Archivo por meses: Noviembre 2014

Nora Silente

Sir John-Philippe Hendrikus Van der Breetkering entregó gran parte de su vida a perseguir una quimera: la búsqueda de la legendaria Fuente de la Eterna Felicidad. Durante largos años se había dedicado a organizar y realizar expediciones por lugares remotos e inexplorados, casi siempre por el continente negro, que le habían reportado cierto prestigio en los círculos académicos del país, y en los que había encontrado viejos tesoros de civilizaciones extintas que hoy día podían verse en numerosos museos repartidos por toda Europa.

Durante años fue un hombre reconocido y respetado. Sus ponencias eran seguidas por los más reputados antropólogos y expertos varios del país. En ocasiones, incluso algunos especialistas extranjeros acudían a oírle. Todo ello a pesar de su conocida fama de cínico y de hombre de malos modales. En dichas conferencias explicaba de modo detallado hasta el extremo sus travesías, sus luchas hasta la muerte con animales salvajes, lo difícil que era pasar algunas noches por culpa de los insectos que inundaban las zonas más boscosas…

Aunque lo cierto era que, en todos aquellos viajes, lo que buscaba en realidad eran pistas para llegar a la ya mencionada Fuente, de cuya existencia había referencias en numerosos escritos desde el siglo IV, pero que en aquella época, a mediados del XVIII, todavía no se había descubierto oficialmente.

Según los documentos que Van der Breetkering había podido recuperar, la Fuente de la Eterna Felicidad (algunos autores clásicos, como Melícides o Alestarco, la llamaban del Gozo Perpetuo) se encontraba en la selva africana, en algún lugar entre las actuales Gabón y Congo. Cuando cumplió los cuarenta lo abandonó todo, su trabajo en la Universidad, sus colaboraciones correctoras en la editorial Fingerton Trips y a su familia (mujer y tres hijas, trillizas, de doce años) para emprender al fin su ansiada búsqueda.

Para ello, reunió todo su dinero (dejando a la que hasta entonces era su familia con un techo en el que cobijarse, pero sin una sola moneda con la que poder alimentarse y mantenerse), y fletó un barco con un amplio cargamento y un equipo de veintisiete hombres que le ayudarían en su odisea. A ellos se unirían, una vez anclado el barco en el puerto de destino, cuatro guías de la tribu de los tsuricos. Pero lo que se planteaba como una aventura con síntomas (leves, eso sí) de éxito, pronto empezó a torcerse. Ya durante la travesía en barco desde el norte de Europa hasta Port-Gentil, algunos de los tripulantes estuvieron a punto de enzarzarse con él por sus bruscos modos y sus continuos insultos hacia todo el personal.

Como su comportamiento no varió un ápice, cinco hombres abandonaron la expedición pocos minutos después de que el barco anclara en su destino. Los guías, que se unieron al grupo un día después, apuntaron algún dato más a la información que ya tenía Van der Breetkering. La Fuente era en realidad una pequeña laguna alimentada por aguas subterráneas, que se encontraba en lo más recóndito de la zona dominada por los yamagata, tribu esquiva cuyo territorio nadie sabía delimitar con exactitud y a los que muy pocos habían visto en los últimos treinta años. Ahí fue donde Van der Breetkering se percató de que afrontaba un reto aún mayor de lo que esperaba.

La búsqueda comenzó de inmediato y, de inmediato también, comenzaron las deserciones, los abandonos. Solo un par de hombres lo dejaron por la dureza de las marchas, que casi iban de sol a sol, pero la mayoría lo hizo por sus actitudes déspotas y dictatoriales. Tras dos semanas duras, muy duras, en la que los pocos rastros de yamagatas que encontraron resultaron ser pistas falsas dejadas por la propia tribu para evitar ser encontrados, los seis hombres que todavía quedaban en la compañía de Van der Breetkering lo dejaron a su suerte cuando se percataron de que llevaban días caminando en círculos por la selva. Así, solo y con una creciente escasez de alimento y bebida, Van der Breetkering decidió jugarse el todo por el todo. O encontraba lo que había ido a buscar, o moriría en el intento.

Quizás por el cansancio, quizás por la falta de alimento, tropezó y cayó rodando por un pequeño desnivel de unos ocho o nueve metros. Se incorporó magullado y descubrió ante sí una especie de árbol desconocida. Él no era experto en botánica, pero sabía que aquel árbol era desconocido. Tenía que serlo, ya que de haber sido conocido, habría oído hablar de él. Formalmente no se diferenciaba demasiado de cualquier otro árbol, la diferencia estribaba en su sonido. En su ausencia de sonido, más bien. Van der Breetkering veía las frondosas hojas y ramas moverse con el viento, pero no escuchaba más que el viento. Para asegurarse, decidió empujar uno de los más jóvenes ejemplares de aquel árbol, uno con raíces débiles y delgado tronco, hasta hacerlo caer. Y el árbol cayó sin producir el más mínimo ruido. Pensó que quizás se había quedado sordo por algún golpe en la caída. Pero un graznido de ave a su espalda lo sacó de su error. Aquella especie arbórea no emitía sonido alguno. Contradictoriamente a su actuación previa a la expedición, decidió llamarla Nora Silente, en homenaje a su mujer. Era, indudablemente, el descubrimiento de su vida.

Aquello no pasó desapercibido para el mundo académico. Se plantearon debates y se dudó firmemente si aceptar su palabra (no tenían otro modo de comprobar la veracidad de lo que decía) o no. Y finalmente se optó por no hacerlo. Era imposible. El sonido era una facultad externa y ninguna especie, ningún objeto, podía decidir tenerla o no. Sin embargo, su reputación no desapareció. Aquello había podido deberse al golpe que se dio al caer previamente al descubrimiento, podía ser una madera muy ligera y su sonido, sus crujidos al partirse las ramas, podía haber pasado desapercibido momentáneamente. Van der Breetkering siguió siendo respetado, aunque ya no hizo ninguna expedición más. La sonrisa no desapareció de su rostro, a pesar de todo.

Su caída en desgracia se produjo ya en los últimos años de su vida. Estando ya jubilado, acudió a una conferencia en el Instituto de Estudios Metafísicos de la ciudad de Assen, a donde se había retirado para una vida relativamente tranquila ya que, aunque carecía del bullicio de la gran ciudad, estaba a un tiro de piedra de la capital. Allí asistió a una ponencia sobre las diversas opciones de cómo entender la percepción de la realidad, enfrentando las teorías de George Berkeley, que estaban empezando a tomar fuerza, frente a las de John Locke. “Si un árbol se cae en mitad del bosque y no hay nadie alrededor, ¿produce algún sonido?”, preguntaron. Van der Breetkering volvió a afirmar la existencia del Nora Silente, provocando una algarada entre los seguidores de Locke, e incluso habló, por primera vez, de la Fuente de la Eterna Felicidad, de cómo la encontró, de lo que allí vivió durante un par de meses, purificándose en sus aguas, extasiándose con el paisaje y la convivencia con los animales en la naturaleza. El público estalló, arreciaron los insultos, las amenazas, mientras Van der Breetkering no perdía la sonrisa en ningún momento.

Así, más que por los restos de herramientas que demostraban que los kirguimunes, en la estepa siberiana, habían sido los primeros en tratar y utilizar las pieles para vestirse y adornarse (inventando así la marroquinería, siglos antes de los romanos, como hasta ahora se pensaba), y que se podían ver en el Palacio Yusupov de San Petersburgo; o por las pequeñas esculturas colectivas de los mifune, que eran la atracción del Allard Pierson Museum de Amsterdam; o por los restos momificados de los ngara, del British Museum londinense… Van der Breetkering pasó a la posteridad por ser un farsante, un mentiroso inmensurable, un loco que, casi con toda seguridad, había inventado toda su miserable y despreciable vida.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Trascendentes

Sonrío.

Siempre sonrío. Es mi trabajo. Sonreír. Caer bien. Generar confianza. Asentir con la cabeza. Mirar a los ojos con interés. Apretar la mano con calidez. Estar a un metro y medio de distancia: menos, es descortés; más, sugiere rechazo.

—Hola, ¿qué tal? ¿Qué le parece la exposición?
—Muy entretenida. Cuando mi mujer me obligó a venir, pensé que iba a ser más aburrido pero la verdad es que me lo estoy pasando muy bien. Los canapés son estupendos.

 

Su mujer.

Fue lo primero que me atrajo de él. La observé tomándole del antebrazo cada vez que la pareja con la que hablaban decía algo gracioso. Era la forma de sugerir a su marido cuándo era el momento de unirse a la carcajada grupal. Él, sumiso, obedecía y reía, mientras de reojo intentaba averiguar dónde estaba la bandeja de aperitivos más cercana. Normalmente cuanto más desigual es el aspecto físico de la pareja, más Dinero suele tener el menos agraciado. La mujer era una diosa rubia de treinta y pocos, con una espalda terciopelada que su vestido de Channel dejaba al descubierto. Él era un gordo de cincuenta y algo, con pajarita, bigotito a lo Errol Flynn, un Hublot en la muñeca y zapatos de Ferragano. Si yo fuese una abeja, él sería un campo de amapolas.

—¿Y usted qué hace aquí? ¿Es uno de los artistas de la exposición?

Mientras habla, minúsculos trozos de comida mezcladas con saliva salen disparados de los finos labios bajo el bigotito. Algunos caen en mi chaqueta. No me molestan. Puedo oler los alientos a ginebra o vino de mis clientes, sentir el ajo del almuerzo que se les repite o el puro de quinientos euros que se acaban de fumar. No me perturban. Si estoy tan cerca de ellos es porque lo que realmente huelo es el Dinero. Nada más me importa. Bendito Dinero.

—No. Dios no me otorgó el talento de pintar. A cambio me permitió la capacidad de reconocer el talento, lo cual hoy día, está muy bien retribuido, afortunadamente.

 

Dinero.

Etimológicamente viene de denarius, una moneda romana. No es una palabra que suene especialmente bien. Ni mal.

Como concepto, en cambio, no tiene igual. Tan solo se le acercan las palabras sexo y muerte, pero con mucho Dinero puedes tener todo lo que quieras del primero y retrasar el segundo, mientras te regalas todo aquello que tu hedonismo imagine. Es el superpoder definitivo. El idioma universal. La justa medida capaz de comparar el valor de una lámpara con el precio de llorar en un cine. Es el único Dios real y, en su ecuánime proceder, permite cientos de métodos y formas de llegar a él.

Como en todas las religiones, los depositarios de su poder siguen una jerarquía piramidal.

En su base se encuentran Los Desposeídos. Están fuera del sistema. Sin capital no se puede sentir la llamada del Dinero. No pueden cubrir ni las necesidades más básicas.

En el segundo escalón están los Humildes. Su escasez de Dinero les supone problemas cada día. Son ojerosos y tristes y, cuando les hablas de Dinero, bajan la mirada.

En el tercer escalón están los que tienen Dinero, pero no tanto como para lograr sus deseos más profundos. Son Los Aspirantes. Cuando a ellos les hablas de Dinero te miran fijamente. Te analizan, preguntándose si tú puedes ser un medio para conseguir el Dinero que les falta o eres solo otro más que les está intentado engañar. Como jugadores de póker, empiezan a calibrar tus gestos, las inflexiones de tu voz, desmenuzan las señales buscando adivinar cuál es tu jugada y qué clase de cartas llevas. Los de mi oficio empezamos a tratar con este tercer escalón. Con ellos descubrimos el poder de la mentira y de la adulación. Elegir qué datos son revelados y cuáles no. Es parte del aprendizaje. Sin embargo, solo sirven como formación. Por más gente de esta clase que libes nunca te podrás saciar. Para ello necesitas otra cosa.

 

El cuarto escalón.

—¿Entonces es usted marchante de arte?
—No, no. Yo descubro talentos. Les compro sus obras cuando nadie los conoce. Los promociono. Los hago ricos y yo con ellos. Si no fuese un negocio rentable, seguramente también me dedicaría a ello. Afortunadamente, la crisis financiera ha hecho del arte una inversión refugio. La rentabilidad es muy alta y, además, refuerza el negocio de los que lo adquieren.
—¿Y cómo refuerza una pintura el negocio de los que la adquieren? No lo termino de entender.

 

Los ricos.

Rico viene de riks, que en gótico significa poderoso. Los poderosos y los ricos conforman el cuarto nivel: Los Profetas. Han alcanzado El Cielo, por lo que el dios Dinero les permite convertir en realidad todas sus fantasías. Sin embargo, poderoso y rico no son sinónimos. Poderoso denota fuerza pero también una actitud capaz de utilizarla.  Rico, en cambio, está más próximo a deseable, a apetitoso, que a poder. Tienen la fuerza pero no la voluntad de ejercerla. En general, salvo que acucie la necesidad, es preferible evitar a los poderosos. Un rico sin embargo es el mirlo blanco que todos buscamos. El trébol de cuatro hojas. Nuestro cuponazo.

—Hay que ser del mundillo para verlo por uno mismo. Cuando alguien adquiere una pintura la expone en el salón de su casa. O en su despacho. O en el hall de su empresa. Todo el mundo la ve. ¿Quién se entera si uno tiene siete millones de acciones de una empresa energética? Nadie. La pintura, en cambio, se explica por sí misma. Se autopromociona y promociona a su dueño. La gente reconoce el poder y la sensibilidad. En poco tiempo salen compradores. Gente más insegura sobre sus gustos que el propietario de la pintura. Gente que necesita esa pintura para reafirmarse. Porque además, si la consiguen, le dirán a todos quién es el que se la vendió. Así el Dinero del primer comprador crece y  su fama también. ¿Se imagina el prestigio que supone para un mecenas ceder uno de sus cuadros a un museo? No solo indica poder, indica clase, personalidad e intuición. Indica olfato para los negocios.
—No puede ser tan fácil.
—Oh, sí que lo es. Yo lo veo todos los meses. No le digo todas las semanas porque hay muy poca gente con la capacidad económica y la personalidad necesarias. Todas las pinturas que he vendido han, al menos, triplicado su valor en tres años. Estamos hablando de millones. Eso de beneficio directo. Si uno tiene en cuenta la de acuerdos empresariales que ayuda a alcanzar, la rentabilidad se dispara. Es una cantidad de  Dinero incalculable.
—Me comentaron algo una vez, pero no me lo había tomado muy en serio.
—Le voy a enseñar una de ellas. Ahora es propiedad de McAdrews & Matters.
—¿De McAdrews & Matters? ¿Y está aquí?
—Sí. Nos la han cedido amablemente para esta exposición, a pesar de su valor. La quieren promocionar porque están pensando en usarla como nuevo logo del Holding. Evidentemente, me la compraron a mí.

Le tomo del antebrazo y lo dirijo hasta una de las paredes. Por encima del hombro veo a su mujer. Se ha fijado en nosotros. Nuestras miradas se cruzan. Nos reconocemos. Es una de mi oficio. Una Trascendente.

No me lo estropees, cariño. Es un campo de amapolas. Tiene polen de sobra para los dos.

Por Thalcave.

Cuarenta y cinco mentiras

Una,
dos,
tres;
cuarenta y cinco fueron las mentiras
que me lanzaste a los ojos como dardos
fabricados en el Medievo.

Primero fuiste de color amarillo, como
los ojos de los sapos al amanecer.
Después variaste a rojo, como la marabunta cuando
ruge.

Lo peor, creerte.
Quemadas mis manos (y el cuerpo entero si me descuido),
trataba de convencerme de que eras certeza y
que la pasión escondida en tu vientre era por mis
andares catalanes antes de que fueran impugnados.

Una,
dos,
tres,
cuarenta y cinco fueron las mentiras que
envasaste al vacío y dejaste en el congelador
de mi nevera pagada a plazos .

Esperaba que, quizás, transmutaras en realidad
si mi zapato hubiera sido tu horma; pero
todo fue una mentira camuflada
de fiesta de cumpleaños con globos morados.

Cuarenta y cinco fueron las mentiras que hicieron
perderte de vista de verdad.

Por Raquel Egea.