Archivo por meses: Septiembre 2014

Amnesia

Cuando despertó, la luz que entraba por la ventana indicaba que el día ya estaba avanzado. Sintió un profundo dolor en todo el cuerpo al girarse en la cama. Tardó unos segundos en dominar esa sensación de latigazos, de opresión, de fuego en sus extremidades. Entonces se dio cuenta de que no sabía dónde estaba. La cama no era la suya y jamás había estado en aquella habitación. Pudo levantarse con mucho esfuerzo. En el espejo que había en un lateral del dormitorio, vio que su rostro estaba surcado por heridas recientes; su dolorido torso estaba vendado, así como su brazo derecho. En el lado izquierdo, numerosos cortes decoraban su brazo y pierna. Podía caminar solo con dificultad, con mucho dolor. Por la ventana vio un paisaje nevado. Estaba en medio de la nada y no se veía ninguna otra casa, ningún vehículo, ninguna carretera, nada más que campo, árboles y espacio vacío, todo cubierto de nieve.

Abrió la puerta y enfiló un pasillo sin decoración que desembocó en su salón donde la chimenea ardía y la televisión estaba puesta sin nadie delante de ella. Escuchó una voz femenina que provenía de un lugar cercano y, por un instinto, fue en su busca. En la cocina, una mujer de espaldas a él, hablaba por teléfono.

– Sí… Sí, no te preocupes… Lo he dejado durmiendo… Parece que no estaba tan mal… Sí… Que sí… Vale, un beso. Te quiero… Adiós, adiós…

Ella colgó y se giró. Al verlo se sorprendió y ahogó un grito.

– ¡Qué susto me has dado! ¿Cómo estás?

Él no supo qué decir. Tenía muchas preguntas. No sabía dónde estaba, no sabía qué le había pasado, no sabía quién era ella…

– Tendrás preguntas, supongo..¿Te acuerdas de algo?

– Lo cierto… es que no. No recuerdo nada.

– ¿No recuerdas el accidente?

Él se miró sus heridas.

– Tuviste un accidente con tu coche. Por casualidad yo iba paseando con Tocho.

– …

– Tocho es mi perro. Iba paseando con él cuando vi cómo tu coche derrapaba con el hielo y daba varias vueltas de campana. Fui a ver y te encontré sin sentido y bastante magullado. Como soy enfermera te traje a casa y te curé. No vi hemorragias graves ni fracturas y el hospital más cercano está muy lejos. ¿No recuerdas nada de eso?

– Nada.

– Llevas un par de días durmiendo.

– ¿En serio? ¡Dos días! –se quedó pensando– ¿Qué día es hoy? ¿Dónde estamos?

– Es veintiocho de diciembre… y no, no es broma –sonrió, pero a él no le hizo gracia. Ella lo notó y dejó de lado la broma–. Estamos en medio de la nada, en un poblacho de menos de doscientos habitantes. Sólo que esta casa está a dos kilómetros del pueblo.

– Vale, vale… Una cosa más: ¿quién soy yo?

La chica abrió los ojos como platos.

– ¡No me jodas! ¿En serio? Pues esperaba que me lo dijeras tú, porque no llevabas documentación encima.

Los dos se quedaron en silencio un rato y él se sentó cuando el dolor le hizo insoportable seguir de pie. Lo cierto es que tenía algunas imágenes que rondaban por su mente, pero eran tan breves, tan difusas y tan distintas y lejanas entre sí que ni significaban ni le ayudaban nada.

– ¿Tienes hambre?

Aquella noche había caído una intensa nevada y el viento había arrancado varios árboles alrededor de la casa. Durante la madrugada le había parecido escuchar un coche llegar, pero no vio nada por la ventana. En el duermevela también creyó oír a la chica discutir con un hombre. Pero al despertar no vio que nada hubiese cambiado en la casa.

Poco a poco se había ido recuperando de sus heridas y ya podía caminar sin demasiado esfuerzo, no por mucho tiempo, pero algo era. Lo peor es que seguía sin recordar nada. Ni siquiera cuando ella lo llevó a ver el coche pudo recordar quién era, adónde iba, de dónde venía.

– He pensado que, a lo mejor, si juntamos todos tus recuerdos en una pizarra, al verlo todo a la vez, te ayuda a recordar.

– Podíamos intentarlo.

– Perfecto. Vamos a la escuela. Como soy la profesora tengo la llave y podremos entrar.

– ¿Profesora? Creí que eras enfermera…

–Es un pueblo pequeño, todos hacemos un poco de todo. Además, hay pocos niños y es fácil.

El paseo hasta la escuela, casi a medio camino entre la casa y el pueblo, quizás algo más cerca de éste, fue de unos veinte minutos. No se cruzaron con nadie, a pesar de que ya sería casi las una de la tarde.

– ¿Esto es normal?

– Cuando nieva como ha nevado esta noche, la gente se queda encerrada en casa, junto a la chimenea. Nosotros volveremos pronto, antes de que nos congelemos – rio.

Él empezaba a acostumbrarse a sus bromas y ya no le enfadaba como al principio. Entraron en un aula y ella subió las persianas de la habitación. La luz de aquella tarde inundó la habitación. Ella empezó a borrar la pizarra, haciendo que restos de arcilla blanca bailasen por el aire. Después, empezó a escribir.

– A ver, ¿qué recuerdas de antes del accidente? Lo que sea. Un nombre, una ciudad, una dirección, un trabajo… –dijo ella girándose hacia él. Vio en su rostro algunos rasgos de preocupación.– ¿Qué te pasa?

Se acercó y le acarició la cara. Los rastros del yeso blanco se le quedaron en la mejilla y el olor a tiza se le incrustó en la nariz. Era un gesto cariñoso inesperado y a él, que se había quedado con la mirada fija en las letras escritas en la pizarra, le hicieron desviar la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los de ella.

– Tu letra me resulta conocida. Me ha recordado a alguien. Me ha venido a la cabeza al verte escribir. Ella también era zurda, como tú. Y estos ojos…

Su sonrisa desapareció y él sintió un golpe en su ya maltrecha rodilla que le hizo doblarse de dolor.

– ¡Y una mierda amnesia! Eres un jodido mentiroso, Thomas. ¡Dime dónde está y dímelo ya!

Hincó sus rodillas en el suelo. Ella le tiraba de la cabeza hacia atrás, agarrándole del pelo. Thomas no había oído nada, pero ahora en la habitación había tres personas más; tres tipos con un aspecto que le habrían hecho cruzar de acera si los hubiese visto venir de frente en la calle, estaban junto a la puerta.

Algunos recuerdos habían llegado a su mente. Veía a la chica conduciendo el coche, unos días atrás, discutiendo con él, y veía cómo ella se ponía su cinturón y aceleraba a tope el coche para, tras desconectar el airbag del copiloto, girar el volante para derrapar y provocar el accidente.

Mientras veía cómo los tres tipos de la puerta se acercaban desafiantes y la chica daba tres pasos atrás, él recordaba todo lo ocurrido. Veía de nuevo las motas de polvo de tiza volando por el aula mientras ella borraba la pizarra. Pero seguía sin saber qué era lo que ellos querían que les contara.

Por Juan Antonio Hidalgo.

Casa Pepe

En aquella tasca mínima, apretada, siempre hasta la bandera, el chiquillo de pelo anillado observa desde un rincón de la barra con la impunidad de quien se ha hecho invisible para el mundo.

Apenas tiene diez años, pero lleva allí casi tanto tiempo como la fotografía firmada de Rafael Gordillo. Pieza clave en la profusa decoración de aquel bar, exposición permanente de la Triana de otro siglo. Fotografías en blanco y negro, de vez en cuando salpicadas por recuerdos, insignias del verdiblanco que “corre por nuestras venas”, suele decirle Paco con rotundidad. Cliente tan afincado en la barra como él mismo. No recuerda Jose el bar sin su padre, sin Gordillo y sin Paco.

Las fotografías llamaron su atención desde siempre. Al principio, puro miedo. Algunos rostros se le antojaban extraños, ajenos, inhumanos casi… Luego llegó la curiosidad. Poco a poco aquellos retratados se tornaron familiares y el terror que sentía cuando pasaba frente a ellos dio paso a una novedosa emoción. A una sensación de aventura. De viaje. Cada imagen era una invitación. Se las bebía, entonces, con sus afilados ojos. Aprehendiéndolas e imaginando las historias que escondían: cómo era la vida de aquellas gentes.

Su favorita era una vista de la Plaza del Altozano tomada desde el puente. La vida bulle en la imagen. Gente que va y viene. Absorta en sus quehaceres. En aquella mañana de tareas de un día cualquiera, hay alguien, una mujer, que no ignora el objetivo. Una señora, prematuramente envejecida, pelo seco recogido en la nuca. Luto, mandil negro también. Cruza la fotografía y mira la cámara. Mira a Jose con su cansancio de otro siglo. Con su mirada de otro tiempo. A dónde irá. Camina sola. Nada lleva en las manos. Ningún indicio, excepto el luto aplastante. ¿Cuál será su nombre? ¿Cuál será su tristeza, su cansancio, su muerto?

“Pepe”. Su padre lo saca de la ensoñación. “Dile a Marga que prepare una tortilla más”.

Marga. Cincuenta años. Cocina cinco horas cada día en el bar. Saca tapas y deja guisos preparados. Guisos y tortillas. Que las borda. Sustituyó a su madre la primavera negra en la que ésta murió hace seis años. La primera vez que lo descubrió observándola, le dijo, brusca: “Escúchame, niño, vengo a ocupar su puesto como cocinera, no como madre. Bastante tengo ya en casa como para cargar también con…”. Ella continuó su retahíla entre los cacharros de la cocina sin saber que lo que él buscaba no era otra madre, sino otra historia. Respuestas a las preguntas de siempre, a la curiosidad insana… Corroborar lo que en su cabeza había tejido con palabras cuando la vio entrar por primera vez con su metro y medio de estatura y una prisa que no perdía nunca. Un pequeño genio acelerado. Tenía buen corazón. Marga sí que se convirtió en una suerte de madre. Quizá más abuela. Una tía tal vez que se ocupaba de que al menos, si ella estaba allí, el muchacho comiera caliente.

Detrás de la barra, su padre lo mira llegar de la cocina y apostarse de nuevo en aquella esquina en la que está creciendo con Paco como mejor amigo. El tiempo pasa rápido. Jose no sabe que él también es observado por aquel hombre demasiado pronto viudo. Sudor en la frente. Manos gruesas, trabajadas, ásperas, inoportunas para todo lo que no sea el bar. Despacha rápido. Apenas alguien cruza el umbral de la tasca, ya está siendo atendido. Doce o trece horas diarias poniendo cañas, tapas y vigilando que el chico no descuide los deberes y que aprenda mucho más que las cuatro reglas.

Se acerca el cierre. El hombre coge la bayeta amarilla húmeda y, de una pasada, borra las cuentas trazadas con tiza sobre la barra. Son más de las diez de la noche. Es jueves. El cansancio acumulado se deja notar en el niño que, con la mente llena de preguntas, de historias, de caminos, de palabras, deja caer la cabeza sobre la barra. Los brazos cruzados a modo de almohada y una sonrisa esbozada en la boca cuando aspira, como un chute de felicidad, de grado máximo de cotidianidad, el olor de la tiza mojada.

Por Patricia Nogales Barrera.

Vocación

– Bueno, ¿qué tenemos aquí?

Llevamos esperando más de dos horas a que aparezcan los de Homicidios cuando, al fin, se presenta este tipo. Cincuenta años. Uno ochenta más o menos. Tirando a gordo. Rondará los cien kilos. Pelo fuerte, a pesar de las entradas, grisáceo, cortado al estilo militar. No puedo saber su color de ojos porque casi no los abre. Son dos puñaladas debajo de sus cejas. Cejas que apuntan hacia arriba, hacia el centro de la frente, como las de Michael Madsen. Cejas que dicen que nada le importa. Creo que si me tirara de las orejas hasta arrancármelas, despellejándome la cara hasta el cuello en el proceso, y me las dejara puestas de hombreras delante de él, seguiría sin cambiar esa expresión entre pasota y de vuelta. Al parecer le gusta mantener la boca sin labios entreabierta y caminar con las manos dentro de los bolsillos del pantalón de pinzas que nace debajo de su tonelesca barriga.

– Se trata de un varón de entre 30 y 40 años, hallado muerto a las 23:15 por un hombre que hacía footing. Ya le hemos tomado declaración. No hemos tocado nada esperando que usted llegara. La causa de la muerte parece ser un traumatismo craneoencefálico. El cuerpo es hallado boca abajo, con una herida evidente en la parte posterior de la cabeza, lo que implica que no pudo ser producida por una caída hacia adelante. Dado que el cuerpo se encuentra en mitad de la calle de un polígono, sin objetos contundentes en las inmediaciones que puedan explicar una herida accidental, suponemos que se trata de un homicidio.

– Vamos, que le han abierto la cabeza.

Dejo de leer el papel y le lanzo una mirada que el tipo no me devuelve. Parece más interesado en observar las nubes gris ceniza que tapan las estrellas. Se mete una mano en el bolsillo de la chaqueta mientras carraspea y saca un paquete de tabaco. No ofrece a nadie. Enciende el pitillo. Parece que es de los que sujeta el tabaco pinzando la boquilla con el pulgar y el índice. No lleva alianza en el dedo.

– ¿Ya ha llegado el juez y todo eso?

A qué se referirá con “todo eso”.

– Llegó hace una hora. Está esperando a que ustedes revisen la escena del crimen y el cuerpo para levantar el cadáver.

– Bueno, voy a buscarle la cartera al fiambre.

– ¿No deberíamos esperar a la Científica?

– ¿Quién es esa tía? ¿Está buena?

El de la ambulancia y yo nos miramos incrédulos. Al tipo parece haberle hecho gracia su propio chiste. Parte de la ceniza de su cigarro cae en la puntera de uno de sus zapatos. Son unos náuticos negros con adornos en marrón, baratos, gastados y mal conservados. La otra parte de la ceniza cae en el dorso de la mano derecha del fallecido. No debería contaminar el cuerpo.

– Me refiero a la Policía Científica.

– Tiene que estar buena, fijo.

El tipo hace una genuflexión y comienza a rebuscar por las ropas del cadáver. Cuando su peso comienza a agarrotarle las piernas, opta por ponerse de rodillas. Parece un patético saqueador de cadáveres de guerra. Encuentra lo que buscaba en el bolsillo izquierdo del pantalón y nos muestra una fina cartera marrón.

– Premio.

Saca el DNI y se guarda la cartera en su chaqueta. Apuesto a que cuando la deposite en comisaría, con el resto de pertenencias del fallecido, no contendrá ningún billete.

– Esto no es CSI, chaval. Aquí trabajamos con un nombre. A ver: Emilio Montalvo, del 76, nacido en Córdoba. Preguntaremos a sus compañeros de trabajo y descubriremos que le debía dinero a alguien. Si no es así, preguntaremos a su familia y nos dirán que se tiraba a su cuñada. O si no, a sus amigos, que nos contarán que se iba de putas, que trapicheaba con droga o que le ponía los cuernos a su mujer con una casada. Siempre es lo mismo.

– También pudo hacerlo un desconocido.

– ¿Un desconocido? ¿En plan pelea de tráfico o algo de eso?

Algo de eso, estúpido”, pero me limito a asentir con la cabeza.

– Si fuese así y no hubiese testigos, sería otro crimen más sin resolver. A ver si te crees que trabajamos con una puta bola de cristal.

El juez de guardia se acerca a nosotros.

– ¿Les queda mucho, agentes?

– Naa. Le vamos a dar la vuelta para ver si hay más heridas y se lo mandamos al forense. En dos o tres horas le llegará el informe al juzgado. Ayúdame a darle la vuelta, chaval.

Al juez le parece bien. Debo de ser el único que considera zamborotudo todo este procedimiento.

Giramos el cadáver que todavía no presenta signos de rigor mortis y, por fin, llega el momento que esperaba.

– ¿Qué hay pintado ahí?

Ni siquiera es el tipo el que se da cuenta, sino el de la ambulancia.

– ¿Dónde?

– Ahí, debajo del cuerpo.

Desplazo el cadáver a un lado y aparece la silueta de la víctima dibujada con trazos blancos en el suelo.

– ¿Has pintado eso antes de que yo llegara?

– No, señor. Como le dije, no hemos tocado nada.

– ¿Te han dicho Martínez o Gamboa que te quedes conmigo?

– Creo que no conozco a esas personas, señor, y soy de los que se toma su trabajo muy en serio. Pienso que fue el asesino. Después de cometer el crimen ha debido de dibujar la silueta de la víctima en el suelo por alguna razón.

– Pues yo pienso que mientras el del footing se fue a llamar a la Policía y ésta llegaba, algún gracioso ha pasado por aquí y le ha dado por imitar las tonterías que salen en las series policíacas de la tele.

Nada está saliendo como esperaba. He cometido un error de base: esto es España.

– Es posible, señor.

Acaricio la tiza de mi bolsillo, saco la mano y aspiro el dulce aroma de su polvo blanco.

No me resigno. Un hombre debe estar comprometido con su vocación. Por muy mal que se me dé el inglés, delante de mi primera víctima, decido que lo aprenderé para poder emigrar a América. Me realizaré. Lo Juro.

Por Thalcave.