Archivo por meses: Abril 2015

El amante

Su amor no sobrevivió al tiroteo de decepciones. La quería. Lo supo la primera vez que la vió apoyada en la pared, sujetando con gracia un cigarrillo. Sus labios se curvaron, y de ellos salió una nube de humo que se elevó hasta perderse en la noche. Cuando terminó de fumar, volvió a entrar al concierto de la banda que los uniría. La quería, a pesar de que ella le dijera que era de otro también.

Verla tendida en la cama, las curvas de su cuerpo recibiéndolo cada fin de semana. No podía soportar la idea de que otro estuviera en los mismos sitios que él disfrutaba. Por la mañana preparaba café para dos, mientras la escuchaba cantar en la ducha. But I still haven’t found what I’m looking for. Cada domingo ella salía del apartamento, dejando atrás vapor de ducha, media taza de café frío y un corazón herido.

¿Llegaría el día en que ella no tuviera que irse más? Incierta, la vida del amante. ¿O era el otro el amante?

Con el tiempo ella le pide distancia para pensar en una decisión que siempre estuvo tomada. Se volverían a ver, le aseguraba, cuando todo estuviera en su lugar, y ella pudiera contentarse con el calor de una sola cama.

Ha pasado un año ya , y vuelve a querer saber de ella. 365 oportunidades para empezar de nuevo, pero su vida ha estado entre paréntesis desde entonces, observando como mero expectador.

Ahora espera en el coche antes de ir a trabajar, aparcado frente a una casa que no es la suya, pero en la que fue muy feliz intermitentemente. La ve salir con él. Pequeña banda dorada en anular izquierdo. Siempre le había dicho que no le gustaba llevar anillo. Van sacando bolsas y metiéndolas en el coche, dejando con especial cuidado, algo más grande en el asiento de atrás. Su bebé.

Solían jugar al ajedrez en tardes de lluvia. Otro jaque mate. Quizás este fuera el peor de todos. Los ve salir en el coche, rumbo a un día más en la vida de otra familia cualquiera.

Queda inmóvil, inmerso en sus pensamientos. Como por acto reflejo, aprieta los puños con fuerza, para no dejar escapar las últimas gotas de esperanza albergadas tanto tiempo, que ahora escapan desbocadas,  mientras en la radio suena de fondo Where the streets have no name.

Por Sonia Macías.

¿Dónde está Holmes?

–        ¿Dónde está Holmes?
–        No lo sé. Probablemente muerto, pero no por mi mano.
–        ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

“Fue en la madrugada del lunes. Le vi ascender altivo por Baker Street. Esperaba no verlo. Había diseñado una trampa deliciosa en un almacén de los muelles dirigida a obligarlo a sacrificarse por su amigo y cronista el Dr. Watson. Sin embargo, según los informes que mis agentes me pasaron, el señor Holmes acudió solo al almacén esa tarde. Al ausentarse el señor Watson, La Muerte decidió también no presentarse a la cita.
Me quedé contemplando la fachada de su vivienda. Vi como se encendían las luces de la entrada, luego la de la escalera y luego la de su habitación. Exactamente cuatro minutos después, las luces empezaron a apagarse en el orden inverso y el cascarón de lo que una vez fue Sherlock Holmes, atravesó el umbral de su casa, tapándose el rostro con las manos y se alejó dando tumbos calle abajo.”

–        ¿Y no lo siguió?
–        No. Seguir a un moribundo no es un desafío. Lo que necesitaba saber era qué o quién lo había destruido, así que entré en el 221B de Baker Street.
–        ¿Y lo averiguó?
–        Por favor… Soy el profesor James Moriarty.

Me acerco a mi domicilio en Baker Street. Las aceras húmedas brillan a la luz de las farolas de gas y el sonido de mis pasos resuena en el silencio de la noche. En algún lugar el profesor Moriarty acaba de recibir el informe de su nuevo fracaso. Era una trampa ingeniosa. Y mortal, sin duda. Me alegra que John no haya podido reunirse conmigo. En unos minutos estaremos charlando en nuestra habitación. Pienso tomarme mi tiempo para contarle el altercado de esta tarde con nuestro archienemigo. Prepararé una mezcla de tabaco turco y colombiano. Me descalzaré. Estiraré las piernas y, mientras enciendo la pipa, John hará esfuerzos para ocultar su impaciencia por no haber iniciado aún mi relato.  Como siempre, disimulará su asombro cuando le cuente los detalles. Días después, espiaré su diario y leeré en él mi última aventura exquisitamente narrada. Un par de semanas más tarde, le haré observaciones sobre errores u omisiones en su redacción y a él se le enrojecerá la cara de ira de modo enternecedor.

Respiro el aroma de mi domicilio y disfruto de su calma. Es el único sitio que he sentido como mi hogar a lo largo de mi vida. Todos los hogares tienen un olor particular y único. El del mío está formado por el suave olor de la madera de teca, el té indonesio al que nos hemos aficionado, el perfume de rosas de la señora Hudson (inevitable, incluso aunque ella lleve ya tres días en Northampton visitando a su hermana), la loción de afeitar del ejército que aún usa John y la crema para el calzado Dicken’s que usamos ambos.

Mientras asciendo por la escalera noto algo raro. Quizás un olor demasiado sutil para ser reconocible por sí mismo, pero lo suficientemente poderoso para influir en el ambiente general. El olfato. Qué gran sentido. Lástima que no lo tengamos muy desarrollado.
Uno de los problemas de la vista es su limitación al tiempo presente. Puedes ver cómo es algo ahora pero si ese algo es antiguo, resulta difícil adivinar cómo fue en su pasado lejano. Por ejemplo, he conocido hombres de juventud vigorosa, mujeriega, atlética y atractiva que han terminado gordos y calvos. ¿Cómo distinguirlos de los cincuentones gordos y calvos que también lo eran en la veintena?
Para superar esa limitación de nuestro sentido más importante es para lo que he entrenado mi mente. Deducir, analizar, proyectar, elucubrar y reconstruir el pasado en función de los datos que nuestros débiles sentidos nos ofrecen. Esa es mi pasión y mi ciencia.

Abro la puerta de la habitación que John y yo compartimos, pero él no está.

Me siento incómodo. Busco con la mirada una nota que haya podido dejar para mí en su escritorio, el sitio más obvio, pero no la hay. Cuando salí a las tres, camino de Scotland Yard, lo dejé trabajando allí, repasando sus notas sobre las crónicas de nuestras aventuras.

Temo que lo hayan podido secuestrar. Me tumbo en el umbral, buscando marcas en la moqueta. Descubro dos tipos de pisadas. Una es la de John. Las otras huellas son levemente más profundas. Un hombre corpulento. Quizás de unos 90 kilos. Las marcas no cambian de intensidad, lo que indica que no hubo lucha. Quizás le apuntaba con un arma. Gateando sigo las marcas, recreando en mi mente cómo se movían ambas figuras por la estancia. Rodeo la cama de John. Junto a ella ambos hombres se quedaron frente a frente. Demasiado cerca para un arma salvo que se la pusieran en la sien. Después los pasos de John se dirigen al mueble bar. Me acerco hasta allí eludiendo las otras marcas. Los vasos están limpios pero a la botella de whisky  escocés le faltan varios tragos. Desecho la idea del arma. John se dirigió hacia el otro hombre que se encontraba sentado en la cama. Que permita a alguien esas muestras de confianza son muy poco habituales en el buen doctor. Probablemente se tratase de algún familiar o un amigo de la infancia. La cama no tiene marcas así que John, o el otro, la alisó antes de salir. Exploro el baño. La ducha aún está húmeda. Mis enseres personales están tal y como los dejé pero los de John están en otro orden. Vuelvo al dormitorio. Abro el armario. Las dos corbatas de John llaman mi atención. Están muy arrugadas. Se anudaron esta tarde, de forma intensa y no por su zona habitual. Es evidente que se usaron como cuerdas. La hipótesis del secuestro vuelve a tomar fuerza. Las usaron para atar algo. Pero ¿dónde? Reviso las huellas. Hay una pequeña mancha en la moqueta delante de la silla del escritorio. Más lejos hay dos marcas circulares. Huelo la mancha. Hay whisky, sin duda, pero está tan diluido que sugiere más interrogantes. ¿Lo intentaron lavar? ¿Alguno de los dos escupió en la moqueta? Me dirijo a la cama de John y la deshago. El cuadro que sugieren las sábanas me rompe en el acto.

Oh, John, John, mi John. ¿Cómo has podido?

Por Thalcave. 

Conduce, querida

A pesar de que durante el fin de semana nos hemos reído como hacía tiempo que no nos reíamos, ahora, cuando nos hemos montado en el coche y hemos cerrado las puertas, el ánimo de ambas se ha venido abajo y nos hemos quedado en silencio. El final está cada vez más cerca. Las dos lo sabemos. Conduce, querida.

Mientras el coche avanza, miro por la ventana las calles que hemos visto tantas veces, que han sido testigo de nuestros encuentros clandestinos. El lugar cambiaba, pero las calles son iguales en todos lados.

Conduce, querida, pienso. Pero no lo digo en voz alta. Una vez que aparquemos en el aeropuerto y cada una coja su avión, se acabó. Definitivamente y para siempre. Y lo que ahora quiero es que el tiempo se dilate.

Nuestra historia es extraña desde el punto de vista de lo que la gente suele llamar ‘normal’. Hemos sido amantes desde hace años. Desde antes de que las dos nos casáramos. Incluso desde antes de que conociéramos a nuestros maridos. Y, sin saber muy bien por qué, desde ese primer momento mantuvimos la relación a escondidas. No teníamos por qué, no había nadie a quien engañar, no nos importaba lo que otros pudieran pensar. Pero así había sido desde siempre. Quizás por sentir la excitación de mantener el secreto ante todo el mundo.

Conduce, querida, conduce. Los encuentros furtivos habían mantenido el motor de nuestras vidas en marcha. A pesar de las parejas, que acabaron en bodas por ambos lados, de los hijos, a pesar de la vida real, era cuando los cuerpos entraban en contacto cuando todo cobraba sentido. Y ahora se va a acabar, porque tiene que acabar. Por un lado está la sensación de que nuestras parejas no lo merecen. Por otro, una especie de miedo, de perpetua impresión de ser vigiladas, de que en el fondo todo el mundo sabe lo que hacemos.

Las dos permanecemos en silencio, mientras ella conduce. Tememos el adiós. La despedida más dura de la historia de las despedidas. Aunque también sabemos que, de algún modo, jamás nos  separaremos. Las yemas de nuestros dedos tienen grabadas a fuego el recuerdo del tacto de la piel de la otra. Solo tenemos que cerrar los ojos y pensar en el cuerpo deseado para sentir su calor, su olor. Sabemos que la memoria de la piel nos mantendrá vivas en adelante. Porque no hay marcha atrás.

Los altavoces anuncian la salida inminente de mi vuelo. Seguimos en silencio, de pie, mirándonos, cogidas de las manos. No hemos cruzado una sola palabra desde que salimos del hotel. No hacía falta, no era necesario. Ambas nos giramos, en direcciones opuestas, pero nuestras manos tienen vida propia y no se quieren soltar. Cada una miramos en una dirección, una lágrima pugna por escapar de los ojos, pero logro reprimirla. Finalmente, el cerebro logra vencer y los pies empiezan a moverse. El cuerpo se aleja de su otra mitad, que permanece de espaldas, grabando aún más hondo de su memoria, el tacto de la piel que ya no volverá a tener ante sí.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Babas de plata

Mira esos brillos, ¿a que parecen imposibles de entender? En realidad no es así, encierran códigos secretos, mensajes de otros mundos, de otros tiempos, de otras gentes, de ellos que lo consiguieron. Dibujan las estelas de los sitios donde no pude ir y también de los que fui sin saberlo.

¡Hace tanto tiempo que no puedo acordarme en cuál de las vidas que viví dejé de recordar! Mira las babas que dejan los caracoles, cómo brillan. Ellos sin saberlo nos cuentan, con su memoria de blandos cuerpos, sin los huesos que a nosotros nos aquejan. Hilvanando sin querer un misterio horadado.

Reflejan cosas de las que quiero acordarme, aunque seguro que se escapan algunas de las que no quiero. A veces te dije que eres una hacedora de momentos, sabes recrear como nadie he visto hacerlo ambientes agradables en los que me encuentro bien. En parte por ello eres tan importante para mí, tan indispensable.

Esas babas de plata me recuerdan la pulsera que te regalé. Con aquella plata de baba con la que intenté secuestrar tu corazón, aunque no pudiera conseguirlo en ese momento. En realidad solo necesitaba algo de paciencia, ese elixir del que tan falto siempre he estado. Quizás por ello en ese preciso instante forjé mi destino de “amante inacabado”. Esas babas son como hilos de dudas, de luchas por entender algo de lo que aquí hay, o de lo que podría haber habido. Y otra vez me ensimismo intentando descubrirme mis misterios. Volver a hablar conmigo mismo, intentar negociar con el destino mis despojos, esos que en teoría me tocan por méritos propios. La clave para sobrevivir, que no es otra cosa que vivir sobre lo vivido. Como esos caracoles que huyeron del sol dejando su baba blanca, que luego fue de plata y al platear me dieron la oportunidad de entender. ¡Cómo duele sobrevivir!, ¡cómo duele hacerlo!

A veces me gustaría ser como uno de esos caracoles, con sus conchas y sus babas, reptando con sus miserables vidas, como la mía.

Viéndolos, sé que te quiero Lucía; ya lo sabes.

Por Paco Carrascal.