Archivo por meses: Enero 2014

Al final de la escalera

Siempre se había hecho propósitos de año nuevo que nunca había cumplido y que había olvidado tras la primera semana, para recordarlos sistemáticamente cada nuevo treinta de diciembre. Entonces se repetía a sí mismo “Este año, sí”. Pero no. Al final, ese año tampoco.
Eran los típicos propósitos que todo el mundo se hacía. Perder peso. Hacer ejercicio. Dejar de fumar. Aprender inglés. Leer más. Ir a más conciertos. Aprender cosas. Enamorarse… Pero llegando las navidades se daba cuenta de que estaba un poco más gordo; que no era capaz de subir dos pisos sin perder el aliento; que su cenicero siempre tenía más colillas de la cuenta; que no entendía nada cuando un turista perdido por su ciudad le decía “Excuse me, could you help me?”; que ni había comprado un solo libro, ni había pisado la biblioteca; que toda la música que escuchaba se reducía a la que ponía el conductor del autobús; que no sólo no sabía nada nuevo, sino que también había olvidado cosas; que seguía solo, sin nadie que le abrazara, que le saludara cuando volvía a casa, que le felicitase por su cumpleaños…
Así que ese año se propuso realmente hacerse propósitos que sí pudiera cumplir. Siguiendo la máxima del ‘si no puedes con tu enemigo…’, se dijo que, ya que no era capaz de mejorar su vida, disfrutaría destrozando la de los demás. Evidentemente, no pensaba ir dando palizas por ahí. Ni siquiera insultando. No pensaba enfadarse. Quería disfrutar con ello. Por ejemplo, esperaría a que una de estas parejas que van por las casas difundiendo “la palabra del señor” (deseaba con todas sus fuerzas que fuesen chicas jóvenes, o señoras mayores, o una pareja mixta con un miembro de cada uno de estos sectores), y a las que tantas veces había dado largas, apareciera por allí para, por el telefonillo, decirles que sí, que estaba encantado e invitarlas a pasar. Cuando ellas llegaran arriba, les abriría completamente desnudo y, con una enorme sonrisa, les diría “Pasen, pasen”. Esperaría su negativa, su “Bueno, si está ocupado podemos volver en otro momento”, para acercarse a ellas y agarrarlas del brazo o echárselo por los hombros y decirles Nno, no qué va, si estoy muy interesado… quiero que me lo expliquen… pónganse cómodas”. Y tirar de ellas para dentro de la casa, sin perder en ningún momento la sonrisa, sin forzarlas. Y ver sus caras desencajadas, el terror en sus rostro… y verlas correr despavoridas escaleras abajo…
Sí. Eso haría.

Han pasado tres meses y medio. Contra todo pronóstico, él no ha olvidado su propósito. Ella va con su tía, la solterona, acercándose irremediablemente a su casa. Su madre la obligó a acompañarla como castigo por su comportamiento un tanto, digamos, descocado. Llegan al portal. En el segundo timbre al que llaman tienen suerte y, tras decirle a la voz quiénes son y cuáles son sus intenciones, nuestro protagonista les dice que sí, que está encantado, muy interesado. La puerta zumba, ellas abren y suben las escaleras.

Por Juan Antonio Hidalgo

Le Mans – Perezosa y tonta

No es desilusión,
ni siquiera es malestar,
algo que no sé describir.
Hace tiempo que nadie me viene a visitar,
triste y sola estoy.

No es buena señal
que haya hierba en mi jardín.
Hace un tiempo no estaba así
y no entiendo que no haya parado de crecer
porque aquí estoy yo y voy al revés.

Puede suceder
que alguien quiera estar junto a mí.
Algo que no sé si creer.
Me imagino que soy como la ballena azul
que triste y sola está.

Autores: Ibon Errazkin y Teresa Iturrioz. Pertenece al álbum ‘Entresemana’ de 1994.

Matar a mamá

El último sorbo de café todavía no le había pasado por la garganta cuando vio en el televisor la puerta del hospital y un rótulo que rezaba: Última hora. Muere la mujer-incubadora que el Estado mantenía viva artificialmente. Así una y otra vez en la pantalla, impreso en negro sobre rojo y dando vueltas como en un carrusel, entre la prima de riesgo y el último escándalo financiero. Y, de nuevo, última hora. Nunca sabría cómo lo habían editado tan pronto, pero sí supo que tenía que moverse. El televisor no tenía sonido para no despertar al bebé, así que se dedicó a imaginar lo que la presentadora de pelo almidonado estaría comentando:

“La mujer, a la que el gobierno mantenía con vida de manera artificial ya que estaba embarazada de cinco meses en el momento del accidente, dio a luz a un niño sano hace unas semanas. Su familia y diversos grupos pro derecho a una muerte digna habían luchado por su desconexión de las máquinas desde el primer momento, aunque el ministerio público se había negado…”.

Cogió el mando a distancia y apagó la tele. Sabía que lo llamarían de un momento a otro. Lo que no entendía era por qué los medios se habían enterado antes que él; quién habría filtrado la noticia y por qué. Sin hacer ruido, subió las escaleras  y se dirigió a su habitación. Con determinación, deshizo las maletas, guardó los pasaportes en el último cajón de la cómoda y tiró por el váter cien mililitros de un líquido impronunciable. Luego rompió el vial que lo contenía en mil pedacitos y los echó en el desagüe de la bañera; eran finos y pasarían bien.

Su hijo mayor apareció en el umbral de la puerta con el pijama puesto y restregándose los ojos con el dorso de la mano.

-¿Por qué has deshecho las maletas? ¿Es que ya no nos vamos?- le preguntó con la voz pastosa y somnolienta.

– No, nos quedamos. Ahora vuelve a la cama. Enseguida te llevo el desayuno.- Le dedicó la primera sonrisa en lo que parecía una eternidad y le guió un ojo. Y añadió, aunque sólo para sus adentros, destensando los músculos, consiguiendo respirar después de muchos meses y apartando de un plumazo la angustia y la desesperación por lo que había estado a punto de hacer.- Ya no hay que matar a mamá.

Por Alejandra Casares