Archivo por meses: Marzo 2015

Tierra salada

Mi abuelo me dijo que todo pasó hace veinte años. Primero se secó el Mar Muerto, durante casi una década bajó a razón de un metro por año sin que nada ni nadie diera con el antídoto  o vacuna a aquella extraña patología. Después le siguieron todos los demás. El mundo cambió de forma tan radical y sublime que siempre decía que había vivido en dos planetas.

Poco a poco, el noventa por ciento de las especies marinas desaparecieron y el diez por ciento restante mutaron a una velocidad que no era previsible y que probablemente no volveremos a ver: dos patas y pulmones externos.

Decía que el día en que desapareció el último charco y  el mundo se levantó sin Mar, la imagen fantasmagórica que tenía antes sus ojos, unida a un extraño olor, solo fue superada por estos peces andarines y con esponjas rosas que vagaban, en columnas propias de termitas, de un lugar a otro.

La población reaccionó de diferentes formas. Por un lado, una ola de suicidios colectivos azotaron las bases de las religiones y de los grupos ecologistas. Esto era el infierno y, ni las convicciones de un paraíso de los primeros, ni los influjos revolucionarios de los segundos, fueron suficientes para soportar esta nueva era. El impacto sobre los habitantes fue tal que no se recordaba un descenso poblacional tan acusado desde la plaga de ébola en los antiguos años dos mil.

Por el contrario, surgieron nuevos credos; los más relevantes, y que alcanzan nuestros días, son los Peregrinantes. Entendían que esta situación había sido provocada por un ente divino para acercar a los pueblos que tan alejados estaban. El mar era un obstáculo y ahora podían abrazarse a cualquier hermano, sin que hiciera falta más que tus propios pies.

Las autoridades se afanaron en hacer público que la situación era transitoria y que los mejores científicos de todo el mundo estaban tras la pista de una nueva nanotecnología que llenaría, como con un grifo, cada una de nuestras húmedas bañeras vacías. Tras años de investigación y haber acabado con cualquier muestra de Mar que quedara en el planeta, los proyectos se dieron por cerrados. No había explicación posible a lo que había ocurrido ni forma de volver atrás.

Los gobiernos y gobernantes se dividieron en dos; los de Tierra Seca continuaron el camino con sus doctrinas clásicas, sus rancias Constituciones y dirigentes. Los de Antigua Sal fundaron nuevas ciudades, crearon sus propias normas de vida y en una jugada, propia de un maestro de póker, se hicieron con el control de los grandes pozos petroleros y vías de gas del mundo. Tenían la sartén por el mango y, con sus peces a dos patas adiestrados, se pavoneaban airosos por Tierra Seca, invitando a sus nuevos, artificiales y sofisticados campos de golf  y comentando, airados, las ventajas de su mundo.

Uno de los problemas que generaba la falta de Mar era el silencio. En los pueblos costeros los habitantes enloquecían al no escuchar el ir y venir de las olas. Se decidió instalar grabaciones por toda la desecada superficie. Altavoces que una y otra vez emitían ese runrún que genera calma. No había cosa que no pudiera solucionarse.

Las agencias de viaje pronto abrieron una revolucionaria línea de negocio. Los hoteles más lujosos se construyeron horadando las montañas que escondían nuestros mares y océanos. Se aprovecharon las grandes llanuras de la ya extinguida posidonia para hacer pistas de aterrizajes y al menos una decena de aerolíneas, con exclusividad de las rutas, se pusieron en marcha. Para calmar a los pescadores se firmaron acuerdos con estas compañías que se encargaron de ocupar a todos y cada uno de los que habían perdido su empleo. Las empresas quedaron bien surtidas de mano de obra, feliz por cambiar su dura vida anterior con una rodeada de lujos no disfrutables.

En una carta que abrí justo el día en que mi abuelo falleció encontré una foto de mi hermana y mis padres en la playa. Había sido conservada con esmero, pues por Decreto hubo que destruir cualquier recuerdo que inspirara o nos llevara a lo que habíamos perdido. Se consideraba un riesgo que aquellos recuerdos produjesen una sublevación o, simplemente, un disconfort hacía el mundo que teníamos.

Esa imagen se tatuó en mi hipocampo y se ha vuelto Obsesión. En una larga epístola de despedida y esperanza, Me lo confiaba todo a mí. La llave que me dejaba, afirma la misiva que releído hasta memorizarla por completo, era la llave de la vuelta atrás, del renacimiento.

Yo  tengo 15 años y no sé con qué sueño…quizás con la sensación fresca que mis padres me describían, con el azul que he visto en la fotos, con las aves pescando delante de mis ojos o con el dulzor de la temperatura subiendo en tu piel. Ahora, sentado delante de la caja fuerte abierta, me pregunto qué hacer. Una botella de una vieja marca de refresco encierra, sin duda, el principio de todo esto. Observo las partículas en suspensión y los granos de arena apostados en el fondo de la botella. La luz del sol se refleja en el cristal y casi puedo sentirlo. La abro, me mojo los labios… Un placer salado me recorre la espalda. Y ahora debo decidir si lo comparto o lo sigo guardando sol o para mí.

Por Gema MO.

En algún lugar cerca del Sahel

En algún lugar cerca del Sahel, una anciana con piel color ébano se encontraba sentada en su hamaquita hecha de hojas de palma, rodeada de su familia y amigos. A su lado estaba sentado un compañero de la región que nos ayudaba a comunicarnos porque no hablábamos la misma lengua. Y a su otro lado estaba yo, mujer blanca, joven por fuera y casi empezando a nacer por dentro, y con una grabadora en la mano que todos miraban como si fuera a salir andando de un momento a otro. Curiosamente, yo era de piel clara, pero mi piel estaba más sucia que la de ninguno de los presentes. Y, curiosamente, aunque yo era la única de allí que tenía “estudios”, solo sentía el peso aplastante de mis dudas.

En ese tiempo yo me dedicaba a hacer entrevistas a los curanderos de la región y toda la gente de los alrededores me había hablado de esta mujer, pero no sabía cuál era el secreto de sus prácticas con los pacientes. Ellos solo me decían que fuera a verla, que hablara con ella porque seguro que aprendería algo. Decían que ella no curaba solo el cuerpo, sino que también curaba tus enfados con el mundo. Es por eso que la llamaban “Yennuló”, que significa “la que comprende el mundo”. Algo así, como cabe imaginar, no es una línea terapéutica con la que un médico occidental esté muy familiarizado, pero quise visitar su casa.

La entrevista fue interesante, obtuve un buen documento de grabación, pero entonces la conversación dio un giro:

-Seeni, hemos visto que su especialidad es trabajar como matrona tradicional. Pregúntale si conoce otros métodos de dar a luz, como hacerlo en el mar, por favor – .Seeni era mi compañero y traductor.
-Es que hay un problema.
-¿Cuál?
-Que ella nunca ha visto el mar, no estoy seguro de que sepa lo que es.
-Ah… bueno, pues déjalo. -Vaya palo me había llevado. Había olvidado que estábamos en un país que no tenía costa, hablando con una mujer que probablemente no hubiera salido nunca de ese pueblo.
-Si me dejas unos minutos, se lo explico. Seguro que ella puede darte su opinión.
-Como quieras. -No era la primera vez que Seeni me proponía algo que, de entrada, me parecía completamente inútil, pero esa mujer me escuchaba hablar en mi lengua con todos sus sentidos, y si yo le decía a Seeni que abandonara, ella lo sabría. Sabría que no le habíamos hecho todas las preguntas. Cuando una persona te escucha de esa forma, sabes que el idioma ya ha pasado a un segundo plano, ya estáis en un diálogo que no se puede controlar: el lenguaje de los gestos, el cuerpo y la energía. Yo no tengo ni idea de si eso realmente tiene lugar, o de si existe evidencia científica sobre ese tipo de comunicación, pero ante los curanderos y la gente que ha vivido bajo el techo de la naturaleza te das cuenta de que la relación interpersonal está llena de mensajes difíciles de explicar, de canales difíciles de identificar. Tan solo existe la certeza de que, cuando dos personas se sientan a hablar, lo logran, sea de la forma que sea, y siempre gracias al misterio que las mantiene unidas y que las ha llevado hasta ese momento.

Seeni le dijo algo a la mujer y ella estuvo varios minutos explicándose con todo lujo de detalles. Tras diez minutos de apasionada exposición, la interrumpí:

-Seeni, por favor… ¿qué te está contando esta pobre señora, si dices que nunca lo ha visto? Está anocheciendo.
-Me está contando los poderes que aporta el mar cuando un niño nace sumergido en él. Si quieres, nos vamos. -Me quedé atónita y, con cara de besugo, hice un claro gesto de negación con la cabeza. Me mataba la curiosidad.
-Dice que el mar es un manto sagrado. El Creador lo dejó en la tierra para nutrirla y, como manto que es, siempre ondula gracias a los vientos. Bajo ese manto fueron creados los cuatro puntos cardinales y dice que, por eso, los niños nacidos del mar tendrán una mente equilibrada y serán justos en la toma de decisiones.  También serán buenos a la hora de interpretar los signos, ya que el mar es el medio que usa Dios para transmitir sus mensajes a los hombres. Los hijos nacidos del mar no serán sanadores, pero sabrán identificar sus dolencias y las de otros, lo que ayudará a que se curen o a que ayuden a otros a curarse más fácilmente. Estos niños serán frágiles durante los primeros años, como el agua que se escurre entre tus manos, pero serán resistentes y tenderán a trabajar en grupo para ser más fuertes. Los hijos nacidos del mar tendrán problemas de piel, probablemente, pero nunca padecerán problemas circulatorios ni sufrirán carencias de vitaminas ni minerales…
-Para, para… Dame un respiro. ¿Cómo sabe ella todo eso si nunca ha visto el mar? Tú y yo sabemos que este país no tiene costa, y esta mujer no parece que haya viajado mucho…
-Debes recordar que en este país la palabra “conocer” no significa lo mismo que en el tuyo. Esta mujer tiene una unión muy fuerte con la tierra y con todos los procesos naturales que tienen lugar en ella. Para esta mujer, la tierra es su familia. En nuestras familias, puedes tener un sobrino al que no has visto nunca, pero sabes cómo es espiritualmente porque conoces bien a sus padres, a tu hermano y tu cuñada.
-Comprendo… ¿pero crees que podría saber más cosas si la lleváramos a una playa y pudiera verlo?
-Ella siente que ya lo conoce bien, mejor que quien lo ha  visto varias veces, lo ha escuchado, acariciado y se ha bañado en él. Además, no sé si te has dado cuenta de que ella no lo ha visto ni lo verá nunca. Es ciega.

Por Mawi Justo.

Volver al mar

Aprendió a hablar el idioma de los humanos por necesidad. En un principio, cuando todo ocurrió, en aquellos primeros momentos en los que Roua Hatu elevó las aguas haciendo que todo se inundara y arrastrándola irremediablemente sin que pudiese hacer nada por evitarlo, solo quería que su dios se la llevara de una vez por todas y acabar así con aquel sufrimiento. Pero después, a medida que pasaban los días y veía que seguía viva, que Hine-nui-te-po no se dignaba a llevarse a alguien tan insignificante como ella, algo en su interior hizo click y, sin saber muy bien por qué, empezó a aferrarse a este lado. No quería morir sin volver a ver el mar.

En aquel momento comprendió que necesitaba alimentarse mejor, que era indispensable una hidratación mayor que la que le proporcionaban, mientras trataba de encontrar la solución a sus deseos. Y, claro, tenía que pedirlo para que se lo dieran. Era evidente que las intenciones de todos los que la cuidaban eran buenas, que se preocupaban por ella. Podía verlo en sus miradas, lo notaba en el tono de sus voces. Aunque para ella los sonidos que salían de sus bocas eran un galimatías incomprensible.

Aun así, necesitó un par de meses para empezar a articular algunas palabras medianamente inteligibles, cosa que con sus cuerdas vocales, tan diferentes de las humanas, le costaba un enorme trabajo. La primera vez que sus cuidadores la oyeron se sorprendieron sobremanera. Habían intentado comunicarse con ella en multitud de ocasiones, buscando conocer de primera mano lo que ocurrió, intentando averiguar si recordaba algo de aquellos traumáticos hechos. Pero lo cierto era que, en el fondo, nadie esperaba que contestara.

Su nombre era Anouk y la verdad era que lo recordaba todo. O prácticamente todo. Recordaba la inesperada y súbita subida de las aguas, obra, sin duda, de un merecido castigo de Roua Hatu a los humanos; la  fuerza de arrastre de la corriente y cómo ella fue absolutamente incapaz de escapar; recordaba las ramas, los hierros arrancados de cuajo de cualquier sitio, golpeando y destrozando su cuerpo; el caos que se originó en todo su mundo; y cómo todo se detuvo de pronto, cuando su cuerpo inerte quedó encajado entre las ramas, un kilómetro tierra adentro, muy lejos de su hogar. Allí fue donde, poco después, perdió el sentido. Cuando despertó ya estaba en aquella cama, sin saber cuánto tiempo había pasado, y desde donde, a pesar de su privilegiado sentido del olfato, ni siquiera podía oler el mar.

La imagen y la sensación del insoportable dolor que había sentido seguía presente aún hoy, después de tanto tiempo, a pesar de que la parte inferior de su cuerpo, más allá de la cintura, ya no existía, de que únicamente quedaban algunas pocas escamas casi secas de lo que antes había sido una hermosa cola. El día que al despertar descubrió que habían amputado la mitad de su cuerpo deseó aún con mayor fuerza su propia muerte. Pero ni sabía ni quería contarlo.

La noticia había sido totalmente silenciada y nadie fuera de la organización, salvo los tres miembros del equipo sanitario que la encontró, sabía siquiera de su existencia. Anouk era la primera sirena de la que se tenía constancia física, la primera que se había capturado. Aunque no había sido voluntariamente, sino gracias al terrible tsunami que arrasó la costa asiática hace unos años. Su cuerpo fue visto por un helicóptero médico pocas horas después del siniestro, atrapado entre las bajas ramas de unos arbustos y, pronto, las autoridades la trasladaron en secreto a las dependencias de un organismo internacional desde donde fue enviada, sedada y dormida, hasta su sede central, en Lucerna, donde se estudiaba su organismo y se investigaba la existencia de otros de su especie a partir del lugar en el que había aparecido.

Fue allí donde la conocí. En aquel falso hospital, en el que no había más paciente que ella. Cuando empezó a hablar ya llevaba meses escuchándonos a todos, aprendiendo. Supongo que quería usar las palabras exactas, que no quería dar lugar a equívocos cuando hablase. Y, por supuesto, escuchaba y aprendía para decir lo que quería decir a la persona adecuada. Esa era yo.

Quiero pensar que me eligió por ser el más fuerte, el único capaz de atreverse a hacerlo, en vez de el de mente más débil, como dicen todos ahora. El más fácil de convencer. Nadie hubiese sido capaz de sacarla de allí como yo. Con las sirenas sonando, con los coches persiguiéndonos durante horas hasta que logré perderles a todos.

Todavía hoy recuerdo cómo su piel se iba iluminando a medida que nos acercábamos al destino. El sabor a agua salada de sus abundantes lágrimas de emoción. Aquella dulce y aguda voz que surgía de sus entrañas. Su mirada al llegar a la playa. Y aquella sonrisa al sentir de nuevo el mar en su piel desnuda entre mis brazos, que se congeló cuando una bala atravesó mi brazo y se clavó en su pecho, mezclando su sangre con la mía. La vi morir en mis brazos. Vi cómo su luz se apagó al poco de refulgir.

Ahora soy yo el que está encerrado. Con un único sueño. Salir de aquí y volver a ver el mar.

Por Juan Antonio Hidalgo.