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El sándwich mixto de Monsieur Marcel

-¿Hola?
Allô.
-Hola… Hmm.. Vengo por lo del sándwich mixto…

La voz robótica del porterillo no dijo nada más. Crujir de mecanismos, una falsa campana digital y ya estaba dentro. Era un zaguán frío, de dentista, mármol reluciente, un antipático espejo, unas costillas de Adán de plástico en un rincón, el ascensor al fondo. Marcó el botoncito naranja, 5,4,3,2,1,B. Era un ascensor minúsculo donde no cabían más de dos personas. Crujir de mecanismos, una voz robótica, “subiendo”. Quizá por eso de máquina del tiempo o teletransportador que tienen los ascensores, quizá simplemente por el calor y el miedo, pero justo ahí, se acordó de su primer sándwich mixto. Sus primeros, en realidad. Porque van todos juntos en el rito de los viernes. Mamá, quién sabe desde qué tradición ancestral, había marcado los viernes como el día de la compra. Híper-Valme, orden estricto en el recorrido de las calles, La Bella Easo, Bimbo, Gitanitos, Dixán, Colgate… Papá iba directamente a su cometido, los sanjacobos y los pinchos morunos de Ramona y las sardinas arenques de Salva. Al final, una vez cuadradas todas las bolsas en el maletero, cruzaban la calle los tres mientras su corazón ya daba vueltas enloquecido por la coreografía que hacía de los viernes el mejor día de la semana: Súper Humor a 150 pesetas en kiosko Paco, videoclub Spiderman, tres películas para el fin de semana, el hola entrecortado con la niña rubia de los dueños… y sándwich mixto con zumo de melocotón en el bar de Adolfo. Cada viernes todo calcado, la confortable rutina que parecía inquebrantable. La sandwichera era enorme y le daba una textura imposible de reproducir de manera casera al pan. Adolfo sabía el momento exacto para sacar del calor, con sus enormes manos ignífugas, aquel cuadrado compuesto de dos triángulos, justo cuando el queso iba a desbordarse pero se quedaba todavía adherido al borde del pan. El olor invadía todo el bar. Algunos clientes miraban con envidia. Adolfo ponía unas patatas de bolsa alrededor del sándwich pero a él no le interesaban esas patatas.  En el primer bocado todo desaparecía y la vida solo era queso fundido y la sorpresa oculta del jamón de York con su textura ligeramente fría. Papá tomaba su botellín, mamá su tónica y, ley de vida, aquel instante sagrado que justificaba el resto de la semana, se acababa en un abrir y cerrar de ojos. Al salir, Súper Humor debajo del brazo, echaba un último vistazo al videoclub para ver si salía la niña rubia mientras en la boca todavía le flotaba el regusto del queso y del York y del pan de molde con su costra justa.

Bruscamente sintió un zarandeo, “quinto piso”, dijo la voz robótica. Habían pasado siglos o segundos. Volvió a la realidad mientras abría la puerta del ascensor, pasillo a oscuras, una luz se encendió ante su presencia, qué habrá sido de la niña del videoclub, dos puertas de madera de nogal, una a cada lado del ascensor, A o B. B.  Justo antes de que accionara el timbre, la puerta se abrió y apareció una mujer, pelo negro, ojos azules, casi metro ochenta, traje chaqueta gris y camisa blanca, sonrisa de complacencia.

-Buenas… buenas tardes.
Bonjour, Monsieur Marcel, bienvenue. ¿Me deja su abrigo? Pase a la sala azul, estagá todo listo en unos minutos…

Por Álex Prada.