Archivo por meses: Octubre 2014

La sonrisa de Hannah

Había nacido un 29 de febrero. Concretamente el 29 de febrero de 1995. Y aquel día, cuatro años después, a las puertas de un nuevo milenio, celebraba su primera fiesta de cumpleaños. La primera de verdad. Sus padres, no muy dados a conmemorar fechas concretas, sobre todo si éstas se debían a la casualidad (lo mismo podría haber nacido el 27 que el 2 del mes siguiente, le decían), nunca habían mostrado demasiado interés en festejar el nacimiento de su retoño, pero ese año, en el que también existía ese 29 de febrero, el primero desde el nacimiento, no habían tenido excusa alguna para no hacerlo.

La criatura estaba emocionada. Veía globos, serpentinas, guirnaldas, toda la casa llena de colores, que sus padres habían puesto a regañadientes, más por cumplir las convenciones sociales que porque realmente se sintieran atraídos por la situación. Aunque se daba cuenta perfectamente de que sus padres no sonreían (era consciente de muchas cosas, a pesar de que sus progenitores la tomaran por imbécil), también sabía que aquello lo hacían por ella. Y eso la hacía inmensamente feliz.

Pasaron las horas, largas, eternas, sin que nada nuevo sucediese. ¿Y si se habían olvidado? ¿Y si estaba equivocada y aquello no era más que una ceremonia de esas a las que a ella nunca le estaba permitido acudir? Había oído a sus padres muchas noches en el salón, con otras gentes a las que ella no había llegado a ver, mientras todos pensaban que dormía. Pero no, no podía ser eso. Se moriría si todo aquel colorido, si todos aquellos preparativos, no fuesen para ella. Se moriría.

Oyó las campanadas del reloj. Fueron seis, pero ella todavía no había aprendido a contar. Y entonces, su madre la llamó. Salió corriendo del dormitorio hacia el salón. Allí se encontró con mucha gente que la miraba. Casi todos sonreían, pero ella apenas conocía solo a algunos de haberlos visto antes por la casa. Le molestó que entre tanta gente apenas hubiese niños de su edad. Todos eran mayores, la mayoría incluso mayores que sus padres. Aunque lo que le sorprendió fue darse cuenta de que ella desentonaba en aquella reunión. Entre tanta gente de pelo oscuro y ojos negros, ella resaltaba con su melena rubia y sus ojos verdes. Pero todos estaban allí por ella, y cuando su madre apareció con una tarta en la que había cuatro velas y todos empezaron a cantar, se emocionó.

Su madre puso el pastel sobre la mesa, la cogió en brazos y se sentó frente a las velas.

–Sopla –le dijo.

Ella le miró sin comprender.

–Sopla… tienes que apagar las velas.

¿Por qué tenía que hacerlo? No quería. Quería ver las velas arder más tiempo.

–Pide un deseo y sopla –dijo nuevamente su madre, y aunque ni gritó ni su tono se volvió más brusco, aquello le sonó a la pequeña a orden.

Y sopló. Tres velas se apagaron al instante. La cuarta luchó por sobrevivir, parpadeó durante unos momentos, y finalmente se extinguió.

Todos los invitados estallaron en un aplauso.

Esa noche, la pequeña se fue a la cama con más preguntas de lo normal. Estaba acostumbrada a tener preguntas en su cabeza, aunque todavía le costaba trabajo formularlas. Así que siempre llegaba a la conclusión de que sólo las preguntaría cuando supiera explicarse mejor, casi como un adulto, ya que sus padres eran adultos, y sólo tendría una oportunidad para que se sentaran con ella a conversar. Se quedó en la cama un rato antes de dormirse, mirando al techo, pero recordando otra imagen: las velas. Recordó nítidamente la atracción que ejercía en ella ese pequeño conjunto formado por las llamas de las cuatro velas, el calor, el leve pero intenso brote de energía que la invadió durante unos instantes, que la hacía resistirse a soplar, a extinguirlo. Fue confuso porque, a la vez que se sentía íntimamente unida al fuego, temía soplar, porque ninguno de los deseos que se le ocurrían era, cómo decirlo… ninguno era bueno. Finalmente, el cansancio de las nuevas emociones que le había proporcionado ese día, venció. No supo cuánto tiempo llevaba viajando en ese sueño profundo, cuando un golpe seco en la ventana la despertó. Se incorporó de golpe en la cama, y casi sin respirar y con el pulso acelerado recorrió con la vista toda la habitación desde la ventana, a través de la cual no percibió más que la sombra de los árboles del patio movidas por el viento nocturno. No veía con claridad, así que se frotó los ojos con fuerza, y volvió a mirar. La ventana estaba abierta. El corazón casi le dolía, seguía sin respirar, pero ella no lo notaba. Todos sus sentidos estaban atentos a los sonidos, y a las múltiples sombras que formaban los muebles intentando entrever alguna que no fuera estática. Pasaron unos segundos que parecieron años y, de repente, justo debajo de la ventana, una sombra comenzó a moverse en dirección a la cama. La pequeña intentó gritar, pero la garganta seca y el miedo casi la asfixiaban. Luchaba por hacerse un ovillo arrimado a la almohada mientras observaba una figura oscura cuyos pies se arrastraban, cortos y torpes, haciendo que a cada diminuto paso, toda esa masa deforme que apenas sobresalía unos centímetros sobre el colchón, se balanceara a un ritmo acompasado de pum, pum, pum, pum…. Al llegar a medio metro de la pequeña, la sombra se paró, emitiendo un sonido profundo y desconocido que parecía venir del mismísimo inframundo. De repente, la tenebrosa figura saltó sobre ella y la envolvió. El mundo y el tiempo, todo se paró. La pequeña despertó a la mañana siguiente zarandeada por su madre. Abrió los ojos, se encontró con los suyos y, aunque por un momento le pareció ver cierta sorpresa en su gesto, enseguida cargó con el peso de su indiferencia cotidiana. Quizás, todo había sido un mal sueño.

¿Un mal sueño?…

En la habitación había un olor extraño, mezcla de azufre y miel y aunque aún tenía el susto en el cuerpo, no comentó nada. Bajó de su camita como suelen hacerlo los niños, con un saltito y cogida a la mano de su madre ambas se dirigieron al comedor. El olor a tostadas recién hechas invadía toda la estancia y los silbidos de su padre, Julius, entonando su canción preferida la hicieron sonreír. Tenía más hambre de lo normal cosa no muy corriente en ella, ya que su madre siempre le reñía porque la mayoría de las veces dejaba comida en el plato. Una extraña herida que no recordaba cómo se la había hecho le producían un picor y escozor en su muñeca derecha. La ocultó bajo la manguita del pijama de búhos que le habían regalado para su cumpleaños. Después de desayunar, y como cada sábado, su madre le dijo que si quería, podía pasar un rato jugando en el jardín. Balancearse en el columpio que su padre había hecho para ella y sentir el viento colarse entre su pelo le producía la sensación de estar volando. Al pasar por delante de la puerta de la biblioteca, vio que estaba entreabierta y se oía un murmullo de voces que parecían discutir. Con sigilo, se acercó a la puerta y con sus diminutos ojos pudo reconocer a algunas de las personas que habían venido a su fiesta de cumpleaños. –¡Hannah, te he dicho mil veces que no se debe espiar lo que hacen los mayores! –la sobresaltó la voz enfadada de su madre. La pequeña salió corriendo hacia el jardín temerosa de que su madre siguiera con la reprimenda. Mientras tanto, una reunión secreta en torno a la niña estaba teniendo lugar en la biblioteca: –La sombra ya ha venido a visitarla–dijo un hombre corpulento de sienes plateadas. – ¿Creéis que está preparada de verdad?–dijo una mujer pequeña de gafas oscuras. –Si no lo está, no importa–todos se volvieron hacia Julius que miraba por la ventana cómo su pequeña había dejado de balancearse mientras hablaba y reía sin cesar con el columpio vacío de al lado. En el momento en que todos se acercaron a la ventana para entender lo que decía, la pequeña dirigió su mirada hacia ellos y señalando al cielo, que iba mudando a un color rojizo, sonrió enseñando todos sus dientitos.

Ben Moore recogía su escasa cena de la mesa baja del salón. Dejó los platos sobre el fregadero y miró a la ciudad a través de la ventana que tenía justo en frente. Nunca se acostumbró a aquellos anocheceres tan tempranos de Dublín. Tardó meses en darse cuenta de que eran el origen de todos sus males; de donde partían todos sus problemas. Solo necesitaba pararse a pensar, salir de la vida por un instante, para darse cuenta de que todo estaba conectado. Hoy había vuelto a parar y su conclusión fue la misma, la culpa de la prematura muerte de su esposa fue de aquel temprano oscurecer. El mismo que ahora alargaba las horas en las que podía trabajar. Aquella noche volvía a la rutina. Lo que para otros era un terremoto en sus vidas para él era lo de todos los días. La puerta se volvía a estrechar, y ahora era Hannah el faro que guiaba al visitante. Hannah hoy, Susan hace cuatro años, Zarah hace ocho y Claire, su esposa hace doce. Siempre mujeres, o niñas. Pero ¿qué tenían en común? ¿Qué las convertía en herramientas para aquellos viajes? Intervalos de cuatro años que le dieron para buscar y encontrar el origen; en los que fue retrocediendo en el tiempo a través de noticias en internet primero, hemerotecas y libros de historia después, hasta llegar al límite a partir del cual desaparecen las visitas. El origen.

Se vistió con desgana; vaqueros y camiseta amplia, se sentía incómodo con su cuerpo siempre que hacía aquello. Se asomó por la ventana, cinco pisos más abajo la calle estaba tranquila. No había nadie. Dio un último trago al café, dejó la taza sobre la mesa de su habitación, se limpió los labios con la manga y se lanzó al vacío. Hannah, sin saberlo, lo esperaba. Y el visitante, a esa hora, ya la buscaba. Era su faro. Empezaba su jornada laboral.

Mírame.
Acércate.
No tengas miedo.
¿No ves que sólo soy una niña?

Mírame.
Acércate.
Quiero jugar contigo.
¿No ves que sólo soy una niña?

Mírame.
Acércate.
Hazme cosquillas.
¿No ves que sólo soy una niña?

Quiero reír
y que mi risa se clave en tus oídos
como un puñal.
Carcajadas
como pesadas cadenas que te atrapan.
Te angustian.
Te ahogan.

Es la sangre que baja por mis piernas
saliendo de mis entrañas
lo que te da miedo.
Mi sangre
y la de todas las que me precedieron.
Pero
¿No ves que sólo soy una niña?

– Bienaventurados los olvidados,
porque ellos heredarán las tinieblas.
Emergerán de las cenizas del mundo,
caminando entre huesos y carne esponjosa,
y levantarán el templo a Mefistófeles.
El cielo se teñirá de sangre
empapando la tierra con la lluvia roja.
Y ya nadie sabrá nunca donde empieza el mar
y donde acaba el infinito firmamento.

Todos oran a la vez rodeando el pentagrama, creando un orfeón negro con sus susurrantes cánticos. Hannah está en el centro del círculo, sitiada por sus padres y acólitos. Debería estar aterrada, pero está tranquila como el último suspiro de un moribundo. La luz que derraman las velas de la habitación, entre naranja y azul, le recuerda su cuarto cumpleaños, cuando sólo era una niña. Hoy es el decimosexto. Desde entonces se ha estado preparando para esta noche. Ha torturado, destripado, maldecido, enfermado y enloquecido a cientos de personas. Sobreviviendo donde otras no lo hicieron, aguardado paciente.
La plegaria sube el volumen cuando la sombra aparece. Algunos gritan, otros lloran. Hannah sonríe mientras se levanta la túnica hasta la cintura. La plegaria no cesa mientras la penetra con su enorme pene, desgarrando cada célula de la vagina. Ella siente como la sangre se vuelve espesa y se oscurece, transformando su piel en un cielo lleno de nubes grises. Grita de dolor cuando el ritmo del coito aumenta. Él toca su pecho y la mano traspasa los músculos, hundiéndose con facilidad hasta corazón, que acaricia entre los dedos como a un perro leal mientras Hannah vomita cada día de su vida. Llorando de placer, expulsa por la boca los últimos vestigios humanos que le quedan. Después todo se calma, una brisa cálida acompaña a los brazos cuando caen exhaustos. La plegaria no cesa.

En el hospital están desbordados. Una lluvia caliente cae sobre la ciudad y la sala de espera está repleta de gente con la cara quemada. Los perros aúllan de dolor y los pájaros se desprenden de los tejados para formar una alfombra muerta. Aunque, curiosamente, la lluvia no afecta a los cuervos, que vuelan en círculos alrededor de la calle como si fuesen centinelas. En medio del horror, una embarazada hermosa aparece en el caos y un silencio profundo aniquila todo el sonido del mundo, igual que la luz de la mañana aniquila la más horrible pesadilla.

– ¿Pequeña, cómo te llamas? – La enfermera habla con un tono dulce.
– Hannah. Mi hijo nacerá hoy.

Si la vida surge con gritos de sacrificio y dolor, con episiotomías y desgarros, sangre y heces, bebés cubiertos de annios natal y atados a cordones umbilicales; la Muerte salió de Hannah sin ningún esfuerzo, sin dañar su cuerpo, sin líquido amniótico, ni cordón umbilical y sin nada orgánico que indicase que se hubiese alimentado de ella. El silencio presidió aquella sala. Los sanitarios, instintivamente, contuvieron la respiración porque, por dentro, algo les avisaba que respirar delante de eso era blasfemo.
El vacío estaba ante ellos y solo traía desesperación.

Las madres malas estallaron de felicidad por el mundo. Sus ojos se nublaron y sus cuerpos se estremecieron en un orgasmo. Los disfraces habían caído y sus víctimas se encontraban ante ellas esperando la merienda, dormidos en sus cunitas o quitándose la ropa para meterse en la bañera. Ellas les acariciaban las cabecitas y se relamían pensando en lo que les iban a hacer.
Algunas, entre sonrisas, empujaban a sus niños al fondo de las bañeras durante la hora del baño. Cuando los pulmones de sus hijos empezaban a encharcarse les dejaban salir para que pudieran vomitar el agua. No los dejarían ahogarse, no. No tan pronto. Solo se escupe el chicle cuando pierde todo su sabor.
Las más bellas disfrutaban humillando a sus hijos. Habían afilado su inteligencia durante años para que cada frase tuviese el poder de mutilar el alma de su progenie. Las mentes tullidas de sus hijos podían agonizar durante años o meses.

Otros apelaban al absurdo y a la locura. “Cómete la comida, mi vida”. “Mami, algo se mueve en el plato”. “Cómete la comida, mi niño” mientras cogían sus tenedores. “Mami”, decían ellos sollozando. Los tenedores terminaban alzándose y descendiendo, dejando puntos suspensivos en las frentes, en las manos y en las mejillas de los niños.

Un aquelarre mundial gobernó el mundo ese día y el horror se sentía desde el espacio.

Ben Moore se desclavó la aguja de punto de las costillas. Su anciana madre yacía a sus pies con el chaleco de punto picante a medio hacer y el cuello retorcido. En el vestíbulo del hospital las madres malas le observaban sonriendo. Una jugaba con su hija a piedra, papel o tijera. La madre siempre sacaba las tijeras y a la niña cada vez le quedaba menos carne. Él chilló. Chilló de ira, chilló de rabia y chilló de vida. Las madres arrojaron sus juguetes gimoteantes al suelo y se levantaron hacia él.

El dolor de las quemaduras no es un impedimento para Ben, que sale corriendo a toda prisa incrementando el constante flujo de sangre que emana de su costado. A pesar de que nunca había sido un tipo religioso, aquello no pudo más que provocarle una leve mueca de sonrisa. Además, Hacía tiempo ya que sus conexiones nerviosas dejaron de enviar señales de dolor al cerebro y el roce de la amplia camisa con la piel abrasada por aquella maldita lluvia, quién lo diría, se asemejaba bastante a una sensación placentera.

Las ruedas del único taxi que huía despavorido a casa chirrían a pesar del asfalto mojado, dejando tras de sí una estela de humeante goma quemada. Justo delante está Ben, apuntando inmóvil con su pistola a la frente del conductor.

– A la capilla St. Michael.

Reprobar aquella orden no era una opción, de eso no tuvo duda el taxista, que mientras conducía a toda prisa por las calles desiertas de la ciudad no tuvo mayores problemas en relacionar mentalmente la lluvia ácida, los pájaros muertos y ese jodido psicópata ensangrentado que lo había parado a punta de pistola.

La criatura sonríe recostada sobre la blanca tela bordada en oro que cubre el altar de la capilla St. Michael. El bebé es precioso. Ben observa sus carnosos muslos, los pliegues de su rolliza carne a la altura de las rodillas y codos. Sus recién estrenados ojos azules se clavan en sus negras pupilas, inexpresivas, que esquivan la mirada contemplando los múltiples bucles de oro de aquella temprana rubia cabellera.

De pronto, tañen las campanas. El pausado toque a muerto resuena entre los muros de la capilla vacía. El niño agita sus piernas, indiferente, cuando los goznes de la puerta principal comienzan a chirriar. Una gélida ráfaga de viento penetra hasta calar los huesos de Ben y desaparece por las rendijas de las vidrieras que representan escenas de las visiones de San Juan en Patmos.

– ¡NOLI ME TANGERE! Grita entonces con la bronca voz del infierno la adorable criatura rubia erguida sobre sus piernas.

Ben cierra los ojos y recuerda a Claire. El eco mental de su risa eriza la escasa porción de su piel que no había sido abrasada por la lluvia cuando un suave bálsamo templado recorre su brazo derecho hasta detenerse en codo y empapar su camisa.

El bebé no tarda demasiado en desangrarse. La blandura de su carne ha permitido que la navaja penetre por su vientre hasta detenerse en la columna vertebral sin encontrar la más mínima resistencia.

Cuando el cuerpo inerte de la criatura cae rebotando al suelo, un susurro recorre el cuerpo de Ben: “Aún tengo toda la eternidad por delante”.

Por Juan Antonio Hidalgo, Mawi Justo, Raquel Egea, Narciso Rojas, Rosa Montero Glz., José Ángel López Jiménez, Thalcave, Pablo Poó Gallardo.

Tres cabañas

1

Sandra se pone mi camisa sin entretenerse con los botones, la cruza como una chaqueta. Coge un cigarro de su bolso, lo enciende y apoya la frente en la ventana. No creo que mire nada, es su ritual. Echa el humo contra el cristal y sostiene la camisa cerrada bajo su brazo. Cada martes y cada sábado.

Una vez me preguntó si era mi mujer la que me planchaba la camisa. Si era ella personalmente.

—Sí, ¿por qué?

Pensé que me iba a soltar un discurso: podrías hacerlo tú, no se te va a caer el anillo de oro ese que no te quitas nunca, ese que te encanta deslizar frío por mi espalda; podrías pagarle una tintorería con todos esos billetes pequeños que enseñas abajo en el bar; con esos con los que te gusta bromear con que me pagas; podrías evitar que la oliera y nos descubriese.

—Parece almidonada.

Me lo preguntó un día que tenía ganas de hablar. Mientras fumaba. Normalmente solo mira por la ventana, se viste y sale antes que yo de la habitación.

La miro. Imagino su espalda estrecha bajo mi camisa, miro la parte de su culo que deja al aire. Me gustaría no tener prisa. No tener que irme. Repetir, no quiero esperar una semana. El sábado no podré verla.

—El sábado no podemos vernos —Ella se vuelve y deja salir el humo despacio.

Pensé que me haría preguntas: ¿Por qué? Y yo tendría que responderle: tengo algo. Le contaría lo de mi mujer, lo de la cabaña que ha alquilado. Ella querría saber si iríamos solos, en plan romántico, si celebrábamos algo. Yo la tranquilizaría: también van mis hijos, el capullo de mi cuñado y los hiperactivos de mis sobrinos. Se enfadaría. Me gustaría eso.

—Nos vemos el martes, entonces.

Deja caer mi camisa al suelo, la cambia por la suya, se pone los vaqueros que se pegan a su piel y se sube la cremallera de las botas antes de salir de la habitación. Tira de la puerta.

 

2
—¿Te acuerdas de la cabaña esa a la que íbamos en verano? —Mateo mueve el descafeinado con ritmo constante.

—¿Qué cabaña? —María se agarra con las dos manos a la silla para acomodarse.

—A la que llevábamos a los niños. En agosto, cuando me daban vacaciones.

—No. Nunca he ido a una cabaña.

—Pero María, ¿cómo dices que no has ido nunca a una cabaña? Por lo menos fuimos tres veces.

—No.

—Sí, mujer —Le acerca una taza humeante que ella palpa hasta encontrarla—. Con Manolito recién nacido, con Luis también ya en el mundo. Y con los tres y tu madre la última vez.

—Nunca has llevado a mi madre de vacaciones. Te lo estás inventando. Te lo inventas para engañarme, como sabes que me falla la memoria —bebe y se le derraman algunas gotas por la comisura.

—¡Qué cosas dices, María! —le acerca un trozo de papel de cocina, le limpia la boca y se lo pone sobre las rodillas—. Llama a tu hija. Llámala y pregúntale.

—No voy a molestarla ahora para eso —da un sorbo largo.

—Que Luis se partió un brazo. Que se cayó de un árbol. Qué loco ha sido siempre.

—Sí, Luis ha sido muy loco. Pero se partió el brazo jugando al balón —Le tiende la mano con la taza. —En el colegio.

—Ese fue Manolito —Vuelve a acercarle la taza: —Te queda un poco más.

—No lo quiero. Fue Luis.

—¿Llamamos a tu hija?

—Que no la molestes para eso. Me acordaré yo de la de veces que los he llevado al médico. Tú siempre estabas trabajando.

—Sí, siempre que llamaban del colegio tenías que ir tú.  Es verdad. Me acuerdo. Con Manolito, con Luis, con la niña. —Recoge el papel de cocina de las rodillas y lo hace una bola.

—Sí. Sobre todo con Luis.

—La niña también se puso mala alguna vez. —Enjuaga la taza debajo del fregadero.

—¿Cómo estará la niña? ¿La llamamos?

—No, no la llames. Ya me acuerdo. Me acuerdo de la cabaña.

3

Mario para el coche. Saca la llave del contacto y mira a Clara, que no se ha movido. Sigue con el cinturón abrochado. Hace todas las comprobaciones: freno de mano, calefacción, luces. Todo como si fuera a examinarse otra vez del carnet de conducir. Todo para hacer tiempo, pero Clara sigue sin moverse.

—¿No te bajas? ¿No vas a entrar?

—Preferiría no tener que hacerlo.

—No te vas a quedar aquí con el frío que hace, no seas tonta.— Presiona el botón para desabrocharle el cinturón de seguridad—. Por los viejos tiempos, vamos.

Mario se baja del coche y da la vuelta para abrirle por el otro lado.

—No sé por qué te empeñas en recordar tanto los viejos tiempos. Siempre lo haces como si hicieses un brindis en una reunión de exalumnos, veinte años después. Todos gordos y fracasados, pero brindando.

—Por los viejos tiempos. —Hace el gesto de levantar una copa—. ¿En serio? No lo hago así.

Mario la coge de la mano y tira de ella hacia fuera del coche. Ella se resiste al principio.

—Ya no estamos juntos. Y nada ha ido mucho mejor desde entonces.

—No te vengas abajo ahora, por favor. Esto es lo último que queda ya por hacer. En media hora llegan, los convencemos y firmamos. Para comer estarás ya en casa.

—¿No podías haberlo hecho solo? ¿Tenías que traerme? Me hiciste lo mismo con la casa, con el coche. Estoy harta de notarios y de juzgados. Ya acepté la derrota. No quiero regodearme.

—Tenemos que vender la cabaña. Entre los dos.

—Yo no soy buena vendedora.

—Sólo tenemos que contarles algunos buenos recuerdos. Se venderá sola.

—No sé si tengo buenos recuerdos. Y además, estamos separados: no somos la pareja feliz.

Mario le pone la mano en la cintura levemente, para hacerla andar. Clara se pone en movimiento, resignada.

—Pero eso ellos no lo saben. Y ¿cómo dices que no tenemos buenos recuerdos? Seguro que algo hay.

—No lo creo.

—Pues nos lo inventamos. A ver. —Cierra el coche con el mando.

—¿Qué?

—Un recuerdo alegre…  Cuando la compramos.

—Se va a notar el truco. Éramos muy felices el día de la firma, igual que vosotros podéis serlo hoy…

—Pues un recuerdo divertido.

—Tú no eras muy divertido —sonríe Clara y se seca los ojos con la muñeca—. Y sigues sin serlo, vamos.

—Pues aquel día sí que te reíste.

—Qué día.

—El día que me levanté temprano a prepararte el desayuno. Pensaba hacerte un zumo y llevártelo sobre la marcha. Por lo de las vitaminas. —Clara asiente—. Pero nos habíamos dejado la puerta mal cerrada y había un oso en la cocina.

—¿Un oso? Nadie va a comprar la casa si hay osos gigantes que merodean por las cocinas.

—Yo no he dicho que fuese gigante. No digo un oso pardo de esos enfadados. Me lo imaginaba más como un Winnie de Pooh de los que colecciona mi sobrina, con el bote de miel.

—Tonto.

Mario entra en la cabaña primero, espera a que Clara pase y vuelve a cerrar. La puerta se atranca porque está hinchada por la humedad.

—En serio, yo salía en gayumbos y allí estaba el oso. —Clara niega con la cabeza—. ¿No? Pues una ardilla o un topo o algo de eso. Eso da ternura.

—Ardilla.

—Pues la ardilla estaba comiéndose las galletas del desayuno. Era de un color precioso. Brillante. Le daba el sol…

—Te estás poniendo cursi.

—Un recuerdo íntimo. Algo más carnal.

—Di.

—La noche que concebimos a nuestro hijo.

—No tenemos hijos.

—Sí, hombre. ¿No te acuerdas que giramos la cama, porque habías leído en una revista que sería una niña si lo hacíamos así?¿Y que al final fue niño?

—En el fondo yo quería un niño, pero nunca te lo dije.

—Haberlo dicho, yo quería una niña porque creí que tú querías una niña.

—Supongo que debíamos haber hablado más.

—Supongo.

—En serio. Teníamos que haber hablado más. O haber pensado qué queríamos desde el principio. Qué queríamos de la vida.

—Eso ya es el pasado: ahora queremos vender la cabaña.

—¿Y si nos preguntan que por qué queremos venderla, con tantos recuerdos?

Se miran en silencio.

—Porque vamos  a comprar otra más grande.

Se escucha acercarse un coche por la grava del suelo. Mario exagera una sonrisa en la cara y la señala para que Clara la imite. Ella se echa el pelo hacia atrás y sonríe.

Por Marta González Villarejo.

Día 78 desde el advenimiento

En realidad, todo había empezado tres semanas antes. Veintiún días antes de la Llegada alguien filtró la Noticia. Así, con mayúscula. La mayor noticia de la historia. De haber sido real, claro. La segunda venida a la Tierra del Hijo. Sí, ese en el que están pensando. Por alguna razón que se me escapa, las grandes cadenas, los mayores periódicos, las mentes más preclaras y los más poderosos del planeta lo creyeron a pies juntillas. Sin plantearse objeciones o dudas.

Hubo gente que pasó esas tres semanas esperando la Llegada con muchas ansias. Otros creíamos (casi sabíamos, nunca se puede tener la certeza absoluta de nada que no se pueda ver) que todo era un montaje. Un montaje muy elaborado, pero montaje al fin y al cabo. Y no sabíamos cómo la gente podía ser tan crédula, tan estúpida. Otras religiones pasaron de puntillas por el asunto. Ni lo mencionaron. Al menos públicamente. Pero eso fue al principio.

Los detentadores del poder religioso pasaron a un primer plano. Lanzaban mensajes de paz, de amor, de que había llegado la hora de que este planeta plagado de pecados y pecadores, donde el mal había ido ganando terreno paulatinamente hasta llegar a la situación actual, había llegado a su límite. Y ya era hora de empezar de nuevo, desde cero, a crear un mundo de verdad, en el que mereciera la pena vivir antes de la vida verdadera. Con lo  que ahora eran ellos los que manejaban el cotarro.

Así, en una situación en la que los problemas de pobreza, hambre, guerras, habían pasado a un segundo plano, llegó el Día. Las coordenadas fueron especificadas convenientemente en un lugar apartado de la civilización. Camiones de numerosas cadenas de televisión de distintos países, incluso algún que otro helicóptero, se dirigieron al lugar dispuestos a emitir en directo tan histórico acontecimiento. También militares a mansalva, por si acaso (los conflictos de soberanía sobre el territorio se habían olvidado durante unas horas, pero nunca había que olvidar prevenir).

Todo el planeta, independientemente de la hora que fuese en cada rincón, estaba sentado delante del televisor. Un share planetario del cien por cien. Todo el mundo guardando un silencio total. Y, en el preciso momento, sonaron unas trompetas con una especie de fanfarria. Expertos musicólogos se apresuraron a tuitear que esa melodía no pertenecía a ninguna sinfonía conocida, a ningún autor que jamás hubiese existido. Una luz potente proveniente del cielo dirigió un rayo hasta un punto concreto de la tierra. Los helicópteros de las televisiones no fueron capaces de mostrar el lugar del que provenía dicho haz. Y la gente se lo creyó, claro. Solo unos pocos escépticos entendimos que aquello era un montaje excelentemente orquestado no se sabe por quién ni con qué propósito en el que estaba previsto que las cámaras no enfocaran a donde no tenían que enfocar para no mostrar el pastel.

Una humareda surgió del suelo en el lugar exacto en el que el rayo de luz tocaba la arena. Por unos segundos, aquella niebla impidió que se viera nada y, cuando se disipó, allí estaba él, con su presencia imponente, irradiando luz. Un montaje espectacular, sí señor… Ahí empezó todo. En el día 0.

A partir de entonces los acontecimientos se precipitaron. A partir de aquel día, ya no hubo otro asunto del que tratar. Y muy pronto empezaron los enfrentamientos. En el día 4, el conflicto ya se había extendido por todo el planeta. Partidarios y detractores se atacaban mutuamente bien arguyendo un carácter defensivo, bien uno disuasorio. Cuando el credo dominante, gracias a la Visita, empezó a vanagloriarse de ser los únicos, los elegidos, y comenzó a atacar e insultar al resto de creencias, éstas pasaron a hacer uso del popular dicho “la mejor defensa es…” .

Los que estaban en contra de todo aquello incendiaban templos; los partidarios más fanáticos respondían con ataques a los lugares donde nacían los pecados de la sociedad actual: centros comerciales, cadenas de televisión, discotecas…

En el día 12 algunos aprovecharon el caos reinante para ir más allá. Los pantanos fueron envenenados, lo que después provocaría miles de muertes. En otras ciudades, en otros países, se copió la idea. Al día 17 empezaron los atentados en las centrales eléctricas, los sabotajes en las nucleares. Y en el día 20 llegó el apagón. La oscuridad total.

Los saqueos ya habían acabado porque en la mayoría de lugares ya no quedaba qué saquear. La situación ya había sobrepasado el límite imaginable cuando empezó todo aquello. Y ni siquiera había pasado un mes. La gente ya luchaba, atacaba y se defendía por impulso, por instinto, aunque ni se hablaba ya de los motivos, porque muchos ni los recordaban.

A los tres días de oscuridad, cuando los muertos se contaban por millones en todos lados y los cadáveres estaban en cualquier sitio, fuimos muchos los que decidimos, sin haber llegado a acuerdo alguno, irnos de las ciudades. Sin rumbo predeterminado. Sólo había que huir.

Dos semanas caminando, casi sin descanso. Bebiendo escasos sorbos de cualquier líquido bebible al día. Comiendo menos aún. Algún animal muerto que encontraba, si no tenía la posibilidad de cazar ninguno; alguna fruta de algún árbol que todavía nadie hubiese desvalijado… Poco más. Mejoró algo con el tiempo, desde que entré en el bosque y llegué a las montañas, sobre todo. Desde que me quedé solo después de haber perdido al último miembro del pequeño grupo que formamos los que escapábamos del desastre. Mi última compañera de viaje se había separado en el último desvío. Sin despedidas, sin palabras. Ella giró a la izquierda cuando yo seguí caminando de frente.

Dormía al raso, bajo los árboles, donde pudiera. Hasta que en el día 39 llegué a la cabaña. La descubrí en un claro después de atravesar la parte más frondosa del bosque, rodeada por ella. Por la ventana se veía la luz de una vela. Estaba anocheciendo y salía humo de la chimenea, aunque el frío no era excesivo. Llamé, pero no recibí respuesta. Empujé la puerta y esta cedió. No se veía a nadie, y nadie respondió a mi voz. Me senté en lo que parecía un jergón que, a pesar de todo, era mucho más cómodo que el suelo en el que llevaba demasiado tiempo durmiendo. Y me quedé dormido.

Desperté horas después en aquella cabaña perdida, a la que (reconozcámoslo) en circunstancias normales me hubiese parecido una choza de mierda perdida en medio de la nada. La chimenea y la vela ya estaban apagadas. Tardé unos minutos en percibir que no estaba solo. En un rincón, agazapados en las sombras, percibí dos pares de ojos. Los ojos de dos críos, niño y niña, de no más de siete años. Estaban solos. Los pequeños no me contestaban cuando les hablaba, y se asustaron cuando intenté acercarme a ellos. Así que decidí ganármelos y salí a cazar algo para comer. Además, también traje algo de leña.

Aunque aquella misma tarde conseguí que se acercaran, necesité unos días para que confiaran en mí. Llevaban ya un tiempo solos en aquella casa perdida en la que habían nacido y crecido, sin electricidad, sin agua corriente, sin contacto con otros humanos mas que sus padres, que no supieron decirme dónde estaban, por lo que ni se habían enterado de todo el tema de la Venida, el apagón, las luchas y demás. Decidí quedarme con ellos en aquel lugar donde no se conocía nada del resto del mundo, donde solamente se vivía en paz y donde las causas del advenimiento no llegarían jamás. O eso creía.

Y así, tranquilamente, entre idas y venidas en busca de leña, de plantas y animales que comer, pasó el tiempo, hasta que en el día 78 oímos algo. Por la ventana vimos a un grupo de personas armadas. Los pequeños me cogieron de la mano y me llevaron a su escondite, aquel desde el que ellos me espiaron el día en que llegué sin que yo los viera. Por lo que decían estaban recorriendo todo el país buscando adeptos o matando a todo el que se negara. Cuando quise darme cuenta, por la rendija por la que espiaba manteniendo la respiración vi aparecer a los dos críos, caminando con calma, cogidos de la mano, en dirección al grupo, sin hacer el más mínimo ruido. Y vi cómo ambos saltaban encima de ellos, cómo se transformaban, cómo devoraban a los incautos ‘cazadores’ de almas, con inusitada vehemencia y fiereza. Cuando hubieron satisfecho su apetito, se volvieron a coger de la mano y vinieron a donde yo estaba.

-No te preocupes -me dijeron- .Nosotros cuidaremos de ti.

Desde entonces, la cabaña es mi hogar.

 Por Juan Antonio Hidalgo.