Archivo por meses: Mayo 2015

Sumidero

Los policías llamaron un par de veces al timbre y esperaron, pacientemente, a que la puerta se abriera.

–¿Es usted don Emiliano Sánchez Utrera?
–Emiliano, sí.
–¿Es este su domicilio, verdad?

El interpelado giró la cabeza hacia un lado y otro, examinando su umbral, como si acabase de reparar en él. Después, apretó el marco de la puerta comprobando su solidez.

–Mmmm, sí, sí. Vivo aquí, sí.
–Ha sido usted elegido para una mesa electoral.
–¿Cómo dice?
–Ha sido elegido en el sorteo. El de las elecciones.
–No sabía que había elecciones.
–Tiene mérito. En la tele no se habla de otra cosa.
–Y del Madrid –añadió el otro policía.
–Ah ¿Y qué tengo que hacer?
–Es usted suplente. Deberá presentarse el día 25, a las ocho de la mañana en su colegio electoral. Probablemente el vocal titular acuda. En ese caso le tomarán nota, dejará un teléfono de contacto y podrá volver a su casa a hacer lo normal –el policía miró por encima del hombro del ciudadano, observó los escombros y la ropa tirada por el pasillo y chasqueó los dientes– o lo que usted considere como tal.
–Qué bien.
–En este sobre viene todo lo que necesita saber. No falte, se lo advierto. Negarse a asistir es delito.
–No es problema. Me gusta madrugar. Colaborar con mi país, animar a la selección… –alzó un puño carente de energía mientras cabeceaba suavemente hacia delante y atrás–. El mejor día de mi vida fue el del gol de ese, ese tío… –Se rascó la cabeza y, girando el índice, animó al policía a que le completara la frase.
–Que tenga un buen día.
–Sí. Um. Ustedes también.

El tipo se quedó mirando a la pareja de policías dándose golpecitos en la palma de la mano con el sobre que le acababan de entregar. Los municipales entraron en su coche patrulla y se marcharon calle abajo. Entonces, se giró, entró en su vivienda y, como el que reparte juego en una partida de póker, lanzó las instrucciones de la mesa electoral a través del pasillo. El sobre se desvaneció en el caos como si nunca hubiese existido.

Media hora después el timbre de la puerta volvió a sonar. El tipo se levantó de entre unos cartones que tenía doblados en la esquina de su salón. Se dirigió hacia la puerta de su vivienda arrastrando los pies y giró el pomo de la puerta. El sol le cegó los ojos por lo que alzó el brazo y se los protegió con la manga de la bata.

–Señor Sánchez, discúlpenos.  Hay un trámite que se nos ha olvidado antes.
–Mmmm, claro.
–Su DNI, señor. Tenemos que comprobar su DNI para asegurarnos que hemos notificado a la persona indicada.
–Yo soy yo, agente. Se lo aseguro.
–Es simple protocolo, señor Sánchez. Necesitamos ver su DNI.
–Uf. Eso va a ser complicado.
–¿No tiene usted su DNI, señor? –le inquirió el otro policía.
–Sí. Seguro que lo tengo – el tipo se rascó la barba castaña y espesa –pero no se dónde.
–Es imprescindible que nos muestre el DNI. Sería como negarse a que le identificáramos. Si no lo tiene, debería tener el resguardo de haber pedido cita para renovarlo. O una copia de la denuncia de su pérdida o robo. En otro caso va a tener que acompañarnos.
–Miren. Vamos a pensar una cosa, ¿eh? Hacemos como si cuando ustedes han llamado a la puerta yo no les hubiese abierto. Entonces no me podrían reclamar nada, ¿verdad? Porque no estaría.
–¿Va a buscar el DNI o va a acompañarnos a comisaría? –le espetó el otro agente.
–Mire mi casa, hombre. No encontraría ni la vajilla de mi madre. De hecho, no la encuentro. Estoy seguro de que me la dio. Era hijo único, ¿saben? Y sé que estaba porque un día encontré la caja, pero ¿la vajilla? ¡Fiúúú! ¡Desaparecida!
–Acompáñenos, señor Sánchez.
–Claro, claro. ¿Puedo cambiarme de ropa antes?
–Sí, pero no nos haga esperar demasiado.
–No, no. A lo mejor busco el DNI, pero poco. Cambiarme, buscar un poco el DNI y bajo, ¿vale?
–No tarde.

El tipo se metió los mechones de sus largos cabellos castaños por detrás de las orejas ampliando su campo de visión. Entornó la puerta y se marchó arrastrando los pies.

Unas horas más tarde deseó un trago de cerveza. Abrió la nevera, pero solo tenía un par de tomates podridos y un experimento bacteriano en una tartera.

Se rascó la oreja y se puso a revolver un mueble del pasillo. Sabía que tenía una bolsa de billetes en algún sitio pero le iba a costar la misma vida encontrarlo. Tropezó con una lata que hizo ruido de cencerros. La alzó y vio que era una hucha. Tenía la ranura forzada. Parecía la boca de un jamelgo relinchando. La giró y la agitó con toda la energía que tenía, que no era gran cosa, pero cayeron tres monedas. En todas ellas ponía 500 por un lado y la cara de perfil de alguien, por el otro. No recordaba cuánto costaba un litro, así que decidió llevarse las tres monedas.

Al salir se encontró con los policías sentados en la puerta de su porche. Uno miraba un móvil distraído. El otro tomaba el sol con los ojos cerrados.

–Ey, hola. ¿Qué hay?
–Señor… ¿Lo ha encontrado ya? –dijo el del móvil levantando la vista.
–Sí, sí, mire. Aquí están –y le enseñó las tres monedas.
–Ah, pues muy bien. Entonces ya podemos irnos supongo.
–¿A dónde? –dijo el que estaba tomando el sol.
–No estoy seguro, pero teníamos que hacer algo.
–Yo estoy bien. No creo que tenga nada que hacer.
–Eso es bueno, hombre ¿Quiere una cerveza? Yo iba a ir por una.
–Sí. Me apetece –dijo el policía sin abrir los ojos.
–Espéreme aquí, ahora vuelvo. Una cerveza fresquita –y se alejó arrastrando unas babuchas que parecían la versión zombi de Bugs Bunny.
–Esto no está bien –dijo el del móvil.
–¿No? Yo estoy bien.
–Miro esto y pone que he escrito muchas cosas que no recuerdo. A gente que no recuerdo. No recuerdo ni tu nombre.
–Es Carlos. Me llamo Carlos.
–Mira cómo vamos vestidos, Carlos. Somos policías.
–Y qué. Yo no veo ningún delito. Estoy tranquilo. Me siento bien.
–No. Esto no está bien.

Un aparato negro chisporroteó en sus cinturones. “223, 224. Hay un 1020 en San Valentín, ¿pueden ir? Respondan.”

El policía que estaba tomando el sol no se inmutó, pero el otro arrojó el móvil a un lado, alcanzó el aparato del cinturón y, con la pericia que da la costumbre, apretó el botón con el pulgar.

–¡Ayúdennos!

“223, 224, ¿dónde se encuentran?”

–No lo sé. No lo sé.

Su compañero se tumbó en las losetas del porche y sesteó como no había hecho en años.

Durante un tiempo, el otro policía toqueteó su móvil intentando atar cabos y  retener la poca información que le quedaba. Luego, un tipo apareció en el porche y le tendió una litrona helada. La aceptó sonriendo.  Dio un largo trago a morro y mientras la fría cerveza corría por su garganta, todos sus recuerdos terminaron de deslizarse por el sumidero de su mente.

Por Thalcave.

Papeleta

Faltan treinta minutos para que se abran las puertas del colegio y los tres elegidos para estar sentados tras la urna, controlando quién vota, ya están dentro, esperando a que llegue la hora y la policía dé el permiso para que se inicie la jornada electoral. En la puerta ya esperan varios vecinos, que se quieren quitar de encima ese trámite para volver a sus vidas lo antes posible. Es un pueblo pequeño, en el que solo un colegio, solo una urna, se usa para las votaciones. En  ella deben votar las trescientas cuarenta y una personas censadas y, como es común en este tipo de localidades, se conocen todos entre sí.

Marcos, Lourdes y Fernando no son una excepción. Aunque les separan bastantes años, fueron todos al mismo colegio, tuvieron a la misma profesora y seguramente se cruzaron en el recreo antes siquiera de ser conscientes de la existencia de los otros. Y ahora, mientras esperan, recuerdan viejas anécdotas, viejas historias de compañeros vividas en el patio de ese edificio en el que van a pasar todo el día.

La jornada se presenta aburrida, como todas las jornadas electorales de este pueblo, en el que los que deciden ir a votar lo hacen en las cuatro primeras horas de la jornada, y a la una del mediodía ya está todo el mundo en su casa, preparando el almuerzo, y nadie más acude a partir de entonces. Pero como la ley obliga a que el cierre sea a las ocho, y como no todos deciden votar, las siete horas restantes se suelen hacer eternas mientras se espera a que acudan los que no van a acudir.

Y las horas pasan lentamente. La segunda mitad de la tarde la pasan en silencio. Ya ni siquiera tienen temas de conversación y los tres se aburren solemnemente. Hasta que llega la hora del cierre y, para acabar pronto, deciden hacer el recuento. Un par de sobres vacíos, un resultado que no ofrece sorpresas significativas sobre lo que las encuestas vaticinaban, y una carta manuscrita. Los tres se miran, ¿deberían leerla? Sí… ¡qué demonios!

Queridísimo maridito:

Supongo que habrás captado el tono irónico. Aunque ahora que lo pienso, mejor te lo explico. Significa que quiero decir lo contrario de lo que estoy diciendo. Y es que como eres un poco inepto (inepto significa tonto del culo) a lo mejor no lo has captado a la primera.

Se miran unos a otros y se sonríen previendo lo que va a venir. Es lo que tiene vivir en un pueblo pequeño, donde los cotilleos son tan habituales.

Esta simple nota es para decirte que ya me he cansado de esperar, de aguantarte. Ya no te soporto más. En realidad nunca te he soportado del todo. Empecé contigo por lástima, por compasión. La cosa se fue enredando y hemos llegado hasta aquí, después de todos estos años.

Pero ya estoy cansada. Asqueada, más bien. No aguanto tus tonterías, tu cara de bobo redomado, tu imbecilidad supina. Me da asco cuando tus manos tocan mi piel. Es verdad que por lo menos me lo pasaba bien. Lo que me he reído contigo las veces que no captabas los dobles sentidos, las bromas, los engaños que te soltaba, mientras tú hacías ver que sí te habías enterado. Estoy segura de que no vas a pillar mi última broma ni aunque te la explique. Me encantaría ver tu cara cuando te des cuenta…

En ese momento, las risas ya no se pueden controlar. Lourdes incluso deja caer lágrimas. Le encantaría saber quién ha escrito aquella carta y, sobre todo, a quién va dirigida.

Lo dicho. Me he hartado. Ya no me vas a volver a ver el pelo. Reconócelo, no tienes ni idea de por dónde empezar a buscarme, ¿a que no?

Tu querida exmujercita

Los tres se miran con sorpresa. Por lo menos han acabado el día con unas risas.

Aunque los otros le han propuesto irse al bar de Luis a tomarse unas cervezas, Marcos ha preferido rechazar la oferta. Ha creído ver miraditas entre sus compañeros de mesa, algún roce furtivo de sus manos, y no quiere molestar. Además, tiene ganas de ver a su mujer. Desde que a primera hora fue a votar no sabe nada de ella.

Pero al llegar a casa, Marcos se encuentra con las luces apagadas. Es pronto para que se haya acostado, pero resulta que ella no está allí. Enciende la televisión para ver los resúmenes de los partidos de la jornada y va a la cocina a prepararse algo para comer. Allí encuentra un sobre con su nombre escrito con la letra de su mujer. En su interior encuentra una papeleta de votación sobre la que su mujer ha escrito, con rotulador rojo, un “Todos los políticos sois unos ladrones” que le arranca una carcajada. Se ríe cada vez más. Es increíble las ocurrencias que tiene su mujer…

Se sienta en el sofá y se pone a ver el fútbol mientras espera a su mujer. Seguro que ha ido a casa de su madre y regresa enseguida.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Día(s) de Elecciones

Todas las leyes de la naturaleza se rompieron cuando el despertador de Manolo sonó a las siete de la mañana. Un domingo. Aquello iba contra los designios divinos, pensaba mientras dejaba caer sobre el rostro un chorro de agua fría que lo despertara. En La Biblia lo dicen bien clarito: “Y al séptimo día, descansó”. Y sin embargo allí estaba él, en su sagrado séptimo día de la semana, fuera de la cama, con una cita obligada (nunca mejor dicho) con las urnas.

La profanación le llegó en forma de carta un 27 de abril. Suplente de Segundo Vocal. Fue lo único que leyó antes de montar en cólera, mearse metafóricamente en varias instituciones y, finalmente, entrar en un estado de cabreo permanente. Quienes conocían su historia ni se atrevían a decir ‘mu’. No había consuelo posible.

Lo habían puteado. Otra vez. No era solo el rollo de Suplente de Segundo Vocal para este 24M. No. Es que en marzo ya fue Presidente de la mesa electoral y peor aún, lo que él aún desconocía es que volvería a ser citado como Primer Vocal para las Generales de noviembre en este intenso año electoral.

¿Recordáis lo de 2007? Preguntaba su madre a sus otros hijos. Cuestión retórica puesto que quién olvidaría aquel año en el que el menor de la familia fue convocado hasta en tres ocasiones: Referéndum Constitución Europea, Municipales y Generales.

Un nuevo récord lo acechaba para 2015. La sombra de una segunda votación para las autonómicas andaluzas sobrevolaba septiembre y a Manolo. Aunque esto queda en el territorio de la mera especulación, ficción dentro de ficción. Mejor será regresar al presente.

Y en el presente tenemos a Manolo mosqueado, que se dirige al colegio, como un niño con los deberes sin hacer: cabizbajo, preocupado y triste. Y decimos solo “como un…” porque en realidad se siente enfadado, lleno de cólera, con los ojos inyectados en sangre. Un volcán dispuesto a entrar en erupción a la mínima (por muy vista que esté ya esta metáfora).

Cuando lo ven entrar en su correspondiente aula, sus compañeros de desgracia comprenden en seguida que era un tipo puteado. Tela. Y que mejor, dejarlo tranquilo.

Comienza la función. En un mundo perfecto la mesa se hubiera constituido a su debido tiempo, pero no fue así. Y, como era de esperar, tampoco fue perfecto el mundo a la hora de pasar lista. Como ya habrán imaginado el legítimo Vocal Segundo no estaba allí. Así que fue nuestro apuesto héroe el que tuvo que asumir el cargo. “La cosa tiene guasa”, dijo cuando llamó a su casa para confirmar lo que el resto de la familia ya sabía y temía. “De nuevo suplente y de nuevo me toca asumir el cargo”. Y es que, disculpe usted lector, no detallé anteriormente que de las cinco últimas ocasiones en que Manolo formó parte de una mesa electoral, en cuatro de ellas acudió como suplente. No en vano los niveles de escaqueo alcanzados eran impropios incluso para la ciudadanía de este mundo imperfecto. Pero como dijo Gandalf, y de esto Manolo, lector apasionado de Tolkien, sabía mucho: nadie elige lo que le toca vivir, pero sí la forma de enfrentarse a ello. Así que, en esta nueva ocasión, M. (por lo kafkiano) cogió el cuadernito de cuadros, el boli Bic y asumió su papel.

Todo listo. Ahora solo quedaba aguardar al primer votante. Y la verdad es que no se hizo esperar demasiado.

Primero fue solo un rumor, luego el ajetreo se coló por las puertas descaradamente, precediendo a un séquito de cámaras de televisión, fotógrafos y asesores enchaquetados, tras los que, al fin, fueron entrando en el aula, uno a uno, todos los candidatos a la Alcaldía de la ciudad. Un galimatías de siglas que dejó desconcertados a todos los allí presentes Especialmente a uno: Manolo, veterano miembro de esa mesa electoral, sabía de sobra que ninguno de ellos votaba allí… Algo huele a…

Cuando se quiso dar cuenta, todos los alcaldables lo miraban. Uno de ellos, adelantó el brazo y le estrechó la mano, mientras sonreía a las cámaras. Manolo, aún más aturdido, se dejaba llevar.

No entiendo nada, dijo al fin.

Sabemos lo sucedido, dijeron al unísono, como si fuera el coro de una tragedia griega. Y hemos decidido considerarlo Ciudadano Ejemplar de Sevilla 2015. El político le agarró la mano y le tendió un pergamino con el título y el agradecimiento de la ciudad. Todos aplaudían, sonreían y asentían, mientras se hacían selfies con Manolo.

Es usted un ejemplo para los ciudadanos.

¿Ha pensado en hacer carrera política?

Le llovían palmaditas en la espalda. Todo ello en apenas un par de minutos. Pasado ese tiempo, los candidatos desaparecieron llevándose tras de sí a la prensa, al equipo de asesores y al bullicio.

Manolo, todavía en estado de shock, se percató entonces de que un hombre lo miraba con atención. Llevaba un triste traje gris. Puedes irte, dijo. Yo soy ahora el Vocal Segundo. No te preocupes. Está todo arreglado.

Nuestro protagonista cogió entonces sus cosas, y con el título de Ciudadano Ejemplar y sin decir nada salió del colegio, liberado ya de su particular maldición electoral.

A penas eran las 9.30 de la mañana, y estaba ya en la calle, con una sensación de infinitud por delante que no había experimentado nunca antes. En el cielo azul, empezaba a calentar el sol como solo en esa ciudad puede hacerlo en primavera. Manolo esbozó una sonrisa y los ojos le brillaron como quien ve desfilar ante sí una gran idea… Pero eso forma parte ya de otra historia.

Por Patricia Nogales Barrera.

Cuenta atrás

Apuran los compases
los abrazaviejas,
afilan las sonrisas,
aúpan el futuro,
-los niños quedan
tan bien en la foto-.
Cronómetro ON.
Es tiempo de astillero,
de plaza de abastos,
de centro de mayores,
de colegio, de hospital…

Las pantallas arrojan
jornadas frenéticas
de babosos infames
manoseando palabras:
Proyecto ilusionante,
bajada de impuestos,
políticas sociales,
miles de puestos de trabajo…
La realidad chiclosa
vestida de colores
para un minuto y medio
de flash y fogonazo.
-Una pregunta más, candidato
El tipo salta el interrogante
hilando las promesas del destiempo.

Ahora nos queda
andar  por la calle
y ver cada día
a esa gente tan fea,
dopada a photoshop,
ensuciando marquesinas,
colgando de las farolas.
Luego
echar un sobre
en una urna,
tirar un muerto al mar,
queriendo abrazar
lo menos malo
de lo peor.

Por Gloria de la Torre.

De mente

Adormecimiento moral social, así he escuchado llamarlo a mi abuelo, a mi padre y así lo llamo yo.
Delante de un calendario, y tras nuestros viejos rituales, planificábamos la acción de cada día de elecciones. Teníamos conexiones con algunos países europeos pero, ciertamente, estos lazos eran poco firmes desde hacía ya algunos años y el tema de Grecia había destruido las escasas alianzas con Europa oriental. Nuestro país se mantenía como una hoja flotando en un temporal, sorprendentemente seca.
A unos seis meses vista se hacía el reparto de cargos. Por un lado, los preparadores; por otro, los ejecutores y, por último, los recolectores. Para nosotros siempre ha sido una cosecha.
Los primeros, normalmente los más ancianos,  encerraban a los segundos, habitualmente los activos profesionalmente, para darles un entrenamiento especial. Requería aislamiento. Nos convocaban en cualquiera de las fincas propias de la organización, no más de una semana, con ello era suficiente. En los principios los “campamentos” se extendían durante dos meses pero todo estaba ya tan rodado que era una pérdida de tiempo innecesaria. Los recolectores suponían un mecanismo de control y llevaban a cabo, de esta forma, el correspondiente rito de iniciación. Habitualmente, y de dos en dos, se colocaban como interventores en las mesas electorales y procuraban un recuento tranquilo de votos.

Fue la tercera vez que hice de ejecutor cuando comencé a plantearme otras realidades posibles. El día antes, en mi sofá, observaba con desgana a mis hijos jugar con la niñera en el salón. Mi mujer había salido a tomar café con sus amigas tras su sesión estética grupal (criolipólisis esta vez). Se había llevado al chófer y el Mercedes pequeño así que había acabado de un plumazo con mis escasas ganas de acudir a la clase de pádel de los sábados con mi socio del despacho. Andaba intentado decidir si era mejor para Íñigo, este verano, el intercambio en Poitiers o el curso de Management infantil que acaban de estrenar en la Trinity School de San Francisco. Ambas cosas no eran posibles, este año no me perdería por nada del mundo el Master de Augusta y coincidían en fecha. También había que planificar el verano de Mimi, el pinscher de mi mujer. Y no sabía cuándo iba  a poder dedicar al menos una semana a mi fulanita de turno. Si no la cuidaba, se escaparía a los brazos de otro que tuviera más mimos en la cartera.

Sonó el teléfono, me daban las últimas indicaciones para el día siguiente. Estaba convocado como presidente de la mesa de mi colegio electoral; esa llamada era habitual, repetición de consignas y pautas básicas de intervención de pensamiento. Como si de un mantra se tratara, tu preparador personal te relataba con detalle en qué consistía nuestro trabajo, éramos mentalistas y nosotros dábamos votos a los dos partidos que financiaban nuestra organización. Esta vez a razón 2:1 para los azules.
Juro que hasta esa ocasión, esa llamada me hacía recordar lo vivo que estaba. La influencia de mi ser en el devenir de los cuatro próximos años en mi país me hacía sentir grandioso. Pero ese 18 M no vibré, no noté la inyección de adrenalina, no se me erizó el cabello, no tuve una erección, no sonreí escuchando las encuestas con las intenciones de voto, ni disfruté viendo a ese chaval con coleta en la televisión con los ojos y los poros rebosantes de la palabra cambio.

Acudí a mi cita formal, todo salió según lo previsto. Otra legislatura de tranquilidad. Nuestro trabajo, mientras, es descubrir casos de corrupción, generar disputas en el seno del partido perdedor, tensiones en el ganador, alguna huelga por aquí, una crisis sanitaria por allá y la teatral Democracia sigue su curso.
En los últimos meses algunas voces de aburrimiento se habían despertado en las bases del grupo. Nos aburríamos. Ganar siempre aburre. Saber lo que va a ocurrir no es divertido. La estabilidad mata al aventurero y los ricos somos aventureros.

La aventura empieza de nuevo.

He aprovechado ese caldo de cultivo y planificado un divertido golpe de estado desde dentro. No he sopesado ni medido posibles consecuencias.  Primero pensé en, simplemente, cambiar la opción de voto, apostar todo al rojo, pero las medias tintas no producen pasión, así que planteé una partida de Black Jack y que cada uno de mis colaboradores juegue sus cartas como mejor le venga.
Mañana es nuestro estreno. Ahora, en la cama y en la oscuridad, me siento como un niño el día antes de su primera excursión. Casi me meo en las sábanas de seda. No he llamado a nadie, no he recordado instrucciones.  Somos pocos pero potentes y confió en nuestro éxito. Solo quiero ver la cara de mis carcamales apolillados cuando, al finalizar el escrutinio, los votos caigan en las balanzas de los partidos no previstos. Hace mucho tiempo que no estaba tan cachondo.

Por Gema M. O.