Archivo por meses: Febrero 2015

Ya solo escucha boleros

1.

Me habló como un padre desde el primer momento. Me agarró del hombro con un ardor que yo no había conocido nunca -amenazante también-. Me podría haber pegado un tiro allí mismo como ya había hecho con otros de la banda solo por diversión.

-Algún día encontrarán petróleo en estas tierras. Ese será mi legado- me dijo como si yo fuera un ignorante.

Los que me habían conducido hasta él contaban que vivía rodeado de un pequeño ejército privado –aunque mi camino por aquellas tierras había sido solitario-. Aseguraban también que nunca salía de El Rancho desde donde llevaba sus negocios y vivía con más de un centenar de prostitutas –sus damitas- que había ido recogiendo de las calles durante los últimos años. Las damitas eran libres de irse cuando quisieran pero, por algún motivo, no se conocía a ninguna que hubiera regresado de allí. En cuanto a este detalle, El Rancho no era muy diferente a la muerte.

A él le llamaban el Magnate y vestía siempre de luto.

-Por todos los que se me han muerto, hijo- me explicó brevemente mientras conducía a toda velocidad por el desierto señalando con su reloj de oro un racimo de tumbas al borde del camino junto a las que se paró a orinar.

-Esos pobres- dijo –.Ya sabes lo que pasó. Te habrán contado…- aunque desde luego a mí nadie me había contado nada.

De lo que sí estaba seguro era de que había tenido que caminar diez horas por caminos de tierra a pleno sol por un desierto que ni los lagartos honraban para llegar a El Rancho y mi traje –el de mi padre, que antes había sido de mi abuelo- estaba polvoriento y llevaba los zapatos ensangrentados.

Un cuatro por cuatro negro se acercó con un murmullo de arena. -Eh, Pelegrino. Sube- me dijo una voz desde el interior del todoterreno del que salía una cálida música de un bolero. Me dio miedo mancharle el auto de sangre así que le señalé mis pies heridos.

Estuvo tres horas conduciendo por caminos en busca de una manada de lobos que, según decía, frecuentaba el páramo, pero yo al menos no alcancé a verlos. Me limité a guardar silencio todo el tiempo, solo respondía sí o no cuando él me preguntaba. Si tenía que extenderme, utilizaba dos o tres frases a lo más.

-Aguántale el silencio. Aguántale firme, Peregrino. No parlotees como un idiota o te pegará un tiro- me había advertido Candelario.

Cuando se cansó de cantar boleros detuvo el coche.

-Estás dentro, Pelegrino. Sé que has estado en otras bandas pero ahora estás con nosotros. Estás con los buenos. A partir de ahora quiero que seas como esa manada de lobos que hemos visto. ¿Has comprendido?

Me bajé del cuatro por cuatro e intenté ubicarme pero no veía la nube de polución de la ciudad hacia el norte, por lo que debía de estar a no menos de treinta kilómetros a pie de mi casa y el frío de la noche ya caía sobre el desierto.

Y así fue como yo conocí al Magnate, aunque él ya lo supiera todo de mí.

2.

Llegué a casa destrozado y descalzo –los zapatos los había enterrado junto a un cactus con pose de boxeador-. Lupe me miró espantada desde el quicio.

-Estamos dentro, Lupita. El golpe será dentro de tres días -le dije mientras me hundía en su escote y ella se moría de la risa pero de puro miedo. Después me lavó en la pila con mucha lentitud –así lo hacía todo Lupita, sin que yo me diera cuenta- y luego me vendó los pies para que pudiera caminar. Estaba muy feliz porque había encontrado un pequeño tocadiscos en el vertedero.

Al día siguiente, Candelario nos esperaba junto al autolavado Perico’s Dawn. Vestía como una feria de antigüedades ambulante. Los espejos de sus lentes eran de vitrina vieja.

-Qué te dije, Peregrino –dijo con un manotazo-. El Magnate te aprecia. Ahora eres de los nuestros. Y Lupita está dentro también. Ya sois parte de la familia –me abrazó con tal fuerza que casi me dispara con los dos revólveres que llevaba encima.

Lupe se había empeñado en ponerse su camisa de calaveras y su chaquetita de cuero y yo intuía que aquello no nos traería nada bueno. Candelario estaba bastante nervioso y no hacía más que mirarla como un borracho que se acerca a las vías del tren. Caminamos dos cuadras y el rechoncho matón nos enseñó a disparar con revólver junto a la tapia de un colegio. En las ventanas, las cabecitas de los escolares se agachaban con cada sacudida. Un maestro vino a quejarse pero, cuando estuvo cerca, pareció reconocer a Candelario y volvió por donde había venido.

-Vamos, vamos, que el golpe será dentro de dos días y tenéis que estar bien preparados. No quiero a ningún pussy trabajando conmigo- advertía Candelario.

El resto de nuestra preparación aquella tarde consistió en beber en un tugurio hasta caernos del taburete con los revólveres encima de la lustrosa barra. Lupe me cantaba al oído una melodía que me llegaba en sordina por el extraordinario volumen del alcohol que servían en la Taquería Cabriola. Recuerdo que Candelario bailó con ella y le habló al oído.

3.

La noche anterior al golpe Lupe se había empeñado en salir de cantinas con un vestido nuevo -del que yo no sabía nada- y no había regresado en toda la noche. No había sido capaz de impedírselo, estaba demasiado nervioso. Además, si se quedaba en casa, ponía aquel ridículo tocadiscos que me hacía llorar como un crío.

Candelario nos esperaba en un auto que parecía un relicario de tan lleno de huesos que estaba. Saludé fríamente y nadie me preguntó por Lupe. Lo que me pareció un mal presagio.

-Si todo sale bien, tengo un regalito para ti, Pelegrino-.

Yo le regalé mi silencio para que no me temblara la voz. Los otros dos esqueletos que ocupaban el asiento trasero se llamaban Andrés y Andrés –Hola, Hola- y los dos tenían cara de llevar muertos varios meses.

Cuando llegamos al banco, todo ocurrió bastante rápido. Candelario me tendió un revólver –del que solo pude comprobar que no tenía balas- y los dos entramos por la puerta delantera de la banca. Andrés y Andrés esperarían en el callejón de detrás. La caja fuerte estaba completamente abierta cuando llegamos por lo que solo tuvimos que coger seis cajas de caudales llenas de billetes y salir por la puerta trasera. Allí nos esperaban Andrés y Andrés armados, uno con una estaca y otro con la tapa de un cubo de basura.

-No ha aparecido nadie- informó uno de ellos, el más infeliz, a Candelario, que les descerrajó un tiro a cada uno a menos de un metro y medio. No recuerdo las caras de aquellos pobres, sino la estaca partida en dos en mitad del callejón.

Cuando llegamos al coche, Candelario puso las cajas en el maletero y nos sentamos a escuchar los resultados deportivos en la radio.

-Aquí está tu regalo, Pelegrino- me dijo mientras me tendía una reluciente placa de policía.

-Ya eres compañero del cuerpo, hermano. Pronto tendrás tu uniforme.

Me dio un abrazo justo cuando saltó la emisora de radio de la policía. Anunciaban un tiroteo en barrio Laminilla. Candelario puso la sirena en el techo del auto y dimos una vuelta a la manzana para hacer un poco de tiempo mientras llegábamos al callejón donde nos esperaban Andrés y Andrés en el peor día que podrían recordar.

Cuando llegué al apartamento, solo me esperaban un tocadiscos viejo con una enorme colección de discos de boleros y un par de zapatos nuevos.

Por Davor Bohórquez.

Atraco medido

—Qué crisis ni qué crisis… ¡¡Los cojones!! Ahora bien… se va a enterar ese capullo.

Carmen extendió sobre la mesa los planos que durante días había estado dibujando de memoria y perfeccionando en detalles y escalas. Su enfado había ido en aumento desde que la despidieran de la joyería en la que había trabajado durante años, dos meses atrás. La excusa había sido la bajada de ventas, aunque Carmen estaba convencida de que esa no era la verdad, de que la intención de su jefe era sustituirla por su ‘sobrina’.

Mientras ella explicaba dónde estaba cada cosa, dónde las cámaras, dónde las cajas de seguridad, dónde las diferentes salas, su novio Alberto no perdía detalle y se dejaba inundar por el orgullo.

Él mismo había pensado en multitud de ocasiones en ofrecerle a su chica la posibilidad de dar un golpe en la joyería. Alberto era un delincuente. Carmen lo sabía cuando empezaron la relación, pero él, por amor, había ido dejando aquel mundillo. O al menos, a mantenerlo lejos de ella, para que no se viera involucrada en sus tejemanejes. Pero es que ese golpe podría ser el definitivo, y si salía bien, podrían pasar una buena temporada tumbados al sol de una playa lejana.

—Normalmente solo hay dos personas: aquí y aquí —decía mientras marcaba con un rotulador una equis tras el mostrador y otra en la oficina—. Tú te quedas aquí con él y yo paso detrás y obligo a esta guarra a que me abra la caja.

Alberto, a su lado, sonreía mientras acariciaba el culo de la chica. Que fuera ella la que le estuviera planteando el golpe de su vida le estaba poniendo muy cachondo. Y era ella la que llevaba mucho tiempo planeando aquello. Para que nadie sospechara de ellos, hacía un mes que ni siquiera pasaban por la puerta de la joyería. Así, no habría ninguna posibilidad de que alguna cámara de seguridad los hubiese grabado por los alrededores, espiando, acechando, tomando notas…

El plan era ciertamente sencillo. Sobre todo conociendo a su antiguo jefe que, en realidad, era un cagón. Aparcarían cerca, pero no a la vista, a la vuelta de la esquina; al volante se quedaría su amigo de confianza, Charlie; irían disfrazados, ella con peluca rosa y enormes gafas de sol, él con otras gafas y bigote falso; entrarían, daba igual si había clientes o no, con precaución de que las cámaras no les grabasen las caras; sabía que en aquellas fechas no había seguridad extra; ella echaría el pestillo a sus espaldas y ambos sacarían las pistolas; el dueño se cagaría patas abajo y Alberto se quedaría a su lado, con el arma apuntando a su cabeza, mientras la propia Carmen pasaría a la oficina, amenazaría a la chica nueva y saldrían de allí con todo el dinero y alguna que otra joya cara en cinco minutos; para entonces, Charlie debería aparecer en la puerta, ellos se montarían en el coche sin perder un solo segundo y saldrían de allí volando. También tenían preparada unas matrículas falsas para utilizarlas en el robo, gracias al amigo en cuestión. Todo estaba previsto. Nada podía salir mal.

Al día siguiente, esto es, en este momento, después de revisar las armas, el coche, la ruta de escape (para no encontrarse con desagradables sorpresas de obras inesperadas), van al lugar acordado. Charlie detiene el coche en la plaza. Carmen y Alberto salen, ella se coloca la peluca rosa, que se ha movido un poco de su sitio, asegura las gafas y echan a andar. Carmen siente el frío del metal de la pistola en su espalda. Cuando dan la vuelta a la esquina los dos se quedan parados, la joyería debería estar frente a ellos a unos veinte metros. Pero…

Ni siquiera se miran, solo resoplan mirando al suelo. Alberto empieza a andar, abre la puerta y se acerca decidido al mostrador. Carmen ha entrado tras él y espera a su lado a que sea él el que hable. No quiere decir nada, sabe que ha metido la pata. Alberto la mira y después le dice a la chica que está frente a él:

—Dos cheese burgers con patatas fritas, por favor.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Tu fase diastólica puede estar tranquila

Siempre que haya una vía de escape no
detendré tu latido. Tu fase diastólica* puede
estar tranquila.

Tú no lo sabes pero llevo días, horas, minutos
vigilando el control de acceso. Luz roja, detente.
Luz verde, accede.

El sistema de videovigilancia CCTV acaba de
ser renovado. ¿Me ves?, no creo. Invento dinero
ficticio en el cajero automático que sirve de tocador
a la indigente que vive aquí de noche.

Estoy dentro memorizando a fuego
cada rincón de tu sucursal podrida.
Es demasiado grande.
Qué rescate tan inútil, con lo mal
que huele a mierda camuflada con
ambientador.

Tomo notas mentales e invento laberintos,
cual rutas aéreas invisibles, que me sirvan de escape.
No estaré solo. Por lo menos seremos tres.

Tic, tac…

Habrá un tiempo límite para abandonar el lugar.
Tu fase diastólica puede estar tranquila, si
haces caso a lo que te iré diciendo.

*Fase de relajación del corazón durante la cual penetra sangre en los ventrículos, procedente de las aurículas.

Por Raquel Egea.

El círculo de la vida

—¿Ves ese agujero negro que te mira a los ojos?  ¿Lo ves? Es el agujero del culo de la existencia. Por ahí te va a cagar la vida a la puta nada si no haces lo que te digo.
—Hay que reconocer que habla bien.
—Un poco recargado.
—Sí. Un poco recargado. Pero mírale la cara al otro. Está acojonado del todo.
—Tiene una pistola a un palmo de la cara.
—No me llores, cabrón. Te digo que no me llores. ¿Sientes eso frío que está apoyado en tu frente? ¿Vas a dejar de llorar ahora?
—A mí me ha gustado.
—Ya. Eh, mira eso.
—¿Qué le has hecho ahora, tío?
—No he hecho nada, joder. No he disparado.
—Ya sé que no has disparado.
—¿Entonces qué coño me estás preguntando?
—El tío está en el suelo, idiota. Algo le habrás hecho.
—Yo creo que se ha desmayado.
—¿Y ahora qué coño vamos a hacer para abrir la caja fuerte, imbécil?
—No me llames imbécil, gilipollas.
—Imbécil.
—No me toques los cojones, cabrón, o me lío a tiros y le dan por culo a todo.
—Hay que reconocer que acojona.
—El arma acojona.
—Mis cojones acojonan.
—Lo que tú digas. ¿Lo despiertas para que nos pueda abrir la caja fuerte?
—No, pringao. Lo vas a despertar tú, por enterado.
—De eso nada. Tú la has cagado, tú lo arreglas. Yo estoy vigilando la puerta.
—Me estás tocando los cojones demasiado: te aviso.
—Vale, vale. Tranquilos. Yo despierto al tipo. Intentad no liaros a tiros mientras voy al servicio a por agua.
—Podríamos olvidarnos de la caja fuerte y llevarnos el oro. El tío está dormido. No va a darle a la alarma.
—Ese no era el plan y la alarma sonará en cuanto rompamos las vitrinas.
—¿Y qué más da? Cogemos las joyas y nos piramos. A lo mejor no sacamos todo lo que teníamos previsto, pero seguirá siendo una pasta.
—Las joyas se rastrean. Necesitaremos esperar mucho tiempo para hacerlas dinero. Yo no puedo esperar y creo que tú tampoco.
—Yo no espero ni al autobús. Por eso te decía de coger las joyas y largarnos.
—Oye, no encuentro nada para llenarlo de agua. Ayudadme a llevarlo al baño. Le vamos a meter la cabeza en el váter, verás como eso lo despierta.
—Que te ayude él.
—No sabes con quién te la estás jugando, cabrón.
—Te lo digo de buen rollo. Vamos a seguir con el plan. Yo vigilo la puerta, vosotros lo despertáis y en una hora somos casi ricos.
—Venga tío, no te rayes. Ayúdame.
—Viene alguien.
—¿Qué dices?
—Que viene alguien. Rápido, metedlo detrás del mostrador. Que uno de vosotros haga de dueño. Venga, coño.
—Buenos días.
—Hola.
—Hola.
—Hola.
—Ehh… venía buscando… mejor… vuelvo más tarde, ¿eh?, se me ha olvidado…
—Tú te quedas aquí, cabrón.
—P-por favor, por favor, déjeme salir, no quiero saber nada, yo…
—Cállate, por lo que más quieras, o te vuelo la puta cabeza. Entra.
—¿Qué hacemos con el pavo este?
—Que te ayude él a llevarlo al servicio. Tú, vigílalos.
—No me des órdenes.
—Te lo pido por favor, ¿vale? Vamos a darnos prisa.
—Haré lo que me digan, yo…
—¡Qué cierres la puta boca o te hago otra, coño!
—Tranquilo, tío. El pringado va a portarse bien y a estar calladito, ¿verdad, pringao? Verás como en un momentín salimos de tu vida y te dejamos en paz. Así, asintiendo. Muy bien, muy bien. ¿Ves como no hace falta hablar? Solo hace falta que hagas lo que se te diga. Cógelo de los sobacos. Vamos. Joder, cómo pesa el colega. Un poco más. Ahora no lo sueltes, ¿eh? A ver si le vas a dar contra el suelo. Te ayudo. Cada uno de un brazo. Ahora, despacito, vamos a dejarlo sobre el váter. Cuidado, cabrón. ¡Cuidado!
—Hijoputa. Le has roto el puto cuello.
—Pesaba mucho, se me ha caído, iba a decirlo, pero…

BLAM, BLAM, BLAM, BLAM.

—No me mires así. Le dijimos que no hablase.
—¿Qué habéis hecho, joder?
—Le he pegado cuatro tiros, ¿qué pasa?
—…Nada ¿Y al otro?
—Al pringao se le resbaló al levantarlo y se ha roto el cuello contra el inodoro.
—Qué desastre. Reventad las vitrinas. Cogemos lo que podemos y nos largamos.
—¿Tú no vienes?
—Voy a cogerle el móvil al dependiente, por si le llaman de la empresa de alarmas. Para ganar tiempo.
—Como quieras.

 

—¿Está asegurado el local?
—Sí. No quedaba nadie vivo.
—¿Cuántos cadáveres?
—Cuatro: el joyero y tres atracadores.
—¿Solo había tres atracadores?
—Por lo que han visto los de la central de alarmas hasta que cortaron la señal, sí.
—Lo del joyero muerto lo entiendo, pero, ¿cómo han podido morir los tres atracadores?
—Al parecer el joyero debe haber sido el hijo secreto de Charles Bronson. Se cargó a los tres él solito.
—No jodas.
—La vida es una mierda.
—¿Una mierda? Ese tío es un héroe. Si todos fuesen como él, se acababan los atracos.
—¿Sabes cómo murió?
—¿Cómo?
—Resbaló y se rompió el cuello con el inodoro. ¿Entiendes?
—No jodas.
—Te atracan tres tipos, te las arreglas para que uno de ellos te acompañe al aseo. Le quitas el arma, le vuelas la cabeza, los otros huyen y te los cargas por la espalda. Y cuando crees que te has salvado, cuando estás resoplando hasta arriba de adrenalina, asumiendo lo que te acaba de ocurrir, resbalas con la sangre del primer tipo y te partes el cuello. La vida te premia un acto heroico con una muerte ridícula.
—Esta puta existencia es un montón de mierda que nos caga por un agujero negro cuando menos te lo esperas.
—Sí que lo es.

Por Thalcave.

El plan perfecto

Ningún hombre nacido de mujer, valiente o cobarde,
puede escaparse de su destino.
Homero.

1.- El atraco.

Una tenue niebla cubría toda la ciudad, los gatos maullaban junto a los contenedores de basura, hambrientos por no comer en varios días, imitando el llanto de un bebé. El frío de enero silenciaba la noche, como si una epidemia hubiese extinguido a toda la humanidad. Hacía dos días que no nevaba y el gris ocupaba su sitio natural en las calles. West encendió un cigarro para calmar los nervios y tratar de olvidar por un minuto el olor a cieno que desprendían las alcantarillas. A esa hora de la madrugada, sólo un guardia vigilaba el interior de la joyería. Seguramente estaría borracho a esas alturas, así que sería fácil de liquidar. Una empresa alemana estaba instalando un moderno sistema de alarma y , sólo por un día, la puerta trasera estaba protegida con una miserable cerradura. Los tres obviaron las señales. Ofuscados por el botín, ciegos por el deseo irrefrenable de una vida mejor, no se percataron de que en el cielo despejado de Nueva York no brillaba ninguna estrella.

2.- Mary, la camarera.

Mary empezaba su turno a las tres de la tarde, justo cuando el agua en Coney Island parecía un océano de sangre por el atardecer. Los tonos rojos invadían la playa, incluso la arena parecía granos de pimienta rosa amontonados. Esa luz la entristecía, invadida por una melancolía que le recordaba aquella época donde la heroína parecía que no se acabaría nunca. Ahora sus venas estaban limpias y podía pensar con más claridad. Sin drogas se acabaron sus sueños, aunque intentaba llevarlo lo mejor posible. Ya no era joven y guapa, pero se mantenía delgada. Un tipo con aspecto enfermo miraba su copa de whisky como si no existiese otra cosa en el mundo. Estaba sentado en la mesa del fondo, lejos de las familias que tomaban café y tarta. El cocinero le había comentado que llevaba allí desde el desayuno. El sombrero no la dejaba ver su cara, pero ella, en su cabeza, ya se lo imaginaba guapo. Quizás sería algún alma perdida que pudiese salvar. Se acercó para preguntar si necesitaba algo. Cuando no le respondió, lo zarandeó un poco. Lester cayó al suelo muerto. Un vendaje mal atado en su brazo izquierdo ocultaba una herida de bala. Algunos niños con sudaderas del acuario que correteaban por la cafetería se acercaron a mirarlo con curiosidad, sus padres se levantaron con celeridad para taparles los ojos.

3.- El padre Miles.

El sermón iba de maravilla. Sus feligreses, la mayoría familias negras y pobres de los alrededores de Lenox Avenue, estaban encantados con él. La hija de los Webster lo miraba con esa sonrisa que ocultaba demasiado. Los jueves por la noche tocaba el saxo en una banda de jazz en Sylvia´s con unos cuantos parroquianos y, a veces, ella iba a verlo con sus amigas. Le gustaba sentirse deseado, pero le incomodaba la situación. Quizá no debió besarla en la fiesta del año pasado que organizó la congregación para recaudar fondos para ayudar a la rehabilitación el orfanato. Tres botellas de Bud y dos tragos tuvieron la culpa. Está casi seguro de que ella no se lo ha contado a nadie. Termina su retahíla con un versículo de Mateo: “Pedid, y se os dará. Buscad, y hallaréis. Llamad, y se os abrirá”. Todos entonan un unánime amén. Justo en ese momento, como si Dios coreografiase la escena, Billy entra corriendo en la iglesia. Un policía blanco y rubio de dos metros lo atrapa en el pasillo que divide los bancos de madera y le retuerce el brazo hasta romperlo. El crujido del hueso se escucha durante unos segundos repetidoos por el eco que devuelven los techos abovedados del edificio. Varios agentes entran después y castigan con unas patadas en las costillas al detenido, que ya tiene puestas las esposas. Miles no escucha los gritos de dolor y clemencia de Billy, está demasiado ensimismado y preocupado porque cree que la pequeña de los Webster malinterpretará sus últimas palabras de la misa.

4.- West.

El hielo crepita cuando el camarero le sirve el cuarto Jack, antes no escuchó ese lamento que proviene del vaso y lo achaca a que tiene demasiadas cosas en la cabeza. Debería aprender a escuchar, se dice a sí mismo, mientras bebe de un trago el licor. Las bombillas del bar zumban como moscas y un neón roto de cerveza Miller parpadea detrás de la barra. Un tipo se dirige al teléfono público que está al lado de los servicios y hace una llamada. West deja diez dólares en la barra y sale sin levantar la mirada del suelo, alejándose de los cuatro borrachos que habitan el garito. No puede arriesgarse. Desde que el último golpe salió mal, su foto está en todas las comisarías de policía de la ciudad. Lleva vigilando la farmacia tres días, sabe que la noche del jueves es el momento que más dinero hay en la caja. Un cuervo cae electrocutado por un cable de la New York Power Authority y unas nubes negras anuncian una nueva tormenta. El viento frío le golpea en el rostro y West se sube la solapa de la chaqueta, repasando mentalmente su plan perfecto. Ya no le quedan amigos a los que acudir y necesita dinero para desaparecer por un tiempo. Quizá vaya a visitar a su hermana a Albany. Nunca se llevaron bien, pero es familia y eso cuenta. Piensa que le irá mejor que a Lester y Billy. Ellos no eran tan listos, podría decirse que él era el cerebro de la banda. Una ambulancia se salta un semáforo en el cruce de la veintitrés con la octava y atropella a un perro vagabundo. El animal queda esparcido en la carretera, dejando una bonita mancha de sangre en la nieve.

FIN.

Por José Ángel López Jiménez.