Archivo por meses: Marzo 2014

Leer, el viaje que no cesa

El Quijote

De todas cuantas existen, quizá sea la de viajar, la mejor metáfora de vivir. Y, ya saben, si la literatura nos habla de la vida o, más allá, si literatura es la vida misma, nos hallamos repentinamente en el centro de un juego de metáforas matrioskas: leer, viajar, vivir.

Durante el mes de marzo, Maclein y Parker no ha hecho otra cosa que invitarnos a viajar (vivir), a través de las imágenes, la música y, cómo no, las palabras. Este artículo pretende ser una aproximación, un viaje somero y, desde luego, imperfecto, por algunos imprescindibles de la Literatura Universal en el que el viaje mismo, el viajar mismo o el viajero mismo fueron protagonistas principales o secundarios, queridos u odiados. O ni siquiera eso, a veces, sólo un eco entre las páginas.

Por acotar, por honesta ignorancia y aún a riesgo de caer en una terrible paradoja, ha quedado excluida de este intento de artículo la denominada literatura de viajes. Empecemos y que los dioses me perdonen.

Y hablando de éstos… Diez años le llevó a Ulises sortear sus designios y alcanzar el regreso a casa en La Odisea que dio nombre a todas las posteriores odiseas. Es de justicia poética empezar por este clasiquísimo literario de Homero que nos lleva a los orígenes mismos de la literatura occidental. Es el zas primigenio (en toda la boca)  al concepto de viajar por viajar, sin importar destino, ni aún menos regreso, y, además, se ocupa no sólo del viajero, también de su antónimo, del que aguarda. En este caso, la que aguarda, todos la conocemos, sino por Homero por Serrat, la fiel y paciente Penélope.

Si podemos considerar a La Odisea el primer gran viaje literario, la Divina Comedia de Dante Alighieri sería el segundo. El descenso a los infiernos de Dante (no el único de la literatura) es otro clásico viajero. Obra cumbre de la literatura italiana, podríamos dejarnos engatusar por ella si no fuera porque algún que otro siglo más tarde surgiera ese viajero tan nuestro, tan único que fue (y aún es), Alonso Quijano. La sed loca de aventuras de este hidalgo manchego y el particular viaje que emprende, sirvió a Cervantes para escribir la Novela (nótese la mayúscula). Título único, orgullo de la Literatura española y universal. Novela que ya contuvo y contiene todas las novelas que se escribirían después.

En esta obra magistral, y por supuesto en las anteriores, y en mayor o menor medida en todas las que proponen un viaje (ay, y también en las que no), nosotros, desocupados lectores, realizamos el viaje con este caballero de la triste figura, somos una suerte de segundo escudero, sufrimos con él, lo acompañamos en cada desventura, en cada ensoñación, llegamos hasta el mismo lecho de su muerte, ya transformados, ya siempre un poco quijotes todos. Así debe ser. Ese es el cometido de los viajes, del leer como viaje, del viaje como metáfora de la vida, la irremediable transformación. Como Tolkien nos enseña en El hobbit (voilà otro imprescindible): la única garantía es que si uno regresa, ya no será el mismo. Lean si no, Hacia rutas salvajes (Jon Krakauer) o, por supuestísimo, En el camino (Jack Kerouac).

Hay viajes hacia lo exótico y desconocido, como los que realiza el protagonista de Seda (Alessandro Baricco), desternillantes como El asombroso viaje de Pomponio Flato (Eduardo Mendoza), metaliterarios como El viaje de las palabras (Clara Usón) y cargados de belleza, humanidad y fábula, como el que compartió con nosotros José Saramago: El viaje del elefante, con su esperanzadora e inquietante cita al inicio: siempre acabamos llegando a donde nos esperan.

En realidad, me pregunto, qué libro no es un viaje. Apuesten una vuelta al mundo en ochenta días, giren en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer, sigan al conejo blanco, tomen el tren en el andén 9 y 3/4 , pasen temporadas en el infierno si fuera necesario, recorran los campos de Castilla o sobrevuelen Fantasia… Qué libro no es un viaje, afirmo. La Literatura (nótese la mayúscula) es viaje y regreso mismos. Es una Ítaca que nos aguarda y nos incita a partir.

Lean, viajen, vivan.

Patricia Nogales Barrera.

Microrrelatos. Volumen 5

Cuando el lobo despertó, Caperucita seguía allí.
Juan Antonio Hidalgo.

Carreteras trenzadas, áridas y hebrosas, forman la madeja. Disfruta el viaje hasta que cada paso transforme el paisaje.
José Ángel López Jiménez.

El futuro fue a las 22:15 y se me ha vuelto a escapar.
Moon.

Te he visto mirarle. Y he visto cómo sus piernas temblaban.
Mawi Justo.

Sigo sin comprender por qué su diario cuenta la vida de otra persona.
Juan Antonio Hidalgo.

Os regalo mis mapas y todo lo cartografiado. ¡Abdico! Y sin techo ni suelo, renacido, te dibujo en un lienzo blanco.
José Ángel López Jiménez.

Y terminó el lienzo. Y sólo entonces, se sintió con fuerzas de tirarlo por la ventana.
Mawi Justo.

Intentaré ser breve. Pero no prometo nada. Me gusta recrearme cuando
torturo a alguien.
Juan Antonio Hidalgo.

Neil Young – Old Man

Viejo, mira mi vida,
soy muy parecido a ti.
Viejo, mira mi vida,
soy como tú eras.

Viejo, mira mi vida,
veinticuatro años y hay mucho más,
viviendo solo en un paraíso,
que hace que me lo piense en dos.

Se pierde el amor, vaya pérdida,
dame cosas que no se pierdan,
como una moneda que no se eche a perder
rodando hasta casa hacia ti.

Viejo, pégale un vistazo a mi vida,
soy como tú.
Necesito alguien a quien querer durante todo el día.
Ah, un vistazo a mis ojos,
y puedes decir que es verdad.

Canciones de cuna, mira en tus ojos,
corretear por la misma vieja ciudad,
no significa tanto para mí,
para que te importe tanto a ti.

He sido el primero y el último,
mira como pasa el tiempo,
pero por fin estoy completamente solo,
rodando hasta casa hacia ti.

Viejo, pégale un vistazo a mi vida,
soy como tú.
Necesito alguien a quien querer durante todo el día.
Ah, un vistazo a mis ojos,
y puedes decir que es verdad.

Viejo, mira a mi vida,
soy como tú eras.
Viejo, mira a mi vida,
soy como tú eras.

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Old man look at my life
I’m a lot like you were
Old man look at my life
I’m a lot like you were

Old man look at my life
Twenty four and there’s so much more
Live alone in a paradise
That makes me think of two

Love lost, such a cost
Give me things that don’t get lost
Like a coin that won’t get tossed
Rolling home to you

Old man take a look at my life
I’m a lot like you
I need someone to love me the whole day through
Ah, one look in my eyes
And you can tell that’s true

Lullabies, look in your eyes
Run around the same old town
Doesn’t mean that much to me
To mean that much to you

I’ve been first and last
Look at how the time goes past
But I’m all alone at last
Rolling home to you

Old man take a look at my life
I’m a lot like you
I need someone to love me the whole day through
Ah, one look in my eyes
And you can tell that’s true

Old man look at my life
I’m a lot like you were
Old man look at my life
I’m a lot like you were

Autor: Neil Young. Pertenece al álbum ‘Harvest’ de 1972.

Planes

Era un coche muy viejo pero también muy cuidado. Tan viejo que en la luna trasera se adivinaba la huella de una pegatina en la que una vez puso “TURBO” y, tan cuidado, que la puerta del maletero todavía conservaba intactas esas cinco maravillosas letras.

Se introdujo en el vehículo, ajustó el sillón del conductor y los espejos. No estaba sucio, solo descolorido y acartonado. Ajustó el cinturón de seguridad, comprobó que no quedaba fláccido y giró la llave de encendido. La aguja de la gasolina  apenas se levantaba del indicador de reserva, pero el trayecto era corto. El motor arrancó a la primera y sonaba bien.

El camino no era difícil.  Primero debería avanzar por la avenida de la Paz, hasta llegar a la ronda del Tamarguillo. Circularía por ella unos diez minutos hasta coger la salida de la avenida Montesierra. Después había dos alternativas: atravesar el polígono industrial para enlazar con la antigua carretera a Brenes o ir por la circunvalación exterior, más rápida, pero más peligrosa. Por cualquiera de los dos caminos terminaría en una rotonda enorme debajo de la A-66, a cuya sombra, en una carretera disimulada y mal asfaltada, se encontraba su objetivo.

Metió primera, soltó el embrague, pisó suavemente el acelerador y el coche emitió un sonido lastimoso y afónico. Era típico de los coches viejos que la caja de cambios tuviese mucha holgura, así que siguió hurgando las tripas del vehículo con la palanca de cambios hasta que le pareció notar que por fin había entrado la primera.  Volvió a probar y esta vez el coche dio un pequeño salto hacia adelante, se sacudió como si fuese un cachorrillo mojado y se puso en marcha.

Al principio iba bastante tenso. Un coche tan viejo y desconocido siempre podía plantear algún problema. No había comprobado los intermitentes, por lo que bajó el cristal de su puerta, puso el intermitente derecho y se asomó advirtiendo con agrado la rítmica luz anaranjada. Disfrutó del frescor matinal del aire, dejó la ventanilla bajada y apoyó su codo derecho sobre ella. Circuló despacio, observando el trasiego de padres y madres que llevaban a sus hijos al colegio. Al entrar en la ronda del Tamarguillo se encontró de frente con el bajo sol de la mañana. El conductor, deslumbrado, quiso desplegar la visera para proteger sus ojos, pero se le quedó en la mano. Arrojó el rectángulo de espuma forrado de plástico agrietado y deformado por los miles de billones de rayos de sol que lo habían azotado a lo largo de cuatro lustros.

Conforme avanzaba por el itinerario previsto, se iba encontrando más cómodo con el vehículo y las marchas dejaron de suponer un problema. En un semáforo se permitió la broma privada de pitar al BMW que tenía delante por tardar mucho en salir. Constató dos cosas: que el claxon funcionaba maravillosamente bien y que se podía construir un eficiente infierno solo con su sonido. El del BMW hizo aspavientos a través de la oscura luna trasera y el conductor, sonriendo y apretando los dientes para que el sonido de su propio claxon le resultase más soportable, volvió a pitarle.

Cuando llegó el momento de elegir entre el camino que atravesaba el polígono o el que iba por la circunvalación, con un volantazo, decidió que era hora de darle un poco de alegría a ese motor. Subió por la cuesta que daba al carril de incorporación y pisó el acelerador a fondo para igualar la velocidad de su vehículo a la de los demás coches que estaban usando la vía. El viejo coche respondió con brío y, expectorando un cúmulo gris ceniza por el tubo de escape, se sumergió en una rápida corriente de automóviles jovencitos repletos de electrónica, en mucha mejor forma que él.

El conductor encendió la radio y sonó, limpiamente, Great King Rat de Queen. Tarareando, hizo que el coche dejara la circunvalación por la salida de Madrid, descendió por lo que parecía el corte transversal del caparazón de un caracol gigante y circuló un kilómetro hasta llegar  al desvío de la carretera de Brenes. En el semáforo tamborileó sobre el volante y el motor le hizo cosquillas en la punta de los dedos con su vibración.

A veinte metros de la puerta del desguace paró el coche. Revisó que la aguja de la temperatura no se había movido de la mitad del indicador, se fijó en la visera tirada a los pies del asiento del copiloto y pensó: “Puedo arreglarlo”.

Dio media vuelta y, entre los silenciosos vítores de los coches que se oxidaban en sus nichos al sol, se marchó en busca de una gasolinera.

Por Thalcave.

Coches de carreras

He dormido en coches, por qué no decirlo. Tengo el sueño pesado incluso en doble fila. Solía entrar por la fuerza, al caer la noche, y a veces dejaba alguna caricia al marcharme. A muchos los encontré desamparados como hijos a las puertas del internado, otros estaban con las puertas abiertas o humillados con las ventanillas bajadas hasta las rodillas. Fue una materia de árida iniciación. Descubrí el milagro de un paquete de cigarrillos en la guantera, la necesidad de luto de la ropa interior femenina en el asiento trasero, la fruta madura de las imágenes de santos vestidos de carnaval y una gran cantidad de sobres manchados de dinero. Carne de otros, en definitiva, de la que alimentarse. Pocas mujeres he conocido más generosas.

Sin fechas concretas, pero siempre de madrugada, aparecía una luz fugaz y celeste –rápido, pide un deseo y guárdalo en lo profundo de mis bragas o no se cumplirá, no se cumplirá te lo juro por lo más sagrado, me decía ella como un cometa rozando la gran mejilla atmosférica-. Después recuerdo un rostro pulposo, como si alguien hubiera disparado un revolver en el interior de una sandía,  con todas esa pepitas formando electrones y protones, y luego esa boca tan deformada en forma de cenicero que sólo pronunciaba malos consejos. Ese rostro palpitante me reconocía y me despertaba cada mañana con unos golpecitos en el cristal de la ventanilla. Nunca acudieron niños a despertarme. Quizás por eso huía de los coches que estaban demasiado limpios. Los ambientadores dejaban una resaca de mil zepelines zarpando.

Una mañana me desperté en un coche familiar que ya se había puesto en marcha. De repente se presentaba la perspectiva de un soleado día de playa. No se habían dado cuenta de mi presencia o tal vez se sintieran amenazados, o a lo mejor no les importaba demasiado. Conmigo en el asiento trasero viajaban dos niños: un muchacho hermético que alternaba una charla bastante monolítica sobre la mecánica de los coches de carreras con intervalos de contemplación de la ventanilla; una niñita, al otro lado, con un sombrero de vaquera y pistolas en el cinturón. El muchacho a veces me miraba y movía los labios aunque no decía nada audible. Los padres no se giraban a hablar con los niños ni para hablar entre ellos, sólo mandaban callar de vez en cuando aunque nadie hubiera alzado la voz. La chica disparaba el revólver contra las gaviotas de algún basurero cercano, a veces también me disparaba a la cara pero era como si me besara, para protegerme. Se detuvieron a poner unas flores en la carretera y en la siguiente gasolinera me escabullí del coche sin poder contener las náuseas.

Por Davor Bohórquez.