que alinear los botes de tapas de colores y adecentar la caseta de Guarro. Llenarle el cacharro de comida. Llenarle el cacharro de agua. Calle abajo, Felisa canturreaba una canción de cuando era pequeña. No había día que no la cantase.

Yo encontré una garza a la orilla del río, estaba llorando y no lo sabía, yo le pregunté por qué estaba llorando, no me respondió y salió volando.

En su cabeza veía a la garza, herida. Otro día la veía esperando algo. Otro día, a punto de morir. Bajando las empedradas calles, viejas, rozadas por generaciones, reconoció al cartero, que volvía con la bolsa vacía y que dos años más tarde moriría en un accidente absurdo, en su casa; le gritaron <<¡Felisa!>> sus amigas ,<< ¿Dónde vas? ¡Te pierdes la orquesta!>>, todas impecablemente vestidas, oliendo a colonia infantil, con lazos ridículamente grandes posados sobre sus minúsculas cabezas. Tomasito se le puso delante.

<<Aún sigues aquí, pensaba que querías irte, siempre me lo decías: Tomasito, yo aquí no quiero vivir>>.

Se vio inundada por un cortejo, un mar de mujeres llorando, vestidas de negro.
<<¿No te has enterado? Se ha muerto la Felisa. Se la encontraron anteanoche, en su tienda, con el manojo de llaves en la mano. Pobrecita. Tan joven. Cumplía cuarenta la semana que viene. No somos nadie>>.
Felisa apartó la mirada del séquito mortuorio cuando, de refilón, creyó ver un ataúd, portado por amigos. Dobló la esquina, la respiración sofocante, y miró al cielo, que ya tornaba negro. Ahí se quedó un rato, apretando las bolsas con fuerza. Sin pensar en nada. La espalda contra la pared. El ojo contra el firmamento. Los pies apuntalando la ansiedad contra el suelo.
No recuerda cómo llegó a casa. Tampoco recuerda cómo se levantó y se vistió y se duchó y se lanzó a la calle hacia la frutería. Aún era de noche. En cuanto llegó, entró por la puerta lateral y se dedicó a lo de siempre. Colgó su ropa, se puso el batín, empezó a colocar la fruta. Allí mismo se preparó el café, junto a Guarro, que aún dormitaba en su caja aunque, de vez en cuando, abría un ojo y apretaba el otro, guiñándolo. A las horas, ya los pájaros piaban con fuerza, la fuente se escuchaba alta y clara y la resaca de la fiesta se olía por todos los rincones de la glorieta. Subió el cierre metálico con un estruendo ensordecedor que seguro despertó a algún vecino. Un chorro de luz dibujó la silueta a contraluz de una maleta, voluminosa, que yacía a un lado de la puerta, dentro del local. Nada más salir, vio a Tomasito y a su madre y a su padre, que no tenía cara, y a las plañideras, en fila, como un siniestro dominó. Les dio la espalda, agarró la manivela y, con esfuerzo pero con inusitadas ganas, sacó el toldo, esta vez del todo, completo, hasta casi arrancarlo. Y pensó para sí misma que, quizá, era la última vez que lo hacía.

Por Antonio Bret. 

El aislamiento

UNO.
Las naranjas huelen a estiércol. En el interior de las manzanas anidan colonias de gusanos que se retuercen como amantes adolescentes en una cama. Las moscas liban el zumo de las ciruelas que desprenden un olor dulce. Mi madre me ha ordenado comer cinco raciones al día o moriré. Eso dice, moriré. La frutera está podrida. La piel se le desprende mientras pesa unos pimientos llenos de cucarachas. Aplasta una y se la come. Las cuencas están huecas, pero su mirada reconforta. Me recuerda a la gente de plástico que trabaja conmigo. Se arranca un diente y me lo ofrece. A pesar de las náuseas, me lo meto en la boca y lo chupo. Sonrío.

–          Tu diente sabe a azúcar – miento, sabe a óxido.
–          Gracias, si te apetece podemos follar cuando termine mi turno.

No. Claro que no me apetece. Tienes la piel morada y hueles a sudor. Puedo hundir mis dedos en tu vientre descompuesto hasta sacarlo por la espalda. Si meto mi polla en tu vagina, la sacaré llena de trozos de carne. Me das asco.

–          Te recogeré a las siete.

Me ofrece la bolsa de fruta por encima del mostrador y le doy el dinero. Sé que me ha engañado con el peso y pago de más. No importa. Una vieja entra y vomita sobre la escarola, pide perdón y compra un kilo de zanahorias ablandadas por las bacterias.

DOS.
Camino por calles grises cruzándome con manadas de animales. A los lobos no me atrevo a mirarlos cuando me huelen el culo enseñando sus colmillos. Me quedo inmóvil intentando controlar el miedo. Las gaviotas cagan desde el aire y me manchan la chaqueta con su mierda, los caballitos de mar me escupen sus burbujas flotantes. Tengo que comer cinco piezas de fruta al día o moriré.
La seguridad del hormigón me reconforta, lejos de esa interminable sucesión de extraños seres. Las paredes de mi piso están llenas de fotos. Me gusta especialmente la de mi primera comunión con el marco dorado. Mi madre me peinó con la raya a un lado y limpió mis mejillas con su saliva. Fue un gran día. Comimos tarta y pude jugar con mis amigos. Pongo la mesa con mimo. Chuchillo, tenedor, plato y mantel bordado por ella. La cuidé hasta el último segundo de su vida. Saco de la bolsa un plátano ennegrecido por el tiempo y lo pelo con la precisión de un cirujano. Me lo como aguantando las ganas de vomitar.

–          Cómetelo entero, Arturo, o te encierro en el sótano hasta mañana.
–          No, madre. Por favor. Me lo como – ¿Con quién hablo? – Mira, hasta el último trozo. En el sótano, no. Te lo suplico.
–          Así me gusta. Y ahora tienes que follarte a la frutera, Arturo, no me puedes dejar mal. El barrio está lleno de chismosas.
–          Sí, madre, se la meteré hasta el fondo – ¿Con quién coño estoy hablando? – Me correré en su boca.
–          Así me gusta, Arturo. Ahora lávate los dientes y arréglate.

TRES.
Llego a la frutería a las siete menos diez. Espero en la esquina hasta que cierra la cancela. Cuando nos encontramos, me mete el dedo en la boca. Está lleno de pústulas y mugre. Apenas le queda piel en la cara. Músculos y membranas asoman esforzándose en dibujar una expresión de placer. Huele a sal y nicotina. Me cuenta cómo le ha ido el día y lo cansada que se encuentra. Me importa una mierda. Solo quiero terminar con este asunto lo antes posible, llegar a casa, ducharme y dormir. Vamos dejando huellas de sangre mientras caminamos hacia su apartamento.

–          Tengo una sorpresa para ti – me dice.
–          Qué ilusión – Intento que no se note la indiferencia.

Saca de su bolso una rata muerta, tres melocotones y un combinado de insectos. De alguna manera, me gustaría ser esa rata.

–          Compramos vino y cenamos a la luz de las velas.
–          Te quiero mucho, mi amor – La beso en los labios y ella aprovecha para meter su lengua. Aguanto la arcada.
–          Y yo a ti – replica la calavera.

Por José Ángel López Jiménez.