Archivo por meses: Junio 2015

Olivia

Un día, alguien me dijo que tengo nombre de película. Me llamo Olivia, Olivia Page (de nombre, los apellidos no son relevantes), tengo 65 años y esta es mi historia.

MADRID
Acabo de cumplir 7 años, mi padre y mi madre dejan de ser un matrimonio bien avenido. En la televisión Naranjito lo inunda todo. Dice mi padre que el país ha cambiado tanto que no lo reconoce, yo tampoco lo reconozco a él. En casa su olor se va desvaneciendo. Ya no hay fútbol en la radio. Tampoco zapatillas en la entrada. Mi madre no plancha sus camisas los domingos por la tarde. Dejamos de comprar espuma de afeitar. Nadie pincha los vinilos de Led Zeppelin. Se ha ido. El silencio se aloja en mi cabeza y paso los siguientes meses absorta y ojiplática como si un tren viniera hacia mí a alta velocidad. Esta expresión la llevo conmigo hasta la adolescencia donde la transformo con la cirugía facial del hachís.

LONDRES
Hago 17. Mi madre, en un derroche de modernidad sin precedentes y contagiada por la juventud de su último amigo, me manda a Londres a un campamento de idiomas (obsesionada por las lenguas, con esta edad ya me defiendo en varias). Paseo por el Soho, me impresionan las calles de este barrio, tierra de cultivo y pastoreo, que se revoluciona sin descanso día y noche. Tengo mi primera experiencia sexual. Él, un chico hindú que conozco en las clases de inglés; yo, una enjuta y tímida adolescente. No siento nada pero me doy cuenta de que no me importa. Desmitificadas las ideas fijas sobre hombres y con mi primer cigarrillo en la boca, paseo por Denmark Street, me paro en el mítico número 6 donde vivieron los Sex Pistols y bajo por Wardour. Disparo un carrete entero de fotos a la puerta del Marquee Club donde los Rolling dieron su primer concierto. Vuelvo vivida y desde entonces mi corazón late al ritmo de Londres.

BERLÍN
Mi motivo de estudiar es Berlín. Sin mucho esfuerzo y con el dinero que puntualmente me envía mi padre, hago de nuevo las maletas. Tengo 21 años, he dejado la Complutense. Me pesan el gris del cielo y el verde del Retiro. Me sobra mi madre y casi yo. La ciudad se desnuda para mí. Hago del Bar-25 mi hogar. Mi piel se tornasola como el Spree al atardecer. Alquilo un pequeño apartamento en Pankow. Me matriculo en la Universidad libre de Berlín y reanudo mi carrera de Psicología. Empiezo a trabajar en un supermarket y el sonido de los códigos de barras al cobrar se transforma en música electrónica. Termino el último curso y conozco a Thilo, oh, mi Thilo. Abrimos puertas cerradas, gritamos por las calles de la ciudad, subimos a los edificios más altos, nos tumbamos en el suelo de Postdamer Plazt, consumimos cine clásico, drogas y palomitas, hacemos el amor, nos dejamos, nos encontramos. Thilo es libre. Quiero ser como él. En su huida hacia adelante me pasa por la derecha y lo veo alejarse. Se hace pequeño, yo no puedo seguirlo. En el único regalo que me hizo (un globo terráqueo que su padre le compró con 6 años) dibujo con mis dedos las fronteras de Alemania. Me guío por el color y decido.

MARRAKECH (tierra de Dios)
Llego a la ciudad un caluroso y lluvioso 25 de Agosto. El cielo plomizo descarga agua y fuego a partes iguales. A través de un compañero de trabajo berlinés, un chico judío por la gracia de sus padres, me instalo en el barrio de Mellah. La medina se graba para siempre en mi hipocampo. Paso las primeras tardes sentada en un café observando el espectáculo de color, olor y sonido que supone aquella plaza. Empiezo a moverme entre los corros de gente y me invade una profunda calma. Reconozco las miradas, seguro que he estado aquí antes. Por primera vez decido detener mi camino. Plantar mi vida en esta urbe imperial rodeada de desiertos. Tengo 30 años cuando piso esta tierra por primera vez y 50 cuando la dejo. Lo hago por mi madre. Colecciono semillas de palmeras. Abro una pequeña consulta en el barrio de los suks. Me hago con mi grupo de adeptos, hacemos terapias grupales y soñamos con volar. Crezco. El día que recibo la llamada miro a mi alrededor y veo como mi hijo de 9 años, Fadêl, corre tras una pelota. Su padre espera que se la devuelva y mi madre ha muerto. La vida me ha atravesado como un fantasma a una pared.

MADRID (II)
No llego al entierro. Es enero; aunque nieva, aún tengo en mi interior el calor de la arena. Tarda en irse al menos un mes. Nos instalamos en la casa de mi infancia. Me refriego contra las alfombras y me duermo apoyada en las paredes. Mientras ponemos la vida en orden, decido reunir cada pedazo de mí (tardo 15 años), de lo que soy y quisiera ser. Retomo mi actividad profesional y sigo caminando dentro de la rueda. La casa trae abandono, como una enfermedad crónica, y Amîn vuelve a Marrakech. El día que Fadêl se marcha acaba de cumplir 19. Planto todas las semillas que guardo en el cajón de mi mesita de noche. En el buzón la carta del hospital deja un diagnóstico claro y yo… yo quiero morir en las Vegas.

Por Gema M. O.

Loca

Sin darse cuenta, le estalló dentro de su cabeza un universo de bolas de cristal con agujas verdes y afiladas. Quiso remediarlo, pero sabía que era tarde para ello. Su medicación le había hecho efecto durante casi un año y medio sin ningún sobresalto destacable. Los brotes sicóticos se habían espaciado, una bendición para su familia, aunque una maldición para ella, cuando sin avisar llegaban.

Su vida era aparentemente normal. Una joven guapa, simpática, prometedora. Las notas que estaba sacando en cuarto de ingeniería de telecomunicaciones eran más que aceptables. Sin embargo, a ella siempre le parecía insuficiente. Su mente perfeccionista le conducía muchas, demasiadas veces, a la insatisfacción del que siempre quiere más. Y eso que en el anterior trimestre sacó las mejores notas en dos de las asignaturas más difíciles de la carrera.

Aquella tarde Cristina salía con sus amigas y con Pablo. Lo de siempre: entre bromas… más bromas. Nada presagiaba lo que iba a pasar en unos minutos. Tres cervezas, un tequila y una ginebra con piña a medio tomar, y… de pronto se puso un poco impertinente, la voz se le entrecortaba y su mirada comenzó a mostrar enigmas. Los presentes lo achacaron en un primer momento al alcohol, el calor y la poca comida consumida. De las siete personas que formaban el grupo, sólo dos amigas estaban al tanto de la realidad oculta de Cristina. Aunque ninguna de las dos habían visto a su amiga en plena crisis. Belén, era una de sus mejores amigas, le acompañaba a casi todos los sitios, compartiendo confidencias y temores, aspiraciones y logros. Empezó a alarmarse cuando, sin previo aviso, Cristina cogió un cubito de hielo de la copa y se lo puso en la palma de la mano. Miraba al hielo como si tuviera vida, en realidad estaba convencida de que lo tenía. Hacía ya demasiados días que dejó de tomar el antisicótico. Y como es habitual en estos casos no se lo había dicho a nadie. Empezó a acariciarlo, con su mano derecha, en un movimiento que recordaba al de un dedo de mujer en plena masturbación. El hielo comenzó a derretirse en la palma de su mano, y le dio por gritar de manera desconsolada. Al principio de manera suave, casi cómica. Más tarde comenzó a desfigurarse; su bonita boca dibujó una inquietante mueca que recordaba la de alguien de otro mundo. Un mundo de sombras, miedos, aristas y perfiles cortantes.

La música sonaba, impertinente, y las camareras danzaban, ajetreadas, de un lado para otro. El grupo empezó a inquietarse abiertamente cuando Cristina lanzó un alarido en el momento en que el cubito de hielo resbaló de manera inevitable, estrellándose contra el sucio suelo. Cogió uno de los vasos a medio beber y lo lanzó con masculina fuerza por encima de las cabezas de sus amigos, rozando a Pablo. El vaso se estrelló sobre un espejo colocado justo detrás de las bebidas. El estruendo que generó enmudeció la sala, aunque la música seguía sonando de forma impertinente, como antes. En ese momento los acontecimientos se precipitaron. Se levantó y comenzó a insultar a todo el mundo. Su metro sesenta y poco parecía unos 2,15 de altura, y su voz dulce y aterciopelada se volvió bronca y agreste. Ante este tipo de comportamientos lo normal es que nadie sepa bien qué hacer, y eso fue lo que hicieron: nada. Unos minutos más tarde Cristina cayó a plomo en el suelo.

La suerte le acompañó y no se hizo daño con el golpe. Alguien propuso que se llamara a una ambulancia, y alguien cogió su móvil, marcando el socorrido 112. Al cuarto de hora llegaron los sanitarios. En ese momento la gente de la sala ya empezaba a olvidarse del accidente. La música y la conversación fueron cobrando protagonismo y Cristina fue llevada al hospital más cercano donde le practicaron las pruebas protocolarias de rigor. A las pocas horas le dieron el alta, no sin antes recibir un rapapolvo por no haber seguido las instrucciones con respecto a la medicación que no debió dejar de tomar. Este hecho y la imprudencia del cóctel alcohol-cansancio hicieron el resto.

Los meses dejaron en un olvido respetable el acontecimiento para Cristina y la mayor parte de sus amigos. Menos Belén.

Belén, hacía tiempo que se encontraba fuera de su costumbre. Estaba inquieta y era fácilmente enojable. El acontecimiento que vivió con Cristina le incomodó desde entonces.

Sin embargo, esa inquietud adquirió un cariz especial el día en que a ella le estalló un universo de bolas de cristal con agujas verdes y afiladas dentro de su cabeza, como a Cristina.

Por Paco Carrascal.

Solo queda el olor

Los hombres simples como él rara vez guardan grandes secretos. La simpleza no suele proporcionar titulares a cuatro columnas. Los hombres simples como Leonardo solo guardan datos banales para el resto de la Humanidad; sin embargo, ellos los cuidan con celo en la caja fuerte de su conciencia. Se trata de detalles que nunca han visto la luz, bien por reparo, bien porque a los hombres simples nadie les pregunta.
El pensamiento más íntimo de Leonardo es: «El mejor olor del mundo es el del almacén».
Trabaja desde hace treinta años en el almacén.
¿Cómo exponer, por tanto, una idea así ante su esposa, cuando consumieron juntos el olor de la virginidad, cuando amasaron con sus manos el aroma natal de cada uno de sus hijos? ¿Cómo soltar esa frase ante sus amigos, cuando existe el olor de la hierba recién cortada del estadio, o el olor de la pólvora del día de la Virgen? ¿Cómo soltar esa tontería ante sus padres, ya ancianos, cuando fueron ellos, precisamente, los que lo iniciaron en el mundo de los olores, como en otros tantos mundos?
Sembraría decepción en su entorno. Empezarían a mirarlo, desde ese tipo de ojos de doble fondo, como si necesitara largas sesiones de diván. «¡Está obsesionado este Leo!».
Leonardo apaga el despertador a las cinco y media de la mañana y casi saborea ya el olor del plástico, del gasoil de los camiones, del café de los termos, de los pitillos rápidos del descanso, de los alientos somnolientos, de la madera de los palés, de las presiones «de arriba» y de las protestas «de abajo».
El almacén lo convirtió en un hombre. Entró con veinte años, apenas un imberbe que permanecía mudo en la esquina de la barra del bar del polígono, a la espera de que sus compañeros se echaran al coleto la copa de coñac, combustible indispensable para arrancar las mañanas negras. Durante estos años comprendió en qué consistía la camaradería, la lucha, codo con codo, para sacar la faena adelante, y la fidelidad hacia el que te llena la olla. Aprendió también a defender unos derechos, a levantar la voz con el volumen adecuado, a capear reconversiones industriales, a pasar la mano por el lomo de algún sindicalista, a respetar a los perros viejos, a adaptarse a propietarios caprichosos, y a asimilar modernas ideas provenientes de especialistas en gestión industrial.
En el almacén Leonardo se vistió —se continúa vistiendo— con el traje de la vida.
Fruto de su duro trabajo logró ascender: de descargar camiones a carretillero, de carretillero a capataz de cuadrilla, de capataz a jefe de personal.
Él es Leonardo, el del almacén de Supermercados Sur. Así lo conocen: Leo, el de Supersur.
Treinta años después ya no monta palés, ya no los retractila, ya no suda por cubrir el mínimo antes de las ocho horas. Tampoco maneja la carretilla, ni atiende solícito a la llamada de sus compañeros. «Leo, bájame ese palé». «Leo, carajo, vas pisando huevos».
Nadie lo creería si dijera que echa en falta la laboriosidad de esas tareas. Percibe su sangre ralentizada ante la ausencia del apremio. En la base se sentía más productivo, más útil, más vivo. El dolor de la espalda medía su valía. Lamenta no situarse ya en la brecha. Ahora,a sus cincuenta años, su trabajo corresponde más a la parte de gestión y organización del almacén. Supervisa, inspecciona, revisa códigos, atiende la prevención de riesgos laborales —¡cuántas veces fue elevado en las pinzas de una carretilla sin arnés que le ladrase!—, ordena turnos, discute los pedidos con los supermercados, y charla con los camioneros.
Leonardo prefiere el dolor de espalda frente al de cabeza.
Ahora, el problema de Leonardo son los nuevos.
Los nuevos empezaron a desembarcar a finales de los noventa, pero él aún no tenía que lidiar con ellos. Leo actuaba como el mejor de los compañeros, en un intento de convencer al recién llegado de que aquél era un buen lugar desde donde cimentar un futuro. Sin embargo, aquellos niños no se parecían a los de las generaciones anteriores. Leo veía en ellos una desidia desconcertante. No comprendía cómo despreciaban la oportunidad de hacerse hombres. Los observaba deambular —más que trabajar— por los pasillos de la nave. No comprendía ese rechazo hacia la productividad y la competitividad.
Cuando Leo fue ascendido a jefe de personal los nuevos comenzaron a ser su problema. El siglo XXI confirmó las sensaciones que desprendía aquella generación de curritos. Vienen escupidos de los institutos, donde vegetan durante algunos años, como seres encerrados en un bote de cloroformo, donde modelan esa apatía que enarbolan con orgullo, a la sombra de un sistema que se conforma con tenerlos vigilados hasta los dieciséis años (Leo ha investigado algo sobre el tema). «No tienen hambre», se lamenta Leo en su círculo más íntimo.
Ahora, Leo lucha con inyectar disciplina, constancia y sangre a todo el que se enfunde por primera vez el mono de Supersur. No obstante, es probable que pierda la guerra, las batallas no caen de su lado. Leo se hunde en una trinchera enfangada. Tiene barro en los ojos y sus disparos no aciertan en el enemigo.
Sus antiguos compañeros se han ido yendo a otras empresas o se han jubilado. Desde hace un tiempo Leonardo almuerza un bocadillo en su pequeño despacho. Se levanta un muro entre él y los nuevos que le dificulta disfrutar del compañerismo, casi fraternal, de antaño. Odia comer con móviles en la mesa. Odia escuchar cómo se compran los Audis en la segunda nómina. Odia mascar el desprecio al esfuerzo. Odia la puntual tos de alarma cuando se acerca a la mesa de los compañeros. Leo alterna bocadillos de atún con pimiento morrón, de jamón con queso, y de tortilla de patatas.
Leonardo pasea mucho por los pasillos de las naves. Las suelas de sus zapatos rechinan en cada paso y se convierten en el tam tam de las tribus indias. Leo debe dejarse ver para que los nuevos se activen y produzcan algo. Leo lleva la mirada torva porque lo que ve no le gusta. Leo lleva el corazón lento porque no sabe cómo arreglar la situación.
En sus paseos regaña y amenaza hasta tal punto que, en ocasiones, se percata de que ha cometido alguna injusticia con alguien. Le sucedió con Velasco. Velasco trabajaba bien para los tiempos que corren. Trabajar bien hubiera sido trabajar lo justo hace treinta años. Velasco comenzó a recoger un día a las 14.58 cuando el turno finalizaba a las 15.00. Leo cargó esa tarde las tintas contra Velasco. Este emitió una queja en las oficinas centrales por el trato vejatorio recibido y Leo fue llamado a capítulo.
Los nuevos sufren una especie de incontinencia urinaria que alivian en una serie de visitas al baño. Leo revisa los baños como si fuera la seguridad de una estación de metro. Cuando entra los cigarrillos se arrojan a los retretes, se tiran de las cisternas, se acallan las conversaciones y se guardan los móviles. En diez segundos Leo desaloja el baño con su presencia como única herramienta. Es entonces cuando Leo
Apoya sus manos sobre el lavabo,
observa su imagen en el espejo,
y se hace preguntas.
«¿Qué ha cambiado?».
Por ejemplo.
Empieza a tener cara de prejubilado.
Leo toca el tiempo suspendido.
Al salir del baño aspira.
«Solo queda el olor».

Por José Pedro García Parejo.

Pájara

Abandono mis ovarios,
mis uñas,
mis pellejos.

Dejo atrás estos huesos caducos.
No soy ya una mujer terrestre,
mírame, si me alcanzas,
soy un ave marina.

II
La boca roja
es ahora una mancha
en el centro del pico.

III
Lejos quedan
los adoquines y la arena,
ahora que vuelo
sobre el océano,
ahora que estreno
alas y equilibrios.

IV
Tú que lo hiciste,
dime
¿Qué es el nido?
¿Dónde se hace el nido?

Graznar,
sonreír,
son sinónimos,
separados, solo,
por un sonido.

Por Gloria de la Torre.

Despertar en el extrarradio

Cuando despertó aquella mañana se sentía plácidamente satisfecha. Desnuda, tumbada de lado y apenas cubierta por una fina y suave sábana, podía ver desde aquella postura el lento discurrir del río sin necesidad de mover siquiera la cabeza. En la orilla opuesta el sol de primavera pintaba la ciudad industrial de brillantes reflejos anaranjados e inundaba la habitación de una luz juvenil cargada de alegría y optimismo. Por el amplio ventanal, ligeramente entreabierto, se colaba un inocente frescor que hacía rejuvenecer el alma. Amanecía. Contemplando aquella estampa se sentía en armonía con el mundo. Respiró suave y profundamente. Se sentía colmada, después de una larga noche de sexo. Tras una segunda inspiración, con una sonrisa de felicidad en los labios, se volvió hacia su compañero de lecho.

Entonces emitió un aterrador grito de sorpresa. Sobre la cama, en lugar de su amante, se hallaba una monstruosa hormiga gigante tumbada boca arriba. Saltó horrorizada en dirección a la ventana y cubrió su bello cuerpo de mujer con la sedosa cortina. El repugnante insecto parecía no haberse despertado con su grito. Examinó rápidamente la habitación con la mirada en busca de una salida. Para llegar a la puerta debía pasar sobre él. Del exterior vino un ruido extraño, como si miles de alarmas de despertador sonaran al unísono. Apenas  varios segundos después comenzó a sonar insistentemente el despertador que había sobre la mesita de noche contigua al asqueroso bicho.  El repulsivo insecto empezó a mover levemente sus múltiples patitas. Desesperada, sin escapatoria, abrió completamente la ventana. Tenía que saltar, no había otra salida.  Asomó la cabeza buscando un lugar adecuado para el aterrizaje. No había sitio para ello. Miles de hormigas gigantes, en ordenada procesión, llenaban las calles. Comenzaba una nueva jornada de trabajo en la ciudad.

Por Simón Rafael.