Archivo por meses: Abril 2014

Tautologías

En el diccionario de la RAE

Tautología:

(Del griego ταυτολογα)

1. f. Ret. Repetición de un mismo pensamiento expresado de distintas maneras.

2. f. Despect. Repetición inútil y viciosa.

El tópico nos ha enseñado dos versiones contrapuestas del mismo supuesto: por una parte, que los contrarios se atraen y, por otra, que lo que no puede ser no es y, además, es imposible. Algo así me he encontrado a la hora de hablar de literatura y pornografía, el tema mensual que hemos propuesto en el blog de Maclein y Parker. Dejando aparte la dificultad de dar con un enfoque medianamente lúcido y con sentido, el binomio en cuestión no ha dejado de suscitarme más dudas que de ofrecerme certezas. Así que es posible que estas líneas terminen con una pregunta (o dos, o tres).

Empezaré con lo que he aprendido o descubierto o intuido. No es más que una suposición y voy a hacer aquí una afirmación tajante que, no dudo, tendrá discusión: la literatura y la pornografía no  pueden coexistir. Ya está dicho. Apoyaré semejante dislate en dos argumentos: por un lado, la necesidad de un soporte audiovisual para la pornografía y, por otro, la imposibilidad de la existencia del libro sin una trama, una historia que la sustente. (En este caso, me van a permitir que me centre en la narrativa, porque si incluyo aquí la poesía, el edificio se me desmonta y ya verán por qué).

No voy a hablar sobre la industria del porno como si no conociéramos las cifras millonarias que mueve ni los impulsos que calma o excita, según sea el caso. Pero sí diré una obviedad que, no por serlo, deja de resultar importante: dicha industria se nutre de imágenes que se convierten en objetos de consumo rápido, una suerte de fast food sexual que, salvando honrosas excepciones, se engullen a solas y con un marcado objetivo onanista. Imaginen la escena: llegar a casa después de un duro día de trabajo, encender el ordenador, teclear la versión que más les guste de su fantasía preferida y tener un orgasmo liberador en unos minutos, lo que dura la escena que se ha elegido. Ahora imagínenlo igual con un libro. Mi mente, por muchos grados que he tratado de aplicarle, no ha conseguido elaborar el pensamiento. No concibe a un lector buscando aquellas páginas precisas en las que las letras subían de tono, por muy gris que fuera, para deleitarse con las artes masturbatorias (aunque sí lo imagino recreándose después de la lectura). Por lo tanto, sostengo, si me lo permiten, que la pornografía necesita de un soporte audiovisual para ser consumida, por su misma naturaleza irreflexiva y su escasez de estímulos neuronales, aunque sí sensoriales.

Mi otro argumento es la necesidad de una historia que contar en la literatura, sin tener en cuenta la poesía, como avancé antes, ya que ésta sí puede suscitar en el lector toda suerte de sensaciones de una manera similar a lo audiovisual, aunque en cualquier caso también se nutre de la intelectualización del producto, al contrario que el porno convencional en imágenes. Me permiten esta excepción y partan también de que tal vez mi desconocimiento literario es vasto. Pero me baso en mi experiencia lectora y librera y, por esa experiencia, sé de literatura erótica -y no voy a mencionar las trilogías de turno ni los libros considerados de culto (allá cada cual con sus apetencias sexuales e intelectuales)-, pero no de literatura porno. De nuevo he puesto a trabajar las conexiones sinápticas y, sinceramente, no imagino un libro que sea una sencilla sucesión de escenas sexuales sin más, porque, hasta el relato más subido de tono, cuenta una historia. (Aquí también pueden corregirme si conocen de alguno que escape a mi control). Como he sostenido siempre, la narrativa erótica engancha no ya por sus interludios sexualmente más o menos explícitos, sino por lo que dice respecto a la evolución de los personajes, sus relaciones, sus conflictos y las resoluciones de los mismos. Pondré otro ejemplo: la otra noche, en un programa de televisión muy moderno, escuchaba hablar a un joven director de la industria del porno que reivindicaba el cine “como se hacía antes”, es decir, una buena trama, unos buenos personajes, una buena iluminación, un buen director de fotografía y momentos sexuales no simulados, sino grabados en vivo (con toda la naturalidad que puede tener una grabación). En ese momento pensé: Señor, usted no está haciendo porno, está haciendo cine con sexo explícito. Que no es lo mismo. Pues eso me pasa también con la literatura.

Por si todavía son reacios a estar de acuerdo con mi teoría (objetivo por el que no tengo ninguna aspiración, se lo digo tal como lo siento), pasen por el blog y echen un vistazo a los textos que han creado nuestros colaboradores. Con más o menos piel, con un vocabulario sugerente o abiertamente provocativo, con exudaciones o no, todos van más allá del mero intercambio de fluidos, todos dejan un regusto a reflexión, todos cuentan una historia. Les propusimos el tema Porno y nos han hablado de la cosificación de las personas, de la alienación del hombre, de los sentimientos o su ausencia detrás del sexo, de la condición humana en general. Incluso las ilustraciones y la música han provocado reacciones que nada tienen que ver con las pulsiones venéreas. Por algo será.

De este modo, a pesar de la (poca o mucha) solidez que hayan podido mostrar mis argumentos, me encuentran como al principio, preguntándome si es posible una literatura porno o si este calificativo pertenece únicamente al reino de lo audiovisual; si el sexo puro y duro pasa o no por el intelecto; si hay que decantarse por lo uno o por lo otro. Así las cosas (y aunque no son excluyentes pero sí incompatibles), elijan la acepción que más les guste del título de este artículo y déjense llevar, según el momento y el lugar, por el pensamiento o por el vicio. Estoy a favor de ambos.

Cecilia Ojeda.

Dirección

«Al cartero le quedaba sólo una carta que repartir ese viernes. Una carta y podría volver a la oficina, cambiarse y llegar a tiempo de comer con Sur y los niños.
La carta era azul turquesa e iba lacrada con algún tipo de cera de color miel. Se la pasó por la nariz y la olió…».

– Joder, Marvin, sabía que iba a pasar esto, así es imposible concentrarse. No me importa una mierda que te pases todo el rodaje escribiendo, pero dile que se calle. No para de hablar, tío, podrías ponerla en la primera fila de un puto entierro y seguiría sin callarse.

– ¿No será que ya tienes una edad, nene? Aunque ahora que lo pienso, eso tampoco es excusa. La mayoría de los ancianos del geriátrico de mi calle tienen más vitalidad.

– Joder, Marvin, ¿la oyes? Es antierótico, tío. Así no puedo, joder.

– ¿ “Así no puedo, joder” o “Así no puedo joder”?

«Olía a menta, a manzana y a salvia. Miró la dirección: el número veintiséis de la calle Sierra Pálida, primero B».

– ¡Cállate! ¡Cállate! Como no se calle me estallará la puta cabeza, tío.

– Solo hay que verte desnudo para que no exista la más mínima duda de a qué cabeza te refieres.

– A ver, un momento de silencio, por favor. Tú la primera, Heather. Vamos a ser profesionales. Esto está alquilado por horas y cuesta una pasta. Me gustaría que todos nos relajásemos, nos concentremos en por qué estamos aquí y lo hagamos de la mejor manera posible para que todos podamos irnos a nuestra casa o a dondequiera que tengamos pensado ir. Mira, Marc, todos estamos estresados. Tú estás estresado, ella está estresada y yo estoy estresado. Su estrés le hace hablar, el mío me hace escribir y, entre los dos, te estamos estresando a ti. Lo entiendo. Y lo siento. Pero sin ti no podemos avanzar, Marc. Sin ti no hay escena. Rosi, ven aquí, por favor. Ahora vas a ir con Rosi, entrarás en la habitación de al lado y te vas a relajar. Ella se encargará de ponerte a tono. Luego saldrás, harás la escena y nos salvarás el día.

– Vale, tío, vale. Tienes razón. Lo entiendo.

– Un receso de cinco minutos. Rosi: cinco minutos.

«Conocía la calle. La había dejado para el final porque, de la ruta de reparto de ese día, era la que estaba más cerca de la oficina. Giró la esquina en su motocicleta amarilla, localizó la acera de los números pares y empezó a contarlos. Vio el dos, el seis y el doce. Con  una inclinación de cabeza, saludó a los conocidos que se encontraban charlando a la puerta del veinte. Vio el veinticuatro, y aparcó la moto».

– Sabía que eras una apuesta segura, Marc. Qué envidia ¡Eso es un tío, sí señor! Muchas gracias, Rosi, luego hablamos. Todos a sus puestos. Heather, reina, saca esa gatita juguetona que llevas dentro. Ahora es el momento. Exacto, exacto, ¡muy bien! ¡Eso es! Los vas a dejar sin aliento, reina, harás que se les salgan los ojos de la cara y que no se den cuenta de ello hasta que les cuelguen a la altura de la boca y se los relaman. Muy bien, señores, todos a sus puestos: ¡rodamos!

«Se quedó observando atentamente la fachada del número veinticuatro, mientras golpeaba rítmicamente el sobre azul contra la palma de su mano izquierda. Miró el portal de un lado y el vacío del otro. No había duda.
No había número veintiséis».

– Con entrega, con pasión. Eso es. Sois dos especímenes perfectos hechos para dar y recibir placer. Estupendo. Cámara dos, enfócalos por abajo, que se vea bien. Uno, mantén el plano general. Hacéis el espectáculo supremo. Hacéis arte. Y hacéis que todos los que os van a ver, durante un momento, sueñen despiertos con que son ese superhombre o esa supermujer que siempre han soñado ser. Sois Eros y Afrodita encarnados. Sois la lujuria terrenal explorada en todas sus facetas y formas. Eso es, Marc, a fondo. Baja el foco de la derecha. No, ese no, el otro. Ahora, perfecto. Sin prisas, eso es. Cámara dos, rodéales, que a ella se le vea la cara. Bien, les dejamos hacer, ¿entendido?

«Podría preguntar a algún vecino de la calle por si les sonaba el nombre del destinatario, pero pensó que sería una indiscreción. No, lo mejor era devolver la carta. El remitente se daría cuenta de que se había equivocado de dirección y la mandaría de nuevo, en otro sobre, y él la entregaría».

– Cámaras uno y dos, atentos al gran final. Uno, en primer plano; dos, en plano medio. Ahí va el campeón, eso es, Marc, eres mi ídolo. Heather, ojos abiertos.

«Tres semanas después, mientras ordenaba las cartas de la ruta, se fijó en un sobre color melocotón. Lo apartó del resto. Observó el sello de cera roja y lo acercó a su nariz. Olía a sándalo, a gardenia y a uva fresca. La exquisita caligrafía no dejaba lugar a dudas: iba dirigido al número veintiséis de la calle Sierra Pálida, primero B».

– Corten.

Por Thalcave.

 

Triste final feliz

La trataba con la educación de un mayordomo: correcto pero dolorosamente distante. Controlaba al máximo cada encuentro. Cada cita sexual. Así se refería a ellas. Nunca prescindía del segundo término. Quería dejarlo claro, trazar la línea; mantener las distancias. Buscaba hostales desapetecibles. Incluso para él. Pero era necesario. Apenas le dirigía la palabra y cuando lo hacía era para darle órdenes. Mayordomo militar: quítate la ropa (él nunca la desnudaba), túmbate, arriba, abajo, gírate. No podía permitirse otra cosa. El negocio del porno es así. O así lo entendía él, que ni siquiera estaba en el negocio. Pero aspiraba a estarlo. Creía que el sexo impersonal con aquella muchacha le allanaría el camino, le prepararía el alma, le marcaría el carácter.

Así, cada semana se la follaba sin miramientos.

Al principio no podía creer su suerte. Aquella sumisión. Aquella predisposición a satisfacer todos sus deseos. Sin rechistar. Sin un atisbo de duda. Sin una queja por sus formas, sus maneras rudas. Quedaba con ella por correo electrónico, sin asunto, sólo un día, una hora y una dirección. Una convocatoria de prensa resultaría más cercana. No era una mujer guapa. No era memorable. Sólo aceptable. Pero eso le servía.

Esta tarde toca cita sexual. La vigesimocuarta.

Las ganas son muchas. Mientras se viste se sorprende pensando en la joven. Diría que añora su calor, si no fuera porque añorar no le está permitido. Pero lo hace. Siente que se le desborda el deseo de carne, el hambre de cuerpo. Más que en las vigesimoterceras veces anteriores.

En el hostal ella lo espera ya desnuda, sentada al borde de la cama, como quien aguarda la llegada del autobús. Entra él en la habitación y lo mira con cierta distancia, como si no fuera su línea. No hace ni dice nada. Con todo, si la hubiera mirado habría visto un pequeñito brillo al fondo de cada pupila. Una pizca de ilusión en la izquierda y deseo en la derecha. Pero él jamás la mira. Tampoco ahora. Porque mirar, mirar viendo lo que se mira, no le está permitido. De hecho, casi ni puede recordar su rostro. Cuando ella desaparece de su campo de visión, sus rasgos se desdibujan. No reconocería su voz por encima de otras voces, ni sus andares, ni su risa, ni sus pisadas. Ni todas las demás pequeñas cosas que dan forma a una persona y que los enamorados aprehenden con vehemencia, como si les fuera la vida en ello.

Túmbate. Ella obedece. Está acostumbrada a las órdenes. Él, todavía lejos de la cama, se desviste con [fingida] desgana. Las manos le tiemblan. Se gira y le da la espalda para ocultar su torpeza al desabrocharse la camisa. Eso supone ocultar también su erección, que siempre gusta exhibir, pero no puede permitir que, a estas alturas, en su vigesimocuarta vez, ella lo vea flaquear.

Avanza ahora con pretendida firmeza hacia la cama. Imagina que está en pleno rodaje. Que detrás de sí un equipo de cámaras a las órdenes del director (un hombre de mediana edad y piel de rayos uva), capta sus movimientos, enfoca su trasero y prepara el zoom para cuando llegue el momento de la penetración. Tendría que empezar con las sesiones de depilación láser, piensa. Alcanza el borde de la cama y acaricia el pie de la muchacha. Ella sonríe. Es el primer gesto desde que llegó. Una invitación. A él le gusta esa sonrisa, pero no lo dice. El guión para una película porno nunca incluiría algo así. Está convencido de ello. Veintitrés veces pensándolo. No puede cambiar ahora.

Va a pedirle que se ponga a cuatro patas, pero la orden se le ahoga en la boca. Empieza a besarle los pies, cada tobillo. Va subiendo, marcando una línea de besos y mordiscos, alternando cada pierna. Creciendo su excitación con la de ella. Se recrea en sus rodillas. Separa sus piernas. Quiere darle la vuelta. Cepillársela de una vez. Pero sigue con los besos, con los mordiscos, lamiendo las corvas, subiendo por la cara interior de los muslos. El izquierdo. El derecho. Arrastrado por una fuerza nueva. Animado por la respiración agitada de ella. Más arriba, más agitada. Más motivación.

Sigue su boca probando la carne, pero algo le frena. Una línea desdibujada casi. Una marca que rasga la pierna izquierda por encima de la rodilla. Una cicatriz antigua. Ha debido estar siempre ahí, desde la primera vez, aunque él haya necesitado veinticuatro más para fijarse en ella. La repasa involuntariamente con la yema de los dedos antes de notar su mirada. La de la joven, que ha debido percibir que algo pasa. Sigue excitada. Sigue su rostro encendido ante la perspectiva del placer. El brillo, ahora mayor, en las pupilas. La invitación todavía vigente.

Se aproxima al fin a ella. Se abre paso. Se adentra en su cuerpo. Quiere terminar. Sabe cómo hacerlo para terminar pronto. Ya no piensa en el tiempo mínimo aceptable de una escena porno. No imagina un equipo de rodaje girando en torno a la cama. Sólo quiere terminar. Marcharse. Perder de vista a esa muchacha, no recrearse de nuevo en sus piernas, ni volver a toparse con esa cicatriz. Ni asomarse más a sus pupilas brillantes. Ni añorar su calor.

No habrá vigesimoquinta vez, piensa.

Triste final feliz.

Por Patricia Nogales Barrera.

Raphael – Yo soy aquel

Yo soy aquel,
que cada noche te persigue,
yo soy aquel,
que por quererte ya no vive,
el que te espera,
el que te sueña,
el que quisiera,
ser tu dueño de tu amor, de tu amor.

Yo soy aquel,
que por tenerte da la vida,
yo soy aquel,
que estando lejos no te olvida,
el que te espera,
el que te sueña,
aquel que reza,
cada noche por tu amor.

Y estoy aquí,
aquí, para quererte,
estoy aquí,
aquí, para adorarte.
Yo estoy aquí,
aquí, para decirte,
que como yo,
nadie te amo.

Yo soy aquel,
que por tenerte da la vida,
yo soy aquel,
que estando lejos no te olvida,
el que te espera,
el que te sueña,
aquel que reza,
cada noche por tu amor.

Y estoy aquí,
aquí, para quererte,
estoy aquí,
aquí, para adorarte.
Yo estoy aquí,
aquí, para decirte,
amor, amor,
amor, amor.

Autor: Manuel Alejandro. Pertenece al álbum Canta… Raphael de 1965.