Archivo por meses: Diciembre 2013

El eterno nacimiento

Amanece. El sol empieza a aparecer por el horizonte y el cielo se tiñe de arrebol. Con esa luz que, en realidad, ha nacido hace ocho minutos largos. Todo comienza. Un día más, uno cualquiera, uno como otros tantos a lo largo de la historia de este planeta en el que todo acabará en la fauces de los gusanos.

Precisamente en ese momento en el que el día empieza, un gusano de esos de los que hablábamos sale de su minúsculo e insignificante huevo. Es uno de los miles de millones de gusanos que nacerán hoy en todo el mundo. Pero este es el único que está naciendo a la vez que nace el día y por eso es especial. Aunque él no tiene la más mínima idea de ello y nosotros tampoco vamos a darle mayor importancia, porque en el fondo no es más que una simple casualidad.

A algo menos de un kilómetro de allí, una ex-oruga rompe su crisálida, comenzando su vida como mariposa, naciendo a la vida de nuevo tras su muerte de días atrás. Estira sus nuevas alas, sus antenas y, tras comprobar que todo en su derredor está tranquilo, echa a volar. Deja atrás las ramas, las hojas verdes a medio comer, junto a las que su anterior yo construyó el capullo ahora roto. Sale del árbol y sobrevuela los bancos del parque iluminados por los primeros rayos del Sol.

Sentados en uno de esos bancos, Sandra y Ricardo se dan un beso después de pasar la noche hablando y riendo. Es su primer beso, el primero de cientos, el primero de miles. Ambos se dan cuenta de que algo está naciendo esa mañana, a la vez que el día que está empezando. Notan que el Sol está calentando su piel. Pero no se percatan de la mariposa que pasa por encima de ellos, ni del gusano, de todos los gusanos que nacen debajo de ellos, en los árboles que les rodean, junto al lago frente a ellos…

La escritora se acaba de sentar en su estudio, frente a la ventana. Orientó la mesa así para que entrara la mayor cantidad de luz posible. Desde allí, con su taza de café recién hecho en la mano, que la ayuda a despertar, puede ver el parque y a la joven pareja que está sentada y besándose, y a la mariposa que se acerca al cristal y revolotea un poco delante de ella. Vuelve la mirada a la mesa, a la hoja en blanco. Y una idea nace…

Amanece. El sol empieza a aparecer por el horizonte y el cielo se tiñe de arrebol…”

Por Juan Antonio Hidalgo

Redención

Cuatro paredes pueden formar una habitación pero también pueden formar un mundo, igual que el ruido blanco de una televisión puede ser tan hermoso como la luz cálida que se cuela entre las hojas de los árboles. El grito de dolor empapó mi piel de sudor como una tarde de julio, tropezando con cada promesa rota hasta que besé la lona tan violentamente que me rompí en mil pedazos como un puzzle; ningún árbitro contó hasta diez, ninguna chica con las tetas grandes y poca ropa sacó el cartel de último asalto, ninguna campana anunció la derrota. Tumbado en el suelo busqué el ángulo correcto para ver por la ventana el cielo rojizo del ocaso, libre de la horrenda visión de las antenas parabólicas y la ropa tendida en los edificios ennegrecidos por la contaminación. El ruido de las calles infectaba el dulce instante de pánico antes de agarrar el cuchillo, intenté cantar I Can Hardly Spell My Name de Lambchop pero no era suficiente contra el sonido encadenado de la rutina: millones de alimañas abúlicas y cadenciosas atusándose el pelo como estrellas de cine bailando claqué al son de las luces de los semáforos. Así que saqué la artillería pesada chillando Monkey Go To Heaven de los Pixies, pero eran demasiados para no rendirme pronto. Al levantarme me temblaban las piernas como a una virgen en el asiento trasero de un coche, acerqué la hoja a la garganta, tenía que atravesar la yugular de un corte. El miedo era un vecino inoportuno que me daba la bienvenida al barrio con una cesta de frutas al abrirme en dos, pero no vacilé y la dividí de un solo movimiento, los músculos hendían y se fracturan los huesos, trozos de epitelio caían al suelo, otros, muy pequeños, flotaban en el aire cuando me segregaba como una cremallera. El plasma fluía y mi cerebro empezó a transformarse en puré de patatas. Lo primero en evaporarse fue la infancia, mis padres, mis hermanos, mis abuelos, los meses en la playa haciendo castillos de arena, los lápices de colores, el amor blanco e infantil por mi profesora… Cada latido de mi corazón desterraba sangre caliente al exterior. Después olvidé las matemáticas, la universidad, la historia, los teoremas, los idiomas, montar en bici y todos los libros que había leído. Se desvanecieron los consejos que no pedí y todas las decisiones que tomé. Un dulce temblor viajaba de los pies a la cabeza, la debilidad conquistaba poco a poco mi cuerpo aniquilando las noches de coca y vodka, las novias a las que amé, los amigos, los horarios, los fracasos y la combinación de la caja fuerte donde guardaba mi epitafio. Las personas que pasaron por mi vida ya no existían.
Después de un momento de confusión fui consciente de todo lo que tenía que limpiar y pensé bajar a la calle a comprar lejía y una fregona. Las cortinas, el suelo, las paredes, hasta el techo estaba teñido de rojo. Trozos de carne se mezclaban con unos colores que podía saborear formando un hermoso prado de amapolas. Comprendí que todo había cambiado, sentí como cada partícula de polvo que se estrellaba contra mi cuerpo formaba parte de él, como poco a poco me estaba construyendo de nuevo. Salí al exterior a contemplar una ciudad vestida con escaparates que juran felicidad efímera, llena de urbanizaciones cerradas vigiladas con cámaras conectadas a la policía, cubos de basura verdes, amarillos, azules y grises para que puedas organizar los desperdicios de todas y cada una de las vidas que puedas vivir. Pude ver como las fábricas arropaban con un abrazo entrañable a todos sus empleados para protegerlos de sí mismos y pudiesen llegar descansados cada mañana a su trabajo, besándolos y contándoles un cuento nuevo cada noche, encendiendo una luz a aquellos que les da miedo la oscuridad. Pude ver el terror a la muerte en cada plegaria. Examinaba la mentira que envolvía la realidad mientras me bombardeaban partículas que habían viajado millones de años luz desde el principio del tiempo, fragmentos eternos que se unían para darme forma de nuevo. Cuando algún alma caritativa se paraba a mi lado ofreciéndose a llevarme al hospital, le decía “mis heridas cicatrizarán, las tuyas no”. No es  fácil caminar con la garganta partida en dos sin que piensen que necesitas ayuda, las miradas de compasión se mezclaban con las de temor, las de temor con las de asco, las de asco con las de condena. Se esfuerzan mucho cavando agujeros en el cementerio para mantener a sus hijos a salvo y no deberían ver semejante espectáculo en las avenidas cuando pasean en familia. Los insultos eran licuados y transformados en la nueva sangre que corría por mis venas, ya no necesitaría nunca más una palmada en la espalda ni un ascenso, no quería un trabajo a jornada completa con un contrato indefinido ni un adosado en las afueras,  no asistiría a las barbacoas los sábados por la tarde ni a las reuniones de la comunidad de vecinos, no recortaría los cupones de descuento de los supermercados, nunca más me conformaría con la libertad de salir 30 minutos al patio antes de volver a mi celda. Reciente y recio contemplé las infinitas posibilidades en el esplendor de la demolición. La redención germina en lo más profundo de mis entrañas, cimentando un nuevo ser origen y causa de todo lo que depare el devenir. Porque renacer es vivir en libertad el ahora, sin llorar por lo perdido en el pasado, sin suspirar por la manumisión en el futuro.

Fin.

Por José Ángel López Jiménez

El concepto de nacimiento

Nacer. Ese intervalo de tiempo, (breve para algunos, eterno para muchos) en el que la vida comienza. Y con ella, un sinfín de acontecimientos que pudieron no haber ocurrido jamás son liberados hacia el complejo y repentino mundo de los hechos.

Nacer no es fácil. Todo comienzo ha pasado por un fin y, en algunos casos, aún se puede saborear el amargo pero sutil vinagre del drama que nos lleva a una muerte, a una caída, de la cual despertar, resurgir…no entraba en nuestros planes. Y así, de repente, vuelves, regresas, naces. Y con el nacimiento viene el vértigo. El abrir de ojos y cegarse al principio de tanto como vemos. De tanta luz que desconocíamos. El escuchar y asustarse de tanto ruido, de tanta expectación cuando nunca antes nadie nos había esperado. El sentir el corazón acelerado, palpitando fuerte, sentirse fuerte, vivo. Hacerse consciente de que todo es diferente y tú…estás vivo.

Hay muchas formas de nacer. En la cultura occidental prevalece la idea de que nacemos una sola vez a lo largo de nuestra vida, al igual que, afortunadamente, morimos una sola vez. Típico. Porque occidente, un buen representante del mundo desarrollado, sabe sin duda cómo afrontar sus miedos. Basta con reducirlos a uno. Basta con que las situaciones que más tememos, los cambios, los grandes cambios, los que hacen historia, los vivamos una sola vez. Así no les cogeremos el gustillo a eso que se le conoce como renacer. Nos inventamos este término para remitirnos a un estado casi de iluminación, como si sólo unos pocos, los elegidos, pudieran tener una visión o una vivencia lo suficientemente importante y trascendental como para considerar el concepto de volver a nacer. De ahí que la palabra renacer se haya quedado para expresar de un modo casi poético la euforia que da el descubrirse como alguien nuevo o, en este caso, re-descubrirse. Y de ahí que muy poca gente crea realmente en su derecho a renacer y, con ello, a renovarse, a reinventarse. En definitiva, nacer de nuevo. En cambio, es la cultura más oriental, la africana y también la latinoamericana, la que ha respetado este espacio como algo legítimo de la vida del pueblo y, en lugar de saquear o manipular el concepto del nacimiento, lo ha dejado en manos de la cultura popular, de quien realmente vive, porque nace, y sabe que podría volver a nacer. La gente.

Y, a menudo, son los pueblos los que hablan y deciden cuándo nacer. Porque no sólo se nace de una madre. Un individuo puede sentir que ha vuelto a nacer cuando se hace adulto. Muchos pueblos africanos lo saben bien y pasan por ese trance que supone el morir a muchas cosas que debes superar antes de nacer para otras. Y es un hecho tan íntimo y, a su vez, tan clave en la vida de una persona, que la comunidad lo acompaña en este proceso ya sea con rituales, cantos o danzas. Nada importa más que el que nace. Todo lo demás acompaña y, sencillamente, hace que ese momento, esa transición hacia algo o alguien más puro, más resuelto o mejor, sea aún más perfecto. El alma latinoamericana también conoce bien el potencial de un nacimiento, su significado. Porque el que nace no lo hace por primera vez, viene de lejos, con la carga más o menos ligera de su otra experiencia vital y, si ha llegado hasta aquí y nace, es porque lo que viene también forma parte del entramado de su destino. Porque no somos más que caminantes, viajeros…y apenas estamos aquí de visita. Y como invitados en esta tierra, al nacer, nos acogen y por nuestro bienestar, velan. Pero al final, el tiempo se acaba y debemos llevarnos los recuerdos, sí, pero sobre todo, el aprendizaje. Eso que nos hará especiales y, por ello, merecedores de un mejor trato en la próxima visita.

Es curioso lo de los occidentales. Que le hayamos cogido miedo a nacer varias veces en la vida y que nos atraiga más la idea de nacer, simplemente, y comenzar un camino, con frecuencia bastante incierto, para perseguir sueños que nunca alcanzaremos, porque es normal que se rinda quien no descansa alguna vez. Porque para hacer la carrera de obstáculos que es la vida, y no abandonarla, hay que pararse alguna vez y respirar, y enfrentarse a lo que nos duele, a lo que no va bien y no nos deja avanzar o coger ventaja. Y quizás hay que dejar incluso la carrera y continuarla otro día, sin que nos invada la sensación de que dejar un día la carrera es un fracaso cuya carga no soportaremos.

Incluso en la religión que aceptamos, o mejor dicho, se nos fue sugerida, hay atisbos claros por escrito de que, cuando el cristianismo era tal, también se creía en la idea de volver a nacer. Y no sólo se creía en ella, sino que el mismo Jesucristo invitaba a hacerlo a mendigos, enfermos, prostitutas y recaudadores, como Nicodemo. Porque para los olvidados, los invisibles de la época, el único hálito de esperanza posible sería precisamente la promesa de un futuro, a ser posible, mejor. Limpios de estigmas sociales. Una nueva oportunidad. Y en este caso, el Mesías, según los textos, no sólo invita con sus palabras a renovarse o reinventarse utilizando el concepto griego de regeneración, sino que añade otro término aún más interesante: Aquél que llama a nacer de nuevo, pero con un origen nuevo. Porque en esta transición, el individuo, tras haberse reconciliado con su historia personal, reconoce sus raíces y, a partir de ahí, es capaz de saberse, con orgullo, hijo de sus vivencias.

Por tanto, el nacimiento siempre debe ser algo especial y único. Pero no tiene por qué estar condenado a no ser recordado por el protagonista, solo porque pasó hace mucho tiempo, cuando apenas podíamos pensar ni sentir. Nacer puede ser una opción o la parte de un ciclo. Pero sobre todo, es toda una oportunidad. Y encima, por estrenar.

Por Mawi Justo