Archivo por meses: Agosto 2014

Luz

1. Día

Silenciosa
la luz riega los oscuros rincones.
Ilumina el eco de la voz umbría,
el zumbido estival de los moscones,
los muertos que buscan epifanía.

Descalza
camina por mi casa sin vergüenza.
Su blanca estela desnuda el camino;
hilando figuras con su larga trenza,
esboza las difusas huellas del destino.

Triste
mi amor se difumina en el crepúsculo.
Las lágrimas rompen nuestra cadencia:
el eclipse llena de miedo cada músculo,
permanece la etérea bóveda de ausencia.

2. Noche

¡Y yo,
desamparado en la noche tenebrosa,
frágil,
crearé el fulgor que triunfe en la aurora!

¡Y tú,
cuando la habitación se llene de penumbra,
tenue,
colmarás con la sangre de tus entrañas el candil!

Como el rayo en la tormenta,
abriremos callejones en la ciudad bruna,
expiando el viejo dolor,
inventaremos las sombras de nuestra soledad.

Por José Ángel López Jiménez.

Un mundo imperfecto

La imagen de Carolina tocando la guitarra desnuda permanecía grabada en mi retina a pesar de que habían transcurrido muchos años desde la última vez que la vi. Su roja melena de fuego caía sobre sus hombros hasta llegar casi a tapar las cuerdas del instrumento. La pierna derecha, cruzada sobre la izquierda, dibujaba una sensual línea serpentina que se asemejaba a la envolvente melodía de sirena que entonaba, y a las curvas, dicen que femeninas, de la propia guitarra que tapaba ligeramente su desnudez.
Su cuerpo era precioso, su persona era preciosa. La roja melena, su sonrosada piel, sus suaves pezones y las pecas que punteaban su cuerpo, eran la perfección hecha carne. Su voz, la melodía que con sus bellas manos tocaba a la guitarra, era la más bella melodía que haya existido o que pueda existir. Todo lo que a ella rodeaba era perfecto. Sé que estaba enamorado, y ello puede distorsionar mi visión de la situación. Pero de no ser como lo digo, las cosas habrían sucedido de modo distinto.
No había ninguna otra mujer tan bella sobre la faz de la tierra, no había nada tan bello, no podía haberlo. Dicen que la perfección no existe. Pero ella existía. Así que, cuando el mundo se percató de su error, no cambió la frase, como hubiera sido lógico. Sigo sin saber cómo sucedió, pero ocurrió. Carolina se esfumó un día. Sin dejar ningún rastro tras de sí, ninguna muestra de su pasada existencia. Sólo mi recuerdo de ella. Y el mundo volvió a ser un lugar imperfecto, en busca de la perfección perdida.

Juan José Millás

Un día me propuse ser Juan José Millás. Planifiqué al detalle la tarea especificando una serie de fases que habría de respetar escrupulosamente para llegar a convertirme en la nueva persona que estaba dispuesto a suplir.

Comencé por leer su biografía para saber, de manera exacta, quién era Juan José Millás, asimilando cada detalle de su vida tan profundamente que, conforme avanzaba en su lectura, cada vez me parecían más familiares y propias sus vivencias.

Habilité, poco tiempo después, una estantería en la que colocar, por orden de publicación, todas sus obras. Aprovechaba la noche para diseccionar minuciosamente su estilo y hacer anotaciones marginales en las que comencé a expresarme como si fuera el propio Millás repasando su obra.

Cuando hube asimilado su técnica, dediqué tardes enteras a redactar pequeños artículos en los que suplía la identidad de Juan José Millás y que después mandaba a amigos y familiares haciéndolos pasar por algunas de las columnas que del escritor se encontraban en las contraportadas de los periódicos de los domingos.

Como quiera que nadie descubría mi impostura, una mañana me dio por ensayar delante del espejo del baño, mientras me afeitaba, el frenillo al hablar imprescindible sin el cual nunca pudiera haber sido Juan José Millás.

Unos meses más tarde, cuando volvía a casa después de la presentación de mi primera novela como Juan José Millás en el Corte Inglés de Callao, leí en un diario digital una columna de un tal Pablo Poó en la que contaba cómo había llegado a ser Pablo Poó. Una sensación de asco me invadió de repente: cómo odiaba a la gente que no se conformaba con ser quien era.

Por Pablo Poó Gallardo.