Archivo por meses: Noviembre 2013

El milagro de cada día

Viena. Sábado. Mañana primaveral. Gente que ha pasado un invierno blanco, gris, oscuro. Calles con vida. Calles con un bullicio diferente al del sur, una alegría contenida, pero que no por serlo, es menos alegría, ni se nota menos, ni se siente menos.
No llevo la cámara. Aún no puedo perderme con ella porque no domino del todo esta urbe y si me la llevo, ella me llevará a mí, y seguro que me pilla un coche, me choco con un austríaco que no ha tenido un buen día o me pierdo por unas calles donde no llegan metro, tren, bus o tranvía.
No llevo la cámara, pero tampoco sé qué haría con ella si la llevara. A veces la realidad puede ser tan delicada, tan deliciosa… Hay instantes humanos, naturales, que más parecen haber sido esculpidos basándose en una fotografía retocada, que ser una realidad que merecería ser fotografiada.
Una parada del tranvía, unos banquitos bañados de un sol suave, neutro, amable, perfecto. Un hombre mayor con boina apagada y pelo y bigotillos de nácar, al igual que sus calcetines. Permanece leyendo el periódico tiernamente arrinconado en uno de los bancos de la parada de enfrente. Se nota que se coloca así expresamente para permitir a otra persona sentarse a su lado, compartir el banco, y además, dejando la distancia de seguridad de todo alemán. Esa con la que no te sentirás invadido jamás, esa que te permite ser tú y al otro ser otro, sin que tú puedas oler como huele el otro, leer lo que lee, escuchar la música de sus auriculares, ni sentir su respiración para que te dé por pensar que está acatarrado y puede contagiártelo. Esa distancia que establece más lazos que fronteras. Porque tú y yo somos diferentes, sí, pero podemos convivir en esta misma casa llamada mundo.
Estar en la cola de un supermercado, que no tengas ni idea de lo que estás comprando porque todo te suena a que nos han invadido los alienígenas y todo lo han puesto en su idioma. Y disfrutar en la cola, por primera vez en toda mi vida, porque son innumerables los gestos y la sutil comunicación de la que puedo ser testigo. Cada uno de los que formamos la cola, sin esfuerzo alguno, estamos atentos a dejar pasar al que lleva casi nada, al que se le cae algo, al que necesita más tiempo o al que no encuentra algún producto. Ni un suspiro, ni hastío, ni voces más altas que otras. Todo sucede, todo pasa. Sin contratiempos, ni pausas.
Aquí no fotografiaría edificios, ni palacios, ni monumentos a nadie… De aquí me voy a llevar las miradas. Ese umbral de la sonrisa que sólo se le dedica a un desconocido con el que, por alguna causa misteriosa, se crea una complicidad instantánea. Ese gesto que te hace sentir en casa, o como se llame el lugar donde realmente te gustaría estar.
No somos perfectos, no digo que todo sea paz y armonía. Ni aquí, ni allí, ni en ninguna otra parte. Pero que podamos aparentarla, ayuda a sobrevivir al que vive al día y al que le sobra. Porque el respeto, cuando va por delante de nuestras convicciones, es un pequeño regalo para todos.

Por Mawi Justo

La soledad

Lo más extraño no es el estado de consciencia mientras estaba totalmente inmóvil, ni ver a mis seres queridos llorar desconsolados a pesar de que durante la mayor parte de la vida me he sentido solo. Recuerdo que me sorprendió mucho que al cerrar el ataúd y escuchar golpear los palazos de tierra encima, siempre pude ver en la oscuridad de mi tumba con una luz brillante, como si estuviese tomando el sol a mediodía. Veía mi mandíbula, mi pecho, mis pies, mis brazos, mi abdomen y mi pene envueltos en el estúpido traje azul marino con el que me vistieron.
Cuando acabaron de enterrarme el silencio me tranquilizó durante unos minutos, hasta que fui consciente de que nunca escucharía el más leve rumor, de que estaba sordo para la eternidad. Nada más lejos de la realidad, aún me quedaba algunos sonidos por escuchar.
Notaba como mi cuerpo empezaba a fermentar, como la carne poco a poco se pudría. De vez en cuando un leve crujido en mi interior me sobresaltaba, como si unos diminutos e incómodos vecinos arrastrasen muebles dentro, pero no sentía ningún dolor, ni repulsión, ni miedo, ni angustia; sólo un frío tenue a tono con la lividez de mi piel, que notaba cada vez más transparente. Las grasas acumuladas en el abdomen se transformaron en una sustancia jabonosa y de mal olor, sentía como si todos los órganos flotasen en glicerina y huesos licuados. Billones de bacterias me pedían como primer plato en el menú del día y los gusanos empezarían pronto a llegar al restaurante de moda en el cementerio.
El sonido de los helmintos arrastrándose mientras me devoraban fue el último que recuerdo haber escuchado, los sentía en mi interior, detrás de los ojos, en la lengua, en los dedos de las manos, en el cerebro, en el estómago. El frío cada vez era más severo en la medida que mi carne desaparecía y el esqueleto asomaba.
El tiempo daba tumbos como un borracho. Las horas, los días, los meses y los años cimbreaban chocándose con las paredes del féretro, era como si todo lo que ocurriese en el universo era la reducción de un ser humano a polvo.
Empecé a temblar cuando la osamenta se transformó en harina, era como estar enterrado en un iceberg flotando alrededor del Polo Sur. Flotaba en un mar gélido, buscando para siempre el calor que me arropase y dejar de tiritar. Pasaron siglos desde mi muerte y aún vago por esta soledad congelada y eterna, buscándote, seas quién seas, para abrazarme a tu cuerpo y no soltarme nunca. Para despertarme a tu lado cada nueva mañana y hacer el amor hasta quedarnos sin fuerzas.

Por José Ángel López Jiménez